Capítulo 7
Richard no había conseguido discutir con Elspeth antes de marcharse.
No porque lo hubiera intentado. Pero habría resultado más sencillo dejar atrás una conversación desagradable que aquella despedida impecable junto a la mesa del desayuno.
—Buen viaje, señor Hamilton.
Eso había sido todo. Elspeth no preguntó cuándo volvería ni si seguía pensando en hablar con Rose. Le deseó un buen viaje con la misma corrección con que habría despedido a cualquiera de los amigos de la familia y volvió a la carta que estaba leyendo.
Ahora, mientras el tren avanzaba hacia Londres, Richard seguía recordando la inclinación de su cabeza y el instante en que sus ojos grises habían encontrado los suyos.
Ella también recordaba el beso.
De eso no tenía ninguna duda.
—¿Piensas estar así toda la noche? —preguntó Weller desde el asiento de enfrente.
Richard apartó la mirada de la ventanilla.
—¿Cómo?
—Como si te hubiéramos obligado a acompañarnos.
Hargreaves levantó los ojos del periódico, pero dejó que Richard respondiera.
—La próxima vez esperarás a que acepte yo la invitación.
—Ya me lo has dicho. También te he ofrecido escribir para rectificarlo.
—Y yo te he dicho que vendría. No necesitamos pasar el viaje repasando la conversación.
Weller se acomodó en el asiento. Los ojos avellana conservaron una diversión que Richard habría preferido no ver.
—Entonces no es la cena.
—Weller —intervino Hargreaves, sin levantar la voz—. Déjalo.
El teniente miró al capitán y después volvió hacia Richard.
—De acuerdo. Pero te agradecería que llegaras de mejor humor. He asegurado a Rose que seguías siendo una compañía agradable.
Richard acabó sonriendo a su pesar.
—¿Tu viuda no se ha enfadado por dejarla sola en Devonshire?
—Eso ya forma parte del pasado, amigo. Por eso me interesa ir a Londres. Quiero buscar a una mujer que no me aburra hablando de bodas antes de que haya terminado la primera copa.
La conversación siguió sin él durante un rato. Weller quería visitar a un conocido antes de la cena; Hargreaves tenía pendiente un encargo para su abuela. Habían dispuesto regresar el sábado, y hasta unos días antes Richard habría considerado demasiado corta la estancia.
Ahora le irritaba la facilidad con que empezaba a medirla por el tiempo que estaría lejos de Elspeth.
Ella no había hecho nada injusto. Le había pedido un beso sabiendo que Rose existía y después había descubierto que no deseaba repetirlo en las mismas circunstancias. Richard podía desear otra respuesta; no podía reprocharle que hubiera sido clara.
Lo que le escocía era haber pasado de creer que tenía una ventaja sobre ella a encontrarse en un tren, recordando su boca y preguntándose cómo lo recibiría al volver.
No me casaría contigo aunque fueras el último Hamilton de Escocia.
Años atrás había tenido que sonreír para que nadie se diera cuenta de cuánto lo hirió aquella frase. Ahora Elspeth conocía exactamente su posición entre los Hamilton y, aun así, había sido ella quien se acercó, quien puso la mano sobre su pecho y le pidió que la besara.
Richard se permitió disfrutar del recuerdo.
No le habría disgustado oírla admitir que su opinión sobre él había cambiado bastante desde Blairmuir. Sin rodeos. Mirándolo a los ojos, con la misma firmeza con que lo había rechazado delante de otros.
Pero besar a un hombre no era querer casarse con él.
Elspeth lo había dejado claro. Richard también.
Se volvió hacia la ventanilla y descubrió que estaba sonriendo.
—Eso es mejor —observó Weller.
Richard lo miró.
—No tiene nada que ver contigo.
—Lo suponía —respondió el teniente, satisfecho de haber obtenido al menos una reacción.
Rose salió a recibirlos antes de que el criado terminara de anunciar sus nombres.
Llevaba un vestido de seda color vino, con un pequeño broche en el escote. El cabello recogido dejaba libre el cuello y, al acercarse a saludarlo, le rozó los dedos con una familiaridad que no necesitaba esconderse para resultar íntima.
—Me alegra que hayas venido —dijo.
Rose rondaba los treinta años y poseía una belleza elegante, más segura que delicada.
Tenía el cabello castaño oscuro recogido sobre la nuca, los ojos color miel y una piel clara que el vestido de seda color vino hacía parecer aún más luminosa.
No necesitaba demasiados adornos; había algo en su forma de mirar y en la seguridad de sus movimientos que atraía la atención sin pedirla.
Richard inclinó la cabeza sobre su mano.
—A mí también.
Lo dijo con sinceridad.
Había esperado que el encuentro resultara incómodo desde el principio, pero Rose sonreía de aquella manera que recordaba bien y la casa conservaba el calor de las veladas que habían compartido: voces en el salón, flores recién colocadas, criados que sabían cuándo acercarse y cuándo permitir que los invitados se entretuvieran solos.
Rose no lo examinó para averiguar si había cambiado. Le dio la bienvenida y pasó a saludar a sus amigos, reprochando a Weller que hubiera respondido a la invitación demasiado tarde.
Hargreaves se quitó los guantes.
—Ha mostrado un entusiasmo extraordinario por la correspondencia ajena, no se preocupe.
Richard le dirigió una mirada y el capitán tuvo la consideración de no añadir nada.
La cena reunió a los tres oficiales, un matrimonio que Rose conocía desde hacía años y una amiga que acababa de regresar de Italia. Weller consiguió sentarse junto a esta última. Hargreaves aceptó el lugar que le indicaron sin intentar mejorar su suerte, y Richard quedó cerca de Rose.
Era fácil estar allí.
Durante la primera parte de la cena, Richard casi consiguió olvidar por qué había venido. Rose sabía conversar y era muy entretenido estar con ella.
Cuando sirvieron el vino, indicó al criado cuál prefería Richard.
Él se volvió hacia ella.
—Lo recuerdas.
—Cambias de opinión sobre muchas cosas. Sobre el vino, bastante menos.
Richard sonrió y aceptó la copa.
La amiga de Rose empezó a hablar de un retrato que le habían hecho durante su viaje. Weller se interesó lo suficiente para ofrecer una opinión acerca del pintor y tuvo la desgracia de confundirlo con otro.
—Entonces no ha visto ninguna de sus obras —dedujo la dama.
—No con la atención que merecían —respondió él.
Hargreaves dejó el cuchillo sobre el plato.
—Es una forma generosa de describirlo.
La mesa se echó a reír. Weller recibió la burla sin perder el ánimo y preguntó a la mujer dónde podía ver el retrato.
—En mi casa —contestó ella—. Pero tendrá que reconocerlo sin mi ayuda.
—Acepto el riesgo.
Rose miró a Richard por encima de su copa.
—No han cambiado tanto como me habían asegurado.
—Nos esforzamos por conservar lo peor.
—Eso explica muchas cosas.
Richard se rio. Rose le apoyó una mano en la manga mientras respondía a una pregunta del hombre sentado frente a ella. Fue un gesto breve, distraído, y él recordó con una claridad agradable lo natural que les había resultado siempre tocarse.
Ella sabía lo que quería. No necesitaba fingir indiferencia ni averiguar cuánto de una caricia debía interpretar como una promesa.
Habían pasado juntos noches de las que Richard conservaba algo más que el deseo: conversaciones a oscuras, desacuerdos sin consecuencias, mañanas en que Rose lo había echado de la cama porque tenía cosas que hacer y él se negaba a dejar de distraerla.
No había sido una relación vacía.
Richard lo sintió con mayor fuerza aquella noche, precisamente porque había ido a terminarla.
Rose se inclinó un poco hacia él.
—¿Qué ocurre?
—Nada. Me estaba acordando de la última vez que estuvimos todos aquí.
—Weller derramó vino sobre mi alfombra.
—Hargreaves derramó el vino. Weller intentó limpiarlo.
—Entonces he estado culpando al hombre equivocado.
—No demasiado. Su intervención empeoró las cosas.
Rose soltó una carcajada y retiró la mano de su brazo para atender al postre.
Durante el resto de la cena, Richard participó sin esfuerzo.
No pasó cada minuto comparando a Rose y a Elspeth ni deseando encontrarse en otro lugar.
Rose seguía gustándole. Le agradaba su inteligencia, la forma en que se burlaba de él sin buscar un punto débil, la seguridad con que ocupaba su propia casa.
Podría haberse quedado.
Esa posibilidad hizo más importante que no lo hiciera.
Cuando los últimos invitados se marcharon, Weller encontró su sombrero y miró a Richard.
—¿Vienes con nosotros?
—Luego. No hace falta que me esperéis.
Hargreaves se despidió de Rose sin hacer ninguna observación. Weller estuvo a punto de añadir algo, pero el capitán le puso una mano en el hombro y lo acompañó hacia la puerta.
Rose esperó a que el criado regresara del vestíbulo antes de pedir que dejaran las bebidas en el pequeño salón.
Richard conocía aquella estancia. Había pasado allí horas que empezaban con una copa y rara vez terminaban con la ropa puesta.
Rose le ofreció el brandy.
Él negó con suavidad.
—Preferiría hablar contigo primero.
Ella dejó la botella.
—Eso imaginaba.
No se sentó inmediatamente. Lo observó unos segundos, con una expresión que había perdido la ligereza de la cena.
—¿Quieres terminar lo nuestro?
Richard había pensado en varias formas de empezar. Ninguna mejoraba aquella pregunta.
—Sí.
Rose bajó los ojos hacia la copa que se había servido. Cuando volvió a mirarlo, no parecía sorprendida, aunque Richard comprendió que haberlo adivinado no significaba que le agradara escucharlo.
—Me habría gustado saberlo antes de sentarte tan cerca de mí toda la noche.
Él aceptó el reproche.
—Debería habértelo dicho.
—Sí. —Rose tomó asiento—. No tenía expectativas de matrimonio, Richard. Pero tenía otras.
Aquello le dolió más que una acusación.
—Empecé una carta —dijo, sin acercarse todavía—. Después pensé que merecías algo mejor que unas líneas enviadas desde casa de mis padres.
—Podías haber escrito para decirme que necesitabas hablar conmigo. No habrías tenido que resolverlo todo en el sobre.
Richard inclinó la cabeza.
—Tienes razón.
Rose lo contempló en silencio. Después señaló la butaca de enfrente.
—Siéntate. No hace falta que permanezcas ahí como si estuvieras esperando una sentencia.
Él obedeció.