Capítulo 12 #3
Richard se incorporó un poco.
—¿Ha podido apoyar el pie?
—Con ayuda. Tendrá que dejar que su hijo se ocupe del trabajo durante unos días.
—Sospecho que esa será la parte más difícil.
—Su mujer también lo sospecha.
Elspeth se sentó cerca de él.
La ventana estaba empañada en los bordes. Más allá de los cristales, un jardinero recogía las ramas que el viento había dejado sobre la hierba. Durante un rato escucharon el ruido de las herramientas y los pasos del servicio al otro lado de la galería.
Richard le señaló una mancha junto al puño.
—Todavía llevas barro.
Ella la frotó con el pulgar.
—Tendré que aprender a cambiarme sin ensuciar también la ropa limpia.
—No creo que hoy nadie vaya a reprochártelo.
Elspeth dejó de frotar la tela y lo miró.
—En el molino parecías estar en tu casa.
Richard volvió los ojos hacia ella.
—¿Por qué lo dices?
—Por cómo hablabas con los hombres. Por la forma en que te movías allí. No parecías alguien que hubiera venido de visita.
—No me sentía de visita.
La respuesta fue sencilla. Elspeth recordó al muchacho que había conocido, siempre pendiente de no quedarse atrás cuando los demás hablaban de caminos, caballos o lugares que él apenas conocía.
El hombre sentado frente a ella no parecía necesitar que nadie le explicara dónde podía sentirse en casa.
—Creo que antes te habría gustado que te lo dijera —observó ella.
Richard sonrió un poco.
—Antes habría encontrado la manera de preguntártelo —Ella también sonrió.
Él se acomodó en la silla—. Pero estar bien aquí no significa que haya dejado de echar de menos Inglaterra —Elspeth lo escuchó—.
En Hamilton Lodge están mis padres, los amigos y primos con los que crecí, los caminos por los que aprendí a montar.
Hay cosas que recuerdo de esa casa antes de recordar siquiera Brodick.
No podría dejar de quererla porque decidiera vivir en Escocia.
—No tendrías por qué hacerlo.
Richard la miró con más atención.
—Necesitaba saber si lo entendías.
—Lo entiendo.
—Soy escocés, Elspeth. Pero también soy hijo de mi madre. No quiero tener que escoger cuál de las dos cosas debo ser cada vez que cruce la frontera.
Ella se inclinó un poco hacia él.
—Nadie debería pedírtelo.
—Tú querías casarte con un escocés.
Lo dijo sin la dureza de otras veces. Ya no parecía estar reclamando una disculpa; señalaba algo que habían dicho hacía mucho y que ahora necesitaban dejar atrás de una vez.
Elspeth no buscó una excusa.
—Eso lo dijo una muchacha acorralada que quería hacerte daño.
No estaba describiendo al hombre con el que deseaba vivir —Richard aceptó la respuesta con una leve inclinación—.
No quiero que renuncies a Inglaterra —continuó ella—.
Ni a tu madre, ni a tus amigos, ni a ninguna parte de tu vida para demostrarme algo. Me habría gustado comprenderlo antes.
—Ahora lo comprendes.
—Sí —Elspeth sostuvo aquella afirmación sin añadir otra disculpa.
Después miró la camisa prestada y volvió a sus ojos—.
Y no te deseo porque lleves un tartán, Richard —La expresión de él cambió.
Ella sintió calor en el rostro, pero no se detuvo—.
Te deseo a ti. Al hombre que eres. No me importa en qué lugar has aprendido a serlo.
Richard dejó de apoyarse en el respaldo.
—Esta mañana has tenido una forma bastante clara de demostrármelo.
Elspeth pensó en el cuarto del molino.
—No era mi intención ser tan evidente.
—No voy a quejarme —Ella sonrió, aunque la sonrisa se fue borrando al recordar por qué Innes estaba en la casa—. Pero sé que eso no basta para casarnos.
Richard bajó la vista hacia sus manos.
—No —admitió.
—Del mismo modo que no basta con que quieras ayudarme a conservar Drummond.
Él volvió a mirarla.
—¿Crees que es lo único que estoy considerando?
—No lo sé. Por eso necesito que me lo digas tú —Richard permaneció sentado.
Elspeth agradeció que no intentara acercarse o besarla para suavizar una pregunta que tenía derecho a hacerle—.
Esta mañana has hablado de tus ausencias —añadió ella—.
Me parece bien que lo hagas. Tendríamos que hablar de dónde viviríamos, de tu trabajo, de mis tierras.
Pero antes necesito saber si quieres esa vida conmigo.
Richard se pasó una mano por el cabello.
—Hace unas semanas no estaba pensando en tener una esposa.
—Lo sé perfectamente, por eso tenías una amante.
—Y ahora me preguntas por algo que todavía estoy intentando entender.
Elspeth miró sus manos. Tenía los nudillos enrojecidos por el frío del río.
—No necesito que me respondas lo que resulte más conveniente.
—¿Aunque no sea lo que quieres oír?
Ella respiró despacio.
—Prefiero eso.
Richard la observó un momento antes de hablar.
—¿Necesitas que te diga que te amo?
Elspeth sintió que la pregunta había cambiado la habitación.
Hasta entonces podían hablar de deseo, de compañía o de las consecuencias de un matrimonio. Richard acababa de nombrar lo que ella temía pedirle.
—Necesito que no me lo digas si no es verdad.
—No lo haría.
—Entonces no lo digas solo porque hay poco tiempo y muchos problemas que resolver.
Él negó.
Elspeth se levantó y caminó hasta la ventana. No quería obligarlo a responder mientras lo miraba como si esperara una promesa.
Richard habló a su espalda.
—No sé todavía si lo que siento es amor —Ella cerró los dedos sobre el borde de la cortina.
Había pedido sinceridad. Eso no hacía más fácil escucharla—.
Pero sé que cada vez me cuesta más marcharme de esta casa —continuó él—.
Llego pensando en lo que tengo que hacer y, cuando termino, busco otra cosa para quedarme un poco más —Elspeth se giró hacia él.
Richard se había puesto de pie—. Cuando estoy en Glenmuir, me sorprendo pensando en algo que quiero contarte.
Audrey me habla durante la cena y yo estoy calculando a qué hora podría venir al día siguiente sin parecer demasiado impaciente.
Ella dejó la cortina.
—A veces vienes demasiado pronto.
—Lo sé —La pequeña sonrisa de Richard desapareció antes de continuar—. Hoy, delante de Innes, he intentado imaginar cómo sería vivir aquí. No venir a comer o ayudarte con Fergus. Vivir contigo.
Elspeth sintió el impulso de acercarse, pero esperó.
—¿Y qué has pensado?
—Que me gustaría terminar una cena sin tener que levantarme para volver a Glenmuir.
Saber que podría hablar contigo después.
Verte por la mañana sin haber pasado antes una hora a caballo —Había dicho cosas mucho más atrevidas mientras la besaba.
Ninguna le había hecho sentir lo mismo. Richard se acercó hasta quedar frente a ella—.
No sé cuándo ha dejado de bastarme con venir a verte.
Pero ha ocurrido —Elspeth lo miró en silencio—.
Eso es lo que puedo decirte ahora —añadió él—.
No voy a llamarlo amor solo para que parezca una respuesta mejor.
Ella asintió.
—No es una mala respuesta.
Richard pareció perder parte de la tensión de los hombros.
—¿Y tú?
Elspeth había sabido que tendría que contestar también.
No podía exigirle claridad y después esconderse detrás de la situación de sus tierras.
—Esta mañana te guardé la silla de al lado.
—Me di cuenta.
—Me dije que era para que pudiéramos leer los documentos juntos —Richard esperó—.
Pero no era por eso —admitió—. Quería que estuvieras a mi lado cuando Innes nos diera las noticias —Él le tomó una mano.
Elspeth dejó que lo hiciera—. En el mercado estaba asustada por Davie.
Hoy, por Niall. Pero también he tenido miedo por ti —continuó—.
Y cuando te he visto salir del río, lo primero que he querido hacer ha sido acercarme.
—Lo has hecho.
—Porque me has pedido la cuerda. Me ha venido muy bien tener un motivo.
Richard le acarició el dorso de la mano con el pulgar.
—No necesitas uno.
Elspeth alzó los ojos.
—Voy aprendiendo.
Él sonrió.
Ella se acercó lo suficiente para apoyar la otra mano en su brazo. Ya no estaba frío. Bajo la camisa de lana reconoció la fuerza que había visto en el molino y, por primera vez aquella tarde, no intentó ocultar que deseaba tocarlo.
Richard bajó la cabeza y le besó la frente.
El gesto la sorprendió más que un beso en la boca.
Se quedó junto a él, sin necesidad de decidir qué nombre dar a todo aquello en ese instante.
Entonces se oyeron pasos.
La doncella se detuvo al entrar en la galería.
—Milord, ha llegado un mozo de Glenmuir. Lady Audrey le envía esta carta.
Richard se apartó lo justo para recibir el sobre.
La carta había pasado primero por Hamilton Lodge. Keller había escrito la nueva dirección debajo de la anterior, y Audrey había añadido una nota breve pidiendo que se la entregaran en mano.
Richard reconoció la procedencia y abrió el sobre.
Elspeth lo vio leer.
La expresión de su rostro cambió antes de llegar al final de la primera hoja. Volvió unas líneas atrás y comprobó la fecha.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
Richard terminó de leer.
Su petición para prolongar el permiso no había sido aprobada. Debía presentarse en Londres el dieciocho de noviembre para recibir las instrucciones de viaje y regresar al regimiento en la India.
Faltaban veinte días.