El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

El último término le hizo tragar saliva.

«Esposo».

Hargreaves se acercó cuando fue necesario y entregó el anillo con una discreción que Richard agradecería después. Ahora solo podía mirar la mano izquierda de Elspeth, desnuda del guante.

Sus propios dedos se mostraron menos ágiles de lo que deseaba.

Elspeth lo notó.

En lugar de retirar la mano, la acercó un poco y esperó.

Richard deslizó el aro sobre su dedo.

Era una alianza sencilla. La había escogido con ella el día anterior, después de que Elspeth rechazara dos más adornadas y le dijera que quería poder llevarla sin pensar en qué estaba haciendo.

Ahora estaba allí.

No en una caja. No en una conversación futura.

En su mano.

Se arrodillaron para la bendición. Richard oyó moverse la seda junto a él y, al incorporarse, ayudó a Elspeth sin soltarla inmediatamente.

El rector los declaró marido y mujer.

Hubo un silencio breve, lleno de respiraciones contenidas.

Después Cathaline se llevó el pañuelo a los ojos.

Audrey dejó de fingir que no estaba llorando.

La tía Margaret enderezó la espalda con una mezcla de orgullo y alivio que casi hizo reír a Richard. La señorita Worth le ofreció discretamente un pañuelo distinto del que ella ya tenía en la mano, como si ambas necesitaran ocuparse de algo para no perder la compostura.

Elspeth volvió hacia él.

Richard la besó, brevemente.

Cuando se apartó, ella sonreía.

No recordaba haberla visto tan feliz.

Al firmar, Elspeth tuvo que detenerse un instante.

La tinta esperaba en la punta de la pluma. Había pasado semanas poniendo su nombre al pie de cartas que pedían explicaciones, defendían derechos o dejaban constancia de pérdidas.

Aquella firma era otra cosa.

Richard estaba a su lado.

Elspeth escribió su nombre y dejó la pluma con cuidado. Cuando se volvió, él le ofreció el brazo.

—Señora Hamilton.

Ella le miró la boca antes de responder.

—No empieces.

Richard sonrió.

Habría querido decirle algo más, pero Margaret llegó primero.

La abrazó con una emoción que ya no se parecía al triunfo de una casamentera.

—Mi niña.

Elspeth cerró los ojos un instante.

Después vinieron Eliza, Audrey y Cathaline, cada una de una manera distinta.

La duquesa le sostuvo las manos antes de besarla; Audrey la abrazó como si ya llevara años siendo parte de la familia; Cathaline empezó diciéndole que estaba preciosa y terminó riéndose de sí misma por no conseguir decir nada más.

—Me estás arrugando la manga —observó Elspeth.

—Ya estás casada. El vestido ha cumplido su principal obligación —La señorita Worth, que había oído la frase, hizo un ruido de desaprobación. Cathaline no se giró—.Y seguirá cumpliendo las demás —añadió rápidamente.

Al otro lado del salón, Ewan estrechó la mano de Richard y le dio después una palmada en el hombro.

—Creía que ibas a hacer esperar un poco más a nuestra familia.

—No recuerdo que te dieras mucha prisa en facilitarle las cosas a Cathaline.

Ewan miró a su esposa.

—Al final nos hemos entendido.

Malcolm se acercó y ofreció a Richard una copa.

—Tú has elegido empezar con dos casas y un viaje pendiente.

—No lo digas como si vosotros hubierais escogido una vida sencilla.

Su cuñado sonrió.

—No lo he dicho.

La comida se sirvió sin música ni una sucesión interminable de invitados.

Eliza había reunido a la familia alrededor de una mesa donde las flores dejaban espacio suficiente para verse los rostros.

También estaban Anthon Cavendish, primo de los Hamilton, y el duque de Devonshire junto a su esposa, Christine, demasiado próximos a la familia como para haber faltado a la boda del último de los hijos de Alexander y Eliza.

No eran invitados en el sentido estricto de la palabra. Formaban parte de aquella red de Cavendish y Hamilton que llevaba acompañándolos desde antes de que Richard tuviera edad para comprender la diferencia entre una visita familiar y una reunión formal.

Elspeth se sentó junto a Richard y descubrió que seguía mirando la alianza entre un saludo y otro.

Él la vio hacerlo.

—No va a desaparecer.

Elspeth levantó los ojos.

—Estoy intentando acostumbrarme.

Richard le rozó la mano bajo el borde del mantel.

—Tienes tiempo.

La frase la acompañó durante los primeros platos.

No tenían mucho tiempo antes de Londres. Pero no estaban casándose solo para los días que quedaban.

Las cartas de sus hermanos estaban en el bolsillo interior de Richard.

Habían llegado durante los preparativos, después de los telegramas y de las primeras respuestas apresuradas.

La tardanza de los avisos y los enlaces desde las islas habían impedido que Douglas y Mairi, Edward y Fiona alcanzaran Hamilton Lodge a tiempo.

Ninguno había recibido la noticia como una invitación que pudiera dejar para otra ocasión.

A Richard se le notó cuando sacó las cartas.

Elspeth le puso una mano sobre el brazo.

—¿Quieres leerlas?

Él asintió.

Douglas había empezado protestando por la prisa y terminado escribiendo que le habría gustado estar junto a él aquella mañana. Entre ambas cosas había añadido que guardaría una botella para cuando pudieran reunirse y que la boda no lo libraba de presentarse en Brodick con su esposa.

—Mairi ha escrito debajo —dijo Elspeth, señalando una letra distinta.

Richard le tendió la hoja.

Ella leyó unas líneas y sintió que se le humedecían los ojos.

Mairi le deseaba una casa donde no tuviera que disculparse por estar contenta. Le decía que en Brodick encontraría otra puerta abierta, y que esperaba conocer pronto a la mujer que había conseguido que Richard dejara de hablar del matrimonio como si siempre fuera a ocurrirles a otros.

Audrey sonrió al escucharlo.

—Eso se parece mucho a ella.

Edward había escrito menos.

Decía que no perdonaba a Richard haber escogido una fecha a la que no podía llegar, aunque lo perdonaría en cuanto lo viera. Después, entre dos acusaciones, había dejado una frase que hizo que Richard tardara en continuar:

No quería que su hermano creyera que la distancia restaba algo a su alegría.

Fiona había añadido una posdata dirigida a Elspeth.

—Dice que no necesitas ninguna presentación para ser bienvenida en Eilean Ròs —leyó Richard.

—Muy propio de Fiona —comentó Malcolm.

Elspeth guardó silencio unos segundos.

No estaban allí.

Pero Richard sostenía las cartas con el cuidado de quien acababa de recibir algo mucho más importante que una felicitación, y ella sintió por primera vez el tamaño de la familia en la que entraba.

No solo los nombres. Las casas, las discusiones, las lealtades que seguían existiendo cuando no podían reunirse.