El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 12
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Capítulo 12

Elspeth no esperó a que Innes desatara las carpetas.

—¿Ha cambiado algo desde que escribió la carta?

El abogado dejó las manos sobre la cinta.

—En lo que se refiere a la condición matrimonial, no.

Habían transcurrido tres días desde el incidente del mercado.

Tres días de lluvia, declaraciones enviadas al abogado y hombres que acudían a Drummond para preguntar si debían llevar sus recibos cuando salieran de casa.

Elspeth había pasado buena parte de la mañana anterior explicando que no tenían que pagar dos veces por las mismas tierras.

Se sentó y señaló a Richard la silla de al lado.

Él la ocupó sin comentar aquella elección.

Innes abrió únicamente la primera carpeta.

—He enviado un requerimiento para que Fergus cese cualquier intento de recaudar rentas sin autorización. Tenemos las declaraciones, la carta que entregó a Brodie y el justificante de Davie. Si sus hombres vuelven a presentarse, no partiremos de una queja sin pruebas.

—Pero eso no resuelve la herencia —dijo Elspeth.

—No. Su reclamación tiene fundamento suficiente para continuar. Puedo discutir su alcance y oponerme a lo que está haciendo mientras se tramita. No puedo recomendarle que confíe en que aparecerá una escritura capaz de resolverlo todo de otra manera.

Richard tenía las manos apoyadas sobre las rodillas. Elspeth advirtió que había dejado de mover el pulgar por el borde de la cicatriz.

—¿El matrimonio cumpliría la condición tal como está redactada? —preguntó él.

—Sí. Ese extremo lo hemos comprobado.

La vieja tía se removió junto a la chimenea, achinando sus ojos grises como los del Elspeth, pero tuvo la prudencia de no intervenir.

Elspeth acercó una hoja de papel limpia.

—Entonces quiero saber qué ocurriría con Drummond después.

—Las rentas de sus tierras escocesas cuentan con la protección de la ley de este verano. Para los demás aspectos debemos examinar su situación y preparar, si ustedes deciden casarse, un contrato anterior al matrimonio.

—Quiero seguir ocupándome de la finca.

—Lo he entendido.

—Y no quiero encontrar una cláusula que me obligue a pedir permiso para hacer lo mismo que estoy haciendo ahora.

Innes tomó la pluma.

—Eso deberá quedar definido con precisión. Le explicaré cada disposición antes de pedirle que firme nada.

Richard se inclinó un poco hacia el escritorio.

—Incluya también lo que necesitaría para administrar durante una ausencia mía.

Elspeth volvió la cabeza.

Él no intentó suavizar la pregunta.

—Sigo teniendo obligaciones fuera de Escocia —añadió.

Era la primera vez que las colocaba allí, entre los documentos, como algo que tendrían que considerar los dos.

Innes empezó a escribir.

No llegó a terminar la línea.

El administrador apareció en la puerta sin esperar a que el criado lo anunciara.

—Perdone, señorita. El carro de Niall ha quedado atravesado en el vado del molino. Una rueda se ha hundido y no consiguen sacarlo.

Elspeth se levantó.

—¿Niall está en la orilla?

El administrador negó.

—Intentó liberar al caballo. El carro se movió y le ha atrapado una pierna. El agua sigue subiendo.

Richard ya estaba de pie.

—¿Cuántos hombres hay con él?

—Tres. Han mandado por más ayuda.

Elspeth dejó la hoja sobre el escritorio.

—Tía, envía a buscar al médico. Que vaya al molino.

Margaret tiró del cordón de la campanilla.

Innes empezó a recoger los documentos.

—No hace falta que los guarde —le dijo Elspeth—. Volveremos.

Richard sostuvo la puerta para dejarla pasar.

El río se oía antes de verlo.

Richard reconoció aquel estruendo antes de distinguir el agua entre los árboles.

Habían pasado años, pero aquel río ya pertenecía a la historia de su familia.

Cathaline había estado a punto de morir allí.

La corriente la había arrastrado hasta que Ewan Sinclair, su marido, se lanzó al agua y consiguió sacarla.

Douglas, al enterarse de que sus hermanas habían quedado atrapadas en Glenmuir, había cruzado el paso con dos hombres y llegado empapado, cubierto de barro y dispuesto a enfrentarse a cualquiera que se interpusiera entre él y ellas.

Richard no había estado allí.

Había esperado en Hamilton Lodge.

Recordaba a sus hermanos regresando de Escocia y a él corriendo por el vestíbulo, acosándolos a preguntas sobre el río, el laird Sinclair (Malcolm), las espadas y Cathaline.

Entonces todo aquello le había parecido una aventura extraordinaria ocurrida lejos de él, otra historia protagonizada por los hermanos mayores mientras él escuchaba desde el lugar que siempre le correspondía al pequeño de la familia.

Ahora el rugido del agua crecía delante de él.

Richard aflojó las riendas.

Douglas había cruzado aquel paso cuando su familia lo necesitó. Su cuñado, Ewan, se había arrojado a aquellas aguas sin saber si conseguiría salir de ellas.

Richard ya no era el muchacho que esperaba a que otros regresaran para contarle lo sucedido.

Esta vez le tocaba a él enfrentarse al río Achnaburn.

Elspeth dejó atrás los árboles y vio el carro atravesado.

Estaba a pocos metros de la orilla, con una rueda mucho más hundida que la otra. Los sacos de grano se habían amontonado contra el costado inclinado. Delante, el caballo intentaba subir al camino, pero seguía atado al carro y cada paso hacía crujir la madera.

Niall estaba en el agua, agarrado al borde de una tabla. La corriente le golpeaba los muslos.

—La rueda le ha atrapado el pie —explicó el administrador—. Bajó para ayudar al caballo y el carro se le vino encima.

Dos hombres tiraban de una cuerda para sacar al animal. El caballo avanzó unos centímetros y Niall soltó un grito.

Richard saltó de la silla.

—¡Dejad de tirar!

Los hombres se detuvieron.

—Queríamos llevarlo a la orilla.

—Está unido al carro. Si lo movéis, arrastraréis también a Niall.

Richard entregó las riendas de su montura a un mozo y se acercó al río. El agua había cubierto las piedras por las que solían cruzar. Bajaba cargada de barro y ramas, golpeando el carro por un lado y empujándolo contra la rueda hundida.

Se quitó el abrigo y el tartán, los dejó sobre el muro del molino y señaló una zona donde la corriente parecía menos fuerte.

—¿Se puede entrar por ahí?

—No —respondió Elspeth—. Ahí sale el agua del molino. Hay un hoyo profundo.

Richard se volvió hacia ella.

—¿Por dónde?

Elspeth señaló unos escalones de piedra a la izquierda del carro.

—Antes bajábamos por ahí a lavar la ropa. El fondo es firme hasta donde está Niall. Pero no se aparte hacia el centro: faltan piedras.

Richard se acercó a los escalones y llamó al hombre.

—Niall.

El arrendatario levantó la cabeza con dificultad.

—No consigo sacar el pie.

—No tire de él. Vamos a levantar la rueda.

Richard miró alrededor. Junto al molino había un cobertizo abierto, con herramientas y varias piezas de madera.

—Necesitamos una viga larga.

—La que está junto a la pared —indicó Elspeth al administrador—. La utilizan para mover las piedras del molino.

El administrador corrió a buscarla con otro hombre.

Richard empezó a bajar los escalones. Al llegar al agua, el frío le cortó la respiración. Se detuvo lo justo para afirmar los pies y avanzó hacia Niall, manteniéndose cerca de la orilla.

El caballo volvió a sacudir la cabeza.

El hombre que sujetaba la cuerda dio un tirón y el animal retrocedió contra el carro.

—No tire de él —ordenó Richard.

Elspeth dejó su yegua con uno de los muchachos que habían acudido y se acercó al caballo desde el camino.

—Deme la cuerda. Me conoce.

El hombre se la entregó.

El animal tenía las orejas echadas hacia atrás y espuma en el cuello. Elspeth se colocó donde pudiera verla, sin obligarlo a avanzar.

—Quieto —murmuró—. Aquí estoy. No tienes que moverte.

Le habló hasta que dejó de tirar. Entonces alzó los ojos hacia Richard.

Él ya estaba junto a Niall.

El arrendatario tenía las manos tan agarrotadas que apenas conseguía sujetarse a la tabla. Richard le pasó un brazo por la espalda.

—Apóyese en mí.

—El pie...

—Lo sacaremos. Primero necesito que deje de luchar contra la rueda.

Niall descargó parte de su peso sobre él. Richard afianzó las piernas contra la corriente y miró hacia los hombres que regresaban con la viga.

El molinero bajó por los escalones y le habló en gaélico, señalando la parte inferior del carro. Richard respondió brevemente y entre ambos comprobaron dónde podían apoyar la madera.

Antes tenían que quitar peso.

Richard mantuvo a Niall sujeto mientras el molinero y el administrador empezaban a sacar los sacos más cercanos. Los pasaban hacia los escalones, donde otros hombres los recibían y los llevaban a tierra.

Uno de los sacos se abrió. El grano cayó al agua y desapareció de inmediato.

Niall volvió la cabeza.

—Eso era para...

—Ahora míreme a mí —lo interrumpió Richard.

El hombre obedeció.

Richard no le prometió que salvarían la carga. Le ajustó el brazo alrededor del cuerpo y esperó a que los demás terminaran de despejar aquel lado.

Elspeth seguía junto al caballo. La cuerda se tensaba cada vez que un saco golpeaba las piedras, pero consiguió mantenerlo quieto. No podía ver el pie de Niall bajo el agua; sí veía cómo se le contraía la cara cuando el carro se movía.

Los hombres introdujeron un extremo de la viga bajo el carro y la apoyaron sobre una piedra ancha. Al bajar el extremo que tenían entre las manos, la madera levantaría el costado donde Niall estaba atrapado.

Richard comprobó la posición antes de hablar.

—Despacio. Solo necesitamos levantarlo lo suficiente para sacar el pie.

El administrador entró en el agua y se colocó al otro lado de Niall.

—Yo lo sujeto de aquí.

Richard asintió.

Los dos hombres que sostenían la viga empezaron a empujar hacia abajo.

La madera crujió.

La rueda se levantó un poco y Niall intentó soltarse, pero un grito de dolor le dobló el cuerpo.

Richard lo sostuvo antes de que cayera hacia delante.

—Todavía no. Un poco más.

El caballo se sobresaltó al oír el grito.

Elspeth sintió el tirón en las manos y dio un paso hacia él para no hacerle daño en la boca.

—Quieto. Ya está.

Le acarició el cuello sin dejar de hablarle. El animal resopló, temblando, pero no retrocedió.