Capítulo 5 #3
La forma en que lo dijo le hizo levantar los ojos otra vez. Él sonreía, pero no parecía estar pensando únicamente en sus antiguas discusiones. Elspeth sintió una inquietud agradable, tan impropia de lo que había esperado de aquella mañana que agradeció la llegada de la alazana.
La yegua se dejó acariciar y buscó enseguida en su mano algo que comer.
—Por lo menos alguien está dispuesta a recibirme bien —comentó Elspeth.
—No le conceda demasiado mérito. Hace lo mismo con cualquiera que pueda llevar una manzana.
Richard la acompañó hasta el escalón de piedra que utilizaban para montar. Ella recogió la falda y aceptó su mano para subir. Fue un gesto sencillo, sin importancia hasta que apoyó la otra sobre su hombro y sintió, bajo la chaqueta, la firmeza de su cuerpo.
Richard le sostuvo la cintura mientras se acomodaba en la silla.
Elspeth había recibido aquella ayuda muchas veces.
Ninguna explicaba por qué seguía notando cada dedo a través del paño, ni por qué tardaba tanto en retirar la mano de su hombro.
La cercanía le permitió ver la sombra de barba rubia junto a su mandíbula y el movimiento de su garganta cuando levantó el rostro hacia ella.
Él tampoco se apartó enseguida.
—¿Está cómoda? —preguntó.
Elspeth tuvo que recordar a qué se refería.
—Sí.
Sus ojos se encontraron. Richard bajó los suyos hasta su boca, sin la rapidez suficiente para que ella pudiera fingir que no lo había visto.
—Ya puede soltarme —murmuró.
La mano se retiró de inmediato.
Elspeth recogió las riendas, demasiado consciente del lugar donde acababa de tocarla. Él comprobó el estribo sin rozarle la pierna y pidió que trajeran su caballo.
—Pensaba salir sola —dijo ella.
Richard la miró desde el otro lado de la alazana.
—Entonces tomaré el camino del arroyo. Usted puede seguir el que bordea el jardín; no tiene pérdida.
No discutió ni insistió en acompañarla. Debería haberle resultado satisfactorio. En cambio, Elspeth descubrió que no había considerado seriamente la posibilidad de que él eligiera otra dirección.
Al llegar a la bifurcación, ella giró hacia el arroyo.
Richard se colocó a su lado, sin comentar su decisión. La pequeña sonrisa que él intentó disimular le resultó bastante más irritante que cualquier observación.
—No conozco la propiedad —explicó ella.
—Le he dicho que el otro camino no tenía pérdida.
Elspeth lo miró.
—También puedo cambiar de opinión.
—Desde luego.
Richard dejó de sonreír, aunque no consiguió que sus ojos hicieran lo mismo.
Al cabo de un rato, una vez lejos de las caballerizas, Elspeth pudo respirar con más tranquilidad.
La alazana tenía un paso cómodo y Richard la dejó acostumbrarse a ella antes de proponer un sendero entre los árboles.
No corrigió su manera de sujetar las riendas ni le advirtió de cada irregularidad del suelo.
La observó durante unos minutos y después se dedicó a cabalgar a su lado.
Aquella confianza le agradó.
Había pasado demasiado tiempo rodeada de personas que interpretaban su cansancio como una enfermedad. Incluso su tía, que conocía bien lo que había hecho durante la enfermedad de su padre, parecía esperar que en cualquier momento dejara de poder sostenerse sola.
Richard no le preguntó si necesitaba regresar. Tampoco comentó lo poco que había comido durante la cena.
—Aquí venía cuando quería que dejaran de buscarme —dijo él al entrar en la arboleda.
Elspeth miró alrededor. Las hojas amarillas daban al camino una claridad suave, distinta de la del patio. Entre los troncos se adivinaba el movimiento del agua.
—¿Funcionaba?
—Hasta que mi padre empezó a utilizarlo también.
—Entonces tendría que haber encontrado otro lugar.
Él giró el rostro hacia ella, pero no aprovechó la frase para responderle nada.
Continuaron junto al arroyo. Elspeth empezó a reconocer el placer de montar sin dirigirse a ninguna parte, sin calcular cuánto tardaría en regresar o qué encontraría a la vuelta. En una curva del sendero vio una pequeña explanada, con un banco de piedra bajo los árboles.
—¿Podemos detenernos un momento?
Richard desmontó primero y le tendió la mano.
Elspeth la aceptó esta vez.
Al bajar, la proximidad la sorprendió más de lo que debería.
Durante un instante quedó frente a él, con una mano todavía apoyada en su hombro y la otra atrapada entre sus dedos.
Richard la sostuvo un segundo más, lo suficiente para que ella percibiera el calor de su cuerpo antes de que él se apartara.
Ninguno comentó nada.
Caminaron después hasta el banco, dejando a los caballos detrás. Elspeth se quitó los guantes y dejó que el aire fresco le enfriara los dedos.
Hacía meses que sus manos siempre parecían ocupadas en algo: medicinas, cuentas, cartas, papeles, decisiones que nadie más podía tomar por ella.
Aquella mañana estaban vacías.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no supo si aquello debía aliviarla o asustarla.
—Esta mañana me he despertado pensando que llegaba tarde —confesó ella, sentándose.
Richard se apoyó contra el extremo del banco.
—¿A qué?
—A darle las medicinas a mi padre.
No había querido hablar de aquello. Las palabras salieron porque él estaba allí y no había empezado a decirle lo bien que le sentaba salir al aire libre ni lo mucho que debía esforzarse por descansar.
Elspeth dobló los guantes sobre la falda.
—Luego he recordado que no tenía que hacer nada. Creo que ha sido peor.
Richard la escuchó sin apartar los ojos.
—¿Quiere que regresemos?
—No. Quiero estar aquí un poco más.
—Entonces nos quedamos.
Aquella respuesta la alivió más que cualquier intento de consolarla. No necesitaba que Richard encontrara las palabras adecuadas para arreglar algo que no podía arreglarse. Le bastaba con que no pareciera incómodo a su lado.
Durante un rato miraron el agua del arroyo. Elspeth se permitió pensar en su padre sin obligarse a ordenar los recuerdos ni a escoger uno que pudiera contar. Cuando volvió el rostro hacia Richard, él estaba observando a los caballos, con una mano apoyada en la piedra.
—No tiene que guardar silencio por mí —dijo.
Richard la miró.
—No estaba haciendo ningún esfuerzo.
La naturalidad de su respuesta le arrancó una sonrisa.
—Eso sí ha cambiado.
—He descubierto que no siempre mejora una conversación hablar más.
—Ojalá lo hubiera descubierto antes de la boda de su hermana.
El comentario salió antes de que pudiera contenerlo. Elspeth lamentó haber llevado allí aquella tarde otra vez, pero Richard no recuperó la frialdad de la víspera.
—Todavía habría encontrado alguna forma de irritarla.
—De eso no tengo dudas.
Él sonrió, y Elspeth lo miró sin la cautela de los últimos días.
Era muy atractivo.
No por el uniforme ni por las cicatrices. Era la seguridad con que le sostenía la mirada, la calma nueva de sus gestos, la forma en que parecía saber exactamente cuándo callar.
Eso era bastante peor.
Richard reparó en su atención.
—¿Qué ocurre?
Elspeth bajó la vista hacia sus guantes.
—Nada.
—Eso no ha sonado demasiado convincente.
—No tengo por qué explicarle todos mis pensamientos.
—No se los he pedido todos.
Ella volvió a mirarlo. La forma en que él sostuvo sus ojos le hizo comprender que había adivinado al menos una parte, y sintió una mezcla irritante de vergüenza y deseo de no retroceder.
—Estaba intentando acostumbrarme a usted —admitió.
Richard se apartó un poco del banco.
—¿Es tan difícil?
—Ayer quería que lo tratara como a un desconocido. Esta mañana me ha acompañado hasta aquí y está siendo amable. Comprenderá que no sepa muy bien a qué atenerme.
Su expresión perdió parte de la diversión.
—No quería que se sintiera como una desconocida.
—Pues lo ha conseguido bastante bien.
Richard aceptó el reproche sin discutirlo. Durante unos segundos solo se oyó el agua.
—Sigue diciendo «señor Hamilton» como si estuviera enfadada conmigo.
Elspeth arqueó una ceja.
—¿Y no lo estoy?
—Empiezo a sospechar que solo lo utiliza cuando quiere recordármelo.
—Entonces funciona.
Él soltó una risa baja.
—Mucho mejor de lo que debería.
Elspeth bajó la vista, ocultando una sonrisa.
—No se acostumbre.
—No pensaba hacerlo.
Ella soltó una pequeña risa. Richard sonrió al oírla, y por primera vez Elspeth vio con claridad cuánto había deseado provocársela.
La certeza la dejó quieta.
Él se dio cuenta. La sonrisa se le fue borrando despacio, aunque la atención permaneció en su rostro.
—¿Por qué me mira así? —preguntó ella.
Richard no fingió ignorar a qué se refería.
—Porque estás muy hermosa.
El tuteo llegó con tanta naturalidad que Elspeth tardó más en advertirlo que el cumplido. Bajó los ojos hacia su ropa negra, hacia los guantes que llevaba doblados desde hacía varios minutos.
—Voy vestida de luto.
—Lo sé.
No añadió que el negro le favorecía ni intentó convertir el duelo en una virtud de su aspecto. Elspeth alzó la cabeza y descubrió que seguía mirándola a ella, no a su vestido.
—Pensaba que eso era lo único que veías desde que llegué.
Richard se quedó muy serio.
—No.
La sencillez de la respuesta le aceleró el pulso.
Se había levantado sin decidirlo del todo.
Quizás porque sentada se sentía demasiado expuesta a aquella mirada, quizás porque quería tenerlo frente a ella y comprobar si de verdad estaban manteniendo aquella conversación.
Richard no se acercó, pero la distancia entre ambos dejó de parecer suficiente.
El viento le soltó un mechón junto a la mejilla. Elspeth intentó recogerlo y una de las cintas del sombrero se le enredó en los dedos.
—Espera —murmuró él.
Richard le apartó la cinta con cuidado. Sus nudillos rozaron la piel junto a su mandíbula y Elspeth olvidó la horquilla que había estado buscando. Aquel contacto era distinto de la ayuda para montar. No había un caballo que justificara la cercanía ni un movimiento que debiera terminar.
Él dejó la mano a un lado de su rostro un instante más de lo necesario.
Elspeth no se apartó.