Capítulo 13
—¿Cómo se sabe si un hombre acabará cansándose de una?
La señora Drummond dejó de buscar sus guantes y clavó sus ojos grises en su sobrina.
Elspeth había esperado a que terminara el desayuno para hacer la pregunta. Ahora lamentaba no haber aprovechado alguna de las muchas ocasiones anteriores, cuando su tía estaba ocupada y quizás no habría tenido tiempo de mirarla con tanta atención.
—¿De una? —repitió Margaret, estirando más la espalda—. ¿O de ti?
Elspeth bajó los ojos hacia la taza.
—Supongo que la diferencia no importa demasiado.
—A mí me importa.
Su tía se sentó de nuevo. El cabello castaño, muy entrecano, estaba recogido bajo una cofia de interior, y todavía llevaba sobre las rodillas el chal que había pensado ponerse para salir.
No parecía escandalizada. Eso facilitó un poco las cosas.
Al fin y al cabo, Margaret había estado casada y no era una ignorante del tema aunque no hubiera podido tener hijos antes de que su esposo falleciera.
—Quiero decir... tía, el señor Hamilton ha tenido una vida muy distinta de la mía —dijo Elspeth—. Ha conocido a muchas personas. A mujeres que... —Se interrumpió. Margaret esperó sin ayudarla—. Mujeres que no necesitan preguntarle a su tía cómo comportarse —terminó, disgustada consigo misma.
Una sonrisa breve suavizó el rostro de Margaret, comprendiendo los temores de su sobrina.
—Las mujeres que no necesitan preguntarle a su tía cómo comportarse tampoco suelen preocuparse demasiado por conservar la opinión de un hombre —repuso Margaret—.
Y, créeme, querida, un caballero con juicio distingue muy pronto entre una mujer que sabe desenvolverse y una que merece quedarse en su vida.
Elspeth levantó la cabeza.
—Hablo en serio.
—Yo también, querida. ¿Te preocupa que no sea un hombre honrado?
—No —contestó Elspeth con rapidez.
Margaret inclinó un poco la cabeza, como si aquella rapidez le hubiera dicho algo importante.
—Entonces explícame qué te preocupa.
Elspeth acarició con el pulgar el borde de la taza.
La conversación de la tarde anterior seguía demasiado presente: Richard diciéndole que quería dejar de volver a Glenmuir después de cada cena, la carta que los había obligado a pensar en despedidas, la mano que él le sostuvo mientras ambos intentaban comprender cuánto podía cambiar una vida en veinte días.
Confiaba en él.
Eso no impedía que hubiera cosas que la intimidaran.
—Ha tenido una amante —dijo al fin—. Lo sabes.
—Sé que había una dama en Londres.
—Él me lo contó. No tuve que enterarme por otra persona.
Margaret asintió y dejó el chal sobre el brazo de la butaca.
—Y terminó esa relación.
—Sí.
—Pues conviene que juzgues también eso. Un hombre interesado únicamente en conservar todos sus entretenimientos habría encontrado razones para callarse.
Elspeth volvió hacia la ventana.
—No creo que me haya mentido.
—Lo acabas de decir. Por eso empiezo a pensar que no me estás preguntando por su honradez.
La observación la hizo guardar silencio.
Fuera, un criado cruzaba el patio con una cesta.
El cielo seguía cubierto, aunque al menos había dejado de llover.
Richard llegaría pronto. Elspeth había escogido el vestido antes de desayunar y después lo había cambiado por otro igual de negro, pero con un cuello que le sentaba mejor.
No quería pensar demasiado en aquella decisión.
—Me preocupa que conmigo todo le resulte... limitado —admitió—. Que después de un tiempo empiece a echar de menos lo que tenía antes.
Margaret la observó con seriedad.
—La fidelidad de un marido no debería depender de que su esposa consiga entretenerlo a todas horas.
—No me refería solo a conversar.
—Lo he comprendido, querida —Elspeth sintió el calor subirle al rostro.
Su tía, en cambio, parecía mucho menos incómoda que ella—.
No puedes casarte tratando de adivinar qué mujer debes representar para que él no se canse —continuó Margaret—.
Si Richard necesita que seas otra persona, más vale saberlo antes.
—Nunca me ha pedido eso.
—Entonces no se lo atribuyas tú —La sencillez de la respuesta le permitió respirar mejor.
Margaret se inclinó para recoger los guantes que habían caído junto a la butaca—.
No voy a decirte que conozco cómo será dentro de diez años.
No lo conozco. Pero he visto cómo se comporta contigo.
Te escucha, aunque no siempre esté de acuerdo.
Ha dicho la verdad cuando habría sido más cómodo ocultarla.
Y ayer pasó la tarde aquí sin intentar convertir lo que hizo en el río en una razón para que todos lo admiráramos.
Elspeth sonrió hacia la taza.
—Le habría resultado difícil. Estabas demasiado ocupada ordenándole que se cambiara de ropa.
—Alguien tenía que hacerlo.
La sonrisa le duró poco.
—Cuando estoy con él, a veces no sé qué hacer —confesó.
Margaret dejó los guantes sobre su regazo.
—¿Te hace sentir apremiada?
—No. Nunca.
—¿Te avergüenza de lo que no sabes? —Elspeth negó. Recordó el cuarto del molino y a Richard esperando a que pudiera mirarlo a los ojos sin burlarse de ella—. Entonces podrás aprender a estar con él de la misma manera que él tendrá que aprender a estar contigo.
—No parece que a él le falte mucho por aprender.
Su tía soltó una risa baja.
—Ya lo descubrirás.
Elspeth se rio también. No había recibido una garantía ni una promesa de que todo saldría bien. Había recibido algo más útil: permiso para no saberlo todo todavía.
Una doncella apareció en la puerta para avisar a Margaret de que el carruaje estaba preparado.
Su tía se levantó.
—La esposa de Niall me pidió que estuviera con ella cuando regresara el médico. Ha pasado una noche horrible, debo ayudarla.
Elspeth dejó la taza.
—¿Quieres que vaya contigo?
—Tú tienes una conversación pendiente y yo ya le prometí que iría —dijo Margaret.
Después la miró con mayor seriedad—. Pero, querida, por mucho que me alegre ver hacia dónde parece encaminarse todo esto, no confundas mi aprobación con permiso para olvidar las conveniencias.
Dejaré a una doncella cerca. No para importunaros, sino para evitar que tengáis ocasión de lamentar una imprudencia —Elspeth asintió.
Margaret se ajustó el chal y pidió a la doncella que llevara la pequeña cesta preparada junto a la puerta.
Antes de salir, volvió hacia su sobrina—.
No intentes parecer menos decidida de lo que eres para agradarle. Ni más atrevida para impresionarlo.
Elspeth bajó la mirada, sonriendo a pesar de sí misma.
—Jamás pensé que escucharía tus consejos de casamentera, tía.
—Algún día me lo agradeceréis, los dos.
Richard llegó poco después.
Elspeth lo vio entrar con los guantes en una mano y el sombrero en la otra, todavía con algunas gotas de humedad prendidas en el cabello rubio. El tartán Hamilton le cruzaba el hombro y, al entregárselo al criado, las líneas burdeos y los finos trazos ocres se desplegaron sobre el azul marino.
Había acudido porque habían quedado en hablar.
Por ella.
La certeza le produjo una alegría tan clara que no consiguió recibirlo con la expresión serena que había preparado.
Richard la vio sonreír.
—Buenos días.
—Buenos días. ¿Ha desayunado, señor Hamilton?
Él arqueó apenas una ceja.
—¿Eso determinará cuánto tiempo puedo quedarme?
—Solo cuánto tardaré en pedir que traigan algo.
Richard dejó escapar una risa y le ofreció la mano. Elspeth la tomó con una naturalidad que habría sido impensable unas semanas atrás. Él le rozó los dedos con el pulgar, mirándola de una manera que le hizo volver a sentir aquella vergüenza agradable que había intentado explicar a su tía.
—Mi tía ha salido —dijo, provocando una expresión de sorpresa en Richard—. Estará con la esposa de Niall durante la visita del médico.
Richard miró un instante hacia la puerta del salón.
—¿Tardará?
—No lo sé.
El silencio que siguió hizo innecesaria cualquier observación. Había criados en la casa, voces procedentes de la cocina y alguien trabajando en el vestíbulo. No estaban aislados del mundo. Pero nadie de la familia iba a sentarse con ellos ni a interrumpir para pedir una explicación.
Elspeth le indicó el pequeño salón que daba al jardín, donde la doncella dispuesta por su tía se quedaría en la puerta.
Había hecho avivar el fuego y retirar las bandejas del desayuno. Sobre la mesa solo quedaban una jarra de agua, dos vasos y un libro que llevaba varios días intentando terminar.
Richard miró los asientos.
—¿Aquí?
—Me ha parecido un lugar bastante sensato para discutir una vida.
—Espero que no tengamos que discutirla entera antes de comer.
Elspeth sonrió.
—Podríamos empezar por sentarnos.
Richard esperó a que ella escogiera el sofá y ocupó una butaca cercana. Elspeth se dio cuenta de la distancia. No le molestó. Después de lo que habían hablado la víspera, agradecía que ninguno intentara empezar por lo más fácil.
Durante unos segundos, Richard miró el fuego.
Luego volvió hacia ella.
—No quiero vivir siempre en Drummond.
Elspeth sintió la frase con más fuerza de la que esperaba, aunque hubiera sabido que llegaría.
No bajó los ojos.
—Ayer ya me dijiste que Inglaterra sigue siendo tu casa.
—Sí. Pero no sé si has entendido que hablo de vivir allí, no solo de visitar a mis padres unos días.
Ella apoyó las manos sobre la falda.
—Lo estoy entendiendo ahora.
Richard se inclinó un poco hacia delante.
—Esta casa me gusta. Me gusta estar contigo aquí.
Pero no quiero decirte que podría pasar el resto de mi vida entre estas habitaciones.
Hamilton Lodge también es mi casa, Elspeth.
Douglas tendrá la isla de Arran y Brodick; Edward ya posee otras tierras y otras responsabilidades.
Una parte importante de Hamilton Lodge quedará bajo mi cuidado algún día, y no quiero tratarla como un lugar al que regresar únicamente de visita —Elspeth permaneció en silencio.
Richard apoyó los antebrazos sobre las rodillas—.
He tardado demasiado en poder decir esto sin sentir que tenía que justificarme: soy escocés, pero también soy inglés.