El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Durante unos momentos, Richard oyó el roce de las ruedas de un carruaje en la calle y el trabajo discreto del servicio al otro lado de la puerta.

La casa seguía ocupándose de las consecuencias de una cena agradable.

Nadie habría imaginado que en aquella habitación acababa de volverse difícil algo que siempre había resultado sencillo.

—Hay otra mujer —dijo.

Rose no cambió de postura.

—La escocesa.

Richard alzó los ojos.

—Sí.

—Supuse que había algo más cuando recordaste tan bien una discusión de hacía años. No sabía cuánto.

—Yo tampoco.

Rose giró despacio la copa entre las manos.

—¿Te has acostado con ella?

—No. Nos hemos besado.

La respuesta pareció bastarle para comprender una parte del asunto. No preguntó dónde ni cuándo.

—¿Y quieres casarte con ella?

—No.

Richard respondió de inmediato.

Rose le sostuvo la mirada.

—En eso al menos no pareces indeciso.

—No lo estoy.

—¿Y quieres volver a besarla?

Richard podría haber respondido con la misma rapidez. Sin embargo, admitirlo allí, delante de una mujer a la que todavía tenía afecto, le exigió un esfuerzo distinto.

—Sí.

Rose dejó la copa sobre la mesa.

—Entonces haces bien en hablar conmigo. Aunque podrías haber elegido mejor el momento.

—Lo sé. No quería que esto se convirtiera en una situación en la que viniera a verte mientras intentaba averiguar qué quería de otra persona.

—Y yo no quiero formar parte de esa averiguación.

No había enfado en la frase, pero tampoco una indulgencia que él pudiera utilizar para sentirse mejor.

Richard la miró.

—Nunca pretendí que esperaras —dijo él.

—Te lo digo para que tampoco lo des por hecho.

Él asintió.

Rose respiró hondo y se recostó un poco en la butaca. Por primera vez desde que habían quedado solos, su expresión se suavizó.

—Hemos estado bien, Richard.

—Muy bien.

—Preferiría seguir recordándolo así.

La sencillez de aquellas palabras le hizo sentir lo que estaba dejando. No era una puerta que cerraba sin consecuencias porque al otro lado lo esperara otra mujer. Era Rose, con todas las cosas que conocía de ella y todas las que ya no iba a descubrir de la misma manera.

—No voy a decirte que no me importas —respondió—. Sería mentira.

—No lo he pensado. Si lo creyera, esta conversación sería bastante más corta.

Richard sonrió.

Rose hizo lo mismo, aunque la sonrisa no borró por completo su seriedad.

—Pero no vuelvas dentro de dos semanas porque hayas discutido con ella.

—No pensaba hacerlo.

—Me alegra oírlo. Me gustaría poder invitarte otra vez sin preguntarme qué problema vienes a olvidar.

No necesitó explicarlo más.

Cuando se levantaron, Richard tomó su mano y le besó los dedos. Rose se los dejó entre los suyos un instante antes de retirarlos.

—Cuídate —dijo él.

—Tú también.

Ella no preguntó cuándo regresaría ni intentó convertir la despedida en un último momento de intimidad. Richard salió solo y, al recibir el abrigo de manos del criado, sintió por primera vez lo diferente que era marcharse de aquella casa sin contar con volver a la habitación de Rose.

El aire de Londres le enfrió el rostro.

Se quedó unos segundos junto al carruaje antes de subir.

No se había equivocado al terminar la relación. Eso no impedía que la despedida pesara.

El viernes, el administrador de Drummond consiguió con una carta lo que nadie había logrado desde la llegada de Elspeth a Hamilton Lodge: hacerla dejar de pensar en Richard durante más de unos minutos.

La había encontrado entre el correo después del desayuno. Al principio no parecía contener nada urgente. Había noticias de las reparaciones, una consulta sobre los suministros y varias líneas dedicadas a las familias de los pastos del norte.

Fue ahí donde se detuvo.

Dos arrendatarios habían acudido a preguntar si debían prepararse para un cambio de propietario. Uno había oído que la señorita Drummond no pensaba regresar de Inglaterra. El administrador había negado el rumor, pero necesitaba saber cuándo podría anunciar su vuelta.

Elspeth leyó aquel párrafo dos veces.

Su ausencia estaba empezando a parecer una renuncia.

Su tía levantó la cabeza desde el otro lado de la mesa.

—¿Ha ocurrido algo?

Elspeth le tendió la carta.

Mientras su tía leía, ella miró la carpeta de documentos que había permanecido abierta desde la noche anterior.

Había ido a Hamilton Lodge para entender lo que ocurría, examinar las escrituras y participar en las conversaciones sobre su futuro.

Lo había hecho. Los duques seguían ofreciéndole ayuda y los abogados continuaban buscando respuestas.

Pero allí no podía hacer que las familias de Drummond dejaran de imaginar su casa en manos de Fergus.

Tenían que verla regresar.

—Nos iremos hoy —resolvió Elspeth.

Margaret levantó los ojos.

—¿Hoy?

—Si podemos organizar el viaje.

Su tía volvió a mirar la carta antes de dejarla sobre la mesa.

—Todavía no tenemos una solución.

—No —admitió Elspeth—, pero ahora sé exactamente qué estamos buscando.

Los Hamilton han confirmado que seguirán ayudándonos, Fergus ha dejado claro qué pretende conseguir y Richard también ha dejado clara su decisión: no piensa casarse conmigo.

No me marcho como vine, tía. Simplemente ya no necesito permanecer en Inglaterra para seguir luchando por Drummond.

Pronunciar su nombre le dejó un sabor amargo.

Richard no le había prometido nada. Al contrario, había sido dolorosamente sincero desde el principio. Ella sabía que tenía una amante cuando le pidió que la besara y, aun así, lo había hecho. Peor todavía: había vuelto a buscar su boca cuando él intentó apartarse.

La rabia que sentía no podía dirigirla únicamente contra él.

Una parte bastante incómoda le pertenecía a ella misma.

Ahora él estaba en Londres con aquella mujer y Elspeth tenía que convivir con el recuerdo de haber deseado algo que no estaba dispuesta a compartir.

Margaret la observó unos segundos.

—¿Y estás segura de que quieres volver ahora?

—Sí. Lo que queda por hacer puede continuar desde allí. Y no quiero que mi ausencia empiece a parecer una renuncia.

Margaret se quitó las gafas. Las había utilizado durante años para leer las cuentas de su hermano y ahora las necesitaba para enterarse de cómo empezaba a deshacerse todo lo que él había dejado.

—Podríamos pedir a laird Sinclair, a Malcolm, que hablara con ellos.

—Malcolm ya nos está ayudando. Pero esas familias tienen que saber que pueden venir a verme a mí.

Elspeth no levantó la voz. No estaba intentando convencer a su tía de que podía soportar otro viaje ni demostrar que tenía fuerzas para gobernar una propiedad. Sabía lo que debía hacer, y la certeza le produjo un alivio que llevaba días buscando entre papeles.

Margaret terminó por asentir.

—Habrá que avisar a la duquesa.

—Hablaré con ella ahora.

—Y a Su Gracia, el duque de Hamilton. No quiero que parezca que nos marchamos descontentas.

Elspeth miró la puerta.

—No tenemos ningún motivo para estarlo.

Lo dijo con sinceridad. Los Hamilton la habían recibido, escuchado y puesto a su disposición abogados, tiempo e influencia aun sabiendo que Richard no pensaba casarse con ella.

No tenían nada que ganar ayudándola a conservar Drummond; si el pacto no podía cumplirse mediante el matrimonio, aquella lucha dejaba de beneficiarles incluso sobre el papel.

Y, sin embargo, Alexander había decidido continuar.

Richard también, a su manera. Había rechazado el matrimonio con absoluta claridad, pero eso no le había impedido ponerse de su lado cuando Fergus intentó hacerla sentir sola y sin recursos.

Elspeth no sabía todavía qué hacer con aquella contradicción.

Richard no quería convertirse en su marido.

Pero tampoco parecía dispuesto a dejar que perdiera Drummond sin luchar.

Pensar en él le hizo recordar Londres.

La noche anterior había tenido que esforzarse para no imaginar la cena de Rose. No sabía qué había ocurrido después y no tenía derecho a inventar una respuesta que le permitiera indignarse. Richard le había dicho que quería hablar con ella en persona. Eso era todo lo que sabía.

Elspeth miró de nuevo la carta de su administrador.

No pensaba organizar su día alrededor de lo que ignoraba de una casa londinense.

La duquesa de Hamilton la escuchó sin interrumpir.

Estaba en su gabinete, con correspondencia ordenada en varios montones y una carta de Cathaline abierta junto a la ventana. Elspeth se quedó de pie al principio, pero la duquesa le señaló una silla en cuanto comprendió que no venía a hacer una consulta breve.

—Su administrador no le pide que vuelva precipitadamente —observó después de leer el párrafo que Elspeth le mostró.

—No. Pero me está diciendo que mi ausencia empieza a preocupar a los demás. No quiero que Fergus tenga que esforzarse demasiado para convencerlos de que ya he dejado Drummond.

Eliza dejó la carta.

—¿Está segura de que no prefiere esperar unos días?

—Quiero estar allí mientras seguimos buscando una salida.

La duquesa asintió despacio.

—Mi marido tiene lo que necesita de los documentos. Lo que llegue después podrá enviárselo.

—Han hecho muchísimo por nosotras, Su Gracia. No sé como agradecérselo.

—No debe agradecerme nada, señorita Elspeth. Y no dejaremos de ayudarla porque vuelvan a Escocia —Elspeth bajó los ojos un instante. Eliza la observó antes de añadir: —Richard volverá mañana.

La frase había sido pronunciada sin énfasis. Aun así, Elspeth notó que se le tensaban las manos sobre el regazo.

—No vine a Hamilton Lodge para esperar a Richard, Su Gracia.

Al decirlo, comprendió que la firmeza había ido dirigida tanto a sí misma como a la duquesa. Eliza no pareció ofendida.

—Pensé que quizás querría despedirse de él —dijo Eliza.

Elspeth levantó los ojos. La duquesa sonrió, con una expresión demasiado tranquila para resultar inocente—.

No voy a fingir que me sería indiferente verla más a menudo, querida.

Es exactamente la clase de mujer que siempre habría deseado para Richard: tiene carácter suficiente para no dejarse gobernar por él y bastante inteligencia para saber cuándo no merece la pena discutir.