Capítulo 6 #2
No había previsto pronunciar ninguna de las dos frases. Una vez dichas, tampoco encontró razón para retirarlas.
Fergus miró hacia Alexander.
El duque había permanecido en silencio, dejando que Elspeth respondiera por sí misma. Ahora se inclinó un poco hacia delante.
—La señorita Drummond conoce la ayuda con la que cuenta en esta casa. No es necesario que intente convencerla de lo contrario.
—No pretendía cuestionar su generosidad, Su Gracia.
—Entonces no lo haga.
Fergus aceptó la advertencia con una inclinación. Richard vio que Elspeth soltaba despacio uno de los guantes y lo alisaba sobre sus rodillas.
—Mi oferta seguirá disponible mientras intentamos alcanzar un acuerdo —dijo el visitante.
Ella tomó la hoja.
—La leeré.
No prometió nada más.
Fergus se despidió con la misma corrección con que había entrado. Richard esperó a que Alexander lo acompañara hasta el vestíbulo. Margaret apoyó una mano sobre el brazo de su sobrina, pero Elspeth no quiso sentarse de nuevo.
—Necesito un momento, tía.
Dejó la oferta sobre la mesa y salió.
Richard miró el sombrero de montar que la doncella había dejado junto a la puerta. Una hora antes, Elspeth había sonreído al recordarle que se verían a las once. Ahora Fergus se marchaba con la tranquilidad de quien ya había cumplido su propósito, aunque no llevara una firma.
Richard esperó unos minutos antes de ir a buscarla.
Elspeth encontró una salita vacía junto al jardín y cerró los ojos en cuanto se detuvo ante la ventana.
No quería llorar.
Quería volver al salón y preguntarle a Fergus cuánto tiempo consideraría suficiente para despedirse él de su casa. Qué cantidad le parecería razonable por dejar atrás las habitaciones donde habían crecido sus hijos. Si también habría escuchado aquella oferta sin levantar la voz.
Había sido educado. Aquello la enfurecía casi tanto como la reclamación. Podía contar la visita a su esposa y parecer un hombre comprensivo, dispuesto a ayudar a una pariente que no sabía aceptar lo inevitable.
Elspeth dejó los guantes sobre el alféizar.
Un golpe discreto en la puerta la hizo volverse.
Richard esperaba al otro lado.
—¿Puedo pasar?
—Siempre que no venga a explicarme por qué su oferta era sensata.
—No me ha parecido sensata. Me ha parecido conveniente para él.
Elspeth se apartó de la ventana lo justo para permitirle entrar.
Richard no le ofreció una silla ni preguntó si necesitaba agua. Se quedó junto a una butaca, y ella agradeció que no interpretara el temblor de sus manos como una razón para tratarla con más cuidado del que podía soportar.
—Quiere que empiece a verme fuera de Drummond —dijo.
—Sí.
—No voy a facilitárselo.
—No lo ha hecho.
Elspeth lo miró. Richard no parecía estar intentando consolarla; había escuchado la conversación y estaba diciendo lo que había visto.
Eso la tranquilizó un poco.
—Cuando dijo que no estaba sola, ¿hablaba por su familia?
—También por mí.
Elspeth bajó los ojos hacia los guantes. Habría preferido no sentir tanto alivio. Apenas un día antes había entrado en aquella casa preparada para prescindir de él.
—No quiero que se sienta obligado a ayudarme después de...
—Mi negativa al matrimonio no me obliga a quedarme sentado mientras ese hombre intenta asustarla.
La interrumpió sin dureza, pero con una claridad que la hizo levantar la cabeza.
Richard parecía todavía enfadado con Fergus. Tenía la mandíbula tensa y un mechón rubio fuera de sitio, como si se hubiera pasado la mano por el cabello al salir del salón.
Elspeth se acordó de haber deseado tocarlo la mañana anterior.
Se volvió hacia la ventana.
—Gracias, señor Hamilton.
Él aceptó el agradecimiento con una inclinación.
La conversación habría podido terminar allí. Richard podía marcharse y ella continuar enfadada, sin añadir a la visita de Fergus todo lo que no sabía cómo interpretar entre ellos.
Pero ninguno se movió.
—Ya es tarde para el paseo —murmuró Elspeth.
—Podemos salir después de comer.
La facilidad de la propuesta le produjo una alegría que no quiso mostrar demasiado.
—¿No tiene otros planes que atender?
Richard la observó.
—Esta tarde, no.
Elspeth recogió uno de los guantes y lo sostuvo sin ponérselo.
—¿Y el jueves?
La pregunta dejó algo distinto entre ambos.
Richard no fingió ignorar a qué se refería.
—Iré a Londres.
—A la cena de lady Morland.
—Sí.
Elspeth asintió, molesta consigo misma por haber preguntado. No podía reprocharle que tuviera una invitación ni esperar que la cancelara porque habían compartido un paseo y una conversación demasiado franca.
—Weller contestó por los tres —añadió Richard.
Ella levantó los ojos.
—El teniente Weller no puede decidir adónde va usted.
—Lo sé. No pretendo utilizarlo como excusa —Aquella admisión la dejó sin la réplica que había preparado. Richard se acercó un poco, aunque permaneció al otro lado de la butaca—. Había empezado una carta para decirle que no iría. No la he enviado.
—¿Por qué?
Él tardó un momento en responder.
—Porque hay cosas que debo hablar con ella en persona.
Elspeth sintió que ya conocía parte de la respuesta. La había visto en la manera de guardar un sobre, en las bromas que sus amigos dejaban a medias, en la seguridad con que todos daban por hecho que iría a Londres.
Aun así, necesitó oírlo.
—¿Qué relación tienen?
Richard le sostuvo la mirada.
—Lady Morland es mi amante.
Elspeth no se movió. El guante se le había quedado atrapado entre los dedos, y tuvo que aflojar la mano para no volver a retorcerlo.
Era su amante.
No una mujer a la que había conocido antes de la campaña ni una relación terminada de la que conservaba un recuerdo agradable. Una mujer que lo esperaba en Londres y a la que él había decidido ir a ver.
—Entiendo.
Richard no intentó decirle que no lo comprendía.
—Quería hablarle de ello antes de volver a acercarme a usted.
Elspeth soltó el guante sobre el alféizar.
—Ayer ya se acercó.
Él aceptó el reproche sin apartar los ojos.
—Sí. Debería habérselo dicho entonces.
La franqueza no hizo que le gustara más la información. Al menos evitó que tuviera que discutir también sobre lo evidente.
—¿Y va a Londres para continuar con ella?
Richard miró un instante hacia el jardín.
—Voy porque no quiero resolver nuestra relación con una frase apresurada. Hemos estado bien juntos y le tengo afecto.
Elspeth sintió una punzada que habría preferido no experimentar.
—No le he pedido que hable mal de ella.
—No lo haría.
Aquello le gustó de él.
Le irritó que le gustara.
Richard volvió a mirarla, y Elspeth comprendió que estaba esperando una reacción para la que ella no tenía obligación de mostrarse generosa. No quería fingir indiferencia, pero tampoco convertirse en una mujer que exigía explicaciones después de haber asegurado que no deseaba nada de él.
—No sé qué esperaba que hiciera con esto —dijo al fin.
—Lo que decida. Pero no quiero besarla sin que lo sepa.
La frase le encendió las mejillas.
Seguía queriendo besarla.
Había pasado toda la mañana pendiente de encontrarlo a solas, y ahora que lo tenía delante deseaba que hubiera elegido otra forma de complicarlo todo.
—Parece que espera que yo se lo ponga fácil, señor Hamilton.
Richard negó.
—No. Empiezo a pensar que usted nunca va a hacérmelo fácil.
—Quizás debería haberlo tenido en cuenta antes de invitarme a pasear.
—No la invité. Me siguió.
Elspeth abrió la boca y la cerró. Recordó la bifurcación, la sonrisa que él no había conseguido esconder y su propia explicación sobre no conocer el camino.
—Podría haberme hecho el favor de olvidar ese detalle.
—No era uno de los que quería olvidar.
La respuesta le quitó parte de la firmeza. Richard tampoco sonrió después de decirlo.
Elspeth sintió que la rabia hacia Fergus había quedado lejos, sustituida por algo mucho más difícil de colocar fuera de sí misma. No era agradecimiento por su ayuda. Tampoco podía atribuirlo a sentirse sola.
Lo había deseado antes de que apareciera Fergus.
Lo seguía deseando ahora que sabía lo de Rose.
Esa era la parte que menos le agradaba admitir.
Richard dejó la mano sobre el respaldo de la butaca.
—Puedo marcharme —dijo.
Elspeth miró sus dedos. Recordó la presión de aquella mano en su cintura, la lentitud con que la había soltado en las caballerizas y lo mucho que le había costado fingir que no lo notaba.
—No le he pedido que lo haga.
Él permaneció inmóvil.
Elspeth levantó los ojos. Bajo la luz de la ventana, el azul de los suyos parecía menos oscuro, pero no más tranquilo. Richard estaba conteniéndose; había dejado de intentar ocultarlo.
Ella pasó junto a la butaca.
—No quiero que confunda nada —dijo, deteniéndose frente a él—. Lo que ha hecho en el salón no le da derecho a esperar esto.
—No espero que me agradezca nada de esta manera.
—Bien.
No había más de un paso entre ellos. Richard no lo acortó.
Elspeth apoyó la mano sobre su chaqueta y sintió cómo cambiaba su respiración. Aquella reacción la alcanzó con una fuerza que no había previsto. Él podía parecer dueño de cada palabra que decía, pero su cuerpo no le permitía fingir la misma calma.
Ella tampoco quería seguir fingiendo.
—Béseme, señor Hamilton.
Richard le acarició la mejilla antes de inclinarse.
El primer contacto fue suave, aunque no vacilante. Elspeth cerró los dedos sobre la solapa y se acercó, descubriendo enseguida que imaginar su boca no la había preparado para sentirla. Había esperado que aquel beso resolviera la curiosidad que la perseguía desde el arroyo.
La aumentó.
Richard la sujetó por la cintura cuando ella alzó la barbilla.
La mano que tenía junto a su rostro se deslizó hasta la nuca, y el beso se hizo más firme al encontrar su respuesta.
Elspeth dejó de pensar en cómo debía tocarlo.
Le llevó una mano al hombro, después al cuello, guiada por la necesidad de acercarlo que él parecía compartir.
Richard se separó un poco.
Ella abrió los ojos. La respiración le salía demasiado rápida y todavía tenía los dedos cerrados en su chaqueta.
—Elspeth...
Oír su nombre de aquella manera terminó de deshacer la distancia que había intentado conservar.
Lo besó otra vez.