El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Esas actuaciones pueden protegerla mientras se resuelve la disputa.

No eliminan la condición de la que depende la transmisión de las propiedades.

Con la documentación examinada, el matrimonio previsto en las escrituras sigue siendo la única vía que puedo recomendar con suficiente seguridad para conservar unidas la residencia y las tierras afectadas.

Margaret dejó la taza sobre el plato.

Elspeth sostuvo la carta un momento más antes de apoyarla en el escritorio.

—Entonces podemos impedir que Fergus actúe como propietario, pero no demostrar todavía que yo tenga derecho a heredar sin casarme.

—Eso es lo que nos advierte Innes —respondió Malcolm.

Richard tomó las hojas cuando ella se las pasó.

Elspeth se acercó a la ventana. Hasta entonces siempre había quedado algo concreto por consultar: otro documento, una fecha, el caso de una familia cuyo nombre no recordaba. Cada demora había conservado la posibilidad de una respuesta distinta.

Ahora Innes le estaba diciendo que no sabía dónde encontrarla.

—¿Va a dejar de buscar? —preguntó Margaret.

—No —contestó Malcolm—. Pero tampoco quiere que toméis decisiones confiando en una solución que no puede prometeros.

Elspeth se volvió.

—¿Qué necesita para oponerse a Fergus?

Malcolm le mostró la última página.

—Ha presentado una solicitud para intervenir en el cobro de las rentas mientras se resuelve la disputa.

Ella miró la fecha.

—Ha enviado a Brodie antes de que le respondan.

—No se le ha concedido autoridad para hacerlo. Lo ocurrido hoy nos permitirá demostrar cómo está actuando.

—¿Y si conseguimos que rechacen esa solicitud?

—La reclamación sobre la herencia seguirá adelante.

Elspeth dejó escapar el aire despacio.

Podían impedir el siguiente abuso. No sabían todavía cómo evitar el desenlace que Fergus perseguía.

Margaret se volvió hacia Richard.

—Quizá...

—No se lo pidas, tía —Su tía cerró la boca. Elspeth lamentó la brusquedad, pero no la retiró—. No quiero que esto se convierta en otra conversación en la que todos expliquen lo que él debería hacer.

Richard dejó la carta.

—Innes no está pidiendo que nadie le responda esta tarde.

Lo dijo sin miramientos hacia Malcolm ni una promesa dirigida a Margaret. Elspeth agradeció que lo entendiera. Aun así, le resultó difícil verlo junto a aquellas hojas después de haber estado entre sus brazos sin pensar en ellas.

Hasta hacía unas horas, acercarse a Richard había sido una decisión suya.

La carta acababa de convertirlo otra vez en una condición.

Se obligó a atender a lo que todavía podía resolver.

—Innes tendrá las cuentas. También la declaración del encargado del mercado y la diferencia entre las dos ofertas que recibió Davie.

Malcolm asintió.

—Eso será útil.

—Mi padre firmó el recibo de aquella renta y yo asenté el pago. Voy a buscar el libro.

—¿No lo tiene el administrador?

—El de aquel semestre sigue arriba. Lo llevábamos a la habitación cuando padre ya no podía bajar.

Margaret se levantó.

—Pediré que preparen algo de comer.

Elspeth salió con ella, agradecida de tener una tarea concreta antes de que alguien volviera a mencionar el matrimonio.

La puerta quedó entornada.

Richard esperó a que se alejaran los pasos y recogió de nuevo la carta de Innes.

Sobre el escritorio había una lista de reparaciones con tres nombres tachados. Reconoció el de Davie junto a la anotación del tejado. Elspeth había seguido autorizando gastos mientras otros discutían si tenía derecho a continuar viviendo allí.

—Hay algo que quiero entender —dijo.

Malcolm dejó la pluma.

—Pregunta.

Richard señaló la referencia a la condición matrimonial.

—Si se cumpliera esto, ¿qué facultades tendría el marido sobre sus bienes?

Malcolm se acomodó en la silla.

—Eso tendrá que explicártelo Innes.

—Se lo preguntaré. Pero tú ya has hablado con él.

—Lo suficiente para saber que no debes dar por hecho que casarte pondría todas sus rentas en tus manos. La ley aprobada en julio excluye las rentas de sus tierras escocesas de los derechos que antes podía ejercer el marido sobre ellas.

Richard bajó los ojos a la carta.

—Entonces conservaría esos ingresos.

—Sí. Eso no resuelve por sí solo todas las cuestiones de administración ni sustituye el examen de vuestro caso. Innes tendrá que explicar qué protege la ley y qué conviene establecer en un contrato antes de casaros.

—Quiero saber si podría seguir administrando Drummond sin encontrarse después con que necesita mi autorización para cada decisión.

Malcolm lo observó con una atención distinta.

—No habías hecho esa pregunta antes.

Richard apoyó las hojas.

Tampoco había tenido que imaginar a Elspeth preguntándole si podía gastar su propio dinero en reparar un tejado. Le desagradó tanto la idea que comprendió por qué debía formularla antes de pensar en nada más.

—No serviría de mucho ayudarla a conservar la casa si luego tuviera que pedirme permiso para ocuparse de ella.

—Eso podéis discutirlo y dejarlo establecido antes del matrimonio. Con el asesoramiento que corresponda.

Richard asintió. Aún le quedaba una pregunta.

La más sencilla era, de pronto, la que más le costaba hacer.

Elspeth encontró el libro en el segundo estante del armario.

Su padre conservaba un orden tan obstinado como el resto de sus costumbres. Los pagos estaban donde debían, junto a los recibos y las notas sobre cantidades aplazadas.

Abrió el volumen sobre la cómoda.

El nombre de Davie aparecía escrito por Hugh. La cantidad era de ella.

Debajo figuraba una anotación breve:  Pagado en su totalidad .

Elspeth rozó el margen de la página. Se acordaba del día, de las monedas y de Davie preguntando a su padre si ya se encontraba mejor. Todo había sucedido allí, con una claridad que ahora parecía importar menos que la firma de Fergus al pie de una carta.

Cerró el libro sobre una cinta y regresó al pasillo.

Al acercarse al despacho oyó a Richard.

—Entonces, si me casara con ella, ¿qué cambiaría para Fergus?

Elspeth se detuvo.

—Perdería el fundamento principal que está utilizando para reclamar esas propiedades —respondió Malcolm—. Podría intentar discutir otros aspectos, pero, según Innes, el cumplimiento de la condición protegería los derechos de Elspeth.

El libro le pesó entre las manos.

Richard no había preguntado qué tendría que hacer un Hamilton.

Había dicho  si me casara con ella .

Dentro se movió una silla.

—Pero no te estoy pidiendo que lo hagas —añadió Malcolm.

—Lo sé. Necesito entender qué estoy considerando antes de...

Elspeth empujó la puerta.

Ambos se volvieron hacia ella.

Richard dejó la frase sin terminar.

—Aquí está el pago.

Llevó el libro al escritorio y lo abrió por la cinta. Tuvo que buscar la línea aunque la conocía.

Malcolm se acercó.

—Esto nos servirá. Pediré que preparen una copia para enviarla con las declaraciones.

Richard permanecía al otro lado de la mesa. Elspeth vio que estaba pendiente de ella, pero no se apresuró a tranquilizarlo ni a fingir que no había oído.

Tampoco quería responder a una proposición que nadie le había hecho.

Conocía la diferencia entre un hombre que empezaba a considerar algo y un hombre que lo había decidido. Richard acababa de ver cómo Fergus perjudicaba a Davie. Había leído las mismas noticias que ella. Era razonable que hiciera preguntas.

Lo que no sabía era cuánto de aquella posibilidad había nacido del deseo de estar con ella y cuánto de la necesidad de remediar lo sucedido.

En la salita no había tenido que preguntárselo.

—Necesito hablar con Innes —dijo.

Malcolm levantó la vista.

—Podemos enviarle tus preguntas con las cuentas.

—Prefiero que venga. Ha llegado a una conclusión que afecta al resto de mi vida. Quiero que me la explique delante de los documentos.

—Le enviaré un aviso hoy.

—Y que sepa que pedirle que venga no significa aceptar ningún arreglo.

—Se lo diré.

Elspeth miró por fin a Richard.

—He oído la pregunta.

Él no intentó negarlo.

—Todavía no he tomado una decisión.

—Yo tampoco.

La respuesta quedó entre ambos sin convertirse en una negativa.

Malcolm regresó a la página de Davie. Elspeth mantuvo una mano junto al libro, demasiado consciente de Richard al otro lado del escritorio.

Ya no la observaba con la tranquilidad de quien podía rechazar aquel matrimonio y continuar con su vida. Ella había querido que algo cambiara entre los dos. Ahora que empezaba a ocurrir, necesitaba comprender en qué se estaba convirtiendo.

No iba a exigirle una declaración que todavía no pudiera hacerle. Pero había una diferencia que ningún contrato podría resolver por ellos.

No le bastaría con saber que Richard estaba dispuesto a casarse con ella.

Necesitaba que quisiera hacerlo.