El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Richard la abrazó con más firmeza. Al levantarla, Elspeth se aferró a sus hombros; apenas tuvo tiempo de mirar hacia el sofá antes de que él la sentara con cuidado.

La cercanía se interrumpió mientras Richard se quitaba el abrigo y lo dejaba sobre la silla.

Ella siguió el movimiento, impaciente por tenerlo otra vez a su lado.

En cuanto se sentó, Elspeth le llevó las manos a la pañoleta.

El nudo cedió bajo sus dedos. Richard la dejó hacer, sin una broma que la obligara a esconderse detrás de otra. Ella apartó la tela y le acarició el cuello. Podía tocarlo porque quería, sin fingir que había una herida que atender o una prenda que arreglar.

Richard inclinó la cabeza hacia ella.

Elspeth se recostó contra el brazo del sofá sin soltarlo. Él permaneció sentado a su lado, vuelto hacia ella, con una mano en su cintura. La otra le sostuvo la nuca cuando volvió a besarla.

Uno de los botones del cuello le presionaba bajo la barbilla. Elspeth se lo desabrochó; Richard rozó con los labios la piel que acababa de descubrir y ella cerró los ojos.

—Richard...

Él se detuvo, pero Elspeth le acarició el cabello para que no se apartara.

La mano de su cintura descendió por el costado. Sintió que Richard recogía un pliegue de la falda y deslizaba los dedos bajo las capas de tela. Se aferró a su camisa, sorprendida por la intensidad de una cercanía que ya no sabía cómo imaginar sin sentirla.

Una jarra golpeó una mesa al otro lado de la pared.

Elspeth contuvo el aliento.

Richard levantó el rostro y dejó la mano quieta.

—Podemos parar.

Ella negó, todavía sujetándolo.

—Estás temblando —murmuró él.

—Estoy temblando, no arrepintiéndome.

Richard la observó sin apresurarla. Aquella espera le permitió reconocer que no quería apartarse. Estaba nerviosa, sabía dónde se encontraban y aun así deseaba continuar.

Le rozó la mejilla.

—Quiero estar contigo —dijo—. No necesito otra razón.

Richard le besó la palma antes de volver a su boca.

Las caricias continuaron. Elspeth dejó de intentar anticiparlas y se concentró en él: en la mano que permanecía bajo su falda, en sus labios junto al cuello, en cómo se detenía cuando ella se tensaba y esperaba a sentirla acercarse otra vez.

Lo que al principio la había sorprendido empezó a convertirse en un placer que deseaba prolongar.

Le acarició la nuca y Richard respiró hondo contra su piel.

Aquello la animó. No era la única que estaba perdiendo la calma. Le deslizó los dedos hasta el cuello de la camisa y lo atrajo para besarlo, mientras la pañoleta caía al suelo y una horquilla se desprendía entre los cojines.

No quiso recoger ninguna de las dos cosas.

Unos pasos se detuvieron junto a la puerta.

Richard alzó la cabeza. Elspeth permaneció inmóvil debajo de su mirada, escuchando. Alguien llamó al posadero desde la sala contigua; hubo una respuesta, el roce de una bandeja y, por fin, las pisadas continuaron hacia el patio.

Richard retiró la mano de debajo de la falda.

Elspeth lo sujetó por la camisa antes de que pudiera alejarse. Las caricias se habían interrumpido antes de que el placer llegara a culminar, y todavía deseaba que él continuara. Le costó comprender que el peligro hubiera pasado y, sin embargo, Richard siguiera apartándose.

Él le acomodó la falda sobre las piernas y permaneció cerca, con la respiración tan alterada como la suya.

—Quiero seguir —murmuró—. Pero no mientras escucho si alguien va a abrir esa puerta.

Elspeth miró hacia la entrada. Hasta entonces había sabido que podían descubrirlos; ahora podía imaginar con demasiada claridad al posadero entrando con una bandeja.

—Aquí no —admitió ella.

Él asintió, aunque le costó separarse.

No se levantó de inmediato ni empezó a devolverle la ropa como si hubiera sucedido algo que debieran corregir cuanto antes. La ayudó a incorporarse y permaneció a su lado.

Elspeth apoyó la cabeza en su hombro.

Richard le tomó la mano.

Durante un rato no hablaron. Ella necesitaba recuperar la tranquilidad, pero también agradeció comprobar que detenerse no los obligaba a volver a tratarse con distancia. Él le acariciaba los dedos, distraídamente, sin mirar hacia la puerta.

Cuando llamaron, Elspeth ya había conseguido respirar con normalidad.

—El agente ha terminado, señorita. Puede recibirlos cuando estén preparados.

Se incorporó.

—Enseguida.

Esperó a que los pasos se alejaran antes de ponerse de pie. Alisó la falda, se abrochó el cuello y buscó las horquillas. Richard encontró una entre los cojines y la dejó en su palma.

Ella sonrió al recogerla.

Mientras él recuperaba la pañoleta y se la anudaba ante el cristal de la ventana, Elspeth se recogió el cabello. No quedó tan ordenado como antes. Decidió que el sombrero bastaría.

Richard se puso el abrigo y la observó cuando la oyó recoger los guantes.

—¿Está bien?

Elspeth se acercó y le besó brevemente la mejilla sana.

—Sí.

La seriedad de él se suavizó.

No necesitaban disculparse ni encontrar una explicación que hiciera menos deliberado lo ocurrido. Elspeth acomodó las cintas de su sombrero y fue quien abrió la puerta.

Davie había vendido los novillos.

El comprador que los examinaba antes del altercado se había marchado. El segundo había ofrecido treinta chelines menos.

—No podía llevármelos otra vez —explicó—. Ya había contado con ese dinero.

Elspeth miró el espacio vacío del cercado.

Habían impedido que se llevaran los animales, pero Davie guardaba en el bolsillo menos de lo que necesitaba. Fergus había conseguido perjudicarlo sin presentarse siquiera en el mercado.

—¿Qué le habían ofrecido antes? —preguntó.

El anciano se lo dijo. Ella anotó ambas cantidades.

—El encargado oyó la primera oferta —añadió Davie—. Estaba conmigo.

—Le pediré que la incluya cuando escriba lo ocurrido.

—No quiero dar más trabajo, señorita.

Elspeth cerró la libreta.

—El trabajo lo han dado ellos. Usted necesitaba vender dos animales.

Davie miró a Richard y le tendió la mano.

—Gracias por apartar al muchacho. Glen no piensa demasiado cuando se enfada.

—Ha traído al agente deprisa.

—Sí.

El orgullo consiguió abrirse paso entre el cansancio del anciano.

Richard le estrechó la mano. Al soltarlo, reparó en cómo volvía a tocarse el bolsillo donde guardaba el dinero. Conocía aquella expresión: la de un hombre que empezaba a calcular a qué tendría que renunciar.

Elspeth ya estaba hablando con el encargado del mercado.

—Necesitamos los nombres de quienes vieron el empujón y de quienes escucharon que se les advirtió del pago. Que no quede reducido a la palabra de Davie contra la de Brodie.

Richard se acercó mientras el hombre añadía dos nombres a la lista.

En campaña había aprendido a mirar también a quienes seguían de pie después de un incidente. No todos los daños podían verse en la cara o en las manos.

Davie regresaría a casa sin una herida. Tendría, sin embargo, que explicar por qué había vuelto con menos dinero.

Antes de salir del pueblo, Elspeth pidió que hicieran llegar el recibo a Drummond. Ella prepararía la copia del asiento para acompañarlo. Richard dio sus datos al agente y confirmó que también declararía lo sucedido.

Cuando estuvieron junto a los caballos, la ayudó a montar. La mano de Elspeth permaneció brevemente en la suya antes de recoger las riendas.

No hablaron de la salita.

Hablaron de las familias a las que convenía advertir y de los recibos que el administrador debía reunir. Elspeth propuso que quienes acudieran al siguiente mercado llevaran una copia de sus pagos.

—No tendría que ser necesario —dijo Richard.

—No. Pero prefiero que lleven un papel de más a que tengan que volver a defender sus animales.

Él asintió.

Al acercarse a Drummond, ella le indicó el pómulo.

—Audrey va a pedirle explicaciones.

—Confío en que confirme mi versión.

—Dependerá de la versión.

—Pensaba probar con la verdad.

Elspeth sonrió.

Richard cabalgó un poco más cerca. Esta vez, cuando sus ojos se encontraron, ninguno tuvo que preguntarse si el otro lamentaba lo ocurrido.

Malcolm los esperaba en el despacho.

Se levantó al ver el corte de Richard, pero dirigió la primera pregunta a Elspeth.

—¿Davie conserva los animales?

—Los ha vendido. Por menos de lo acordado.

Elspeth se quitó los guantes y explicó lo sucedido. Malcolm escuchó hasta el final, preguntó quién había visto la autorización de Fergus y anotó el nombre del agente.

Margaret entró con una criada que llevaba té. Se detuvo ante Richard para examinarle la mejilla.

—¿Le han mirado eso?

—Ya lo he limpiado —respondió Elspeth—. Es un corte pequeño.

Su tía aceptó la explicación con visible desconfianza, pero no insistió. Esperó a que la criada se retirara y ocupó una silla.

Malcolm tenía una carta junto al codo. No la había tocado durante el relato.

Elspeth la señaló.

—¿Es de Innes?

—Llegó esta mañana. La he traído cuando me avisaron del mercado.

—¿Qué dice?

Él le entregó las hojas.

—Han terminado de revisar los antecedentes que pidió a Edimburgo.

Elspeth empezó a leer. Reconoció las referencias a las escrituras y varias de las preguntas que había hecho durante su estancia en Hamilton Lodge.

La respuesta que llevaba semanas esperando aparecía en la segunda página.

No he encontrado fundamento suficiente para sostener que la condición matrimonial haya perdido eficacia, ni un precedente aplicable que nos permita asegurar sus derechos sobre el conjunto de las propiedades sin cumplirla.

Elspeth volvió al principio del párrafo.

Richard acercó una silla, pero ella no se sentó.

Más abajo, Innes explicaba que podían oponerse a las injerencias de Fergus, discutir el alcance de su reclamación y defender los derechos de Elspeth durante el procedimiento. Necesitaba las cuentas recientes y los justificantes de las rentas cobradas.

Después llegaba la conclusión.