El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 12 #2
57%

Capítulo 12 #2

Richard esperó a que se calmara.

Después volvió hacia los hombres.

—Ahora. Un poco más.

Cargaron su peso sobre la viga.

El carro se inclinó lo justo.

Niall sacó el pie.

La pierna no lo sostuvo. Se desplomó contra Richard y, por un instante, el agua estuvo a punto de llevárselos a ambos hacia el costado del carro.

Richard afirmó una bota entre las piedras y lo levantó contra su pecho.

—¡Ayúdeme por aquí!

El administrador pasó el brazo de Niall sobre sus hombros. Entre los dos lo apartaron de la rueda mientras los otros mantenían la viga en su sitio.

Elspeth vio a Richard retroceder paso a paso hacia los escalones. No podía caminar con rapidez sin perder el equilibrio. Llevaba la mandíbula apretada y la mano herida cerrada sobre la chaqueta de Niall, pero no aflojó hasta que el molinero se inclinó desde arriba para ayudarlos.

Entre los tres sacaron al hombre del agua.

Lo tendieron sobre una manta, lejos del borde.

Niall se quedó inmóvil, respirando con la boca abierta. Richard se arrodilló a su lado y le apartó del rostro el cabello mojado.

—Ya está fuera.

El hombre abrió los ojos.

Richard esperó a verlo asentir antes de levantarse.

Elspeth soltó despacio el aire que había estado conteniendo.

El caballo seguía dentro del río.

Richard volvió hacia él.

—Ahora vamos a sacarlo.

Los hombres se acercaron para sujetar el carro mientras él soltaba las correas que lo unían al animal. Una había quedado tan tirante que tuvo que pedirles que sostuvieran la madera para poder aflojarla.

Elspeth no tiró de la cuerda. Esperó a que Richard terminara.

Él pasó una mano por el cuello del caballo y se apartó.

—Ya puede avanzar. Llévelo hacia usted.

Elspeth empezó a retroceder por el camino firme.

El animal estiró el cuello, probó a mover una pata y se detuvo, como si esperara que el carro volviera a retenerlo.

—Vamos —le dijo ella con suavidad—. Un poco más.

El caballo adelantó las patas delanteras y, al notar que podía moverse, hizo un último esfuerzo para salir. Los cascos se hundieron en el barro de la orilla.

Elspeth siguió andando hasta dejarlo sobre el camino.

Solo entonces se volvió.

Richard había salido detrás. Tenía la camisa pegada al cuerpo y agua escurriéndole de las mangas. Se apoyó en el muro para recuperar el aliento, pero al oír que Niall intentaba incorporarse regresó junto a él.

—No se levante todavía.

El arrendatario miró hacia el río.

—El carro...

—Se quedará ahí hasta que podamos sacarlo sin que nadie más resulte herido —respondió Elspeth.

El administrador se agachó al otro lado de la manta.

—Su mujer viene de camino. También hemos mandado por el médico.

Niall cerró los ojos.

—No hacía falta asustarla.

—Le hemos dicho que ya está fuera del agua —añadió Elspeth—. Eso es lo primero que necesitaba saber.

Richard acercó otro extremo de la manta para cubrirle el pecho. Después ayudó a los hombres a levantarlo y llevarlo al interior del molino.

Elspeth esperó a que desaparecieran por la puerta antes de dirigirse al administrador.

—Que cierren este camino por los dos lados. Nadie volverá a cruzar por aquí mientras el río siga así.

—Tendrán que rodear por el puente.

—Abra el portón del prado alto. Podrán pasar por nuestras tierras.

—Habrá que mover las ovejas.

—Llévenlas al cercado de la casa. Y mande a alguien hasta el cruce para avisar a los carros que vengan del pueblo.

El administrador asintió y se marchó a organizarlo.

Richard salió del molino poco después.

Se había pasado una mano por el cabello, pero seguía cayéndole agua por la cara. Elspeth lo vio detenerse junto al muro y flexionar con dificultad los dedos de la mano herida.

Se acercó con el caballo.

—¿Niall?

—Junto al fuego. El molinero está con él.

Ella asintió.

Richard bajó la vista hacia sus manos, todavía cerradas alrededor de la cuerda.

—Ya puede soltarlo.

Hasta entonces Elspeth no había reparado en la fuerza con que lo sujetaba.

Le entregó la cuerda.

Los dedos de Richard estaban helados. Ella los cubrió un instante con los suyos antes de dejarlo ir.

Richard seguía con la ropa empapada cuando llegó el médico.

Había ayudado a llevar a Niall al interior del molino y ahora hablaba con el administrador junto a la puerta. El agua le caía de las mangas y formaba un charco alrededor de sus botas.

Elspeth esperó a que terminara.

—Ya están atendiendo a Niall. Ahora le toca a usted.

Richard miró hacia el interior.

—Quería asegurarme de que...

—El médico está con él, su mujer acaba de llegar y han cerrado el camino. No queda nada que tenga que hacer con esa ropa mojada.

Él bajó los ojos hacia su camisa, pegada al cuerpo.

—En eso tiene razón.

El molinero les indicó un cuarto donde guardaban herramientas y sacos vacíos. Había una silla, una mesa pequeña y una ventana que daba al patio.

—Puede cambiarse ahí, milord. Le traeré una toalla.

Richard entró mientras Elspeth recibía del administrador un paquete de ropa seca. El hombre había conseguido una camisa, unos pantalones y un par de botas.

Ella llamó con los nudillos.

—Le traigo la ropa.

—Pase.

Elspeth abrió la puerta y se detuvo en el umbral.

Richard estaba de espaldas, secándose el cabello. Se había quitado la camisa y la había dejado sobre el respaldo de la silla. Al bajar los brazos, la toalla quedó alrededor de su cuello.

Ella nunca lo había visto así.

Conocía la amplitud de sus hombros bajo la chaqueta, la firmeza de su pecho cuando la abrazaba. Verlo sin nada que lo cubriera era distinto. La luz de la ventana le iluminaba la espalda y uno de los brazos; al volverse hacia ella, Richard dejó la toalla sobre la mesa.

Elspeth olvidó lo que iba a decir.

Él miró el paquete.

—Gracias.

Ella se lo tendió, pero calculó mal la distancia y tuvo que acercarse otro paso. Richard lo recibió sin hacer ninguna observación.

Elspeth debería haber salido.

En cambio, reparó en una gota que le bajaba desde el cabello hasta el hombro. Después en el corte del pómulo, ya seco, y en la serenidad con que él esperaba a que volviera a mirarlo a los ojos.

Richard se había dado cuenta.

—No te había visto sin camisa —admitió ella.

—No hace falta que lo menciones, Elspeth. Lo veo en tus ojos.

No se rio. Tampoco buscó una frase con la que hacerla sentirse más expuesta. Dejó el paquete sobre la silla y esperó.

Aquello le permitió quedarse.

Elspeth le tocó el brazo. Tenía la piel fría, mucho más de lo que había imaginado al verlo salir del río.

—Estás helado.

Richard cubrió su mano con la suya.

—Ya tengo ropa seca.

—Pues deberías ponértela.

—Sí.

Ninguno se movió.

Elspeth sintió la cercanía con una claridad que le dificultó sostenerle los ojos azules, aquellos que cada vez se oscurecían más. Había ido a llevarle una camisa y ahora no deseaba verlo ponérsela. Comprenderlo le produjo una mezcla de vergüenza y curiosidad que no supo ocultar.

Richard le rozó los dedos antes de soltarla.

Ella no retiró la mano enseguida. La dejó un momento más sobre su brazo, por voluntad propia, y después se apartó.

—Te esperaré fuera.

Él asintió.

Elspeth salió y cerró la puerta. Bajo el pequeño techo de la entrada respiró el aire frío, agradecida de tener algo que hacer con las manos cuando el molinero le ofreció dos tazas de té.

Richard apareció poco después, vestido con la ropa prestada. Llevaba su camisa mojada y los pantalones doblados en un bulto.

Elspeth le entregó una taza y el tartán que había dejado a salvo antes de entrar en el agua.

—El médico dice que Niall necesitará reposo —le explicó—. Lo llevarán a casa en cuanto termine de examinarlo.

Richard se acomodó la lana sobre los hombros.

—¿Ha hablado con él?

—Sí. Está preocupado por el grano.

—Eso ya lo estaba dentro del río.

Elspeth sonrió.

Bebieron junto a la puerta. El administrador cruzó el patio y les confirmó que nadie más podría acercarse al paso. Un hombre se había quedado en el cruce del camino para desviar los carros hacia el puente.

Richard dio las gracias y volvió a su té.

Elspeth observó sus manos alrededor de la taza. Empezaban a recuperar el color.

—Has confiado en mí cuando te he dicho por dónde entrar.

Él la miró.

—Conoces el río mejor que yo.

—Podrías haber pensado que exageraba el peligro.

—Había un hombre atrapado. No necesitábamos otro.

Lo dijo sin darle importancia y siguió bebiendo.

Elspeth recordó la rapidez con que había cambiado de dirección al oírla. No había discutido, ni intentado demostrar que podía alcanzar el carro por donde quisiera. La había escuchado y después había hecho lo necesario.

Era una forma de confianza a la que no estaba acostumbrada.

Richard advirtió que llevaba un rato sin probar el té.

—Bébelo antes de que se enfríe.

Ella obedeció, aunque al acercarse la taza a los labios volvió a recordar sus hombros desnudos.

Esta vez fue Richard quien tuvo que apartar los ojos para disimular una sonrisa.

Después, regresaron a Drummond a media tarde.

Innes había terminado de revisar las cuentas. Les pidió únicamente dos documentos más y dejó por escrito los asuntos que deberían discutir antes de preparar un contrato matrimonial. No volvió a explicar la reclamación de Fergus ni les preguntó qué habían decidido.

Elspeth se lo agradeció.

Su tía había hecho preparar una comida tardía. Mandó la ropa húmeda de Richard a la cocina para que la pusieran a secar y le indicó que se quedaría con ellos, sin dejar demasiado espacio para una negativa.

Él aceptó.

Elspeth subió a cambiarse la falda manchada de barro. Al quitarse los guantes, se descubrió mirando la mano con la que había tocado su brazo.

No era la primera vez que deseaba estar cerca de él. Pero aquel encuentro en el cuarto del molino había añadido algo nuevo: la libertad de mirarlo, admitirlo y no sentirse ridícula por ello.

Se arregló el cabello y bajó.

Después de comer, Margaret acompañó a Innes al pequeño salón para buscar los recibos que faltaban. Richard se quedó en la galería del jardín, junto a una ventana.

Elspeth lo encontró sentado, con una pierna estirada y el tartán sobre el respaldo. Parecía cansado por primera vez desde que salieron hacia el río.

—Ya han llevado a Niall a su casa —le dijo.