Capítulo 13 #2
Levantó los ojos hacia ella.
Elspeth era tan escocesa como una mujer de su posición tenía derecho a serlo.
Había nacido allí, había crecido entre aquellas tierras y llevaba incluso en aquel momento el tartán de los Drummond cruzado sobre el hombro, con su rojo intenso entrelazado con verde oscuro, azul marino y finos trazos de azul más claro.
Richard dejó que la mirada descendiera un instante hacia la lana antes de regresar a sus ojos grises y a sus facciones de las Highlands.
Elspeth sintió aquella algo se le cerraba suavemente en el pecho.
—No deberías necesitar demostrar ninguna de las dos cosas.
—Exactamente. Por eso no quiero prometerte que Drummond será el único lugar al que pertenezca. Puedo querer esta casa, ayudarte a cuidarla y pasar aquí parte de mi vida. Pero también quiero ocuparme de Hamilton Lodge cuando me corresponda.
Elspeth volvió la mirada hacia las ventanas. Más allá de los cristales, las Highlands se extendían bajo un cielo gris, con las laderas oscuras, los brezos húmedos y las montañas perdiéndose entre la bruma.
Le habría gustado imaginarlo allí, ocupando una silla junto al fuego cada noche, entrando por aquella puerta como si siempre hubiera pertenecido a Drummond. Pero quererlo no le daba derecho a pedirle que dejara otra vida atrás.
—¿Te molestaría que fuera mi casa? —preguntó ella.
Richard negó enseguida.
—No se trata de quién la herede.
—Quería estar segura.
—No necesito sustituir tu apellido en la puerta para sentir que tengo un lugar aquí, contigo —Aquello la tranquilizó de una manera que no había previsto. Richard siguió hablando—. También formo parte del ejército.
Elspeth asintió despacio.
—No te he pedido que dejes de ser oficial.
—Lo sé. Ayer me dijiste algo bastante más generoso: que no querías que renunciara a ello para demostrarte que me importas.
—Lo sigo pensando.
Richard le sostuvo la mirada.
—Me gustaría creer que será igual de fácil pensarlo cuando tenga que marcharme.
Elspeth tardó un momento en responder.
—No será fácil —La franqueza pareció aliviarlo más que cualquier intento de tranquilizarlo—. Nunca dije que fuera a serlo —añadió ella—. Pero tampoco quiero que te quedes y acabes mirando hacia otro lugar como si yo te hubiera cerrado la puerta.
Richard bajó los ojos hacia sus manos.
Elspeth lo vio flexionar los dedos de la mano herida.
—Podría pasar temporadas en Inglaterra —dijo ella—. Contigo.
Él levantó la cabeza.
—¿Porque te gustaría o porque crees que es lo que quiero oír?
—Porque me gustaría. Me gustó Hamilton Lodge.
—Pasaste allí casi todo el tiempo preocupada.
—Eso no impidió que viera la casa. Ni cómo eras tú dentro de ella.
Richard se quedó quieto.
Elspeth recordó a Keller sirviéndole lo que prefería sin preguntar, a la duquesa de Hamilton burlándose del tamaño de una porción de tarta, a Alexander escuchando una opinión de su hijo como si no necesitara que nadie le explicara cuánto había cambiado.
—Me gustaría formar parte de tu vida —continuó ella—. Comer con tus padres. Conocer mejor Hamilton Lodge. Que me enseñes los lugares de los que me hablabas junto al arroyo.
Richard la escuchó sin interrumpir.
—Siempre he estado muy sola, Richard. Incluso antes de que murieran mis padres. Drummond ha sido mi hogar, pero también ha sido casi todo mi mundo. Ahora tengo a mi tía, y la quiero, pero no quiero pasar el resto de mi vida sin conocer nada más.
Bajó la mirada un instante y sonrió apenas.
—Y eso ya lo sabías. Mucho antes de todo esto. Siempre he querido salir, ver otros lugares, hacer cosas que aquí no puedo hacer.
Richard sostuvo sus ojos.
—Lo recuerdo.
—Entonces quizás no sea tan terrible que una parte de nuestra vida esté fuera de Drummond. Me gustaría vivir otras experiencias. Conocer Inglaterra contigo. Viajar y conocer personas nuevas.
Una sombra de sonrisa apareció en la boca de Richard.
—Eso podría decepcionarte.
—Estoy dispuesta a correr el riesgo.
Richard asintió.
Por primera vez, Elspeth tuvo la impresión de que la conversación no consistía en encontrar una respuesta que eliminara todas las dificultades. Consistía en averiguar cuantas cosas tenían en común.
Richard permaneció unos segundos mirando el fuego antes de hablar.
—Hay otra cosa que tendríamos que decidir si esto siguiera adelante.
Elspeth volvió la cabeza hacia él.
—¿Cuál?
—La India.
Ella no respondió enseguida.
Richard entrelazó las manos.
—Si nos casáramos y regresara al regimiento, querría que vinieras conmigo.
Elspeth lo observó con atención.
—¿De verdad?
—Sí. No siempre podría tenerte a mi lado. Si el regimiento tuviera que marchar, habría momentos en que tendríamos que separarnos. Pero si estuviera destinado en una guarnición, no querría dejarte en Escocia por sistema mientras yo vivo al otro lado del mundo.
Elspeth bajó la mirada hacia sus manos.
—Pensaba que quizá preferirías mantenerme lejos de todo eso.
Richard negó.
—No quiero decidir por ti dónde debes estar solo porque crea que así estás más segura. Ya hemos hablado de eso.
Ella volvió a mirarlo.
—Entonces me lo preguntarías.
—Sí.
—¿Y si quisiera ir?
Richard sostuvo sus ojos.
—Entonces iríamos juntos.
Elspeth dejó escapar el aire lentamente.
—Nunca he salido de Gran Bretaña.
—Lo sé, por eso te lo propongo y creo que te gustaría.
—No he visto nada parecido a la India.
—Yo tampoco antes de llegar, pero sería un viaje inolvidable. Las esposas de los oficiales suelen quedarse en lugares seguros, y hay muchas fiestas... cosas que jamás has visto, Elspeth.
Ella sonrió un poco.
—Eso suena excitante, Richard.
No era una gran promesa. Elspeth la recibió como algo que sí tenía derecho a pedirle en el futuro. ¡Ella, en la India! ¡Que jamás había salido de Drummond!
Richard cambió de postura.
—Y si no pudieras acompañarme, ¿cómo te imaginas esa vida?
Ella habría preferido tener una respuesta más firme. Miró hacia el jardín, donde el viento movía unas ramas desnudas cerca del cristal.
—Hasta ayer no había pensado mucho más allá de Drummond.
—Lo sé.
La admisión le hizo volver a mirarlo.
Richard tenía los ojos azul oscuro fijos en ella, sin intentar cubrir la dificultad con una sonrisa.
Elspeth respiró hondo.
—Podría esperarte —dijo—. Pero no de cualquier manera —Él no la interrumpió—. No quiero una carta de vez en cuando para saber que estás bien y nada más. No quiero que vuelvas y tengas que enterarte de meses de mi vida como si hubieras estado visitando a una pariente lejana.
Richard bajó la mirada un instante.
—A veces no habrá mucho que contar.
—No te pediría historias interesantes.
—Algunas cosas tampoco serán agradables.
—Tampoco te pediría que inventaras otras —Richard guardó silencio.
Elspeth tuvo la impresión de que aquella parte le resultaba más difícil que hablar de casas—.
Cuando escribías a tu madre, intentabas que no se preocupara —continuó ella—.
Lo comprendo. Pero no quiero que utilices todas las cartas para ocultarme lo que estás viviendo.
Él se frotó el pulgar herido por la guerra contra la palma.
—No siempre se sabe cuánto contar.
—Entonces dímelo también. Puedes escribir que no sabes cómo hablar de algo. Lo que no quiero es descubrir que has estado solo con ello mientras yo recibía noticias de que no ocurría nada.
Richard se levantó y se acercó a la chimenea. No fue una manera de eludirla; Elspeth lo comprendió al verlo permanecer allí, pensando, antes de volverse.
—Nunca había tenido que explicarle mi vida de esa forma a nadie.
La confesión la enterneció.
No intentó hacérselo más fácil diciendo que no importaba.
—Yo tampoco he tenido que compartir la mía con un marido.
Richard apoyó una mano en la repisa.
—Todavía no lo soy.
—Estamos intentando averiguar si podrías serlo.
Él asintió.
La palabra había quedado entre ambos sin traer consigo el pergamino ni las firmas. Por primera vez, Elspeth pudo oírla sin sentir que les estaban pidiendo una solución.
—No necesito tenerte a mi lado cada día —dijo ella—. Necesito saber que no dejamos de construir algo juntos cuando tú no estás.
Richard la miró durante un rato.
—Y que pienso volver.
—Que quieras volver —precisó ella—. Aunque no puedas asegurarme la fecha.
Él se apartó de la chimenea y se sentó junto a ella, dejando todavía un espacio entre ambos.
—Eso no me costaría prometértelo.
Elspeth bajó los ojos. Había imaginado muchas veces escuchar palabras más grandes. Ninguna le había parecido tan necesaria como aquella disposición sencilla a regresar.
—No quiero convertirme en una mujer que vive pendiente de la puerta, quizás algún día yo también cruce caminos hacia ti.
—Me gustaría que lo hicieras.
La respuesta era pequeña. La imagen que dejó entre ambos no lo fue.
Elspeth se imaginó llegando a Hamilton Lodge sin la cartera de documentos contra el pecho, buscando a Richard sin fingir que tenía un motivo ajeno a él. Queriendo entrar en una casa porque allí estaba su marido.
Se obligó a no adelantarse demasiado.
Hablar de lugares, viajes y cartas estaba resultando menos difícil que pronunciar la pregunta que aún conservaba.
Richard debía de haberlo visto. Le acarició una vez el dorso de la mano y esperó, sin apresurarla a cambiar de asunto.
—Esta mañana le he preguntado algo a mi tía —dijo Elspeth.
—¿Sobre mí?
Ella asintió.
—Espero que haya tenido alguna cosa favorable que decir.
—Varias, ya sabes que mi tía no desea otra cosa que no sea nuestro matrimonio... desde hace años.
—Entonces conservaré la esperanza de seguir siendo bien recibido.
Elspeth sonrió, pero no dejó que la broma le ofreciera una salida.
—Le pregunté cómo se sabe si un hombre se cansará de una.
Richard dejó de mover el pulgar.
—¿Eso te preocupa?
—No como lo estás pensando.
—No sabes cómo lo estoy pensando.
Elspeth alzó la vista hacia él.
—No creo que vayas a engañarme. Confío en ti. Pero hay una parte de tu vida de la que no sé casi nada y en la que tú... —Buscó las palabras. Richard no intervino—. Tú sabes estar con una mujer —terminó—. Yo apenas sé estar contigo sin que se me note todo.