Capítulo 16 #2
Pero también se veía feliz.
La seda le ceñía el talle sin impedirle respirar.
Las mangas terminaban en encaje fino y el broche de los Drummond descansaba junto al cuello.
Su tía había prendido una pequeña pieza de su tartán alrededor de los tallos del ramo, entre flores blancas y unas ramas verdes que olían a jardín recién cortado.
Cathaline estaba detrás de ella, corrigiendo un pliegue de la cola.
—No te muevas.
—Eso llevo haciendo desde que has entrado.
—Y, aun así, siempre encuentro algo que arreglar.
Audrey se acercó al espejo y le puso las manos sobre los hombros.
—Estás muy hermosa.
Elspeth miró su reflejo y después el de su futura cuñada.
—Richard va a pensar que habéis trabajado demasiado para convencerme.
—Richard lleva varios días sin necesitar que nadie lo convenza de nada —respondió Cathaline.
La señorita Worth apartó a la doncella que sostenía el velo y comprobó cómo debía caer.
—El señor Richard puede ser muy obstinado cuando cree que no le están dando la razón.
—Es verdad—dijo Elspeth.
—Pero suele escuchar mejor de lo que aparenta.
La duquesa se volvió hacia su antigua institutriz, la mujer que había educado a sus hermanas y a ella misma y que, con los años, había terminado cuidando de Hamilton Lodge y de todos sus hijos como si también fueran suyos.
—Eso casi ha parecido un elogio, señorita Worth.
Worth no levantó la vista del velo.
—Lo es, Su Gracia. No acostumbro a desperdiciarlos.
Audrey ocultó una sonrisa.
La señorita Worth terminó de colocar la tela y se apartó.
Elspeth vio entonces la expresión de la mujer. La severidad seguía allí, pero algo se le había ablandado alrededor de la boca.
—Lo vi bajar estas escaleras con el cuello de la camisa torcido más veces de las que puedo contar —dijo la anciana—. Me alegra verlo llegar hasta aquí. Verlos a todos llegar hasta aquí.
Eliza la miró.
Worth sostuvo su mirada un instante, y su expresión se suavizó.
—Su generación ha salido adelante, lady Eliza. Usted, sus hermanas, sus hijos... —hizo una pausa breve—. Si la difunta lady Audrey pudiera ver esta casa ahora, estaría muy orgullosa.
La duquesa bajó los ojos durante un momento.
—Sí —dijo al fin—. Creo que lo estaría.
Worth asintió, recuperando enseguida su compostura habitual.
—Aunque seguramente encontraría algo que corregir.
No añadió una advertencia ni intentó convertir la emoción en humor.
Elspeth le tomó la mano un instante.
Después las mujeres empezaron a salir, hasta que solo quedó Margaret.
Su tía miró el broche Drummond.
Lo enderezó un poco, aunque no lo necesitaba.
—Tu padre habría tenido mucho que decir esta mañana.
A Elspeth se le cerró la garganta.
—Es como si lo escuchara ahora mismo.
—Habría empezado por asegurar que no estaba nervioso.
Elspeth soltó una risa pequeña.
Margaret la abrazó con cuidado de no estropear el velo. Ella cerró los ojos y apoyó la frente en su hombro, permitiéndose echar de menos a su padre sin que aquella ausencia le quitara lo que estaba a punto de vivir.
Cuando se separaron, Margaret le secó una lágrima con el extremo de su propio pañuelo.
—Vamos, querida.
El duque de Hamilton esperaba al otro lado de la puerta.
No llevaba prisa ni una expresión solemne. Se limitó a mirarla unos segundos antes de sonreír.
—Richard tendrá que acordarse de respirar.
Elspeth dejó escapar el aire en una risa.
Margaret se adelantó hacia la escalera, dejándolos a solas.
El duque le ofreció el brazo.
—¿Me permitirías acompañarte?
Elspeth miró la mano que él había apoyado sobre la manga.
—Me gustaría mucho.
Alexander esperó a que se sujetara.
—Sé que Hugh debería estar aquí.
Ella asintió sin poder responder inmediatamente.
El duque no intentó explicarle lo que su padre habría deseado ni asegurarle que de algún modo los estaba viendo. Permaneció a su lado hasta que pudo levantar la cabeza.
—Gracias por hacerlo usted —dijo Elspeth.
—Intentaré no pisarte el vestido. Tu cuñada me ha advertido de que ha trabajado mucho en él.
La sonrisa regresó, débil pero verdadera, la recordar el empeño de Cathaline.
Empezaron a bajar.
Al llegar al descansillo, Alexander se detuvo un instante.
—Espero que siempre vuelvas a esta casa sintiendo que también te pertenece.
Elspeth lo miró.
—Quiero pasar mucho tiempo aquí. Pero también en Drummond.
—Como debe ser.
—No sé todavía cómo vamos a combinarlo todo.
Alexander levantó las cejas.
—Lo extraño sería que ya lo supierais.
Ella apretó un poco el brazo que le ofrecía.
Abajo empezaron a callarse las conversaciones.
Richard vio primero a su padre.
Después a Elspeth.
Habían dispuesto la ceremonia en el salón que daba al jardín.
Dos filas cortas de sillas dejaban libre el paso hasta la mesa cubierta de lino donde el rector había colocado su libro.
Las flores ocupaban los alféizares; el fuego mantenía tibia la estancia y, por las ventanas, entraba una claridad pálida de noviembre.
Richard había visto aquella habitación llena de invitados, de familiares y de discusiones que duraban hasta después de la cena.
Nunca la había visto así.
Y, aun estando rodeado de su familia, notó las ausencias.
Le habría gustado ver a Douglas allí, ocupando demasiado espacio junto a Mairi, y a Edward observándolo todo con esa calma suya que nunca engañaba a nadie. Echaba de menos también a sus cuñadas y a los sobrinos que habrían llenado el salón de voces, carreras y preguntas en el peor momento posible.
Por primera vez comprendió que una familia podía estar casi completa y, aun así, dejar huecos muy concretos.
Entonces levantó la vista.
Y vio a Elspeth mejor.
Elspeth avanzó del brazo de Alexander con pasos lentos, pero decididos.
El gris del vestido recogía la luz con suavidad. Bajo el velo se distinguían sus ojos grises como una mañana de lluvia y la curva de la boca que él conocía tan bien. El pequeño tartán prendido al ramo le recordó, de pronto, el rojo y el verde sobre su hombro cuando discutían en Drummond.
Llevaba Escocia consigo.
Y caminaba hacia él en la casa donde Richard había crecido.
El recuerdo de Blairmuir llegó sin el dolor de otras veces.
No me casaría contigo aunque fueras el último Hamilton de Escocia.
Richard sonrió antes de poder impedirlo.
Elspeth lo vio y, por una extraña razón, fue como si le leyera el pensamiento.
Cuando Alexander los reunió, ella se inclinó hacia él.
—Ni se te ocurra.
Richard le sostuvo los ojos.
—No he dicho nada.
—No hace falta.
La pequeña réplica le devolvió el aliento.
Alexander retiró el brazo y miró a los dos.
—Cuidaos y cuidad de vuestras casas.
Richard asintió. Elspeth también.
Su padre ocupó el lugar junto a Eliza, y el rector comenzó.
Richard escuchó las primeras palabras con la mano de Elspeth cerca de la suya. Habían hablado tanto de matrimonio como de una condición que casi le sorprendió oírlo descrito allí como una forma de compañía, ayuda y consuelo.
Miró a su madre.
Eliza no lloraba. Nunca lo hacía. Su madre siempre había sido distinta en ese aspecto, pero Richard conocía lo bastante bien a la duquesa para ver la emoción en la quietud de sus manos y en la forma en que mantenía los ojos fijos en él, como si apartarlos pudiera hacer que aquel momento pasara demasiado deprisa.
Alexander había dejado una mano junto a la de su esposa.
Quizá fuera él quien necesitaba más aquel contacto.
Había pasado media vida viendo a sus hijos marcharse uno tras otro, escogiendo esposas, tierras y destinos que los habían llevado lejos de Hamilton Lodge.
Audrey a Glenmuir. Douglas a Arran. Cathaline junto a Ewan. Edward a Eilean Ròs.
Y ahora Richard.
El menor.
El último de sus hijos en llegar hasta un altar.
Audrey permanecía muy erguida junto a Malcolm, aunque la expresión de su rostro había perdido toda posibilidad de fingir indiferencia. Cathaline, a pocos pasos de ella, parpadeaba con una frecuencia sospechosa mientras Ewan observaba la ceremonia con una seriedad que rara vez mostraba.
Richard los miró y comprendió de pronto lo que aquel día significaba más allá de él y de Elspeth.
Durante años, viejas promesas habían perseguido a los Hamilton. Pactos firmados antes de que ellos nacieran habían empujado a una hermana hacia Glenmuir, unido ramas familiares, condicionado tierras y decidido qué apellidos debían responder por las deudas de hombres muertos.
Aquel era el último.
El último pacto que alcanzaría a los hijos de Alexander y Eliza Hamilton.
Y, cuando él tomara la mano de Elspeth, algo que había comenzado mucho antes de que cualquiera de ellos existiera terminaría por fin.
No la familia.
No la historia.
Solo aquella generación.
Detrás de ellos ya crecían otros Hamilton, Sinclair y MacKinnon, niños que algún día heredarían casas, tierras, nombres y quizás problemas propios. Pero ya no serían ellos quienes cargaran con las promesas de sus abuelos.
Richard volvió los ojos hacia sus padres.
Por primera vez los vio no como el duque y la duquesa de Hamilton, sino como dos personas que habían criado a cinco hijos y estaban contemplando cómo el último de ellos comenzaba su propia vida.
Una generación estaba cerrando el círculo.
Otra ya había empezado.
Volvió otra vez hacia Elspeth.
La pregunta del rector ya no tenía nada que ver con unas tierras ni con la palabra dada por sus antepasados.
Era para él.
Respondió sin vacilar.
Cuando llegó el turno de Elspeth, ella levantó un poco la barbilla, como siempre. Su voz conservó aquella musicalidad suave que Richard había aprendido a reconocer incluso al otro lado de una puerta.
No tembló.
Después se tomaron de la mano.
—Yo, Richard, te tomo a ti, Elspeth, por esposa.
El nombre de ella le resultó nuevo dentro de la promesa.
La vio escuchar cada palabra. Al llegar a las que hablaban de permanecer unidos en la adversidad, sus dedos se afirmaron alrededor de los suyos. Richard pensó en lo que aún ignoraban de la vida que acababan de elegir y comprendió que no necesitaba conocerlo todo para querer compartirlo con ella.
Elspeth repitió sus votos.
—Yo, Elspeth, te tomo a ti, Richard, por esposo.