Capítulo 10 #2
—Todavía guarda luto riguroso. Aceptamos la invitación de sus padres porque era necesario consultar las escrituras, no para volver a la vida social.
Elspeth dejó la servilleta.
—Cathaline vino a verme cuando lo necesitaba. No creo que visitarla sea faltarle al respeto a padre.
—Se espera que una hija renuncie a ciertas diversiones durante los primeros meses.
—No voy a bailar. Quiero visitar a una amiga.
Richard apoyó una mano en el respaldo de la silla.
—Podemos volver antes de que oscurezca.
Margaret siguió mirando a su sobrina.
—También estoy de luto por mi hermano. No intento hacerte la vida desagradable.
Elspeth bajó los ojos hacia las manos de su tía, cruzadas sobre el mantel.
—Lo sé. Pero llevo meses saliendo solo cuando alguien necesita algo. Antes no podía dejar a padre. Ahora parece que no puedo marcharme porque ya no está.
Richard dejó de apoyarse en la silla.
—Hoy no me necesita nadie durante unas horas —continuó ella—. Me gustaría emplearlas en algo que yo haya elegido.
Margaret miró hacia la ventana.
—La gente habla.
—También decía que no volvería de Inglaterra. No puedo pasarme la vida adivinando qué explicación les parecerá suficiente.
Elspeth se puso de pie.
—Voy a ir, tía. Seguiré llevando luto cuando regrese. Y seguiré echando de menos a padre.
Margaret permaneció sentada unos segundos.
—Entonces iré contigo.
—Me alegrará que vengas.
—En el carruaje. No pienso pasar la tarde fingiendo que todavía me resulta agradable montar.
Elspeth se volvió hacia Richard.
—Yo prefiero ir a caballo.
—También yo.
Margaret los miró antes de levantarse.
—Eso no les da permiso para olvidarse de que voy detrás.
Salieron cuando el cielo empezaba a abrirse sobre las colinas.
Richard esperó mientras Elspeth recibía las riendas y acomodaba la falda de su traje de montar. Seguía vestida de negro, sin más adorno que el broche del cuello.
Había propuesto una visita a su hermana sin imaginar que Elspeth tendría que defenderla. Él había dispuesto de semanas enteras sin dar más explicaciones que las que le convenían. Ella acababa de justificar unas horas fuera de su casa.
Elspeth aguardó a que Margaret subiera al carruaje antes de hacer avanzar a la yegua.
Durante el primer tramo cabalgaron cerca de su tía. Al llegar a la subida, Margaret apartó la cortinilla.
—Adelantaos. El cochero no va a hacer correr a los caballos cuesta arriba porque vosotros tengáis prisa.
—La esperaremos antes de llegar —aseguró Richard.
—En el camino —precisó ella.
Él inclinó la cabeza y dejó pasar a Elspeth.
La pendiente se estrechaba entre árboles antes de abrirse sobre los pastos. Richard la alcanzó cuando redujo el paso. El viento le había dado color a las mejillas.
—Su tía no parecía muy convencida.
—Lleva mucho tiempo decidiendo lo que me conviene.
—¿Y usted?
Elspeth miró al frente.
—Yo llevo mucho tiempo esperando a que algo deje de ser inconveniente.
Richard la escuchó.
—¿Recuerda lo que le conté en Blairmuir? Llevaba tres semanas pidiendo permiso para visitar a una amiga. Mi tía seguía hablándolo con mi padre en vez de responderme.
Lo recordaba. También recordaba haberle sugerido que lo pidiera, convencido de estar aportando algo útil.
—Al final no fui —añadió ella.
—¿Por qué?
—Pasó el tiempo, surgieron otras cosas y dejó de parecer oportuno. Como casi todo.
Richard guardó silencio.
—Le dije que no era lo mismo marcharse porque una quiere que esperar a que a todos les parezca conveniente. Y todavía sigo esperando.
—No sabía que tuviera que discutir tanto para salir una tarde.
—No siempre discuto. A veces termino por no tener ganas de ir.
Aquello le desagradó más que la conversación con Margaret.
—¿Qué habría querido hacer? —preguntó.
—¿Cuándo?
—Cuando no había cuentas, médicos o alguien decidiendo que no era el momento.
Elspeth tardó en responder.
—Conocer otros lugares sin justificar para qué. Quedarme unos días con una amiga porque nos apeteciera estar juntas. Ver Londres sin pasarme la mitad del tiempo esperando a mi tía en una tienda.
Richard sonrió.
—Recuerdo esa queja.
—No era especialmente ambiciosa.
La observación le quitó la sonrisa.
Elspeth volvió los ojos hacia las colinas.
—He querido mucho a mi padre. No me pesa haberlo cuidado.
—No he pensado eso.
—Otros lo pensarían si me oyeran.
—Aquí no hay otros.
Ella lo miró. Richard le sostuvo los ojos hasta que el sendero los obligó a avanzar uno detrás del otro.
Cuando volvió a colocarse a su lado, Elspeth parecía dispuesta a cambiar de asunto.
—Usted tampoco está libre de obligaciones. Audrey no parece concederle mucho descanso.
—Ha encontrado refuerzos. Esta mañana Morna me ha examinado como si siguiera teniendo quince años.
—Morna trata así a cualquiera que haya conocido antes de que aprendiera a afeitarse.
—E Iain ha recordado mis expediciones con una libreta.
Elspeth sonrió.
—La de los nombres de las colinas.
—Veo que nadie lo ha olvidado.
—Se enfadaba porque no se escribían como sonaban. Es difícil de olvidar.
—Algunas letras parecían estar allí únicamente para fastidiarme.
—Y aun así insistía en aprender gaélico.
—He mejorado.
Ella volvió la cabeza.
—¿Cuándo ha tenido tiempo?
—En Afganistán había horas de espera. Llevaba un libro y estudiaba cuando podía.
—¿Durante una campaña militar?
—No durante las cargas, si eso es lo que está imaginando.
Elspeth se rio.
—Me cuesta imaginarlo estudiando gaélico allí.
—Lo hacía cuando nadie miraba. Tenía una reputación que conservar.
Richard aflojó las riendas para dejar que la yegua pasara por delante de una rama.
—Pero usted conocía Brodick —dijo ella—. Y Arran. Lugares donde yo nunca he estado.
—Aquí no me servían de mucho.
—No tenía que conocer cada sendero de Glenmuir para demostrar que pertenecía aquí.
—A los veinte años no estaba tan seguro.
Elspeth dejó de sonreír.
—Por eso le dolió tanto lo ocurrido en la boda de Cathaline.
Richard mantuvo la vista en el camino.
—En Brodick estaban las tierras de mi padre. Cuando Audrey se casó, empecé a pasar temporadas en Glenmuir. Quería saber lo mismo que los muchachos que vivían aquí. Al marcharme me fastidiaba pensar en todo lo que ocurriría antes de que pudiera volver.
Ella lo escuchaba sin interrumpir.
—Douglas acompañaba a padre porque tenía cosas que aprender. Edward conseguía hacerse escuchar sin levantar la voz. Yo seguía preguntando cuándo me tocaría ir con ellos.
—Nunca parecía que fuera a callarse por falta de confianza.
—Eso habría arruinado mis esfuerzos.
Elspeth bajó los ojos un momento.
Richard distinguió las primeras tierras de Blairmuir más allá de una curva.
—Me molestó que lo dijera usted. Había estado conmigo todos aquellos veranos. Sabía que no me ponía un tartán solo para entretenerme unas semanas.
—Lo sabía.
—Aquella tarde consiguió que pareciera una representación.
Elspeth apretó los labios.
—Quería que dejara de provocar a mi tía. Sabía que llamarlo inglés lo enfadaría.
—Eso lo comprendí enseguida.
—No hasta qué punto.
Richard se volvió hacia ella.
—No le he pedido otra disculpa.
—No estaba ofreciéndole una para que se callara.
Él sonrió a pesar suyo.
—No pensé que estuviera diciéndole que no pertenecía aquí —continuó Elspeth—. Pensé que usted podía irse a Inglaterra cuando quisiera y que yo seguiría dando explicaciones a mi tía durante semanas.
Richard dejó de sonreír.
Había recordado muy bien lo que le costó aquella tarde. Bastante menos lo que Elspeth seguiría oyendo después de que él se marchara.
—Podía irme —admitió—. Y durante mucho tiempo creí que eso significaba que usted también podía hacerlo si realmente quería.
Elspeth lo miró.
—Ahora empiezo a comprender que no era tan sencillo.
—No. No lo era.
Se detuvieron junto al muro de entrada de Blairmuir para esperar al carruaje. Desde allí se veía la curva por la que aparecería Margaret, aunque todavía quedaba un trecho hasta la casa.
Elspeth contempló los árboles.
—Recuerdo este sitio.
Richard también.
Ella le dirigió una mirada.
—No voy a hablar otra vez de la boda.
—Lo celebro. Empiezo a pensar que aquel día duró varios años.
Elspeth sonrió.
Richard desmontó y se acercó a su yegua. Ella le tendió la mano y él la sostuvo por la cintura para ayudarla a bajar. Cuando sus botas tocaron el suelo, ninguno se apartó enseguida.
Richard la soltó y llevó los caballos hacia el muro.
—Cathaline va a sacar conclusiones —dijo Elspeth.
—Cathaline saca conclusiones cuando le sirven el té. No necesita ayuda.
—Pues no se la dé.
Él se volvió.
—¿Qué teme que piense?
—Que venir juntos significa algo que ninguno ha dicho.
Richard perdió la sonrisa.
—Mi hermana sabe que no estamos comprometidos.
—Nos deseamos, Richard. No quiero que ella ni mi tía lo conviertan en otra cosa.
Oírla decirlo le hizo desear tocarla.
—No pensaba anunciarlo en el salón.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Elspeth miró el camino. El carruaje aún no se veía.
Richard se acercó.
—Entonces estamos de acuerdo.
—¿En qué?
—En que esto no tiene nada que ver con lo que opinen nuestras familias.
Le apoyó una mano en la cintura. Elspeth dejó de mirar la curva y bajó los ojos hacia su boca. Cuando él le rozó la mejilla, sus dedos se cerraron sobre el abrigo de Richard.
Esta vez no esperó a que ella se lo pidiera.
La besó.
Había querido hacerlo durante la comida, durante el camino, cada vez que Elspeth lo miraba como si fuera a discutir con él y después decidía contarle algo que importaba más.