El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

Cuando envió aquella solicitud, seguir unas semanas más en Inglaterra solo significaba pasar más tiempo con su familia. No había pensado en Drummond. Ni en una boda. Ni en una mujer cuya mano acababa de soltar para abrir el sobre.

—Tengo que volver al servicio —dijo.

Elspeth miró las hojas.

—¿Cuándo?

—El dieciocho de noviembre debo estar en Londres. Desde allí continuaré hacia la India.

Ella no respondió.

Richard le ofreció la carta.

Elspeth la tomó y buscó la fecha, aunque él acabara de decírsela. Leyó el párrafo completo antes de devolverle el papel.

—No te han concedido más tiempo.

—No.

—¿Cuánto estarías fuera?

Richard apoyó las hojas sobre la mesa.

—No lo sé. No sería una ausencia corta.

Elspeth se sentó.

Le resultaba difícil relacionar al hombre que acababa de decir que deseaba despertarse en aquella casa con el oficial que tendría que atravesar medio mundo para regresar a su trabajo.

Richard permaneció de pie frente a ella.

—¿Quieres volver? —preguntó.

Él miró la carta.

Habría sido más sencillo que le preguntara por el viaje. Podría haberle explicado lo que sabía, hacer cálculos, hablar de barcos y fechas.

Para aquello no tenía una respuesta preparada.

Pensó en sus compañeros, en los caballos del regimiento y en los hombres que seguirían allí. Había compartido con ellos una parte de su vida que no desaparecía al cambiarse el uniforme.

—Una parte de mí sí —admitió. Elspeth bajó los ojos.

Richard se sentó a su lado, sin tocarla—.

No echo de menos la guerra. Pero el ejército no ha sido solo eso.

He aprendido a hacer un trabajo y a responder por otras personas.

He tenido amigos con los que he vivido cosas que no sabría explicar en esta galería.

No puedo fingir que todo dejó de importarme en cuanto volví a casa.

Ella pensó en cómo había organizado a los hombres junto al carro. En la calma con que había sujetado a Niall, en su manera de pedir ayuda sin perder el control de lo que estaba ocurriendo.

—Lo sé —dijo—. Hoy he visto parte de lo que aprendiste allí.

Richard asintió.

Elspeth se frotó las manos sobre la falda. Hacía apenas unos minutos que había podido sostener la suya sin pensar en una despedida.

—No quiero que te marches —confesó.

La frase le salió sin defensa alguna.

Richard se volvió hacia ella.

—Elspeth...

—Pero tampoco quiero que sientas que tienes que renunciar a algo importante para demostrarme que yo lo soy.

Él le tomó la mano de nuevo.

Esta vez ella la apretó.

—No quiero regresar como si tú hubieras sido una visita más durante mi permiso —dijo Richard.

Elspeth notó que se le cerraba la garganta.

Había temido convertirse en eso: alguien a quien escribir desde lejos, una historia que no había terminado de empezar.

—Entonces tendremos que hablar de lo que podemos hacer —respondió.

Richard miró la carta.

—Puedo escribir para preguntar qué posibilidades tengo. Hablar con mis superiores. Pero no quiero prometerte que resolveré mi situación en unos días.

—No te estoy pidiendo que lo prometas.

—Escribiré hoy.

Aquella decisión pequeña y concreta la tranquilizó más que una promesa imposible.

Elspeth volvió a mirar la fecha.

Veinte días.

Podían casarse antes de que él saliera de Escocia. Ambos lo sabían. Innes podría preparar los documentos y sus familias encontrarían la manera de organizar la boda.

Richard pareció seguir sus pensamientos.

—No quiero casarme deprisa y dejar todo lo demás para cuando esté en la India.

Ella levantó el rostro.

—Yo tampoco.

—Salvaríamos Drummond, pero no habríamos decidido nada sobre nosotros.

Elspeth asintió.

—No quiero descubrir después de la boda que tú dabas por hecho una vida y yo estaba esperando otra.

Richard guardó silencio. La tenía al alcance de la mano y, sin embargo, hasta entonces había pensado muy poco en lo que significaría compartir cada día con ella. Desearlo no bastaba para resolverlo.

Desde el salón llegó la voz de Margaret llamando a un criado.

Innes seguía en la casa. Había documentos sobre el escritorio y una reclamación pendiente que no iba a detenerse para permitirles entender sus sentimientos.

Elspeth se puso de pie.

Richard se levantó con ella.

—Mañana quiero hablar contigo —dijo—. Sin mi tía, sin Malcolm y sin que Innes nos explique lo que conviene.

—Vendré.

—Y no quiero que volvamos a hablar solo de si casarnos salvaría la finca. Eso ya lo sabemos.

Richard le soltó la mano únicamente para guardar la carta.

—¿De qué quieres hablar?

Elspeth se acercó.

—De dónde viviríamos. De lo que tú quieres conservar y de lo que yo no estoy dispuesta a perder.

De qué haríamos con tu carrera y con esta casa —Él asintió.

Ella le apoyó una mano sobre el pecho. La camisa prestada seguía siendo áspera bajo sus dedos—.

Quiero saber si hay una vida que deseemos los dos, Richard.

No solo una boda que podamos celebrar antes de que te marches.

Richard cubrió su mano con la suya.

Por primera vez desde que abrió la carta, dejó de mirar hacia la mesa.

—Mañana hablaremos de eso.

Elspeth sostuvo sus ojos.

—Entonces ven porque quieres empezar esa vida. No porque te queden veinte días para salvar la mía.