Capítulo 6 #3
Richard la recibió sin ocultar cuánto lo deseaba.
Le rodeó mejor la cintura y la atrajo hasta que Elspeth sintió la firmeza de su pecho bajo las manos.
La cercanía ya no tenía nada que ver con una ayuda para montar ni con una solapa que necesitara arreglarse.
Lo tocaba porque quería tocarlo. Él la sostenía porque no deseaba que se apartara.
Por unos segundos, aquello bastó.
Elspeth le rozó el cabello junto a la nuca y sintió que Richard respiraba hondo contra su boca. Le gustó provocarle esa reacción. Le gustó demasiado descubrir que podía alterar su seguridad con una caricia.
Cuando él interrumpió el beso, ella tardó en soltarlo.
Richard apoyó la frente cerca de la suya, con una mano todavía en su cintura.
—Tenemos que apartarnos un momento —murmuró.
Elspeth cerró los ojos.
—No parece demasiado convencido.
—Estoy intentando estarlo.
La respuesta habría podido hacerla sonreír en otro momento. Ahora solo consiguió que fuera más consciente del esfuerzo que ambos estaban haciendo.
Ella bajó la mano de su cuello, pero la dejó sobre su pecho. Richard no volvió a besarla. Permaneció lo bastante cerca para que Elspeth sintiera cada respiración hasta que, poco a poco, pudo pensar en algo más que su boca.
Entonces regresó Londres.
El jueves.
Una mujer cuya intimidad conocía y con la que todavía mantenía una relación.
Elspeth retiró la mano.
Richard lo notó. Aflojó el brazo antes de que ella tuviera que pedírselo y la dejó apartarse.
—¿Está bien?
Elspeth asintió. No iba a convertir el beso en algo que él le hubiera arrebatado. Lo había pedido y había vuelto a buscarlo cuando Richard se separó.
No se arrepentía.
Tampoco deseaba salir de aquella habitación fingiendo que todo lo demás había dejado de importar.
—No voy a decirle que esto ha sido un error —dijo ella.
Richard la observó con atención.
—No me lo había parecido.
—Pero no quiero repetirlo mientras siga siendo el amante de lady Morland.
La calidez de su expresión cambió. No desapareció; se volvió más seria.
—Elspeth...
—Sabía lo que hacía cuando le pedí que me besara —continuó ella—. No se lo estoy reprochando. Le estoy diciendo que no quiero seguir así.
Richard pasó una mano por su propio cabello. Ella reconoció el lugar donde sus dedos lo habían desordenado y sintió un deseo absurdo de volver a tocarlo.
Se mantuvo donde estaba.
—Voy a hablar con Rose —dijo él.
—Entonces hágalo. Pero no me pida que actúe como si ya hubiera tenido esa conversación.
Richard no contestó enseguida.
Elspeth recogió los guantes. Necesitaba tener algo entre las manos, aunque esta vez no era Fergus quien le había quitado la tranquilidad.
—No le estoy exigiendo que elija ahora —añadió ella—. Ni una promesa de matrimonio. No confunda esto con el pacto.
—No lo estoy confundiendo.
—Bien. Porque lo he besado por una razón que no tiene nada que ver con mis tierras.
Richard la miró de una manera que estuvo a punto de hacerle lamentar la sinceridad.
—Eso lo he entendido.
Elspeth asintió. No había más que explicar sin repetirse o empezar a pedir cosas que no deseaba pedir.
Caminó hacia la puerta.
—¿Y el paseo de esta tarde? —preguntó Richard.
Ella se detuvo.
Le habría gustado decir que sí. Volver a cabalgar a su lado, dejar que una broma suavizara lo ocurrido y convencerse de que podían continuar sin hablar de Londres hasta que llegara el jueves.
No se conocía tan poco.
—Hoy prefiero no salir con usted.
Richard recibió la respuesta sin intentar discutirla.
—De acuerdo.
Elspeth lo miró por última vez. Seguía siendo el hombre al que había deseado besar aquella mañana. Saberlo no le facilitó marcharse.
—Hasta luego, señor Hamilton.
—Hasta luego, señorita Drummond.
Richard permaneció en la salita hasta que dejó de oír sus pasos.
Se había quedado con la sensación de sus dedos en la nuca y una parte de la chaqueta arrugada bajo la mano. Elspeth no había intentado utilizar el beso para obtener una concesión. Tampoco le había pedido que cancelara el viaje.
Había hecho algo bastante más difícil de ignorar.
Le había dicho lo que no estaba dispuesta a aceptar.
Richard miró el alféizar. Un momento antes ella había estado allí, demasiado cerca para pensar en nada que no fuera volver a besarla. Ahora tendría que sentarse frente a él durante la comida y comportarse como si no supiera cuánto le había costado apartarse.
Regresó a la biblioteca.
La carta que había decidido no enviar seguía dentro del cajón. La sacó y volvió a leer las primeras líneas. Weller no le había impedido terminarla. Solo le había ofrecido una interrupción, y Richard la había utilizado porque quería más tiempo para decidir qué estaba dispuesto a cambiar.
Elspeth no pensaba esperar dentro de esa indecisión.
Llamaron a la puerta. Hargreaves asomó la cabeza.
—Weller me ha pedido que confirme lo del viaje antes de que vuelva a equivocarse. ¿Reservamos para tres?
Richard miró el papel que tenía delante.
—Para tres.
El capitán asintió y lo dejó solo.
Iba a Londres. Tenía una conversación pendiente con Rose y no pensaba volver a aplazarla.
Lo que ya no sabía era si, cuando regresara, Elspeth volvería a pedirle que la besara.