Capítulo 16
La respuesta de Alexander al telegrama había sido breve: podían preparar la casa y solicitar una licencia especial para celebrar la ceremonia allí. La autorización llegó durante los preparativos, y el rector confirmó que acudiría la mañana del cinco de noviembre.
La duquesa de Hamilton recibió la noticia sin convertirla en una excusa para ampliar la boda.
Había prometido algo íntimo y se dispuso a cumplirlo.
Eso no significó que Hamilton Lodge dejara de llenarse de flores, telas y personas que parecían saber exactamente qué había que hacer.
Audrey y Cathaline se habían tomado los preparativos como una cuestión casi personal: Richard era el menor de sus hermanos y el último que quedaba por casarse, de modo que ninguna de las dos parecía dispuesta a permitir que la falta de tiempo convirtiera su boda en algo improvisado.
Elspeth encontró dos piezas de seda sobre una mesa de su habitación.
Una era marfil. La otra, gris perla.
Se detuvo ante la gris y dejó los dedos sobre ella.
—No tienes que elegir la más discreta —dijo la duquesa de Hamilton desde la puerta.
Su tía Margaret estaba junto a la ventana. Se había quitado las gafas y observaba a su sobrina sin intervenir.
Elspeth levantó un pliegue de la tela gris. La seda recogió la claridad del día, suave, sin el brillo intenso que había temido encontrar en un vestido de boda.
—Esta me gusta.
—Entonces será esta —respondió la duquesa.
Elspeth mantuvo la tela entre los dedos.
—Seguiré llevando luto después.
Margaret se acercó.
—Nadie te está pidiendo que dejes de echarlo de menos para casarte, estoy segura de que Hugh lo comprendería.
Elspeth asintió. No quiso explicar que aquella era precisamente la dificultad: había imaginado a su padre protestando por la prisa, interrogando a Richard y fingiendo que la decisión no lo emocionaba.
Podía oír aquellas conversaciones con tanta claridad que su ausencia parecía más injusta que nunca.
Eliza le puso una mano sobre el hombro con cariño.
—Haremos el vestido que tú quieras. Y la boda que puedas disfrutar.
Elspeth volvió a mirar la seda.
—Mangas largas. Sin demasiada cola.
—Eso agradecerán quienes caminen detrás —comentó Cathaline al entrar.
Traía a Audrey con ella. Ambas se habían cambiado después del viaje y conservaban la facilidad de quien no necesitaba pedir permiso para entrar en aquella parte de la casa.
Los niños habían quedado abajo con Malcolm y Ewan.
Eliza, la hija de Audrey, era ya lo bastante mayor para haber decidido que sus primos pequeños necesitaban supervisión, aunque Isobel parecía poco dispuesta a reconocer autoridad alguna que no fuera la suya.
Gregor, el menor, había llegado a Hamilton Lodge preguntando primero por los caballos y después por la comida, exactamente en ese orden.
Cathaline había asegurado que subiría únicamente un momento para ayudar con el vestido.
Audrey no se había molestado en fingir lo mismo.
—Richard es nuestro último hermano por casar —había declarado—. No pienso dejar esto en manos de dos doncellas y de mamá.
—Mamá lleva organizando esta boda desde antes de que Richard supiera que iba a casarse —observó Cathaline.
—Precisamente por eso tenemos que vigilarla.
Cathaline alzó la seda gris.
—Es preciosa.
—No quiero que parezca que he dejado de estar de luto.
—Entonces no haremos una fiesta que te obligue a fingirlo —respondió Audrey—. Pero puedes estar contenta, Elspeth.
La naturalidad con que lo dijo fue lo que terminó de convencerla.
Al fin y al cabo, Audrey era la esposa de su laird y Cathaline, la madre del niño que algún día heredaría Glenmuir.
Los Drummond habían sido leales a los Sinclair durante generaciones; Elspeth había crecido sabiendo que aquellos apellidos estaban unidos por tierras, juramentos y una historia mucho más antigua que cualquiera de ellos.
Resultaba curioso que ahora fueran a quedar unidos también por sangre.
Si Richard y ella tenían hijos, serían Hamilton y Drummond, pero también sobrinos de Audrey y Cathaline y primos de la nueva generación Sinclair.
Algún día, alguno de ellos heredaría Drummond: la misma casa que durante generaciones había servido a los lairds de Glenmuir quedaría entonces emparentada con la familia a la que siempre había sido leal.
Elspeth no sabía por qué aquel pensamiento la conmovió tanto.
Quizás porque, por primera vez, el futuro de Drummond no le parecía una línea que terminaba en ella.
Durante un tiempo escaso, el vestido tomó forma entre pruebas breves y una cantidad de alfileres que la señorita Worth parecía capaz de controlar sin mirar.
La falda caería recogida hacia atrás, con una cola corta; el cuerpo, ceñido, llevaría encaje discreto en el cuello y las mangas.
Una cinta negra, estrecha, recordaría el luto sin ocupar toda la prenda.
El broche de plata de los Drummond quedaría en el pecho.
No necesitaba cambiarlo por una joya Hamilton para casarse con uno de ellos.
La mañana de la boda, Richard descubrió que su padre podía permanecer varios minutos en una habitación sin decir nada y resultar mucho más inquietante que Weller hablando durante una hora.
Alexander había entrado mientras él terminaba de ponerse los gemelos. Ahora observaba el tartán extendido sobre una silla.
—Tu madre ya está vestida —dijo por fin.
Richard alzó la vista.
—Eso suele significar que espera que los demás también lo estemos.
—Hoy tiene motivos.
Richard volvió al puño. Los dedos de la mano herida se resistieron al cierre y su padre se acercó.
—Déjame.
No hubo lástima en el gesto. Alexander cerró el gemelo con la misma tranquilidad con que habría enderezado una copa torcida sobre una mesa.
—Gracias.
El duque le alisó el borde de la manga y dio un paso atrás.
Richard llevaba una levita oscura, chaleco claro y pañoleta sobria. El tartán Hamilton cruzaría el hombro, sujeto con el broche que había utilizado desde su regreso a Escocia.
—He hablado con el administrador de esta casa —dijo Alexander.
Richard lo miró.
—¿Hoy?
—Antes de hoy. Hay asuntos que quiero que conozcas antes de casarte —Su hijo dejó de atender al espejo.
Alexander pasó una mano por el respaldo de la silla—.
Algún día una parte importante de Hamilton Lodge y de las tierras que hemos dispuesto para ti quedarán bajo tu cuidado.
No espero que vivas pendiente de eso mientras estás fuera.
Pero sí que regreses sabiendo que aquí también tienes responsabilidades.
Richard asintió.
—No pienso olvidarlo.
—No quiero que esta casa termine siendo únicamente el lugar donde guardas cosas entre un viaje y otro.
—Es mi casa, padre.
La respuesta salió con una firmeza que hizo que Alexander lo observara un momento más.
—Me alegra oírtelo decir. Eres mi hijo menor, Richard, pero también eres el único al que imagino quedándose aquí.
Richard volvió la cabeza hacia él.
Alexander apoyó una mano en el respaldo de la silla.
—Douglas escogerá Arran siempre que pueda.
Él y Mairi son demasiado escoceses para fingir lo contrario.
Edward tiene Eilean Ròs, a Fiona y una familia que parece decidida a multiplicarse cada vez que recibimos noticias suyas.
Y Alec, su primogénito y mi nieto... —sonrió apenas—.
Alec garantiza que, cuando llegue el momento, la sangre Hamilton tendrá por dónde continuar.
Richard guardó silencio.
—Pero Hamilton Lodge es otra cosa —continuó su padre—. Esta casa no es el ducado ni una línea escrita en un árbol genealógico. Es donde creciste. Donde crecisteis todos. Y algún día será tuya.
Richard miró alrededor de la habitación.
—Lo comprendo.
—Eres mi sangre directa, Richard. Y, cuando yo ya no esté, quiero saber que habrá un Hamilton viviendo aquí y no únicamente un administrador abriendo las ventanas de vez en cuando.
Richard bajó la mirada hacia el tartán que esperaba sobre la silla.
—Elspeth tampoco permitiría que ocurriera.
—Entonces has escogido bien.
Richard sonrió.
—Aunque Drummond seguirá siendo su casa.
—Y debe seguir siéndolo. —Alexander se acercó y le acomodó uno de los pliegues del tartán—. Tendrás que aprender a pertenecer a dos lugares.
Richard pensó en Drummond, en Hamilton Lodge y en Elspeth esperando en alguna habitación de la casa para convertirse en su esposa.
—Empiezo a creer que llevo toda la vida haciéndolo.
Su padre asintió.
Richard lo miró entonces con más atención. No supo por qué no lo había visto antes. Quizás porque Alexander Hamilton siempre había parecido demasiado sólido para envejecer.
Había más canas en sus sienes, líneas más profundas alrededor de los ojos y una ligera pesadez en los hombros que Richard no recordaba de años atrás. Seguía siendo un hombre imponente, pero el tiempo había empezado a dejar sobre él señales que ningún título podía ocultar.
Aquello le produjo una punzada inesperada.
Alexander debió de notar que lo observaba, porque frunció apenas el ceño.
—¿Qué?
Richard negó.
—Nada.
Su padre lo estudió un momento, como si sospechara la mentira y decidiera permitirla.
Después le dio una palmada firme en el brazo.
El gesto habría podido parecer casual. Casi brusco.
Richard conocía demasiado bien a su padre para creerlo.
Alexander estaba emocionado.
Jamás lo admitiría, por supuesto.
Y Richard tuvo la delicadeza de no obligarlo a hacerlo. Se quedó quieto. Durante un instante no supo qué decirle a su padre. Había deseado tantas veces que lo tratara como a un hombre adulto que ahora le sorprendía descubrir cuánto significaba recibir aquel gesto sencillo en el día de su boda.
Fue Alexander quien rompió el silencio.
—¿Tienes el anillo?
—Hargreaves.
—Buena elección.
Desde el corredor llegó la voz de Weller, preguntando por el novio.
Richard soltó una carcajada.
—Precisamente por eso.
Elspeth, en otra habitación, se miró al espejo y tardó un momento en reconocerse.
El vestido gris perla no la hacía parecer una mujer distinta. Eso fue lo primero que agradeció. Seguía viendo su cabello oscuro, los ojos claros y las pequeñas señales del cansancio que no habían desaparecido.