Capítulo 13 #3
La expresión de él cambió. No hubo diversión ni aquella satisfacción masculina que Elspeth había temido encontrar alguna vez al hablar de su inexperiencia.
—No me molesta darme cuenta de lo que sientes.
—Eso es porque no eres tú quien pierde el hilo de una conversación al verte sin camisa.
Richard bajó los ojos, y esta vez la sonrisa fue imposible de contener.
Elspeth le apretó los dedos.
—No te rías.
—No me estoy riendo de ti.
Ella lo sabía. Aun así, se le calentaron las mejillas.
Richard volvió a mirarla.
—Ayer tardé mucho más de lo necesario en vestirme porque estabas al otro lado de la puerta. No eras la única que había olvidado para qué había entrado allí.
Elspeth se quedó quieta.
La confesión le hizo más bien que una explicación acerca de lo poco que debía preocuparle la experiencia.
—No parecías nervioso.
—Había un molinero dispuesto a prestarme otra toalla. Intenté conservar algo de dignidad.
Ella se rio, y Richard acercó la mano que le sujetaba hasta besarle los dedos. El gesto no tuvo prisa.
—No estoy comparándote con nadie —dijo él, al bajarla—. No espero que adivines cómo debes comportarte ni que sepas lo que quiero antes de que te lo diga.
Elspeth lo escuchó sin apartar los ojos.
—¿Y qué quieres?
Richard le sostuvo la mirada.
—Estar contigo, con mi amiga de la infancia, con la mujer que me saca de mis casillas y me humilla cada vez que puede.
Elspeth rio. Aquello le aflojó una tensión que no sabía cuánto tiempo llevaba sosteniendo.
—No quiero que tengas que ser cuidadoso conmigo siempre.
—Ser cuidadoso no me supone ningún sacrificio, Elspeth.
Elspeth pensó en las palabras de Margaret.
No estaba obligada a ganarse su cariño demostrando que sabía ser alguien distinto.
Se giró un poco hacia él.
Fue él quien se acercó para besarla.
Elspeth lo recibió sin la impaciencia de otros encuentros. Sintió su mano en la mejilla y dejó de buscar una frase con la que disimular lo mucho que deseaba quedarse allí. Cuando se apartó, él mantuvo el rostro cerca del suyo.
—¿Estás bien?
Ella asintió y se acomodó junto a él en el mismo sofá, todavía con una mano sobre su chaqueta. Habían pasado semanas encontrando motivos para tocarse y razones para interrumpirlo. Aquella mañana no había una discusión que resolver con un beso ni una taberna al otro lado de la puerta.
Richard comprobó que la puerta estuviera bien cerrada. La doncella seguía en el pasillo; oyó el roce de sus faldas antes de volverse hacia Elspeth. Debería haberle bastado aquel recordatorio para conservar la prudencia.
Ella le tendió la mano.
Richard se acercó y la besó con una impaciencia que ya no consiguió disimular. Recordaba la taberna, la interrupción y los dedos de Elspeth aferrados a su camisa cuando tuvieron que separarse.
—Quédate —susurró ella.
Su voz era baja y suave, con una musicalidad delicada que Richard siempre había encontrado hermosa, pero que allí, tan cerca, adquirió una intimidad distinta.
No había temblor en la petición, solo una dulzura que le recorrió el pecho con más fuerza que cualquier desafío de los que ella solía lanzarle.
No estaba hablando de Escocia ni de lo que ocurriría cuando terminara su permiso.
Richard le besó el cuello mientras le tocaba los pechos por encima de la ropa, unos pechos abundantes, y le colaba la mano por debajo de la falda negra.
Era hermosa de una manera que Richard no había visto hasta entonces: los labios entreabiertos, la respiración más rápida y aquellos ojos gris claro, oscurecidos por una emoción que ya no intentaba esconder.
Elspeth estaba excitada.
Y él quería verla así.
Dejó que la mano descendiera por sus muslos mientras ella temblaba contra él. Elspeth escondió el rostro junto a su pecho, como si así pudiera contener los pequeños gemidos que se le escapaban cada vez que él descubría una nueva manera de hacerla estremecer.
La había visto enfadada, orgullosa, exhausta por el dolor y capaz de enfrentarse a hombres que doblaban su edad sin bajar la mirada. Nunca la había perderse en el placer.
Con las mejillas encendidas.
Los labios apretados.
Richard notaba su propia excitación, deseaba aliviarse, pero continuó acariciándola a ella en su intimidad, estaba completamente empapada, y sintió cómo todo su cuerpo respondía. Aquello estuvo a punto de acabar con el poco dominio que aún conservaba, pero lo soportó.
Había conocido a otras mujeres. Mujeres seguras de sus deseos, acostumbradas a la intimidad y capaces de recibir una caricia sin revelar más de lo que deseaban.
Elspeth era distinta, era virgen.
Era inocente.
Y además, sentía con todo el cuerpo.
No parecía capaz de separar el deseo del resto de sí misma. Richard podía verlo en el rubor de su rostro, sentirlo en los dedos que se cerraban sobre él con fuerza, escucharlo en aquella voz preciosa que se quebraba al pronunciar su nombre.
Y nunca había encontrado nada más delirante, podía enloquecer con ella... por eso, cuando notó sus muslos apretarse contra su mano supo que su vida no tendría otra función que esa a partir de entonces: la de hacer vivir a Elspeth experiencias nuevas y placenteras.
La oyó gemir contra su pecho y sintió cómo todo su cuerpo se estremecía entre sus brazos. Elspeth había alcanzado el clímax. Se había dejado llevar con él, confiando en él de una forma que Richard no habría sabido pedirle.
Bajó la mirada. Con la mejilla todavía apoyada contra su pecho, solo alcanzaba a verle el perfil: las pestañas cerradas, el rubor encendido sobre la piel y los labios entreabiertos mientras intentaba recuperar el aliento.
Richard le apartó con suavidad un mechón de cabello de la cara.
Elspeth levantó entonces los ojos hacia él.
Y fue aquella expresión —aturdida todavía por el placer, vulnerable y absolutamente confiada— la que terminó de desarmarlo.
—No te escondas de mí.
Ella respiró contra su cuello y volvió a abrazarlo.
No se escondió.
Lo miró unos segundos antes de sonreír, algo cohibida. Él no intentó arrancarle una explicación. Esperó, dispuesto a quedarse así cuanto necesitara.
—No me mires tanto —murmuró Elspeth, sin apartarse.
Richard le rozó la sien con los labios.
—Eso va a costarme.
Ella ocultó la sonrisa contra su hombro. Richard la abrazó un poco más, sorprendido por lo mucho que le importaba aquel gesto después de la intimidad: que no buscara recomponerse enseguida, que pudiera quedarse con él sin tener preparada una defensa.
Por una vez, tampoco él necesitó decir nada a pesar de la dureza de su miembro.
—Richard, yo también quiero que tú... —empezó a decir ella con dificultad, poniéndole una mano temblorosa sobre la parte endurecida de su pantalón.
Fue entonces cuando llegaron los caballos.
Al principio, el ruido pareció formar parte del movimiento habitual del patio. Dos monturas deteniéndose, una voz que llamaba a un mozo, pasos en el vestíbulo. Elspeth iba a ignorarlo hasta que Richard se quedó inmóvil.
Una voz masculina llegó con toda claridad desde la entrada.
—Hamilton, espero que estés aquí. No pienso pedirle a tu hermana una cuarta dirección.