Capítulo 9 #3
Aquello le arrancó un sonido bajo que Elspeth sintió contra los labios. Le gustó haberlo provocado. Aquel hombre tan dispuesto a encontrar una respuesta para todo acababa de olvidar lo que pudiera tener que decirle.
Le acarició el cabello húmedo de la nuca. Richard la acercó más y ella apoyó con cuidado la mano vendada sobre su pecho. Bajo la camisa sintió el golpe apresurado de su corazón.
No era el único que había pasado aquellos días recordando.
Cuando él se apartó, Elspeth tardó en abrir los ojos. Richard todavía la sostenía por la cintura; tenía el cabello desordenado por sus dedos y la boca demasiado cerca para que ella pudiera pensar con claridad.
—Eso se parece más a la bienvenida que esperaba —murmuró él.
Elspeth aflojó la mano que tenía en su nuca.
—No lo estropee.
Richard la miró con atención.
—No era mi intención.
—Pues deje de hablar como si hubiera venido a cobrarla.
Él retiró despacio las manos de su cintura.
Elspeth habría preferido que no la soltara tan pronto, pero tampoco quiso sujetarlo. Ya conocía aquella facilidad de Richard para esconder una satisfacción demasiado grande detrás de una broma. Lo que no sabía era cuánto había de deseo y cuánto de orgullo complacido en la forma en que la miraba.
Se acomodó el puño de la manga, aunque no necesitaba arreglarlo.
—En Inglaterra no sabía cómo iba a ser —dijo.
Richard dejó de atender al tartán caído.
—¿El beso?
Ella asintió, molesta por el calor que le subía al rostro.
—Nunca había besado a nadie. Usted fue el primero —Richard se quedó quieto.
Elspeth sostuvo su mirada. No pensaba retirar la confesión ni restarle importancia con una ocurrencia.
Ya le había costado bastante pronunciarla—.
No se lo he pedido para darle la satisfacción de verme cambiar de opinión sobre usted —añadió—. Quería besarlo. Eso era todo.
Él bajó los ojos hacia la mano que ella había tenido sobre su pecho. Cuando volvió a mirarla, la diversión había desaparecido de su rostro.
—No lo sabía.
—Tampoco tenía por qué saberlo.
Richard se acercó de nuevo, esta vez sin tocarla.
—¿Por qué no me lo dijo entonces?
Elspeth arqueó una ceja.
—Estaba bastante ocupada —La respuesta le arrancó una sonrisa breve. Ella la habría recibido mejor si no siguiera sintiéndose tan expuesta—. Además, no quería que me mirara precisamente así.
—¿Cómo?
—Como si acabara de descubrir que debe tratarme de otra manera.
Richard levantó una mano y le rozó la mejilla.
—No voy a tratarla como a una niña, Elspeth.
Ella dejó que la acariciara. El pulgar de Richard se detuvo junto a su boca y, durante un momento, ninguno necesitó añadir nada.
Cuando él volvió a inclinarse, Elspeth lo recibió. El beso fue más breve, pero le costó aún más apartarse.
Ella apoyó una mano sobre su muñeca.
—Y tampoco quiero que esto se convierta en algo que pueda echarme en cara la próxima vez que discutamos.
Richard retiró la mano.
—No acostumbro a hablar de mis besos para ganar una discusión.
—No. Solo de lo que dije en Blairmur.
El reproche encontró su sitio. Richard la observó con una seriedad que ya no tenía nada que ver con la confesión.
—No he olvidado aquella tarde.
—Ya me he dado cuenta. También le he pedido perdón. No pienso volver a hacerlo cada vez que se enfade conmigo.
Richard se pasó una mano por el cabello.
—Esta mañana estaba enfadado porque se había marchado sin decírmelo.
—Y ha vuelto a utilizar aquello contra mí.
Él no respondió enseguida. Elspeth se inclinó para recoger el tartán y lo sostuvo entre las manos, sin ponérselo todavía.
—No espero que se olvide de lo que dije —continuó—. Pero besarme no le da la razón sobre mi regreso a Drummond.
—No necesito tener razón sobre todo para querer besarla.
—Entonces deje de mezclar ambas cosas.
Richard miró hacia la puerta. Afuera seguía lloviendo, aunque el agua ya no golpeaba el tejado con tanta fuerza.
—Podría haberme escrito —dijo al volver hacia ella.
Elspeth soltó una risa sin alegría.
—Sí. Podría haberle escrito que me marchaba, que esperaba su regreso y que me desagradaba muchísimo imaginarlo con lady Rose Morland. ¿Era eso lo que quería leer?
Richard sostuvo sus ojos.
—Me habría gustado que me lo dijera a mí.
Aquello la dejó sin una respuesta inmediata. Había sinceridad en su voz, pero también una obstinación que le resultaba demasiado familiar.
—No estaba dispuesta a ponerle por escrito cuánto me importaba mientras usted decidía qué hacer con su amante.
—Ya he decidido.
—Lo sé. Por eso lo he besado.
Richard abrió la puerta para comprobar el tiempo.
—Podemos regresar.
Ella se reunió con él bajo el alero. Mientras se ataba las cintas del sombrero, Richard fue a buscar los caballos. Todavía llevaba en el cabello las marcas de sus dedos; Elspeth apartó los ojos antes de que él la sorprendiera mirándolo.
Aceptó su ayuda para montar. Richard le sostuvo la cintura el tiempo necesario y ella apoyó la mano sana en su hombro. Al acomodarse en la silla, notó que él levantaba el rostro hacia ella.
Durante un instante volvió a desear inclinarse.
En lugar de hacerlo, recogió las riendas.
—Gracias.
Richard retiró las manos.
Montó en su caballo y se colocó a su lado. Elspeth inició el camino hacia Drummond, consciente de su proximidad y todavía irritada por lo mucho que le agradaba tenerlo allí.
Richard no había conseguido una disculpa. Ella tampoco había conseguido que le diera la razón.
Y ninguno había dejado de mirar la boca del otro.
Margaret, poco después, los recibió en Drummond con una exclamación al ver la mano envuelta. Elspeth le explicó lo ocurrido mientras entregaba el sombrero a una criada. Su tía examinó el pañuelo, miró a Richard y decidió que ambos necesitaban ropa seca.
No preguntó por el tartán. Se lo quitó a su sobrina y lo entregó a una criada para que lo pusiera a secar.
El administrador apareció para preguntar por la verja. Elspeth confirmó que el paso estaba abierto y dispuso que revisaran el arreglo. Luego pidió las cuentas que necesitaba para recibir a las familias al día siguiente.
Richard esperó mientras hablaban. Le habría gustado quedarse a comer, pero había prometido regresar a Glenmuir y Elspeth tenía asuntos pendientes.
La vio pasar de explicar lo ocurrido a escuchar una consulta sobre los pagos sin perder el hilo, y recordó la libreta que había puesto a salvo antes de ocuparse de su mano.
Cuando el administrador se retiró, Elspeth lo acompañó hasta la puerta.
—Volveré mañana —dijo Richard—. Puedo ir con usted a ver el tejado de Davie.
—No tiene que hacerlo.
—Lo sé.
Elspeth apoyó la mano sana sobre el marco. Richard esperó una objeción acerca de la distancia o de su permiso. Ella miró hacia los hombres que llevaban a cubierto las herramientas.
—Recibiré a las familias por la mañana. Hasta después de comer no podré salir.
—Me las arreglaré para estar aquí.
—¿Comerá con nosotros?
La pregunta le produjo una alegría que habría preferido disimular mejor.
—Con mucho gusto.
—Se lo diré a mi tía. Así no tendrá que fingir que Audrey lo alimenta poco.
Richard se rio y recibió las riendas de manos del mozo.
—Hasta mañana, señorita Drummond.
—Procure llegar a tiempo. No pienso dejar enfriar la comida por usted.
Él se volvió hacia ella.
—Empieza pronto a darme órdenes.
—He tenido un buen maestro esta mañana.
Richard la miró desde el pie del caballo. Elspeth permanecía en la entrada, con la mano vendada recogida contra el vestido negro y aquella expresión que le hacía desear discutir con ella incluso cuando tenía otras intenciones bastante más urgentes.
—Mañana intentaré mejorar su opinión sobre mí.
—Con que no la empeore tendremos suficiente.
Richard sonrió mientras montaba. Desde dentro, Margaret llamó a su sobrina, pero Elspeth no entró de inmediato. Esperó a que él acomodara las riendas.
—Richard.
Se volvió con demasiada rapidez.
Ella lo había advertido. Por la pequeña curva de sus labios, también había disfrutado de ello.
—No hace falta que traiga nada.
—No pensaba hacerlo.
—Audrey lo intentará.
—Entonces tendré que salir antes de que me encuentre.
Elspeth negó con la cabeza y entró en la casa.
Richard se quedó un momento mirando la puerta. Tenía unas ganas absurdas de seguirla, de encontrarla sin su tía alrededor y de averiguar cuánto le duraría aquella compostura si volvía a besarla. En cambio, hizo avanzar al caballo.
Antes de alcanzar el camino principal ya estaba calculando a qué hora podría presentarse sin que pareciera que había salido de Glenmuir después del desayuno.
Soltó una maldición entre dientes y apretó el paso.
Había sido muy fácil negarse a ser su marido desde Inglaterra. Tendría que haber tenido la prudencia de quedarse allí.