Capítulo 5 #4
Bajo el ala del sombrero, los ojos grises de ella parecían todavía más claros. Richard los miró fijamente antes de bajar la mirada a su boca, y esta vez ella no tuvo que preguntarse si lo había imaginado.
—No hagas eso —susurró.
La mano de Richard se detuvo.
—¿Qué?
Elspeth tragó saliva. Había empezado una frase sin saber si tendría valor para terminarla.
—Mirarme como si fueras a besarme y después hablarme como si apenas nos conociéramos.
Richard retiró despacio la mano. No retrocedió, pero dejó entre ambos el espacio suficiente para que ella pudiera hacerlo.
—Tengo ganas de besarte —confesó él—. No voy a fingir que no es así.
Elspeth se quedó sin una respuesta que pudiera protegerla.
Él tampoco sonreía. La voz había descendido, más grave, y aquella franqueza le resultó mucho más perturbadora que cualquier insinuación. Richard no estaba intentando avergonzarla ni provocar una réplica. Acababa de decir lo que pensaba, y esperaba saber qué haría ella con ello.
—No esperaba que lo dijeras de ese modo.
—¿Preferirías que bromeara?
—No.
La palabra salió inmediata.
Richard bajó los ojos hacia la mano que ella había apoyado sobre su manga. Elspeth no recordaba haberlo hecho. Podía retirarla; todavía estaban a tiempo de convertir aquello en otro momento incómodo y regresar a la casa sin hablar de él.
En lugar de hacerlo, cerró un poco los dedos sobre la tela.
Richard volvió a mirarla.
—¿Y tú? —preguntó.
Elspeth sintió que el silencio ya no le servía para esconder nada. Le habría resultado más fácil discutir, acusarlo de arrogancia o recordarle que él mismo había exigido distancia. Pero ninguna de aquellas cosas habría explicado por qué seguía tocándolo.
—Yo también —admitió.
A Richard se le tensó la mandíbula. Fue un cambio breve, suficiente para que ella comprendiera que tampoco a él le estaba resultando sencillo permanecer quieto.
Elspeth miró su boca. Se preguntó cómo sería dejar de imaginar el peso de sus manos y descubrirlo de verdad, acercarse sin la excusa de una solapa torcida ni de un escalón para montar. La curiosidad ya no tenía nada de inocente.
Por eso necesitó detenerse.
—Pero hoy no —añadió ella, sin soltar todavía su manga.
Richard respiró despacio.
—De acuerdo.
No intentó convencerla. Elspeth agradeció aquella contención y, al mismo tiempo, sintió una absurda decepción cuando él se apartó lo suficiente para que tuviera que retirar la mano.
—No te estoy pidiendo que vuelvas a tratarme como ayer —aclaró ella.
Algo se suavizó en su rostro.
—Eso lo he entendido.
Elspeth recogió los guantes del banco. Le costó colocárselos porque tenía los dedos torpes y porque Richard seguía allí, demasiado cerca para que pudiera recuperar la tranquilidad. Él no volvió a tocarla, pero tampoco fingió que nada había sucedido.
Aquello era nuevo.
No habían borrado lo ocurrido en Blairmuir.
Richard no le había prometido nada, y ella no sabía qué pensar de un hombre cuya vida incluía cartas de Londres que prefería leer a solas.
Pero acababan de reconocer algo que ninguno podría volver a atribuir a una discusión o a la insistencia de sus familias.
Cuando regresaron junto a los caballos, Elspeth aceptó su ayuda para montar sin evitarle la mirada.
El camino de vuelta no se pareció al de la ida.
Hablaron poco, aunque el silencio había perdido toda frialdad. Elspeth seguía notando el roce de Richard junto a la mejilla; cada vez que él se acercaba para dejar pasar una rama o indicarle un recodo, recordaba lo que había dicho y tenía que concentrarse en mantener las riendas con naturalidad.
Tengo ganas de besarte.
No se lo había imaginado. Tampoco había necesitado arrancárselo mediante una provocación.
Al divisar Hamilton Lodge, sintió la tentación de proponer otro camino. No lo hizo. Había decidido detenerse y no quería convertir su propia decisión en una prueba destinada a comprobar cuánto insistiría él.
Richard le sostuvo las riendas cuando llegaron al patio. Esta vez, al ayudarla a bajar, la sujetó solo el tiempo necesario. Elspeth apoyó las botas en el suelo y alzó el rostro.
Él también la estaba mirando.
—¿Mañana? —preguntó él.
—¿Otro paseo?
Richard asintió.
Elspeth podría haber recordado que no sabía cuánto duraría su estancia o que quizás tendría asuntos que atender. Eran razones sensatas, y ninguna fue la que acudió primero a sus labios.
—A la misma hora.
Él sonrió sin intentar ocultar cuánto le agradaba la respuesta.
Caminaron hasta la entrada de la casa. Antes de cruzar el umbral, Elspeth se detuvo.
—Richard.
Él se giró inmediatamente. Le gustó que lo hiciera. Le gustó más aún poder decir su nombre sin esperar una corrección.
—Gracias por el paseo.
—Me ha gustado estar contigo, Elspeth.
La respuesta la acompañó escaleras arriba.
Cuando llegó a su habitación, se quitó el sombrero y descubrió que el mechón que Richard le había apartado volvía a rozarle la mejilla. Lo recogió con los dedos, despacio.
Había salido aquella mañana para dejar de pensar en él.
Ahora tenía una cita para el día siguiente y una pregunta que no conseguía apartar: si Richard volvía a querer besarla, ¿seguiría queriendo detenerlo?