Capítulo 8
Richard había encontrado tres maneras de contarle a Elspeth que había terminado con Rose. Descartó las tres antes de que el carruaje alcanzara la entrada de Hamilton Lodge.
No necesitaba un discurso. Bastaba con buscarla después de comer, decirle que había tenido aquella conversación pendiente en Londres y averiguar si seguía dispuesta a pasear con él.
Había procurado no pensar demasiado en lo que esperaba que ocurriera durante el paseo.
Al entrar, dejó a sus amigos ocupados con el equipaje y fue hacia el salón pequeño. Su madre hablaba con Keller junto a la ventana. Levantó la cabeza al verlo y le ofreció la mejilla antes de preguntarle por el viaje.
—Bien —respondió Richard, dándole un beso—. ¿Dónde está la señorita Drummond?
Eliza lo observó un instante.
—Se ha marchado.
Richard se volvió hacia ella.
—¿Adónde?
—A Drummond. Ella y su tía salieron ayer.
Dejó el sombrero sobre una silla.
—¿Ha ocurrido algo?
—Su administrador le escribió. Algunos arrendatarios estaban inquietos y había empezado a decirse que no pensaba regresar. Quiso volver antes de que el rumor siguiera extendiéndose.
Richard miró el asiento vacío junto a la chimenea. Había imaginado encontrarla leyendo, escribiendo o respondiendo a su saludo con una formalidad que ambos sabrían interpretar.
No había pensado que pudiera no estar.
—Podría haber esperado un día.
—Se lo propuse. Prefirió marcharse.
Sabía cuándo regresaba. Había podido quedarse y había decidido no hacerlo.
—¿Y las consultas con los abogados?
—Tu padre conserva los documentos que necesita. Las respuestas pueden llegarle a Escocia.
No había nada que objetar.
Eliza recogió una carta de la mesa.
—Le pregunté si quería dejarte algún mensaje.
Richard levantó los ojos.
—¿Y?
—Dijo que sabes dónde encontrarla.
Podía oírla pronunciar aquellas palabras. Con la barbilla levantada y una calma que seguramente habría encontrado provocadora.
Había regresado dispuesto a contarle que una parte de sus dificultades estaba resuelta. Elspeth, entretanto, había decidido ocuparse de otras más urgentes.
Su madre vaciló antes de añadir:
—También nos pidió que te diéramos las gracias por acompañarla durante la visita de Fergus.
Richard sospechó que aquel agradecimiento debía algo a la intervención de Eliza. No preguntó cuánto.
Había pasado buena parte del viaje recordando los dedos de Elspeth cerrándose sobre su chaqueta. Encontrarse con un recado transmitido por su madre no figuraba entre las posibilidades que había considerado.
—¿Te ha molestado? —preguntó ella.
—Me ha sorprendido.
Eliza le permitió conservar aquella distinción.
—Tu padre está en el despacho. Ha recibido noticias de Malcolm esta mañana.
Richard volvió a prestarle toda su atención.
—¿Sobre Elspeth?
—Sobre las tierras.
Alexander tenía un telegrama abierto sobre el escritorio, junto a varias cartas. Preguntó brevemente por Londres, pero dejó de lado el asunto en cuanto Richard mencionó a Malcolm.
—Fergus ha enviado hombres a medir los pastos del norte.
Richard se acercó al escritorio.
—¿Con qué autoridad?
—Afirma que solo está haciendo valorar las tierras incluidas en su reclamación. El problema es lo que ha ocurrido durante la visita.
Le tendió el telegrama.
—Sus hombres colocaron estacas y desplazaron una cerca para permitir el paso de un carro. Varios arrendatarios fueron a impedirlo. Hubo amenazas; tuvieron que separarlos antes de que llegaran a las manos.
Richard recorrió el mensaje. Malcolm había añadido que uno de los arrendatarios intentó arrancar las marcas del agrimensor. Exigían que nadie continuara las mediciones hasta que Elspeth estuviera presente.
—¿Ella ya lo sabe?
—Su administrador la avisó. Es posible que a estas horas esté ocupándose del asunto.
Aquello no lo tranquilizó. Elspeth había regresado para demostrar que no pensaba abandonar Drummond y podía encontrarse con hombres dispuestos a defenderlo de una manera que empeorara las cosas.
—Fergus está actuando deprisa.
—Quiere adelantarse a cualquier respuesta que ponga en duda su derecho a comportarse como propietario.
Richard dejó el telegrama sobre la mesa.
—¿Qué piensas hacer?
—Lo que puedo hacer mejor desde aquí. Innes está revisando la reclamación y esta tarde tengo que responder a los abogados de Edimburgo. Mientras tanto, Malcolm procurará que nadie convierta esto en una pelea.
—No basta.
Alexander levantó los ojos.
—¿Qué propones?
—Que alguien vaya.
—Malcolm ya está allí.
—Malcolm representa a los Sinclair. Esto también afecta a los Hamilton.
Su padre apoyó la espalda en el sillón. Richard conocía aquella pausa: le estaba dejando tiempo para terminar de decir lo que había ido a decir.
—¿Y quién sugieres que vaya en nuestro nombre?
—Yo.
Alexander lo observó unos segundos.
—No te lo he pedido.
—Lo sé.
—Podemos seguir ayudando a Elspeth sin que viajes a Escocia.
—También lo sé.
Su padre entrelazó las manos sobre el escritorio.
—Entonces supongo que tienes otra razón.
Richard bajó la vista al telegrama.
Había motivos suficientes para ir. Los hombres de Fergus estaban midiendo unas tierras cuya propiedad aún se discutía. Los arrendatarios perdían la paciencia. Elspeth podía acabar enfrentándose a algo bastante más difícil de resolver que una cláusula matrimonial.
Pero no había empezado a pensar en Escocia al leer el mensaje de Malcolm.
Había empezado al descubrir que ella se había marchado.
—Puedo salir mañana —dijo.
Alexander no intentó obtener una respuesta más completa.
—Entonces ve. Pero recuerda una cosa, Richard.
Él esperó.
—Vas a ayudar a proteger unas tierras. No a decidir por la mujer que intenta conservarlas.
—No acostumbro a decidir por Elspeth Drummond.
Su padre arqueó una ceja.
—Me alegra saber que has aprendido algo desde Blairmuir.
Richard estuvo a punto de responder. Al final, recogió el telegrama.
—Avisaré a Keller.
Había llegado a la puerta cuando Alexander volvió a llamarlo.
—Richard.
Se detuvo.
—Ten cuidado con lo que vas a buscar a Escocia.
Richard mantuvo una mano en el picaporte.
—Voy a ocuparme de Drummond.
Su padre no discutió la respuesta. Se limitó a sostenerle la mirada hasta que Richard abrió la puerta.
Salió con el telegrama todavía en la mano. Podía ayudar a proteger las tierras sin aceptar el pacto. Nada de lo ocurrido cambiaba su decisión sobre el matrimonio.
Tampoco le impedía buscar a Elspeth cuando hubiera atendido lo más urgente.
Encontró a Keller en el vestíbulo, dando instrucciones sobre el equipaje que acababan de descargar.
—Prepare mis cosas para otro viaje. Salgo mañana para Escocia.
El mayordomo apenas tuvo tiempo de inclinar la cabeza.
—¿Escocia?
Richard reconoció la voz de Weller antes de volverse.
Sus amigos acababan de entrar desde el patio. Hargreaves todavía llevaba los guantes de viaje y Weller contempló las maletas que dos criados empezaban a subir por la escalera.
—Acabamos de regresar —añadió—. Podrías haber esperado al menos a que deshicieran tu equipaje.
—Keller puede ahorrarse ese trabajo con el mío.
Hargreaves reparó en el telegrama.
—¿Ha ocurrido algo?
Richard se lo entregó.
El capitán lo leyó primero. Weller se inclinó sobre su hombro, y la expresión divertida con la que había entrado desapareció poco a poco.
—Los hombres de Fergus están midiendo ya las tierras —dijo Hargreaves.
—Y los arrendatarios empiezan a enfrentarse a ellos.
Weller devolvió el telegrama.
—Así que vas a Drummond.
No sonó como una pregunta.
—Sí.
Weller lo observó unos segundos. Richard vio aparecer aquella sonrisa que empezaba siempre en un lado de su boca.
—Qué extraordinaria coincidencia que la señorita Drummond se marchara ayer y tú decidas viajar a Escocia hoy.
—También puedes venir —replicó Richard—. Seguro que encontramos alguna cerca sobre la que puedas dar una opinión innecesaria.
—Después de Afganistán he decidido escoger mejor mis campañas.
Hargreaves ignoró a ambos.
—¿Quieres que vayamos contigo?
Richard negó con la cabeza.
—Malcolm ya está allí. No necesito refuerzos.
—No era exactamente lo que preguntaba.
Richard entendió la diferencia.
—No. Quedaos aquí. Mi madre os ha invitado y, si os marcháis mañana conmigo, creerá que os he echado de la casa.
Hargreaves asintió.
—Pensaba visitar a mi abuela dentro de unos días. Puedo quedarme hasta entonces.
Weller miró hacia la escalera, por donde acababa de desaparecer su equipaje.
—Y yo no pienso obligar a esos pobres hombres a bajar otra vez mis maletas. Me quedaré aquí hasta que Hargreaves se marche o tu madre deje de alimentarme.
—Entonces corres el riesgo de instalarte para siempre.
—Haré ese sacrificio.
Richard recuperó el telegrama.
—Escribidme si necesitáis algo.
—Creo que esa frase debería decirla yo —repuso Hargreaves—. Avísanos cuando llegues.
Richard asintió.
Habían pasado demasiado tiempo juntos para necesitar una despedida más solemne.
Empezó a subir la escalera.
—Hamilton —lo llamó Weller.
Richard se volvió desde el primer peldaño.
Su amigo tenía las manos metidas en los bolsillos y aquella expresión satisfecha que nunca anunciaba nada útil.
—Cuando encuentres a la señorita Drummond, procura recordar que vas por las tierras.
Richard lo miró.
—Eso mismo acaba de decirme mi padre.
—Tu padre parece un hombre inteligente.
—Buenas noches, Weller.
La carcajada de su amigo lo siguió mientras subía.
Él sabe dónde encontrarme.
Desde luego que lo sabía.
Elspeth no le había prometido otro paseo.
Richard acababa de decidir un viaje entero.