Capítulo 9 #2
—Una vez ya me dejó durante años con una frase atravesada. Esta vez no pensaba esperar otros tres para averiguar si iba a dignarse a decirme algo usted misma.
Elspeth alzó la barbilla.
—No pienso disculparme por volver a mi casa a ocuparme de mis tierras mientras usted se marchaba a Londres a cenar con su amante.
—No le he pedido una disculpa.
—Lo parece.
—Le he pedido la cortesía de decírmelo a la cara.
—Y yo no sabía que debía permanecer en Hamilton Lodge aguardando a que lady Rose Morland terminara con usted.
Richard entrecerró los ojos.
—Rose no tiene nada que ver con que se marchara sin decirme una palabra.
—Tiene bastante que ver con que yo no pensara quedarme esperándolo.
Aquello sí lo hizo callar un instante.
—¿Así que estaba celosa?
—No se dé tanta importancia.
—Ha mencionado a Rose dos veces en menos de un minuto.
—Porque usted se fue a verla.
—Y usted se fue antes de que pudiera volver.
—Como ya le he dicho, tenía una casa que defender.
—Y yo quería verla —Elspeth abrió la boca, pero esta vez él no le permitió esconderse detrás de otra réplica—. Por eso he venido. Puede enfadarse todo lo que quiera con la forma, señorita Drummond, pero no finja que no entiende el motivo.
La cinta continuó golpeándole el rostro sin que ella intentara sujetarla.
Richard sintió la tentación de aliviar la confesión con una broma. La dejó intacta.
Las primeras gotas cayeron sobre la libreta que Elspeth llevaba bajo el brazo. Ella la guardó y miró el cielo. En pocos momentos, la ladera del otro lado del río desapareció tras una cortina de agua.
—Hay un refugio más arriba —dijo—. Podemos esperar allí.
El refugio estaba junto a un pequeño cercado, con un cobertizo donde pudieron dejar los caballos. Elspeth abrió la puerta y entró primero. Richard la siguió mientras la lluvia golpeaba el tejado.
Por primera vez desde que la había encontrado en los pastos, estaban solos.
Dentro olía a ceniza y a lana guardada. Había leña bajo un banco, dos taburetes y una manta doblada sobre una repisa. Elspeth dejó la libreta lejos de la gotera que manchaba una esquina.
—La manta es de Davie. No se la aconsejo. La usa también el perro.
Richard levantó un extremo, vio los pelos y la devolvió a su sitio.
—Sigue enfadada conmigo.
—Ha llegado sin avisar, me ha reprochado que volviera a mi propia casa y después ha intentado hacerme confesar que estaba celosa.
—No he tenido que esforzarme demasiado con lo último.
Elspeth levantó los ojos.
—No arruine los pocos minutos de ventaja que acaba de conseguir.
Richard sonrió.
—Entonces procuraré administrarlos con prudencia.
—Eso sí sería una novedad.
Elspeth no sonrió. Se quitó el sombrero con movimientos secos y lo dejó sobre el banco.
El vestido de montar seguía siendo enteramente negro, sin más adorno que los pequeños botones del cuerpo y el broche oscuro que cerraba el cuello. El luto hacía aún más evidente la palidez de su rostro y la severidad con que mantenía apretados los labios.
Richard arregló el fuego. Cuando volvió a mirarla, Elspeth intentaba quitarse el guante de la mano que se había lastimado junto al muro.
—Déjeme ver.
—Es un rasguño.
—Eso ya lo decidiré cuando lo vea.
Los ojos grises se alzaron hacia él.
—Ha tardado muy poco en volver a dar órdenes.
—Y usted muy poco en desobedecerlas.
Había un desgarro a la altura de los nudillos.
—Espere. Se le está pegando.
Ella le ofreció la mano.
Richard desabrochó el botón y retiró la tela con cuidado. El raspón era pequeño, pero tenía suciedad en el borde. Sacó un pañuelo limpio y la cantimplora que llevaba para el camino.
Richard humedeció el pañuelo y empezó a limpiar con cuidado el raspón.
Elspeth observó sus manos.
—Mi padre habría dicho que estamos haciendo demasiado escándalo por una herida así.
Richard levantó los ojos.
—¿También decía eso cuando estaba enfermo?
—Constantemente. Pasó casi todo el verano en cama y seguía asegurando que al día siguiente se levantaría para recorrer las tierras.
La expresión de Richard se volvió más seria.
—Debió de ser difícil verlo así.
Elspeth bajó la mirada hacia su mano.
—Lo peor era que algunas mañanas conseguía convencerme de que realmente estaría mejor al día siguiente.
Richard no respondió de inmediato. Terminó de limpiar la herida y mantuvo sus dedos entre los suyos un instante más de lo necesario.
—Lo siento, Elspeth.
Ella tragó saliva.
—Yo también. La tisis llevaba meses consumiéndolo y quiero pensar que ha tenido cierto descanso después de la muerte.
Elspeth sonrió con dificultad y Richard vertió un poco de agua sobre el pañuelo. Ella se estremeció al primer contacto, pero no retiró la mano.
Mientras él limpiaba el raspón, Elspeth sostuvo la cantimplora para ayudarlo. Richard todavía conservaba rigidez en dos dedos de la mano herida durante la guerra y algunos movimientos le costaban más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
No dijo nada acerca de ello.
A Richard le gustó que no lo hiciera.
El fuego empezaba a prender. La lluvia golpeaba las piedras de la entrada y sacudía los últimos restos de brezo junto al cobertizo. Richard cubrió el raspón con el pañuelo y dejó que ella lo sujetara.
La palma de Elspeth había quedado tibia dentro de la suya. Tuvo que buscar una ocupación para las manos al soltarla.
Se quitó el tartán, separó los pliegues interiores que aún estaban secos y se lo ofreció.
—Acérquese al fuego.
Ella aceptó el tartán y se lo acomodó sobre los hombros.
Un mechón húmedo se le había pegado a la mejilla. Richard levantó la mano y se lo apartó con los dedos.
Elspeth no se movió.
Tampoco él.
Durante unos segundos, el refugio pareció demasiado pequeño.
Richard dejó caer la mano despacio.
—¿Qué ocurrió en Londres? —preguntó ella.
Richard alzó los ojos azules.
—Terminé mi relación con Rose.
Elspeth aflojó la mano sobre el borde del tartán.
—¿Se lo dijo aquella noche?
—Después de la cena. Le habría evitado un disgusto si le hubiera advertido antes de que necesitaba hablar con ella.
Ella acomodó el pañuelo sobre los nudillos.
—¿Fue difícil?
Richard la miró antes de responder.
Elspeth seguía envuelta en el tartán, vestida de negro bajo la lana azul y burdeos.
La humedad había oscurecido algunos mechones de su cabello y el frío le había dejado color en las mejillas.
Frente a ella, Richard parecía ocupar demasiado espacio en aquel refugio: alto, ancho de hombros, con el cabello rubio todavía húmedo y la cicatriz junto a la ceja marcándole el rostro de una manera que años atrás no estaba allí.
—Rose y yo sabíamos perfectamente lo que éramos —dijo al fin—. Nos gustaba estar juntos. Nada más.
Elspeth sostuvo su mirada.
—¿Nada más?
—No iba a casarme con ella. Ella tampoco esperaba que lo hiciera. —Richard apoyó un hombro contra la pared—. Pero eso no significa que pudiera desaparecer sin darle una explicación. Le debía esa consideración.
—Qué honorable.
Richard percibió el filo de los celos y casi sonrió.
—No demasiado. Era mi amante, Elspeth, no una promesa de futuro.
Ella bajó los ojos un instante hacia el pañuelo que cubría su mano.
—Y ahora ya no lo es.
—No.
—¿Por mí?
Richard seguía apoyado contra la pared, con el abrigo abierto y el cabello rubio brillando por el fuego.
—Porque no iba a seguir viendo a Rose mientras pensaba en usted.
Sentada junto al fuego, Elspeth dejó quietas las manos sobre el regazo. Había querido oírlo decir aquello; ahora le costaba sostenerle la mirada sin que se notara cuánto.
—¿Y qué espera ahora?
Richard bajó los ojos hacia su boca antes de responder.
—Besarla. Aunque empiezo a sospechar que prefiere hacerme hablar de ello.
Elspeth sintió calor bajo el cuello del vestido negro.
—No confunda una pregunta con una invitación.
—No las confundo. Recuerdo bastante bien cómo me hizo la última.
Ella apretó los labios. Richard sonrió con una satisfacción que le dio ganas de recordarle todos los motivos por los que seguía enfadada.
—Tampoco espere que lo recompense por haber dejado a su amante.
La sonrisa de Richard desapareció.
—No quiero que me bese por gratitud, Elspeth. Quiero que vuelva a besarme como lo hizo en Inglaterra.
El recuerdo la alcanzó antes de que pudiera defenderse: sus propias manos sujetándolo cuando él empezaba a apartarse, la impaciencia con que había buscado otra vez su boca.
Richard se separó de la pared y se acercó al banco. Se detuvo a un paso de ella, sin tocarla. Desde allí, Elspeth distinguía la sombra de barba en su mandíbula y la cicatriz que le interrumpía una ceja. Tuvo que alzar el rostro para mirarlo a los ojos.
—Sigo enfadada con usted —advirtió.
—No he tenido ninguna dificultad para darme cuenta.
—Entonces deje de sonreír como si ya hubiera conseguido lo que quiere.
—Créame, si lo hubiera conseguido, no estaríamos hablando de Rose.
Elspeth bajó involuntariamente la mirada hasta su boca. Cuando volvió a levantarla, supo que él lo había visto.
Richard apoyó una mano en el respaldo del banco, a cierta distancia de su hombro.
—Puedo volver a la pared —dijo.
Ella tardó demasiado en responder.
—No le he pedido que se aleje.
Esta vez Richard no sonrió. Se quedó donde estaba, mirándola, y Elspeth descubrió que aquella atención sin una sola broma resultaba mucho más difícil de resistir.
—Pensé que tardaría más en venir —dijo Elspeth.
—¿Pensó que vendría?
Ella vaciló. Richard sintió cerrarse sus dedos antes de recibir la respuesta.
—Lo esperaba.
Le rozó la mejilla con la mano que aún tenía junto a su hombro. Elspeth no soltó su muñeca.
—Béseme, Richard.
Él se inclinó.
Elspeth conocía ya su boca, pero no la impaciencia con que volvió a buscarla.
Se alzó para recibirlo y el tartán resbaló de sus hombros hasta el banco.
Esta vez no se quedó esperando a descubrir qué debía hacer: deslizó los dedos hacia su nuca y lo atrajo, sintiendo cómo él estrechaba el brazo alrededor de su cuerpo.
Richard interrumpió el beso apenas lo suficiente para cambiar de posición. Ella lo siguió.