Capítulo 14 #2
—¿Su marido le ha dicho que había acordado entregarle la casa?
La sonrisa de la señora Drummond desapareció.
—Me dijo que los asuntos estaban muy avanzados.
—La reclamación está siguiendo su curso —intervino Fergus—. No veo motivo para que mi familia no conozca un lugar en el que quizás acabemos viviendo.
—Porque yo sigo viviendo aquí —respondió Elspeth—. Y porque no le he dado permiso para disponer de mis habitaciones ni para prometerlas a sus hijos, por muy entrañables que estos sean.
Fergus bajó la voz.
—No es necesario hablar de esa manera delante de ellos.
Elspeth sintió subir la indignación.
—Ha sido usted quien los ha traído.
Richard no intervino. Lo tenía a un paso, lo bastante cerca para notar que se había quedado muy quieto.
Fergus miró a su esposa y después regresó a Elspeth.
—Quería evitar que esto siguiera siendo tan desagradable. Hay formas razonables de organizar una transición.
—No hay ninguna transición acordada.
—Todavía.
Aquella palabra le hizo apretar las manos.
A su espalda se abrió la puerta exterior. Elspeth oyó la voz de su tía Margaret, preguntando al criado por el carruaje detenido delante de la entrada. Su tía apareció con el chal todavía abrochado y se detuvo al encontrarse con los visitantes.
—Señor Drummond.
La cortesía no consiguió ocultar el disgusto.
Fergus pareció agradecer una interlocutora nueva.
—Señora Drummond. Hemos venido a conocer la casa.
Margaret miró a los niños y después a Elspeth.
—Ya veo.
No preguntó nada más. Se quitó los guantes despacio, como si necesitara decidir dónde dejar toda la indignación antes de hablar.
Fergus aprovechó el silencio.
—No creo que ninguno de nosotros gane nada prolongando una situación que terminará exigiendo decisiones desagradables.
Entiendo que su sobrina quiera conservar la esperanza, pero la presencia de amigos influyentes no cambia las condiciones de las escrituras —Sus ojos fueron hacia Richard—.
Tarde o temprano tendrá que organizar su vida sin esperar una solución que quizás no llegue.
—No tendrá que organizarla sola —respondió Richard.
Fergus hizo un gesto breve, impaciente.
—Eso ya lo escuché en Hamilton Lodge.
Richard se volvió un poco hacia Elspeth.
Ella vio la decisión en su rostro antes de oír las palabras.
—La señorita Drummond y yo estamos prometidos.
Margaret dejó caer uno de los guantes.
Weller dejó ir un silbido mientras se encendía un cigarrillo y Hargreaves se limitó a quedarse muy quieto.
Elspeth tampoco se movió.
Durante un instante no oyó el roce de la ropa, ni el viento contra la puerta, ni al niño que preguntaba algo en voz baja a su madre. Solo vio los ojos de Richard, azules y fijos en los suyos.
No estaban prometidos cuando él había entrado aquella mañana.
Habían hablado de una vida posible. De Inglaterra, de la India, de ausencias y regresos. Habían descubierto cuánto deseaban seguir juntos, pero no habían pronunciado aquello.
Richard acababa de hacerlo delante de todos.
Ahora la estaba mirando a ella y le ofreció la mano.
Elspeth bajó los ojos hacia los dedos que conocía tan bien y después volvió a su rostro.
Podía discutir la forma en que había llegado aquel momento.
No podía fingir que deseaba otro hombre a su lado.
Tomó su mano sin dudarlo.
—Sí —dijo. Richard respiró despacio. Elspeth se volvió hacia Fergus—. Y eso no convierte mi casa en un lugar que pueda enseñar sin mi permiso.
Margaret se llevó una mano al broche del chal.
—¡Dios ha escuchado mis plegarias!
La exclamación fue tan sincera que Weller tuvo que mirar hacia otro lado mientras echaba el humo del tabaco.
Elspeth cerró los ojos un instante.
—Tía...
—No me mires así, querida. Llevo años oyéndoos asegurar que no os casaríais jamás. Creo que tengo derecho a alegrarme de que hayáis terminado de discutir y que yo haya tenido la razón desde el principio.
Richard no consiguió evitar una sonrisa.
Margaret lo señaló con el guante que aún conservaba.
—Y usted no se ría. También ha contribuido bastante a hacerme perder la paciencia.
—Lo sé, señora Drummond.
—Tenía que ausentarme una mañana para que resolvierais lo que llevaba tanto tiempo viendo.
Hargreaves recogió el guante caído y se lo tendió.
—Se le ha caído esto.
—Gracias, capitán. Estoy tan emocionada que soy capaz de hasta perder la cabeza —rio la señora Drummond, perdiendo parte de su compostura habitual.
Fergus no parecía encontrarle ninguna gracia.
—Un compromiso no es un matrimonio.
La frase apagó las sonrisas.
Richard volvió hacia él.
—Lo sabemos.
—Entonces comprenderá que no cambia mi reclamación.
—Tampoco la convierte en propietario —respondió Elspeth.
Fergus miró las manos que seguían unidas.
—No sé qué les han aconsejado, pero no pienso esperar indefinidamente a que lord Richard regrese de su próxima guerra para que ustedes decidan una fecha.
Richard dejó de sonreír por completo.
Elspeth sintió que sus dedos se afirmaban alrededor de los suyos, sin apretarla.
—Nos casaremos antes de que regrese a mi regimiento —dijo él.
Fergus tardó un momento en responder.
—¿Antes?
Elspeth miró a Richard.
Él la miró también.
La orden del nueve de noviembre seguía en el salón.
Diez días.
No había olvidado ninguna de aquellas cosas. Precisamente por eso comprendió lo que Richard acababa de decir.
Ella volvió hacia Fergus.
—No tendrá que esperar a que vuelva de la India.
Margaret recogió por fin el segundo guante del suelo y enderezó la espalda con una satisfacción que no intentó disimular.
—Como ve, señor Drummond, tenemos bastante de lo que ocuparnos. Esta mañana no habrá visitas por la casa.
La esposa de Fergus fue la primera en moverse.
—Creo que deberíamos dejarles intimidad.
Elspeth la miró. La mujer tenía la mano de su hija sujeta entre las suyas y los ojos fijos en su marido, esperando una decisión que él parecía incapaz de tomar sin sentir que retrocedía.
—Acompaña a los niños al carruaje —dijo Fergus—. Terminaré enseguida.
La niña miró hacia la escalera con una decepción pequeña, inocente. Elspeth sintió una punzada de rabia contra el hombre que les había prometido habitaciones antes de poseer la casa.
Margaret se acercó a la esposa.
—Mi doncella la acompañará. Sigue lloviendo y no quiero que la pequeña Drummond se moje.
No hubo ironía en su voz. La mujer le dio las gracias y se despidió de Elspeth con una inclinación mucho menos segura que el saludo con que había llegado.
Cuando los niños cruzaron la puerta, Fergus se volvió hacia Richard.
—No voy a dejarme impresionar por una declaración hecha para librarse de una visita incómoda.
Richard soltó despacio la mano de Elspeth. Ella no se apartó de su lado.
—Entonces habrá perdido el viaje —respondió él—. Porque la visita ha terminado igualmente.
Fergus miró a Hargreaves y a Weller.
Ninguno había tenido que acercarse para que el vestíbulo le resultara menos cómodo.
El capitán se mantenía junto a la puerta del salón, con los hombros anchos bajo la chaqueta y las manos tranquilas. Weller estaba al otro lado, fumando, pero con la atención puesta en cada movimiento del visitante.
Fergus volvió hacia Elspeth.
—No le aconsejo que permita que la precipiten a una boda solo para evitar una reclamación legítima.
—Hace unos minutos quería que aceptara abandonar mi casa —respondió ella—. Le agradeceré que no empiece ahora a preocuparse por la libertad de mis decisiones.
Margaret soltó una breve exhalación de aprobación.
Richard miró a Fergus.
—La ha oído.
El hombre sostuvo su mirada, aunque tuvo que levantar un poco la barbilla.
—Que haya encontrado tres oficiales dispuestos a respaldarla no hará desaparecer mis derechos.
—Nadie le ha pedido que renuncie a presentar lo que crea que le corresponde —dijo Hargreaves—. Pero hemos oído a la señorita Drummond pedir que abandone esta casa.
Fergus lo miró por primera vez como a un adversario concreto.
—No estaba hablando con usted, capitán.
—Y, sin embargo, le he entendido perfectamente.
Weller se apartó del paso a la puerta, dejándolo libre de manera deliberada mientras le daba una calada al cigarrillo.
—Su familia lo espera.
Fergus no se movió.
Richard dio un paso hacia él.
No fue brusco. No necesitó serlo.
—Sus hombres ya intentaron llevarse animales de un arrendatario que había pagado —dijo—. Su firma estaba en la autorización. Uno de ellos me abrió la cara cuando lo aparté de Davie.
Weller miró el corte casi curado en su pómulo. La expresión se le endureció.
Hargreaves permaneció inmóvil, pero su mirada gris no se separó de Fergus.
—Si pretende volver a enviar hombres para intimidar a estas familias —continuó Richard—, procure que entiendan que no van a encontrar a Elspeth indefensa. Ni hoy ni cuando yo no esté.
Fergus dejó escapar una risa sin humor.
—¿Piensa dejar aquí una guarnición?
—No la necesitamos —respondió Hargreaves—. Basta con que sus hombres comprendan que habrá testigos, ayuda y alguien dispuesto a detenerlos si vuelven a emplear la fuerza.
Weller inclinó ligeramente la cabeza.
—Y le convendría no volver a probar con un anciano junto a un cercado. Pruebe con uno de nosotros, solo uno.
Elspeth vio el esfuerzo que le costó a Fergus mantener la expresión.
Había llegado con una esposa y dos niños, convencido de que podía obligarla a representar delante de ellos la pérdida de su casa. Ahora tenía que retirarse sin que ninguno de los tres hombres fingiera no haber comprendido lo que pretendía.
—¿Debo entender esto como una amenaza? —preguntó.
Richard no miró a sus amigos.
—Debe entender que no volverá a entrar aquí sin permiso.
Si quiere hablar con Elspeth, pedirá una visita a través de los abogados.
Si quiere reclamar algo, lo hará por el conducto que corresponda.
Y si vuelve a mandar hombres a imponer por la fuerza lo que nadie le ha concedido, responderá por ello ante mí.
Fergus volvió hacia Margaret, como si esperara encontrar en ella alguna objeción.
La tía de Elspeth se había situado junto a la consola. Tenía ambos guantes doblados con esmero.
—No me mire a mí —dijo—. Me parece que se lo han explicado con bastante claridad.