Capítulo 9
El viento cambió al doblar la ladera y Richard reconoció el humo de turba que ascendía desde las primeras casas de Glenmuir. Aflojó las riendas. Después de los trenes, las posadas y el último tramo a caballo, aquella subida le devolvió una familiaridad que no había encontrado en ningún otro camino.
Se ajustó el tartán sobre el abrigo. De muchacho habría procurado que alguien lo viera llegar con aquellos colores; probablemente habría espoleado al caballo para compensar con velocidad cualquier defecto de su acento.
Ahora dejó que el animal escogiera dónde pisar.
Los muros seguían en su sitio y Escocia no parecía haber aprovechado su ausencia para discutirle el apellido.
Richard sonrió.
Echaba de menos los jardines de Hamilton Lodge cuando llevaba demasiado tiempo lejos de Inglaterra. También había echado de menos aquel viento que le hacía llorar los ojos. Quizás crecer consistiera, entre otras cosas, en dejar de pedir permiso para querer ambas.
Audrey salió cuando él acababa de desmontar.
—Te había preparado una bienvenida mucho más digna —dijo, antes de abrazarlo.
Richard dejó caer las riendas en manos del mozo y la estrechó contra sí. Durante un momento, el cansancio del viaje le pesó menos.
—Esta me sirve.
Su hermana retrocedió lo suficiente para examinarle el rostro. Llevaba el cabello oscuro recogido con cierta prisa, pero el vestido impecable.
—Madre me contó lo de la cicatriz.
—Espero que también te dijera que lo demás sigue en su sitio.
Audrey le tocó la sien, evitando la marca.
—Podrías habernos escrito más.
—Podríais haberos puesto de acuerdo para pedirme todos la misma información.
—Lo hicimos. Tú contestaste a cada uno una parte.
Richard abrió la boca, pero Malcolm apareció en los escalones.
—Dentro —dijo—. Tu hermana lleva calentando esa habitación desde ayer. No pienso pagar la leña para que os quedéis en el patio —Le estrechó la mano y retuvo un momento el saludo, mirándolo con una atención que no necesitaba preguntas—. Me alegra verte, Richard.
Aquello, dicho sin una burla que le permitiera responder del mismo modo, lo conmovió.
—A mí también.
Dentro encontró el calor prometido, el olor de la comida y una casa que Audrey había hecho suya sin conseguir que dejara de parecerse a Malcolm.
Había flores junto a una ventana reparada y un perro dormido donde nadie en Hamilton Lodge le habría permitido tumbarse.
Richard lo apartó del fuego con una bota.
El animal protestó y volvió a ocupar el lugar en cuanto él se sentó.
—Sigue sin respetarme.
—Recuerda que escondías comida en los bolsillos —respondió Audrey—. Te respeta muchísimo. Solo está esperando.
Durante la cena, Richard entregó las cartas de Alexander y respondió a las preguntas sobre sus padres. Malcolm dejó los sobres junto al plato antes de mencionar los pastos.
—Los hombres de Fergus han seguido midiendo. Boyd dice que solo cumple un encargo. Los arrendatarios ven sus marcas y creen que van a cambiarles las condiciones antes de que se resuelva nada.
—¿Y Elspeth?
Audrey detuvo la mano sobre la fuente. Richard tomó el pan con una calma que llegó tarde.
—Se ocupa de ellos —respondió Malcolm—. Desde que volvió, acuden a la casa en lugar de ir a buscar al administrador. Nos ha ahorrado unas cuantas peleas.
—Ha hecho bien en regresar —añadió Audrey.
Richard partió el pan. Había recorrido demasiadas millas para continuar enfadado porque Elspeth hubiera tenido una razón mejor que la suya para hacer aquel viaje.
—Mañana iré a verla.
—Pregúntale qué necesita —dijo Malcolm—. Ella conoce la finca.
—Eso pensaba hacer.
Audrey le ofreció más carne.
—Entonces procura desayunar antes. Cuando empiezan a contarte cosas, los Drummond se olvidan de que los demás necesitan comer.
—He pasado suficientes veranos allí para saberlo.
Su hermana llenó el plato de todos modos.
A la mañana siguiente, el administrador de Drummond le indicó el camino de los pastos antes de que Richard llegara a desmontar. Los hombres de Fergus se habían presentado un día antes de lo anunciado; Elspeth había salido al recibir el aviso.
—No ha querido que la acompañara más gente —añadió el hombre—. Ya había demasiados allí.
Richard miró hacia la casa. Había imaginado una conversación junto al fuego, con la vieja Margaret entrando a intervalos incómodos. Tendría que conformarse con encontrar a Elspeth en mitad del campo.
La oyó antes de llegar al paso.
—Si arranca las estacas, mañana tendrán que venir a colocarlas otra vez, Iain. ¿De verdad quiere verlos dos días seguidos?
Un hombre de barba rojiza apoyó el mazo contra el muro.
—Quiero que dejen de plantarlas donde pasan mis ovejas.
—Entonces enséñeme cuáles estorban.
Elspeth esperaba montada junto a la entrada del pasto. Tenía una libreta abierta sobre la falda y escuchaba a Iain mientras un hombre con carpeta intentaba intervenir. Más allá, dos ayudantes habían apartado una hoja de la verja para meter un carro.
Richard dejó su caballo con Davie, a quien recordaba de otros veranos, y se acercó sin llamar.
—Mi obligación es señalar lo que medimos —dijo el hombre de la carpeta.
—Y yo necesito que el paso siga libre, señor Boyd. Puede hacer ambas cosas.
Iain señaló el camino que bajaba hacia el río. Elspeth lo dejó terminar antes de volverse al agrimensor.
Richard se detuvo junto al muro.
En Inglaterra había visto a Elspeth esperando respuestas, sujetando una cartera que parecía pesar más cada día.
Allí los hombres aguardaban su palabra. Nadie le explicaba dónde estaba el agua ni qué familias utilizaban aquel sendero.
Cuando Boyd empezó a señalar una parcela, ella le dio el nombre de quien la trabajaba y le preguntó si había hablado con él.
Entonces lo vio.
Elspeth dejó de pasar una página. Sus ojos fueron desde el tartán hasta su rostro, y Richard disfrutó de aquella sorpresa bastante más de lo que habría admitido.
Inclinó la cabeza.
Ella tardó un instante en devolver el saludo. Después cerró la libreta.
—Continuemos, señor Boyd.
Richard se apartó para dejar que Elspeth se acercara a Boyd. Ella seguía montada y, desde la silla, inclinó la cabeza para mirar el plano que él sostenía.
Richard permaneció a unos pasos. Había viajado hasta allí para verla; observarla ocuparse de sus tierras no le pareció una mala manera de empezar.
Entonces, detrás de Boyd, uno de sus hombres intentó mover la verja que habían apartado para dejar pasar el carro.
La madera se le escapó de las manos y cayó con estrépito.
El caballo enganchado al carro se asustó y retrocedió de golpe.
La yegua de Elspeth reaccionó al ruido. Dio un salto hacia un lado y estuvo a punto de chocar contra el muro.
—Tranquila —murmuró Elspeth, sujetando las riendas.
Richard avanzó inmediatamente.
—¡Que nadie se mueva!
Los hombres se detuvieron.
Elspeth consiguió mantener a la yegua quieta, aunque el carro seguía bloqueándole parte del paso.
—Necesito espacio para sacarla de aquí —dijo.
Richard miró al hombre que sujetaba al otro caballo.
—No tire de él. Déjelo avanzar despacio.
El hombre obedeció. El caballo dio unos pasos hacia delante y el carro se apartó lo suficiente.
—Ahora —dijo Richard.
Elspeth giró a su yegua con cuidado y salió del paso sin necesitar más ayuda.
Solo cuando Elspeth consiguió llevar a la yegua hasta un lugar seguro, Richard volvió a respirar con normalidad.
Detrás de ellos, los hombres apartaron la verja caída y enderezaron el carro.
El caballo seguía nervioso, pero ya no había peligro.
Richard se acercó a la yegua de Elspeth y le pasó una mano por el cuello hasta que dejó de moverse.
—Ya está —murmuró.
Entonces levantó la vista.
Elspeth lo estaba observando.
—¿Se ha hecho daño?
Ella negó, aunque flexionó los dedos.
—Boyd, sus hombres arreglarán eso antes de marcharse. Iain les dirá dónde hay herramientas —El hombre de Fergus abrió la boca—. No voy a discutir quién tiene razón mientras dejan una verja en el suelo —añadió ella.
Richard ayudó a Iain a colocar de nuevo la verja mientras Elspeth terminaba de hablar con Boyd.
Cuando todo quedó en orden, Boyd guardó sus papeles después de comprometerse a avisar antes de regresar a aquellas tierras.
Elspeth cerró la libreta y se acercó a los hombres de Drummond. Habló con ellos uno por uno, respondiendo preguntas y escuchando sus preocupaciones.
Antes de marcharse, uno de los arrendatarios la detuvo.
—¿Vendrá mañana por casa, señorita?
—Mañana por la tarde, Davie. Después de recibir a los demás.
—Mi mujer preparará algo.
—Dígale que voy a ver el tejado, no a darle más trabajo.
Davie se marchó prometiendo una hospitalidad que no tenía intención de limitar.
Richard comprobó que la verja cerrara y recuperó su caballo. Solo entonces Elspeth se acercó. Había desmontado y llevaba las riendas sobre el brazo.
—Le habría dado la bienvenida antes, pero estaba ocupada.
—Me he dado cuenta. Tenía previsto ser recibido con más entusiasmo.
—La próxima vez puede anunciarse.
Él contempló la mancha de barro de su manga.
—También usted podría haberse despedido.
La expresión de Elspeth perdió la incipiente sonrisa.
—Le deseé buen viaje.
—Antes de irme yo a Londres. No sabía que iba a ser también su propia despedida.
—Surgieron asuntos que atender.
—Podría haber esperado un día.
En cuanto lo dijo, comprendió lo mezquino que sonaba junto a la entrada que acababan de reparar.
Elspeth no lo dejó pasar.
—¿Para que usted no encontrara vacía mi silla? Las familias empezaban a creer que no volvería. No podía quedarme en Inglaterra esperando a que terminara su cena con lady Rose Morland... ni preguntándome cuánto pensaba prolongarla.
—No esperaba que organizara su vida alrededor de mis cenas —replicó Richard, ya sin disimular el enfado—. Esperaba que tuviera la consideración de decirme a mí que se marchaba, en lugar de dejar un recado a mi madre.
—¿Ha atravesado medio país porque no le gustó mi despedida?
Richard soltó una risa seca.