Capítulo 14
Richard reconoció la voz de Weller antes de que terminara de pronunciar su nombre.
Elspeth también.
Durante un instante se quedaron inmóviles, mirándose como si el silencio pudiera devolverles los minutos anteriores. Después ella se incorporó y Richard se apartó lo suficiente para dejarla arreglarse el vestido.
Unos golpes discretos sonaron en la puerta.
—Señorita, el capitán Hargreaves y el teniente Weller preguntan por lord Richard.
—Enseguida los recibimos —respondió Elspeth.
Su voz salió más firme de lo que él esperaba.
Richard recogió una horquilla del cojín y se la dejó en la mano. Ella levantó los ojos hacia él; todavía tenía las mejillas encendidas y una expresión que le dificultó recordar por qué debía alejarse.
—¿Se me nota mucho? —preguntó en voz baja.
Richard le acomodó un mechón junto a la sien.
—No.
Elspeth arqueó una ceja.
Él acabó sonriendo.
—Weller sospecha algo incluso cuando no ha ocurrido nada. No merece la pena preocuparse por él.
Aquello consiguió arrancarle una risa breve. Richard esperó a que se pusiera de pie y solo entonces se acercó a la puerta.
No había terminado de abrir cuando su amigo apareció al otro lado.
—Por fin. Tu hermana empezó por ofrecernos comida, después quiso saber cuánto tiempo pensábamos quedarnos y solo entonces recordó que quizás te encontraríamos aquí.
La última vez que había visto a sus amigos, Hargreaves y Weller seguían en Hamilton Lodge. Richard había partido solo hacia Escocia, sin imaginar que volvería a encontrarlos tan pronto y mucho menos en el vestíbulo de Drummond.
Hargreaves aguardaba unos pasos detrás. Su mirada pasó del rostro de Richard al de Elspeth y se detuvo allí un segundo.
—Señorita Drummond —saludó, inclinándose—. Espero que disculpe la visita inesperada.
—Son bienvenidos, capitán.
Weller se quitó el sombrero ante ella. El viaje le había dejado el cabello castaño claro aún más desordenado de lo habitual y una salpicadura de barro en el cuello del abrigo. Su sonrisa apareció por costumbre, pero perdió algo de la picardía en cuanto vio cómo Richard los observaba.
—No sabíamos que interrumpíamos una visita —dijo él.
—Ahora lo sabes —respondió Richard.
Hargreaves entregó el sombrero al criado antes de que Weller encontrara una réplica.
—Tenemos que hablar contigo.
El tono bastó.
Richard miró al capitán y dejó de pensar en las bromas de su amigo.
—¿Ha ocurrido algo?
Hargreaves se desabrochó el abrigo. Tenía los hombros húmedos y las manos enrojecidas por el frío.
—Han cambiado nuestras instrucciones.
Elspeth dio un paso hacia la puerta del salón.
—Haré que traigan algo caliente.
Richard le tocó suavemente el brazo antes de que se apartara.
—Puedes quedarte.
Ella lo miró. Él no añadió que las noticias también la afectaban. Después de lo que acababan de hablar, no hacía falta.
Entraron juntos.
Hargreaves esperó a que el criado se retirara antes de sacar un sobre del bolsillo interior. Richard reconoció el sello y lo recibió sin sentarse.
Elspeth se quedó cerca de la chimenea.
—Recibí ayer la orden para presentarme el dieciocho de noviembre —dijo él mientras desplegaba las hojas.
—Esta es posterior —respondió Hargreaves.
Richard encontró la fecha.
Volvió a leerla.
—El nueve.
El capitán asintió.
—Nos han incluido en un grupo que debe salir antes. Tenemos que presentarnos en Londres el nueve de noviembre.
Diez días.
Richard miró a Elspeth. Ella no había bajado los ojos ni buscado una silla. Lo observaba con una atención que le recordó la tarde anterior, cuando recibió la primera carta.
Solo que ahora había menos tiempo.
—Mi solicitud... —empezó.
—Esto no responde a lo que hayas escrito —lo interrumpió Hargreaves con suavidad—. Las órdenes salieron antes. Afectan a varios de los que regresamos al regimiento.
Richard terminó de leer.
Weller se había quedado junto a la mesa, con los guantes entre las manos. No parecía dispuesto a hacer ninguna observación sobre lo incómodo de la visita.
—¿Cuándo os llegó? —preguntó Richard.
—Hace poco —respondió Hargreaves—. Nos informaron de que tu comunicación seguiría la dirección de Hamilton Lodge. Pensamos que sería más rápido traértela.
Richard dobló la primera hoja sin apartar la vista del resto.
—Ayer me dijeron que tenía veinte días.
—Lo sé.
Elspeth se movió por primera vez.
—¿Tendrían que abandonar Escocia mucho antes del nueve?
Richard levantó la cabeza.
Hargreaves respondió sin suavizarlo.
—Debemos dejar margen para el viaje y para lo que tengamos que atender en Londres. No podemos pasar aquí los diez días.
Ella asintió.
Richard habría preferido una protesta. Algo a lo que responder, una pregunta que pudiera resolver con seguridad. Elspeth había hablado aquella mañana de acompañarlo, de escribirle, de aprender a vivir con sus ausencias. Ahora escuchaba cuánto se había acercado la primera de ellas.
Weller dejó los guantes sobre la mesa.
—No hemos venido para llevarnos a Hamilton esta misma tarde, señorita Drummond.
—Lo comprendo —respondió ella—. Pero han venido porque ya deben empezar a pensar en hacerlo.
El teniente perdió la respuesta que había preparado.
Hargreaves inclinó la cabeza.
—Sí.
Richard dejó la orden junto al vaso que no había tocado.
—Hablaré contigo de la salida —le dijo al capitán—. Después.
Hargreaves aceptó el aplazamiento. Weller también.
Ninguno sugirió que aquello pudiera dejar de importar por no hablarlo durante unos minutos.
Desde el vestíbulo llegó el ruido de un carruaje. Elspeth volvió la cabeza, pensando sin duda en su tía, pero el criado que apareció en la puerta no anunció a su tía.
—Señorita, ha llegado el señor Fergus Drummond.
Richard se enderezó.
—¿Solo? —preguntó Elspeth.
—Lo acompañan su esposa y sus hijos.
Durante unos segundos, Elspeth no supo qué le produjo mayor sorpresa: que Fergus hubiera vuelto o que hubiera decidido llevar a su familia.
—No esperaba su visita —dijo.
El criado vaciló.
—Ha dicho que no la entretendrá mucho.
Elspeth miró a Richard. Él seguía junto a la mesa, pero la quietud con que había recibido las noticias de Hargreaves había cambiado. Reconoció aquella seriedad suya, la que aparecía cuando dejaba de escuchar un problema y empezaba a decidir qué hacer.
—Voy a recibirlo en el vestíbulo —resolvió ella.
No quería a Fergus en el pequeño salón.
No aquella mañana.
Richard la siguió. Sus amigos permanecieron un momento detrás, hasta que Hargreaves recogió el abrigo que había dejado en una silla y Weller hizo lo mismo.
Elspeth encontró al visitante examinando la escalera.
Su esposa estaba cerca de la puerta, con una niña cogida de la mano. El niño, algo mayor, había avanzado hasta la consola donde Margaret solía dejar la correspondencia.
Fergus volvió el rostro al oírla.
—Señorita Drummond. Confío en que no le importe que hayamos venido.
No había esperado su respuesta para quitarse los guantes.
Elspeth se detuvo al pie de la escalera.
—Dependerá del motivo.
Fergus hizo una indicación hacia su esposa.
—Mi familia quería conocer la casa. Hemos estado visitando a unos parientes de la zona y pensé que sería una buena ocasión.
La mujer sonrió con cierta reserva.
—Mi marido me ha hablado mucho de Drummond.
Elspeth recibió el saludo antes de volver hacia Fergus.
—No sabía que nuestra última conversación hubiera terminado con una invitación.
Él apretó ligeramente los labios.
El niño se acercó a su padre y le tiró de la manga.
—¿Podemos ver las habitaciones? Dijiste que podríamos escoger cuando viniera mamá.
Elspeth permaneció inmóvil.
La esposa de Fergus bajó los ojos hacia su hijo.
—Espera un momento.
—¿Esta no es la casa nueva?
La pregunta quedó en el vestíbulo con una claridad que nadie pudo fingir no haber oído.
Elspeth miró al niño. No tendría más de nueve años. La observaba con curiosidad, sin comprender por qué los adultos habían dejado de hablar.
—Esta es mi casa —le respondió sin dureza—. Tu padre ha venido a conversar conmigo.
El muchacho volvió hacia Fergus, confuso.
Richard apareció a su lado.
—Me parece que tendrá que explicarles algo a los niños antes de enseñarles ninguna habitación.
Fergus lo reconoció y el cambio en su expresión fue inmediato. Su mirada descendió hacia el tartán Hamilton que el criado había dejado en el perchero, regresó al rostro de Richard y después se desplazó hacia los otros dos hombres que acababan de salir del salón.
Hargreaves no sonreía.
Weller tampoco, aunque conservaba en la boca una cortesía que Elspeth empezaba a reconocer como poco tranquilizadora.
—Lord Richard —saludó Fergus—. Creía que seguiría en Glenmuir.
—Y nosotros creíamos que una visita se concertaba con la dueña de la casa —respondió él.
Elspeth se adelantó antes de que Fergus pudiera contestar.
—Le presentaré a nuestros invitados. El capitán Hargreaves y el teniente Weller.
Los oficiales inclinaron la cabeza hacia la esposa de Fergus. Ella respondió al saludo con visible incomodidad.
Fergus Drummond, que rondaba los cuarenta, tenía el cabello castaño cuidadosamente peinado hacia atrás y algunas hebras grises en las sienes que parecían haber sido colocadas allí para añadirle respetabilidad.
Llevaba un abrigo de excelente paño, demasiado nuevo para el barro de los caminos, y una corbata anudada con tanta precisión que daba la impresión de haber pasado más tiempo ante el espejo que sobre un caballo.
Su esposa era una mujer menuda y muy compuesta, envuelta en un vestido color ciruela con más volantes de los que el vestíbulo de Drummond parecía necesitar. Llevaba un sombrero adornado con plumas que había sobrevivido peor que ella al viaje y que ahora se inclinaba peligrosamente hacia un lado.
Juntos tenían el aspecto de una pareja que había venido preparada para inspeccionar cortinas y escoger habitaciones, no para encontrarse con tres hombres que habían regresado de una guerra.
—No pretendíamos interrumpir —dijo Fergus.
—Pues ha elegido una manera extraña de evitarlo —observó Weller.
Hargreaves le dirigió una mirada breve. No tuvo que decir nada para que el teniente guardara silencio.
Elspeth se volvió hacia la mujer.