Capítulo 15
—En Hamilton Lodge —dijo Elspeth.
La señora Drummond dejó la pluma suspendida sobre el papel.
—¿La boda?
—Sí.
Richard giró el rostro hacia ella. Seguían sentados uno junto al otro, y Elspeth aún tenía la mano apoyada cerca de la suya.
—No tienes que hacerlo allí por mí —dijo él.
—No lo hago solo por ti. Tus padres están en Inglaterra y tú debes presentarte en Londres. No tiene sentido pedirles que atraviesen medio país para que nosotros hagamos el mismo camino en cuanto termine la ceremonia.
Hargreaves miró a Richard, pero dejó que respondiera.
—Podemos encontrar otra manera.
—Ya hemos encontrado una —repuso Elspeth—. Además, me gustaría casarme allí.
Aquella última frase hizo que Richard dejara de buscar una objeción.
Margaret apoyó la pluma.
—¿Estás segura, querida?
Elspeth miró hacia las ventanas del comedor. Más allá de los cristales se extendían los campos de Drummond, oscuros bajo la lluvia. Amaba aquella casa. Había deseado que Richard la recorriera como un hombre que tenía derecho a quedarse y aún le costaba aceptar que tendrían que marcharse tan pronto.
Pero casarse en Inglaterra no significaba abandonarla.
—Quiero entrar en Hamilton Lodge sin que nadie esté esperándome para hablar de una reclamación —respondió—. Esta vez me gustaría llevar otra cosa en las manos.
Richard le cubrió los dedos con los suyos.
—¿Un ramo?
Elspeth sonrió.
—Para empezar.
Margaret volvió al papel con una energía renovada.
Hargreaves se acercó a la mesa.
—Si pudiera celebrarse el cinco de noviembre, todavía tendríamos margen para llegar a Londres.
Richard asintió despacio.
El cinco.
A la mañana siguiente, Elspeth terminó de dar sus últimas instrucciones al administrador mientras los criados cargaban el equipaje.
Innes se quedaría en Drummond durante su ausencia.
Sus honorarios estaban acordados y Richard había dispuesto que se adelantaran los gastos de su estancia y los jornales de dos hombres que ayudarían a vigilar los accesos.
El administrador continuaría al frente de la finca, con instrucciones de consultar a Elspeth cualquier decisión que pudiera esperar y de no dejar sin atender las que no admitieran demora.
No iba a marcharse dejando una casa vacía ni una propiedad sin nadie que respondiera por ella.
—Si Fergus vuelve, hablará con el señor Innes —dijo ella—. Nadie tiene que discutir con él en el patio.
El abogado inclinó la cabeza.
—Me ocuparé de recibirlo.
—Y enviará cualquier noticia a Hamilton Lodge. Aunque le parezca que puede esperar hasta después de la boda.
—Lo haré.
Elspeth asintió, satisfecha. Después miró el escritorio de su padre.
Había dejado los documentos ordenados y guardado en un cajón la carta que su padre recibió cuando ya estaba demasiado enfermo para responderla.
La casa seguía conservando pequeñas cosas suyas donde siempre habían estado.
No había querido retirarlas precipitadamente y no pensaba hacerlo ahora para que su ausencia resultara más fácil.
Al salir, pasó los dedos por la barandilla.
Richard, alto como la puerta exterior, la esperaba al pie de la escalera. Llevaba el abrigo puesto y el tartán Hamilton prendido sobre el hombro. No la llamó ni le recordó que el carruaje estaba preparado.
Elspeth agradeció aquellos segundos.
—Todo está dispuesto —dijo cuando llegó junto a él.
Richard le ofreció la mano.
—Entonces podemos irnos.
Ella miró una vez más hacia el pasillo.
No estaba triste por casarse. Estaba feliz, tanto que por momentos le parecía indecoroso sentir aquella alegría entre unas paredes donde aún esperaba encontrar a su padre.
Richard siguió su mirada.
—Volveremos.
Elspeth alzó los ojos.
—No sabes cuándo podrás.
—No. Pero quiero volver contigo.
Eso sí podía creerlo.
Aceptó su mano y salió al patio.
La señora Drummond ya estaba acomodada en el carruaje. Weller hablaba con el mozo encargado de los caballos y Hargreaves revisaba que no quedara equipaje por subir. Al verla aparecer, ambos interrumpieron lo que estaban haciendo.
Elspeth se volvió hacia el administrador.
—Avise a quienes pregunten que he ido a casarme. No a instalarme en otra parte.
El hombre sonrió por primera vez aquella mañana.
—Lo sabrán, señorita, y lo celebrarán. Mi más sincera enhorabuena.
Elspeth sonrió. Richard la ayudó a subir. Cuando ocupó el asiento frente a ella, Elspeth vio que se había guardado en el bolsillo una de las cartas destinadas a sus hermanos más lejanos.
Los avisos habían salido la víspera hacia Glenmuir. También el telegrama para sus padres.
Todo empezaba a suceder más deprisa de lo que podía asimilar.
El carruaje se puso en marcha y Elspeth sostuvo la mirada en la casa hasta que la curva del camino la ocultó. Después volvió hacia Richard.
Él extendió la mano sobre el asiento, con todo el decoro que la vieja tía estaba dispuesta a mantener.
Audrey y Malcolm se reunieron con ellos antes de tomar el tren hacia el sur. Cathaline y Ewan llegaron algo después, con el equipaje preparado de una manera que sugería desacuerdos entre quien había hecho los baúles y quien había tenido que cerrarlos.
—No podía venir a la boda de mi hermano con un solo vestido —declaró Cathaline cuando Ewan miró por segunda vez los bultos.
—No había propuesto uno. Había propuesto que cupieran en el carruaje.
—Han cabido.
Ewan observó a Weller, que se había apartado para dejar pasar otro baúl.
—A costa de la comodidad de algunos invitados.
—No pienso quejarme —aseguró Weller—. Me han prometido una boda y una buena cena.
Hargreaves recogió la cartera de viaje y negó con la cabeza.
—Con que lleguemos todos a Hamilton Lodge, me conformo.
Elspeth sonrió mientras los veía organizarse.
Aquella era una de las diferencias que Elspeth empezaba a comprender entre la familia de Richard y la suya: los Hamilton podían quererse con una intensidad evidente y, al mismo tiempo, discutir por cualquier cosa.
Eran numerosos, alegres, ruidosos, incapaces de pasar demasiado tiempo juntos sin interrumpirse o burlarse unos de otros.
Y, para su sorpresa, a Elspeth le gustaba.
Le gustaba aquella casa llena de voces, las risas que atravesaban una habitación antes de que alguien terminara de hablar y la facilidad con que todos parecían formar parte de la vida de los demás. La hacían sentir viva.
Durante el viaje hubo compartimentos tibios que olían a carbón, cristales cubiertos de humedad y paradas en las que Richard bajaba para comprobar los enlaces mientras Hargreaves conseguía algo caliente para Margaret.
Las montañas fueron quedando atrás. Después llegaron campos más abiertos, pueblos, estaciones que Elspeth no había conocido en su primer viaje a Hamilton Lodge y una noche en una posada donde Cathaline encontró motivos para criticar tanto la almohada como la cena.
Richard no pasó todo el trayecto junto a Elspeth. A veces hablaba con el laird Sinclair, Malcolm; otras, se quedaba con sus amigos o ayudaba con el equipaje. Pero siempre volvía a buscarla antes de que el tren se pusiera de nuevo en marcha.
En una de las paradas, la encontró mirando por la ventanilla.
—¿Cansada?
—Un poco.
Él le entregó una taza.
—Hargreaves asegura que esto es té.
Elspeth probó un sorbo.
—¿Él lo ha probado?
—No ha querido comprometerse tanto.
Ella se rio. Richard la observó con una sonrisa que hizo que el viaje pareciera, durante unos segundos, menos apresurado.
Margaret dormía en el asiento de enfrente, con la cabeza apoyada contra el respaldo. Elspeth aprovechó para rozarle a Richard la mano.
—Estoy contenta de que estén viniendo.
Él miró hacia el compartimento donde se encontraban sus hermanas, sus cuñados y sus amigos.
—Se habrían presentado aunque no las hubiéramos avisado.
—Eso no significa que no puedas alegrarte.
Richard bajó los ojos hacia sus dedos.
—Me alegro.
La respuesta fue sencilla. Elspeth empezaba a conocer el esfuerzo que algunas cosas sencillas le exigían.
Hamilton Lodge estaba iluminada cuando llegaron.
Desde el carruaje, Elspeth distinguió las ventanas del salón, las lámparas del vestíbulo y el movimiento de los criados bajo el pórtico. Había hojas acumuladas junto a los escalones, oscuras por la lluvia, y un olor a leña que le resultó familiar antes incluso de entrar.
La primera vez había llevado una cartera apretada contra el cuerpo y ensayado cómo responder si Richard consideraba incómoda su presencia.
Ahora fue él quien abrió la puerta del coche.
La duquesa de Hamilton no esperó dentro.
Salió con un chal sobre los hombros y abrazó a su hijo antes de que pudiera saludarla. Richard se inclinó hacia ella, sonriendo.
—Madre, estamos mojados.
—Ya me he dado cuenta.
Eliza se apartó para mirarlo y después volvió hacia Elspeth.
La abrazó también.
No con la compasión cuidadosa con que la había recibido después de la muerte de Hugh, sino con una alegría que Elspeth sintió en la fuerza de sus manos.
—Sabía que volverías.
Elspeth sonrió contra su mejilla.
—No imaginaba que de esta manera.
—Yo tenía mis esperanzas.
Richard soltó una risa.
—Me gustaría saber desde cuándo.
Su madre lo miró.
—No esta noche. Todavía tengo que saludar a tus hermanas.
El duque de Hamilton aguardaba en la puerta. Estrechó la mano de Richard y le apretó brevemente el brazo antes de inclinarse hacia Elspeth.
—Bienvenida.
Ella respondió con una reverencia que el duque recibió sin hacerla más solemne de lo necesario.
—Gracias por recibirnos con tan poco tiempo.
—No solemos exigir mucha antelación para alegrarnos por un hijo.
Elspeth bajó los ojos un instante. Al levantarlos, encontró a Richard mirándola.
La vieja señorita Worth apareció detrás de Eliza.
Tenía más canas de las que Elspeth recordaba, pero conservaba aquella forma de mantenerse erguida que hacía innecesario que nadie le cediera espacio dos veces. Esperó a que Cathaline dejara de abrazar a su madre y miró el barro de sus zapatos.
—Espero que no piense recorrer el salón con eso, lady Cathaline.
—Yo también me alegro de verla, señorita Worth.
—Me alegraré aún más cuando se haya cambiado.
Cathaline se echó a reír y la abrazó sin darle oportunidad de impedirlo.
Elspeth vio que la severidad de Worth, la antigua carabina de Audrey y Cathaline, cedía un segundo.
Después la mujer se giró hacia ella.
—Su habitación está preparada. Le han subido agua caliente.
—Gracias.
Worth examinó su rostro con una atención que no resultó desagradable.
—El viaje ha sido largo. Los nervios de una boda se soportan mejor después de dormir.
Richard se acercó por detrás de Elspeth.
—Creo que está intentando asustarla antes de tiempo.
La señorita Worth volvió hacia él una mirada imperturbable.
—Se lo estaba diciendo también a usted, señor Hamilton.
Eliza sonrió y empezó a conducirlos al interior.
La casa parecía más pequeña que en la primera visita, aunque no lo era.
Había gente en todas partes: Audrey preguntando a Keller por unas flores que quería poner en el salón durante el banquete, Malcolm ayudando a la señora Drummond a desprenderse de su chal, Ewan intentando explicar qué baúl no debía subir con los de su esposa.
Elspeth miró hacia el salón donde Richard la había saludado como a una desconocida.
Él se inclinó un poco hacia ella.
—¿Qué ocurre?
—Nada. Estoy recordando.
Richard siguió sus ojos.
Luego le tomó la mano, allí, delante de todos.