El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Ella respondió acercándose. Richard la estrechó por la cintura y el beso se hizo más firme, más difícil de interrumpir. Sintió contra los labios el pequeño sonido que Elspeth intentó contener y olvidó durante unos segundos que estaban esperando a alguien.

El ruido de las ruedas los hizo separarse.

Elspeth miró hacia la pendiente.

—Mi tía se acerca.

—Será mejor que recupere el aspecto de hombre respetable.

Ella lo observó.

—¿Lo tenía?

—Eso confiaba.

Elspeth soltó una risa baja. Después volvió a mirarle la boca y la sonrisa se apagó.

—¿Qué ocurre?

Ella vaciló.

—¿Era así con Rose?

—No.

—No le pregunto si la besaba.

—Lo he entendido. No es lo mismo.

—Hace unos días deseaba estar con ella. Ahora me desea a mí.

—Ahora la estoy besando a usted.

—Eso lo he notado.

Richard no pudo tomarlo como una broma.

—No le he mentido sobre Rose.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué quiere que le diga?

—Quiero no equivocarme.

Elspeth bajó la mirada como si hubiera dicho más de lo que pretendía.

Richard tardó un momento en responder.

—Tiene una opinión bastante pobre de mí.

Ella volvió a mirarlo.

—Sé que me desea. Lo que no sé es qué espera de mí después.

Richard sintió una irritación que no podía dirigir enteramente contra ella.

—No voy a inventarme una promesa para que deje de mirarme así.

—No se la he pedido.

—Entonces créame cuando digo que no es lo mismo.

Elspeth sostuvo sus ojos.

—Creo que ahora lo siente así.

El carruaje asomó tras la curva antes de que Richard encontrara una respuesta. Margaret apartó la cortinilla al acercarse.

—¿Por qué habéis desmontado?

—Te estábamos esperando —contestó Elspeth.

Richard fue a buscar los caballos. Cuando volvió para ayudarla a montar, ella aceptó su mano con una corrección que no había empleado al bajar.

La sostuvo el tiempo necesario, sin buscar otro contacto.

Seguía teniendo su beso en la boca. No le gustó descubrir que eso no resolvía ninguna de sus preguntas.

Cathaline salió cuando todavía ayudaban a Margaret a bajar del carruaje.

Llevaba un vestido azul oscuro y el cabello rubio recogido en bucles. Al ver a Richard, se detuvo en lo alto de los escalones.

—Así que era verdad.

Él entregó las riendas.

—También me alegro de verte.

Cathaline bajó y lo abrazó antes de que pudiera añadir nada. Richard la estrechó contra sí, sorprendido por la fuerza con que lo sujetaba.

Había compartido con ella confidencias, burlas y demasiadas reprimendas. También había echado de menos aquello más de lo que pensaba admitir.

Su hermana le mantuvo las manos en los brazos al separarse.

—Has tardado demasiado.

—Tienes razón.

Cathaline pareció conformarse. Saludó a Margaret y tomó las manos de Elspeth.

—Me alegra mucho que hayas venido.

—Espero que no interrumpamos nada.

—Ewan lleva toda la mañana convencido de que puede arreglar una puerta que no necesita arreglo.

Richard arqueó una ceja.

—Eso suena exactamente a Ewan.

—Por eso he salido antes de que decida desmontarla entera.

Ewan apareció y le estrechó la mano.

—Empiezo a creer que solo vuelves cuando tu hermana te obliga.

—Prefiero que conserves esa impresión. Así sigues alegrándote de verme.

—No abuses —replicó Cathaline—. Todavía estoy decidiendo cuánto.

Entraron juntos.

Margaret empezó a explicar que no podían quedarse hasta tarde. Cathaline aseguró que nadie pretendía retenerlas hasta la noche y condujo a Elspeth al salón sin conceder a la visita más solemnidad de la necesaria.

Richard se quedó unos pasos atrás.

Al principio, Elspeth conservó la misma corrección con la que había subido de nuevo al caballo. Después Cathaline recordó una visita antigua y ella se inclinó hacia delante para corregirle un detalle.

—Eso no ocurrió así.

—Lo cuentas de otra manera porque en tu versión sales mejor parada.

Elspeth se rio.

Richard dejó de atender a la anécdota.

Allí nadie esperaba que examinara una carta, atendiera una reclamación o decidiera qué reparación podía pagarse. Su hermana le estaba contando algo que no necesitaba resolver.

Durante varios minutos, Elspeth no miró el reloj.

Richard recordó lo que le había dicho en el camino. Las veces que había terminado por no tener ganas de ir a ninguna parte. El esfuerzo que le había costado aquella tarde, tan pequeña desde fuera.

Ella volvió la cabeza y lo sorprendió mirándola.

La sonrisa permaneció un instante. Después desapareció, y Richard recordó la pregunta que no había sabido responder junto al camino.

Apartó la vista.

Cathaline apareció a su lado poco después.

—Podrías intentar disimular.

Richard tomó su taza.

—No sé de qué hablas.

—Conmigo no te hagas el tonto, hermanito.

—Me alegra comprobar que el matrimonio no ha mejorado tu discreción.

—Ewan dice lo mismo.

Richard bebió sin responder.

Cathaline miró hacia Elspeth. Cuando volvió a hablar, había dejado de bromear.

—Está pasando una mala época.

—Lo sé.

—Entonces no la empeores.

Su hermana se alejó antes de que pudiera contestar.

Richard volvió la vista hacia Elspeth, sentada al otro lado del salón.

Aquello habría sido mucho más sencillo si solo hubiera querido besarla.