El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 11
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Capítulo 11

—Quieren llevarse el ganado de mi padre.

Glen apenas había frenado el caballo cuando Elspeth salió al patio. Tenía barro en las botas y había perdido un guante. Richard, que acababa de llegar, se detuvo al pie de los escalones.

—¿Quiénes? —preguntó ella.

—Los hombres de Fergus. Dicen que debemos dinero por los pastos.

—Tu padre pagó.

—Se lo ha dicho. No quieren escucharlo.

Elspeth llamó al mozo y pidió que ensillara su yegua.

—¿Dónde están?

—En el mercado. Padre había llevado los dos novillos para venderlos.

Ella regresó al vestíbulo a buscar el sombrero. Recordaba aquel pago: Davie había dejado las monedas sobre el escritorio mientras Hugh protestaba porque su hija le había acercado las gafas equivocadas. Elspeth había contado el dinero y anotado la cantidad antes de que su padre firmara el recibo.

Richard la alcanzó mientras se ponía los guantes.

—Voy con usted.

Elspeth asintió y recogió su libreta. Agradeció no tener que explicarle por qué debían darse prisa.

Margaret apareció en la escalera.

—¿Qué ha ocurrido?

—Fergus está intentando cobrar una renta que ya hemos recibido. Glen nos llevará hasta su padre.

Su tía miró al muchacho, que aguardaba junto a la puerta, y prescindió de las preguntas que estaba preparando.

—¿Debo avisar a Malcolm?

—Sí, tía. Dile dónde estamos.

Salieron pocos minutos después. Glen tomó el camino del pueblo y Elspeth hizo avanzar a su yegua detrás de él. Richard se mantuvo a su lado hasta que el sendero se estrechó.

La mañana era fría y despejada. Desde la ladera se distinguían los carros reunidos junto a la posada, las ovejas en sus cercados y las lonas de los puestos.

Elspeth había acudido a aquel mercado con su padre desde niña.

Nunca había tenido que preguntarse si los hombres que trabajaban sus tierras podrían vender sus animales sin que alguien pretendiera quitárselos.

Al entrar en la plaza vio a Davie.

Estaba plantado delante de la puerta del cercado, con una mano cerrada sobre el travesaño. Sus dos novillos se movían detrás de él, inquietos por la gente que se había acercado. Brodie sostenía una cuerda mientras su ayudante discutía con el encargado del mercado.

Elspeth desmontó junto a la posada y entregó las riendas a un mozo.

—Quédate conmigo —le dijo a Glen.

Cruzó entre un carro de sacos y un puesto de herramientas. Richard la siguió sin adelantarse.

Davie la vio llegar.

—Señorita, ya les he dicho que pagué. El recibo está en casa.

—Lo sé.

Brodie se volvió. Su atención pasó de Elspeth a Richard.

—No necesita buscar a nadie más —dijo ella—. Soy yo quien administra Drummond. Explíqueme por qué está impidiendo que Davie venda sus animales.

—Venimos a cobrar una deuda.

—La renta está pagada.

—No consta en nuestras cuentas.

—Porque ustedes no llevan nuestras cuentas.

Un comerciante dejó de enrollar una lona. Al otro lado del cercado, el hombre que había estado examinando los novillos retrocedió para escuchar mejor.

Brodie sacó una hoja del bolsillo.

—El señor Fergus Drummond nos ha autorizado a recaudar las cantidades pendientes.

Elspeth tomó el papel. Reconoció la firma de su primo bajo unas instrucciones breves. Lo leyó hasta el final antes de volver a mirar a Brodie.

—Esto es una carta de Fergus.

—Eso acabo de decirle.

—No es una orden de un tribunal. Tampoco demuestra que exista una deuda. Mi primo todavía está discutiendo si tiene derecho a esas tierras.

—Tendrá que hablarlo con él.

—Lo haré. Entretanto, deje en paz a este hombre.

Brodie extendió la mano para recuperar la hoja. Elspeth la dobló.

—El agente querrá verla.

La expresión de Brodie cambió.

—No hace falta complicar una recaudación.

—Entonces suelte la cuerda.

Pareció a punto de obedecer. Después miró a las personas que se habían reunido alrededor del cercado y se volvió hacia su ayudante.

—Saca los animales.

El hombre abrió la puerta empujando a Davie con el hombro. El anciano tropezó contra el poste y Glen se lanzó hacia él.

Richard lo sujetó antes de que llegara al cercado.

—Busca al agente. Ahora.

El muchacho vaciló al ver a su padre, pero salió corriendo.

El ayudante había alcanzado la cuerda del segundo novillo. Tiró de ella con tanta brusquedad que el animal levantó la cabeza.

Richard le agarró la muñeca con la mano sana.

—Suéltela.

El hombre se revolvió. Su mano libre golpeó a Richard de refilón y el anillo le abrió la piel del pómulo.

Elspeth vio la sangre antes de comprender lo ocurrido.

Richard no le devolvió el golpe. Le llevó el brazo a la espalda y lo apartó de la puerta, obligándolo a soltar la cuerda. Davie la recogió mientras Elspeth cerraba el cercado y pasaba el pestillo.

Brodie retrocedió.

—No era necesario llegar a esto.

—Le dimos ocasión de evitarlo —respondió Richard.

El ayudante intentó soltarse otra vez. Richard lo mantuvo apartado del cercado hasta que el agente llegó con Glen y el encargado del mercado.

Todos empezaron a hablar a la vez.

Elspeth esperó a que el agente exigiera silencio y le entregó la carta.

—Esta es la autorización que han presentado. Davie pagó la renta en nuestra casa. Hay un recibo y el asiento correspondiente en el libro.

—¿Puede hacerlos llegar?

—Hoy mismo.

El encargado confirmó que había visto empujar al anciano. Dos comerciantes se ofrecieron a contar lo mismo. Brodie protestó por la intervención de Richard, pero el agente señaló la sangre que le bajaba por la mejilla.

—También hablaremos de eso. Por ahora, estos animales se quedan donde están.

Se hizo cargo del ayudante y Richard lo soltó.

Solo entonces se llevó una mano al pómulo.

Elspeth llegó hasta él.

—Tiene sangre en el cuello.

—No parece profundo.

Ella examinó la mancha que empezaba a extenderse por la camisa. La herida era pequeña, pero el recuerdo del golpe seguía demasiado reciente para tranquilizarla.

—Venga.

El posadero, que había salido a ver qué sucedía, les ofreció una salita junto al patio.

—Podrán limpiarlo allí. El agente necesitará un rato para recoger los nombres.

Elspeth pidió a Glen que avisara a su tía de que Davie estaba bien. Después siguió a Richard al interior.

La salita tenía una mesa redonda, dos sillas y un sofá cuyo tapizado había perdido el color bajo la ventana.

Una cortinilla velaba los cristales. Olía a leña y a pan recién cortado, y desde el corredor llegaban el ruido de la vajilla y las voces de quienes pedían comida antes de regresar al mercado.

El posadero dejó una jarra, una palangana y varios paños.

—Mandaré a alguien cuando el agente pueda recibirlos.

Richard se sentó. Elspeth dejó el sombrero y los guantes sobre la mesa, humedeció un paño y se acercó a él.

La sangre había empezado a secarse junto a la mandíbula. Richard inclinó la cabeza para facilitarle el trabajo.

—Eso va a doler un poco.

—Adelante.

Elspeth limpió primero la mejilla y después el borde de la herida. Él hizo un leve gesto, pero permaneció quieto.

—No necesita quedarse tan inmóvil.

—Usted tiene el paño.

Ella habría sonreído de no haber descubierto otra mancha en el cuello. Apartó la pañoleta con dos dedos y retiró la sangre con cuidado.

—Me ha asustado.

Richard dejó de mirar la palangana.

Elspeth continuó limpiándolo. No había previsto decirlo de aquella manera, sin una queja que hiciera más llevadera la confesión.

—Lo he visto —respondió él.

—Pues podría haber tenido la consideración de sangrar menos.

La boca de Richard se curvó apenas.

El corte había dejado de sangrar. Ella examinó una vez más la piel antes de retirar el paño.

—No creo que necesite nada más.

—Gracias.

Elspeth dobló la parte manchada de la tela hacia dentro. Le habría resultado fácil continuar ocupada, encontrar otra razón para no alejarse todavía. En lugar de hacerlo, dejó el paño sobre la mesa.

Richard tenía la pañoleta torcida. Ella enderezó el nudo y acomodó uno de los extremos bajo el chaleco.

Él le rodeó suavemente la muñeca.

—Eso ya estaba bastante bien.

Elspeth levantó los ojos.

—Lo sé.

Richard soltó su mano.

Ella le acarició la mejilla intacta. Había esperado su llegada aquella mañana con una impaciencia que el aviso de Glen la había obligado a olvidar. Ahora lo tenía delante, tan atento a sus dedos como ella al cambio de su respiración.

Richard se puso de pie.

Una carcajada llegó desde el corredor. La puerta seguía entreabierta y una criada pasó frente a ella con una bandeja.

Él se apartó lo suficiente para dejarle espacio.

—Podemos esperar fuera.

Elspeth cerró la puerta y se quedó un instante con la mano sobre el picaporte. No había llave. Desde la estancia contigua llegaban voces y el ruido de las jarras sobre las mesas; bastaría con que alguien quisiera entrar para que aquella intimidad terminara.

Cuando se volvió, Richard seguía junto a la silla.

—Elspeth...

—No quiero hablar de Fergus durante un rato —dijo, acercándose.

—Yo tampoco.

Ella le sujetó las solapas. Había pasado la mañana procurando que nadie advirtiera su miedo ni su rabia. Con Richard no quería seguir vigilando cada gesto.

—Entonces no hablemos.

Él le apartó un mechón de la sien y la besó.

Elspeth levantó el rostro para recibirlo.

Ya conocía su boca, pero eso no le permitió conservar la serenidad: en cuanto Richard le rodeó la cintura, se acercó hasta quedar contra él.

Sintió sus manos firmes sobre el vestido y le acarició la nuca, descubriendo que el deseo de tocarlo no desaparecía al hacerlo.

Cuando él empezó a separarse, lo retuvo por la chaqueta.

—Todavía no.

Richard volvió a besarla. Sus manos ascendieron desde la cintura por el cuerpo del vestido y, al acariciarle los pechos sobre la tela, Elspeth dejó escapar un sonido que la sorprendió tanto como el contacto.

Él levantó la cabeza.

Ella tenía los dedos cerrados sobre sus solapas y la respiración alterada. No quiso que interpretara su sorpresa como rechazo. Lo atrajo de nuevo y buscó su boca.