Capítulo 14 #3
Weller bajó la cabeza para disimular una sonrisa.
Fergus recogió el sombrero.
—No den este asunto por terminado.
Elspeth avanzó hasta quedar a la altura de Richard.
—No lo doy por terminado. Doy por terminada su visita.
Él la contempló unos segundos.
Después se inclinó un poco, y salió.
El criado abrió la puerta antes de que tuviera que pedirlo. Fergus cruzó el umbral sin mirar atrás, pero al llegar al carruaje se detuvo para responder algo a su esposa. Elspeth no pudo oírlo.
Vio que la mujer no sonreía.
Tampoco él.
Cuando el coche empezó a alejarse, Weller soltó el aire.
—No había tenido una visita tan poco agradable desde la última vez que mi acreedor decidió encontrarme despierto.
Hargreaves lo miró.
—Weller.
—Ya me callo.
Margaret cerró los ojos un instante, como si estuviera concediéndose el placer de saborear lo ocurrido antes de empezar a hacer preguntas.
Elspeth se volvió hacia Richard.
La satisfacción de ver marcharse a Fergus no había borrado nada.
Estaban prometidos.
O al menos eso acababan de decir.
—Ahora —anunció Margaret—, me gustaría oír la parte que me he perdido —Richard abrió la boca, pero ella levantó una mano—. No lo que ha ocurrido desde que ese hombre ha entrado. Lo de antes.
Elspeth sintió calor en las mejillas por una razón que no tenía nada que ver con Fergus.
Weller miró hacia la puerta del salón.
Hargreaves encontró de pronto algo que hacer con los guantes.
Richard no se movió.
—Hemos estado hablando de nuestro futuro —respondió.
Margaret los observó a los dos.
—Eso esperaba.
Elspeth le dirigió una mirada de advertencia.
—Tía, necesitamos unos minutos.
La satisfacción de Margaret se suavizó. Miró las manos de su sobrina, que ya no estaban unidas a las de Richard, y después la expresión de él.
Comprendió más de lo que dijo.
—Desde luego. Mientras tanto, nuestros invitados pueden aceptar algo de comer.
—No quisiéramos molestarla —empezó Hargreaves.
Margaret lo interrumpió con una inclinación.
—No molestan en absoluto, capitán. Después de lo que acabo de presenciar, me parecería una falta de hospitalidad permitir que se marcharan con hambre.
Weller recuperó la sonrisa.
—En ese caso, no intentaré disuadirla.
Margaret empezó a conducirlos hacia el comedor, pero se detuvo al recordar algo.
—Richard ha dicho que la boda será antes de que vuelva al regimiento. ¿De cuánto tiempo estamos hablando?
El silencio cambió de naturaleza.
Elspeth miró a Richard.
Él respondió.
—Debo estar en Londres el nueve de noviembre.
Margaret frunció el ceño.
—¿El nueve de noviembre?
—Dentro de diez días —precisó Hargreaves—. Y debemos contar el viaje.
La alegría de Margaret no desapareció, pero dejó de tener nada de despreocupado.
Volvió hacia Elspeth.
—Entonces no conviene que confundáis la prisa con una decisión.
—No lo haremos —respondió su sobrina.
Margaret la observó un instante más.
Después asintió.
—Bien. Hablad, hijos míos.
Se llevó a los dos oficiales sin añadir otra palabra.
Solo Weller se giró brevemente hacia Richard.
Su sonrisa ya no era burlona.
—Esta vez no contestaré ninguna invitación por ti.
Richard lo miró.
—Por fin lo has entendido, amigo.
Hargreaves empujó suavemente a su compañero por el hombro para que siguiera andando.
Cuando quedaron solos, Elspeth volvió hacia el pequeño salón.
Richard fue detrás.
La orden militar seguía sobre la mesa.
Elspeth la vio antes de detenerse junto a la ventana. No sabía por qué esperaba encontrar la habitación cambiada. El fuego continuaba ardiendo, había dos vasos intactos y la horquilla que dejó antes de la llegada de los oficiales permanecía en el mismo sitio.
Richard cerró la puerta, sin echar ningún pestillo.
Ella se volvió.
—¿Lo has dicho para que se marchara?
Richard negó.
—Quería que se marchara. Pero no he decidido casarme contigo por Fergus.
Elspeth se quedó mirándolo.
—Esta mañana no habías decidido casarte conmigo.
—Esta mañana no había terminado de reconocerlo —Ella bajó la vista. Richard no se acercó todavía—. Debí preguntártelo antes de anunciarlo.
—Sí —La respuesta fue inmediata. Él la aceptó. Elspeth volvió a mirarlo—. He dicho que sí porque he querido. No porque me hayas dejado sin otra respuesta delante de todos.
Richard se acercó.
—Quiero casarme contigo —dijo él.
Elspeth sintió moverse algo en su garganta.
—Tengo carácter suficiente para hacértelo bastante difícil —murmuró.
Richard sonrió un poco.
—Ya lo he comprobado —La pequeña sonrisa desapareció antes de que siguiera hablando—.
Quiero que lo que hemos hablado esta mañana deje de ser una vida que solo imaginamos.
Quiero compartirla contigo. Con las temporadas en Inglaterra, con tus regresos a Escocia, con las cartas cuando no podamos estar juntos.
No sé resolverlo todo todavía, pero sé con quién quiero intentarlo.
Elspeth miró un instante la orden sobre la mesa.
—Y te marchas.
—Sí.
No intentó suavizarlo.
Ella agradeció la respuesta, aunque doliera.
—No te voy a prometer que podré quedarme ni que tendremos una fecha de regreso enseguida —añadió Richard—. Pero no quiero seguir esperando a tener una vida sin dificultades para pedirte que formes parte de ella.
Elspeth volvió los ojos hacia él.
Richard le tomó una mano.
—Cásate conmigo, Elspeth.
La petición fue mucho más baja que el anuncio que había hecho en el vestíbulo.
También tuvo más peso.
—Sí, Richard.
Él se quedó inmóvil un segundo.
Después le sostuvo la cara entre las manos y la besó.
No hubo prisa. Tampoco una búsqueda de la intimidad que habían compartido antes de que llegaran sus amigos. Elspeth le apoyó las manos en el pecho y recibió aquel beso como algo distinto, una respuesta a la pregunta que llevaban semanas evitando formular del todo.
Cuando Richard se apartó, ella no retiró las manos.
—Quería oírtelo decir sin que hubiera nadie a quien desafiar —murmuró.
Él le acarició la mejilla.
—Lo entiendo.
—Y quiero que recuerdes que también he elegido yo.
Richard apoyó la frente junto a la suya durante un instante.
—No voy a olvidarlo.
Elspeth sonrió. La emoción la hacía sentirse extrañamente torpe y, al mismo tiempo, mucho más tranquila de lo que había estado desde que entró Fergus.
Después volvió a mirar el sobre.
—Diez días.
Richard siguió su mirada.
—Lo sé.
—No podemos pasar nueve intentando decidir qué clase de boda queremos.
Él soltó una risa baja.
—Tu tía no nos lo permitiría.
Como si hubiera oído su nombre a través de la puerta, llegó desde el comedor la voz de Margaret pidiendo al criado que avisara a la cocinera. Weller respondió algo que hizo reír a alguien.
Elspeth sacudió la cabeza.
—Va a ser insoportable.
—Lleva años esperando tener razón.
—No se lo digas así. Ya cree que todo ha ocurrido gracias a ella.
Richard sonrió y volvió a besarla, brevemente.
La ligereza duró unos segundos. Después Elspeth le sujetó la mano.
—No quiero una gran celebración mientras sigo de luto.
—No la habrá.
—Quiero que estén las personas que importan.
Richard asintió.
—Avisaré a mis padres hoy.
Elspeth pensó en Eliza, en la manera en que había defendido su derecho a marcharse de Hamilton Lodge aun deseando que regresara como nuera.
—Tu madre querrá estar en la boda.
—Haremos lo posible para que esté.
No convirtió aquella esperanza en una certeza. Elspeth ya conocía demasiado bien la diferencia y agradeció no tener que señalarla.
Richard miró hacia la puerta.
—Tendremos que hablar con Margaret.
Margaret se giró con los ojos brillantes en cuanto entraron en el comedor.
Weller estaba sentado con una copa delante. Hargreaves permanecía junto a la ventana, hablando con ella. Los tres guardaron silencio al verlos juntos.
Elspeth no soltó la mano de Richard.
—Vamos a casarnos, tía.
Margaret los observó de uno a otro.
—Eso había oído.
—Ahora te lo estamos diciendo nosotros, sin presiones externas —respondió Elspeth.
La expresión de su tía cambió.
La satisfacción de casamentera cedió por un instante ante algo mucho más íntimo. Margaret se acercó y tomó la mano libre de su sobrina entre las suyas.
—Entonces me alegro, querida.
Elspeth sintió que se le humedecían los ojos. Había echado de menos a sus padres en tantos momentos durante aquellas semanas que pensó que ya conocía todas las formas de aquella ausencia.
No era cierto.
Margaret le apretó los dedos y no intentó obligarla a hablar.
Richard permaneció a su lado.
Hargreaves fue el primero en acercarse a él. Le ofreció la mano.
—Hamilton —Richard se la estrechó. El capitán lo observó un momento antes de sonreír—. Me alegro por vosotros.
Weller llegó después.
—Yo también —dijo—. Aunque sospecho que mi intervención en esta historia no ha sido apreciada como merece.
Richard arqueó una ceja.
—Te lo perdonamos.
—Quizás haya ayudado de algún modo a esta unión.
Elspeth se rio antes de poder evitarlo.
Margaret se giró hacia el teniente, ofendida.
—No se atribuya usted el mérito. Algunos llevamos bastante más tiempo ocupándonos de esto.
Weller levantó ambas manos.
—Me retiro de la disputa, señora Drummond.
—Hace bien.
La risa alivió la emoción sin borrarla. Richard miró a Elspeth y encontró el hoyuelo junto a su boca. Por primera vez no tuvo que apartar los ojos para fingir que no le importaba verla así.
Hargreaves dejó la taza sobre la mesa.
—Organizaremos el viaje de manera que tengáis todo el tiempo posible para la boda.
Richard asintió.
—Gracias.
No pidieron una explicación de cómo pensaban vivir después ni fingieron que la noticia militar hubiera dejado de existir. Aún tendrían que salir de Escocia, presentarse en Londres y atender las instrucciones que los esperaban.
Pero habría una boda.
Margaret ya estaba pidiendo papel.
—Primero avisaremos a quienes deban saberlo —dijo—. Después hablaremos de lo demás.
Richard miró a Elspeth.
Ella seguía sujetándole la mano.
Hasta entonces habían discutido una promesa hecha por hombres muertos hacía más de un siglo.
Ahora acababan de dar la suya.