Capítulo 10
Richard despertó con el ruido de los cubos en el patio y una voz que ordenaba apartar a los perros de la puerta de la cocina. La señora MacNair no necesitaba una campana para poner en marcha Glenmuir.
Se vistió mientras la claridad gris se filtraba entre las cortinas. Al buscar unos calcetines, encontró casi toda su ropa todavía dentro del baúl.
Llevaba meses sacando solo lo necesario y dejando el resto preparado para el siguiente tren, la siguiente posada. Aquella mañana miró el armario vacío y empezó a guardar las camisas.
Cuando bajó, el comedor aún estaba desierto. Siguió el olor del pan hasta la cocina y sostuvo la puerta para dejar pasar a una muchacha con una bandeja. MacNair lo vio acercarse al aparador.
—Eso está preparado para la mesa.
Richard retiró la mano.
—Buenos días también a usted.
—Tendrá los huevos fríos si empieza a comer aquí.
—He sobrevivido a desayunos peores.
MacNair le puso la panera entre las manos.
—Entonces podrá sobrevivir a llevar este.
Richard obedeció. Había recibido órdenes de hombres que empleaban muchas más palabras para obtener bastante menos.
En el pasillo encontró al viejo Iain Sinclair junto a la puerta del patio, con el bastón entre las rodillas. Intentaba doblar una carta sin conseguir que coincidieran los bordes.
—Hamilton, léeme esta última línea. Morna dice que pone una cosa y yo digo que pone otra.
Richard dejó la panera sobre una consola y tomó el papel.
—«No dejéis que Iain salga antes de que haya desaparecido la escarcha».
El anciano gruñó.
—Eso no puede haberlo escrito Mairi. ¿Tú crees que tu cuñada escribiría algo así?
—La letra parece suya.
—Tu hermano le está pegando malas costumbres.
Morna apareció con una cesta de lana. Parecía más pequeña de lo que Richard recordaba, aunque bastó que lo mirara para que enderezase la espalda.
—Mi niña conoce a su marido desde hace unos años —dijo—. A ti te conoce desde que nació.
Iain guardó la carta.
Morna le hizo una seña a Richard para que se inclinara. Él permitió que aquellos dedos pequeños le apartaran el cabello de la ceja.
—Vaya arreglo te han hecho.
—Protesté, pero no aceptaban devoluciones.
Ella le tocó la mejilla, evitando la cicatriz.
—Podrías haber venido antes.
Richard perdió la sonrisa.
—Sí.
Morna le dio una palmada suave y recogió la cesta. No volvió a preguntarle por la herida.
Brodick, en Arran, seguía siendo la casa escocesa de los Hamilton.
Pero desde que Audrey se había casado con Malcolm, Glenmuir también formaba parte de sus regresos.
Había pasado allí veranos enteros, temporadas de invierno y suficientes días alrededor de aquella mesa para dejar de sentirse un invitado.
Richard le acercó el bastón a Iain y lo ayudó a levantarse.
—¿Recuerdas el camino que baja por detrás del huerto? —preguntó el anciano.
—¿El camino o la vez que me encontró allí después de perderme?
—No te perdiste. Según tú, estabas comprobando adónde llevaba.
—Me alegra que alguien conserve una versión favorable.
Iain soltó una risa.
—Llevabas una libreta. Querías apuntar cómo llamábamos a cada colina.
Richard recordó las páginas húmedas y su empeño en aprender los nombres antes de que terminara el verano. Los muchachos de allí los utilizaban sin pensar; él tenía que preguntar.
—Nunca me dio tiempo a anotarlos todos.
—Las colinas siguen ahí. Ya acabarás.
El anciano salió con Morna, discutiendo sobre la escarcha.
Tú eres escocés cuando vienes de vacaciones.
Richard había olvidado aquella libreta. No el empeño con que la llenó.
—¿Desayunas o esperas a que vuelva a buscarte MacNair? —preguntó Audrey.
Recogió la panera y entró en el comedor.
Su hermana tenía dos cartas abiertas junto al plato. Malcolm leía otra con el ceño fruncido, aunque podía tratarse de una invitación a cenar: su expresión no permitía distinguirlo.
—Douglas pregunta cuánto tiempo vas a quedarte —dijo Audrey.
—Acabo de llegar.
—Por eso quiere saberlo.
—Dile que procuraré permanecer aquí hasta que deje de organizarme el permiso.
Audrey sonrió.
—Mairi ha añadido que no hace falta que contestes enseguida. Ella se ocupará de entretenerlo.
Richard aceptó el café.
—Esa mujer merece algo más que nuestro agradecimiento.
—También ha escrito Edward desde Eilean Ròs. Fiona manda recuerdos. Él pregunta por tu mano y dice que no confundas estar recuperado con ser indestructible.
—Ahora sí reconozco a mi hermano.
—Alec se empeña en acompañarlo a todas partes, aunque apenas consigue quedarse quieto cinco minutos. Y Hamish sigue durmiendo mejor de día que de noche.
—Edward habrá intentado imponerle un horario.
—Fiona dice que está descubriendo las limitaciones de su autoridad.
Richard se rio. Audrey dobló la carta y se la entregó para que terminara de leerla después.
Malcolm levantó la cabeza.
—Innes sigue esperando noticias de Edimburgo. Están revisando si existe alguna forma de proteger los derechos de Elspeth sin recurrir al matrimonio.
Richard guardó la carta en el bolsillo del chaleco.
—Hoy comeré en Drummond.
Audrey dejó la taza.
—Ya lo dijiste anoche.
—No sabía si lo recordarías.
—Lo recuerdo perfectamente.
Lo observó mientras se servía los huevos.
—Es curioso.
Richard levantó los ojos.
—Eso nunca anuncia nada bueno.
—Douglas juraba que viviría en Inglaterra hasta que apareció Mairi. Edward consideraba Eilean Ròs un lugar imposible y ahora no conseguimos sacarlo de allí. Cathaline terminó casándose con un Sinclair después de asegurar que conocía demasiado bien a esta familia.
—¿Qué conclusión pretendes sacar?
—Que tenemos cierta costumbre de venir a Escocia por un asunto y acabar encontrando otro.
—He venido por las tierras de Elspeth.
—Claro. Aunque también podrías fingir que has venido a vernos a Cathaline y a mí. Teníamos ganas de verte, Richard.
Aquello era más difícil de responder que una insinuación sobre Elspeth.
Él también los había echado de menos. A Audrey, siempre dispuesta a preocuparse; a Douglas, con su costumbre de creerse duque antes de tiempo; a Edward, que sabía cuándo dejar de hacer preguntas; a Cathaline, capaz de discutir con él y defenderlo de cualquiera que intentara hacer lo mismo.
Había pasado años deseando que dejaran de verlo como al pequeño. Ahora que todos tenían sus propias familias, empezaba a comprender que también había significado crecer rodeado de personas que esperaban su regreso.
—Déjalo, Audrey —intervino Malcolm.
—Solo digo que todavía no ha ido a ver a Cathaline.
Richard dejó el tenedor.
—Después de comer iré a Blairmuir. Así podréis dejar de hablar como si hubiera vuelto a desaparecer.
Audrey recuperó su taza.
—Eso ya suena más razonable.
Elspeth sostenía la puerta mientras una mujer buscaba el segundo guante de su hijo en una cesta.
—Mire debajo del pan —le indicó el niño.
Su madre lo encontró allí y se lo puso sin preguntar por qué.
Cuando salieron, Elspeth vio a Richard al otro lado del umbral. Miró el reloj del vestíbulo.
—Ha llegado a tiempo.
—He procurado no detenerme a discutir con nadie.
—Empieza usted a cambiar de forma preocupante.
Richard entregó el sombrero al criado. Sus ojos se detuvieron un instante en la tira de tela que protegía la mano de Elspeth, pero Margaret apareció antes de que pudiera preguntar.
Le ofreció la mano y los condujo al comedor, interesándose por Morna y por Iain.
—¿Continúa saliendo a pesar del frío?
—He presenciado una discusión al respecto esta mañana.
—Entonces siguen bien.
Richard se sentó frente a Elspeth. Antes de tomar la servilleta, miró el sitio vacío en la cabecera.
Margaret lo advirtió.
—Todavía me sorprendo esperando que proteste por algo.
—Sobre todo si la carne estaba demasiado hecha —dijo Elspeth.
—O si alguien había movido los papeles de su escritorio —añadió Richard.
Su tía soltó una risa breve.
—Eso sí que no lo perdonaba.
Elspeth levantó los ojos hacia él.
—Veo que lo conocía mejor de lo que pensaba.
—Me trataba como a un hijo.
Margaret sonrió y tomó la cuchara. Elspeth tardó un momento más.
La conversación se volvió más ligera. Hablaron de Glenmuir, de MacNair y de una cocinera que llevaba años asegurando que nadie preparaba el cordero como ella.
—Debería probarlo algún día —le dijo Margaret a Richard—. Aunque últimamente encuentra demasiados motivos para comer en Drummond.
—Tía.
—Solo digo que un hombre agradecido suele volver al lugar donde lo alimentan bien.
Elspeth esperó la respuesta de Richard.
En Blairmuir habría aprovechado la insinuación. Habría añadido algo para complacer a Margaret y verla a ella perder la paciencia.
Esta vez no lo hizo.
Sus miradas se encontraron sobre la mesa. Elspeth recordó el refugio, la lluvia y las manos de Richard estrechándola contra él.
Lo deseaba. Ya no podía fingir lo contrario. Pero desearlo no le decía qué lugar ocuparía en su vida. Richard había terminado con Rose; eso no significaba que supiera cuánto duraría su interés por ella.
El pacto ofrecía una respuesta para sus tierras. No para aquella pregunta.
Antes de que terminaran de comer, el administrador les hizo llegar una nota. El carpintero ya estaba en casa de Davie y había comenzado la reparación. Por el momento no necesitaban nada más.
Elspeth pidió que la avisaran si surgía alguna dificultad y dejó el papel a un lado.
—Voy a Blairmuir —anunció Richard—. Mi hermana empieza a sospechar que he vuelto a Escocia únicamente para evitarla.
Margaret sonrió.
—Lady Cathaline siempre ha tenido mucho afecto por usted.
—Tiene una forma bastante exigente de demostrarlo.
—Audrey le habrá recordado que todavía no ha ido a verla.
—Varias veces.
Richard se volvió hacia Elspeth.
—Acompáñeme.
Ella levantó la cabeza.
—Cathaline se alegrará de verla —añadió él.
No se le había ocurrido salir aquella tarde para algo que no tuviera que ver con Drummond.
—Mi sobrina no está haciendo visitas —intervino Margaret.
La sonrisa había desaparecido de su rostro.
—No se trata de una reunión —respondió Richard—. Solo de pasar un rato con mi hermana.