Capítulo 7 #3
Elspeth sintió que el calor le subía por el cuello.
—Su hijo no parece compartir esa opinión.
—Mi hijo tiene veinticinco años y una extraordinaria confianza en sus propias decisiones. —Eliza acomodó una de las cartas sobre la mesa—. Eso no significa que siempre sepa lo que quiere a la primera.
—Como he dicho, no vine a Hamilton Lodge para obligar a Richard a casarse conmigo. Y, para ser sincera, ni siquiera sé si eso es lo que quiero, por mucho que mi futuro dependa de ese matrimonio.
La expresión de la duquesa se suavizó.
—Lo sé. Y precisamente por eso me gusta usted para él.
Elspeth miró hacia la ventana. Podía quedarse un día más. No se produciría una catástrofe por ello. Podía esperar su llegada, escuchar lo que hubiera decidido contarle y averiguar si seguía mirándola del mismo modo.
Precisamente por eso necesitaba marcharse.
—Ya nos despedimos antes de que se fuera a Londres —explicó Elspeth.
Eliza la dejó conservar aquella explicación.
—Pediré a Keller que compruebe los trenes. No quiero que tengan que resolver el viaje deprisa y solas.
Elspeth se levantó con una gratitud que no supo resumir del todo.
—Gracias por recibirnos. Y por no haber hecho de nuestra estancia otra negociación.
La duquesa también se puso de pie.
—No necesita justificar lo que ha venido a buscar en esta casa, querida.
La acompañó hasta la puerta. Antes de abrirla, se detuvo.
—¿Quiere dejarle algún mensaje a Richard?
Elspeth habría podido pedir una hoja.
Podría haberle escrito que regresaba a Drummond, explicarle el rumor y agradecerle la ayuda que le había ofrecido. Pero cuando intentó ordenar aquellas frases en su cabeza, descubrió que todas dejaban fuera lo único que hacía difícil despedirse de él.
No quería que un agradecimiento pareciera un pretexto para preguntarle por Rose.
—No hace falta —respondió—. Él sabe dónde encontrarme.
La duquesa sostuvo su mirada un instante y asintió.
No sonrió. Elspeth agradeció también eso.
Preparar el equipaje fue más sencillo que decidir qué hacer con la sensación de dejar algo pendiente.
Su tía se ocupó de la doncella y de las cosas que no debían olvidarse. Elspeth guardó los documentos, escribió unas líneas al administrador para anunciar que regresaba y revisó una última vez la habitación.
El cajón donde había guardado los guantes estaba vacío. Junto al espejo había quedado una horquilla, y Elspeth la sostuvo unos segundos entre los dedos antes de guardarla.
El gesto le recordó a Richard apartándole aquel mechón del rostro.
Y después recordó su boca.
Cerró los ojos.
Nunca había besado a ningún hombre antes de él.
Había bailado, aceptado brazos para bajar de un carruaje y permitido las cortesías que se esperaban de una joven de su posición.
Algún caballero le había besado la mano y más de uno había intentado prolongar una conversación con intenciones bastante evidentes.
Nada de aquello se parecía siquiera remotamente a lo ocurrido con Richard.
A su edad, Elspeth había supuesto que su primer beso llegaría acompañado de un compromiso, quizás después de semanas de cortejo y bajo unas circunstancias mucho más sensatas que encontrarse a solas con el mismo hombre al que llevaba años empeñada en discutirle casi todo.
Desde luego, nunca había imaginado que sería ella quien lo miraría a los ojos y le ordenaría:
Béseme, señor Hamilton.
El recuerdo le hizo llevarse una mano a la frente.
Todavía no entendía de dónde había sacado el valor.
Peor aún: Richard había empezado a apartarse y ella había vuelto a besarlo.
Aquello no podía atribuirlo a la sorpresa, a una debilidad momentánea ni al hecho de que él hubiera tomado la iniciativa.
Lo había deseado. Había querido saber cómo sería su boca, cómo se sentirían sus brazos alrededor de su cintura y hasta dónde llegaría aquella calma suya cuando dejara de controlarse.
Y ahora lo sabía.
Quizás por eso resultaba tan difícil dejar de pensar en ello.
Elspeth observó su reflejo en el espejo. Seguía siendo la misma mujer vestida de luto que había llegado a Hamilton Lodge unos días atrás, preocupada por unas tierras que podía perder y convencida de que Richard Hamilton sería poco más que otro problema que resolver.
Solo que aquella mujer nunca había besado a nadie.
La que regresaba a Escocia sabía exactamente cómo besaba Richard.
Y también sabía que, mientras ella recogía sus cosas, él estaba en Londres con una mujer que conocía de él mucho más de lo que Elspeth acababa de descubrir.
Aquello le produjo una punzada de rabia.
No contra Rose.
Ni siquiera del todo contra Richard.
Contra sí misma, por haberse permitido desearlo con tanta facilidad cuando sabía perfectamente que su vida no estaba esperando a que ella apareciera.
Lo había besado porque quiso.
Eso no significaba que fuera a quedarse en Hamilton Lodge aguardando a descubrir qué había decidido él hacer después.
Cuando bajó al vestíbulo, el duque de Hamilton estaba esperándola para despedirse. No intentó convencerla de que permaneciera unos días más. Le pidió únicamente que enviara noticias en cuanto llegara y que, si Fergus presentaba otra propuesta, se la hiciera llegar antes de responder.
Elspeth se lo prometió.
Volvía a Drummond con más respuestas, con los Hamilton todavía dispuestos a ayudarla y con una certeza que no figuraba en ningún documento: Richard no quería casarse con ella.
Y ella todavía no sabía si quería casarse con Richard.
Lo único que sabía con absoluta seguridad era que quería volver a besarlo.
Y eso, dadas las circunstancias, era bastante más peligroso.
—No tomaré una decisión apresurada —le aseguró Elspeth al duque.
—Lo sé. Lo que quiero es que no tenga que tomarla sola.
Margaret hizo una reverencia. Elspeth se encontró agradeciéndole otra vez la hospitalidad, hasta que él interrumpió sus palabras con una cordialidad que le recordó a su padre.
—Vuelva a casa, señorita Drummond. Seguiremos hablando.
Al subir al carruaje, Elspeth miró una vez hacia las ventanas.
Richard no estaba allí.
No había nadie a quien dirigir una última mirada que pudiera convertirse en una invitación a retenerla.
Margaret se acomodó junto a ella y le apartó del asiento el extremo del tartán. El carruaje empezó a moverse mientras su tía comprobaba que llevaban las dos carteras.
Elspeth mantuvo las manos quietas sobre el regazo hasta que Hamilton Lodge desapareció detrás de los árboles.
Durante el viaje pensó en él más de lo que deseaba. No encontró una manera razonable de impedirlo, así que dejó de intentarlo.
Cuando volvió a ver las tierras de Drummond, tenía el cuello dolorido por los días de viaje y apenas había descansado. Aun así, se inclinó hacia la ventanilla en cuanto reconoció el camino.
El administrador salió a recibirlas antes de que hubieran terminado de bajar el equipaje.
—No esperaba que viniera tan pronto, señorita.
Elspeth aceptó su ayuda para descender.
—Quiero hablar con las familias que han preguntado por mí.
—Puedo avisarlas.
—Hágalo. Mañana recibiré a quienes necesiten verme.
Había humedad en la piedra de la entrada y una rama rota junto al sendero que su padre habría ordenado retirar antes de admitir que la había visto. Elspeth se detuvo un instante al reconocer aquellas pequeñas cosas.
Fergus podía escribir otra oferta. Los abogados podían necesitar más tiempo.
Mientras tanto, ella había vuelto.