El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 6
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Capítulo 6

Richard había escrito «Espero verte pronto» al final de la carta a Rose.

Aquella mañana lo tachó.

Había dormido poco y mal, aunque no por ninguna de las razones que había aprendido a temer durante la campaña. Lo habían mantenido despierto unos dedos cerrándose sobre su manga y una voz que, al admitir que también quería besarlo, había conseguido volver inútiles todas sus precauciones.

Yo también.

Elspeth lo había dicho mirándolo a los ojos. Después le había pedido que se detuviera, y él lo había hecho. Lo que no había conseguido era dejar de preguntarse qué ocurriría la próxima vez que estuvieran solos.

La invitación de Rose seguía abierta junto al tintero. Una cena en Londres, varios amigos y la posibilidad de quedarse cuando los demás se marcharan. Hasta hacía dos días le había parecido un plan excelente.

Ahora estaba buscando una forma de rechazarlo sin mentir.

Richard apartó la hoja y empezó otra. Escribió que no iría a Londres. Al llegar a las explicaciones, la pluma quedó suspendida sobre el papel. Rose no se merecía una excusa sobre asuntos familiares, pero tampoco una confidencia apresurada acerca de una mujer a la que todavía no había besado.

No estaba enamorado de Elspeth.

Desearla no tenía por qué cambiar el resto de su vida.

El problema era que aquella mañana ya estaba cambiándole los planes.

Oyó a Keller en el pasillo y lo llamó antes de encontrar otra razón para aplazar la respuesta. Acababa de doblar la hoja cuando Weller apareció detrás del mayordomo, seguido por Hargreaves.

—Por fin —dijo el teniente, al ver el sobre—. Aunque no hace falta que te apresures. Ya le he contestado.

Richard levantó la vista.

—¿A quién?

—A lady Morland. Ayer confirmé que iremos los tres el jueves.

La mano de Richard se detuvo sobre el papel.

Hargreaves miró a Weller.

—Te dije que podías confirmar mi asistencia.

—Y Richard llevaba una semana hablando de la cena. No pensé que fuera necesario celebrar un consejo antes de responder.

—Pues deberías haberlo pensado —replicó Richard.

Weller perdió parte de la sonrisa.

—¿Has cambiado de planes?

Richard miró la carta que aún no había cerrado. Keller esperaba junto a la puerta, discretamente interesado en nada.

—Déjela aquí por el momento —le indicó.

El mayordomo se retiró.

Weller observó el sobre y después a Richard.

—Solo he aceptado una cena. Puedes escribirle que no vas.

Eso era cierto. Richard lo sabía tan bien como él. Bastaba con terminar la carta y enviarla; Rose recibiría una rectificación, no una catástrofe social.

Sin embargo, la aceptación de Weller acababa de ofrecerle una razón para no hacerlo todavía.

—No vuelvas a contestar por mí —dijo.

—De acuerdo. No sabía que hubiera nada que discutir.

—Precisamente.

Hargreaves esperó a que Weller saliera antes de acercarse al escritorio. No intentó leer la hoja.

—¿Quieres que le escriba yo para aclararlo?

Richard negó.

—Me ocuparé de Rose.

—La aceptación no te obliga a ir.

—Lo sé.

Hargreaves lo miró un instante más y decidió no insistir.

Cuando se quedó solo, Richard desdobló la carta. Las palabras que había escrito no habían dejado de ser posibles por la intervención de su amigo. Podía enviarlas. Podía explicar lo ocurrido y poner fin a una relación que había sido sencilla hasta entonces.

En lugar de hacerlo, guardó la hoja en el cajón.

Hablaría con Rose en Londres.

Era una decisión razonable.

También le evitaba decidir, al menos por aquella mañana, qué lugar podía seguir ocupando Rose ahora que Elspeth había empezado a ocupar demasiado espacio en sus pensamientos.

Elspeth ya estaba en el comedor cuando él bajó.

Escuchaba a su tía con las manos alrededor de una taza.

Llevaba un vestido negro de cuello alto, rematado por un encaje discreto que dejaba ver la piel de las muñecas cada vez que se movía.

Se había recogido el cabello con más cuidado que la mañana anterior.

Richard reparó en ese detalle y tuvo que recordarse que no necesariamente tenía nada que ver con él.

Elspeth lo vio acercarse.

—Buenos días, señorita Drummond.

—Señor Hamilton.

La formalidad no consiguió ocultar lo que ambos recordaban. Richard se sentó frente a ella y descubrió que conocer la respuesta a una pregunta podía volverlo mucho más impaciente que ignorarla.

Ya sabía que quería que la besara.

Ahora tenía que desayunar delante de sus padres.

Weller le pasó una fuente mientras explicaba algo a Margaret. Hargreaves se había detenido a hablar con Alexander y Eliza preguntó a Elspeth si había descansado mejor.

Richard apenas atendió a la respuesta. Ella acababa de apartarse un mechón de la sien, y él recordó la suavidad de aquella misma piel bajo sus nudillos.

—A las once —dijo cuando su madre volvió hacia Margaret.

Elspeth levantó los ojos.

—Lo recuerdo.

La pequeña sonrisa que acompañó sus palabras le hizo lamentar que faltara más de una hora.

—¿Organizáis otra salida? —preguntó Weller.

—Un paseo —respondió Richard.

—Entonces procuraré no disponer también de vuestro tiempo esta mañana.

Hargreaves le dirigió una mirada. Weller la recibió con una resignación que no duró demasiado.

—Solo quería confirmar lo del jueves —añadió—. ¿Sigues viniendo a Londres o debo escribir a lady Morland?

Richard notó que Elspeth dejaba de sonreír.

—No hace falta que escribas otra vez. Iré.

Lo dijo mirando a su amigo, aunque fue del movimiento de Elspeth de lo que estuvo pendiente. Ella volvió hacia su tía y preguntó algo sobre una carta de Escocia. No mostró sorpresa ni hizo comentario alguno.

Richard sintió una molestia absurda.

No le había prometido quedarse. Elspeth tampoco le había pedido que lo hiciera. Habían acordado un paseo, no el resto de su permiso.

Eso no impidió que le desagradase haber sido él quien borrara aquella sonrisa.

Más tarde, faltaba un cuarto de hora para las once cuando Keller lo encontró en la biblioteca.

—Ha llegado el señor Fergus Drummond. Su padre pregunta si puede acompañarlo.

Richard dejó el periódico.

—¿Ha preguntado por la señorita Drummond?

—Por ella y por Su Gracia. La señora Margaret ya está en el salón.

Elspeth salió al vestíbulo cuando él lo cruzaba. Se había cambiado para montar y llevaba el sombrero en una mano. La expresión con que miró hacia las puertas del salón le dijo a Richard que no necesitaba explicaciones.

—Es quien reclama la finca —murmuró.

Richard asintió.

Ella miró el sombrero antes de entregárselo a una doncella.

—Parece que tendremos que aplazar el paseo.

—La acompañaré.

Elspeth lo observó un instante y entró sin discutir.

Fergus Drummond esperaba junto a la chimenea.

Rondaría los cuarenta años; llevaba un traje de buena lana, impecablemente cuidado, y el cabello castaño empezaba a encanecerle en las sienes.

Al inclinarse ante Elspeth, Richard reparó en la alianza y en la serenidad con que aquel hombre parecía haber decidido soportar una recepción poco cordial.

No sonreía.

Tampoco parecía dudar de que tenía derecho a estar allí.

—Lamento presentarme sin avisar —dijo—. Llegué ayer y pensé que sería preferible hablar en persona.

—¿Sobre qué, exactamente? —preguntó Elspeth.

Alexander los invitó a sentarse antes de que Fergus respondiera. Margaret ocupó el sitio junto a su sobrina. Richard permaneció de pie hasta que Elspeth lo miró.

—Puede quedarse, señor Hamilton.

Fergus siguió aquel intercambio con atención.

—Quisiera que resolviéramos esto sin prolongar una disputa que será costosa para todos —empezó cuando Richard se sentó—. Mi padre y Hugh no consiguieron ponerse de acuerdo. No veo por qué debemos repetir sus errores.

—Mi hermano no consideraba un error defender su casa —dijo Margaret.

—No he querido decir eso.

—Entonces será mejor que nos explique qué propone —intervino Elspeth.

Fergus inclinó la cabeza.

—Una renta que le permita vivir con comodidad y tiempo para organizar el traslado. Usted y su tía podrían permanecer en Drummond hasta el final del invierno. No tendría que marcharse de forma precipitada.

Richard vio que Elspeth apretaba los guantes sobre el regazo.

—¿Me está ofreciendo permiso para quedarme unos meses en mi propia casa?

—Le estoy ofreciendo una solución que evite más gastos y disgustos.

—A cambio de renunciar a discutir su reclamación.

—Sí.

La claridad de la respuesta dejó unos segundos de silencio.

Fergus se inclinó hacia ella.

—Comprendo que le resulte difícil. Pero también tengo una familia. Mi esposa y mis hijos tienen derecho a que defienda lo que corresponde a nuestra rama.

—Mi padre pasó su vida ocupándose de esas tierras —respondió Elspeth—. No las conservó para entregárselas a usted en mejores condiciones.

—No pongo en duda el trabajo de Hugh.

—Solo mi derecho a continuar haciéndolo.

—La escritura establece unas condiciones que no he redactado yo.

Elspeth lo miró sin bajar la cabeza.

—Y yo no he elegido nacer siendo la hija que no puede cumplirlas por sí sola.

Richard dejó de prestar atención a sus propias manos.

Fergus había llegado dispuesto a ofrecer seguridad a una mujer asustada. Ahora parecía comprender que tendría que soportar que ella nombrara el precio de aquella seguridad.

—Precisamente por eso he venido —dijo—. Para que no tenga que depender de una solución que quizá no se produzca.

Sus ojos se desplazaron hacia Richard.

Elspeth lo vio.

—No he consentido que discutamos mi matrimonio.

—Es una parte inevitable del asunto.

—No de su oferta. Puede explicármela sin hablar de con quién debería casarme.

Richard sintió el impulso de intervenir, pero ella no lo necesitó.

Fergus sacó una hoja doblada y la dejó sobre la mesa.

—Aquí están las condiciones. No le pido una respuesta inmediata.

—Entonces la recibirá cuando haya podido estudiarlas.

—Solo espero que lo haga pensando en lo que realmente puede sostener. Está sola al frente de la propiedad y un conflicto prolongado...

—No está sola —lo interrumpió Richard.

Elspeth volvió la cabeza hacia él.

Fergus tardó un instante en contestar.

—En ese caso, quizás he entendido mal la situación.

—No le he anunciado una boda —respondió Richard—. Le he dicho que no está sola.