Capítulo 5 #2
Richard miró su plato.
—No la he cortado yo.
—Pero has vigilado la fuente desde que entró.
—Eso demuestra que confío en el servicio, pero prefiero estar atento.
Elspeth sonrió hacia su taza.
Había visto a Richard comer en Glenmuir, discutir en Blairmuir y regresar de una mañana junto al río convencido de que alguien debía admirar lo que había conseguido.
Nunca lo había observado así: ocupando su sitio en una casa que conocía sus apetitos, sus silencios y las bromas que iba a hacer antes de que abriera la boca.
Tú eres escocés cuando vienes de vacaciones.
El recuerdo le produjo una incomodidad distinta de la que había sentido al disculparse.
Inglaterra no era una excusa que Richard utilizara cuando le convenía.
Allí estaban su madre, su infancia y un padre que parecía respirar con tranquilidad al tenerlo sentado a la mesa.
Ella había elegido ignorar todo aquello porque resultaba más fácil burlarse de él que entenderlo.
—¿No le gusta la tarta? —preguntó Richard.
Elspeth levantó la vista. No sabía cuánto tiempo llevaba él observándola.
—Sí. Estaba pensando.
—En esta mesa conviene hacer ambas cosas a la vez —intervino Weller—. Sobre todo si piensa repetir.
—No asustes a nuestras invitadas —le dijo Eliza—. En esta casa, gracias a Dios, nunca ha faltado comida.
—De eso estamos convencidos, Su Gracia.
La conversación continuó, y Elspeth consiguió terminar el postre sin sentirse obligada a explicar en qué había estado pensando.
Cuando pasaron al salón, Keller entregó a Richard un sobre llegado con el correo de la tarde. Él reconoció la letra antes de que el mayordomo terminara de retirarse; Elspeth lo supo por el breve cambio de su expresión.
—¿Lady Morland? —preguntó Weller—. ¿Ha cambiado la fecha de la cena?
Richard guardó la carta en el bolsillo.
—Lo sabré cuando la lea.
No parecía dispuesto a hacerlo delante de todos.
Elspeth apartó los ojos, incómoda por haber observado un gesto que no le concernía.
Había algo íntimo en reconocer una letra de aquel modo, en reservar unas palabras para leerlas a solas.
Le hizo comprender, mejor que cualquier comentario de sus amigos, cuánto desconocía de su vida.
Eliza se sentó junto a ella.
—Mañana no tendrá ninguna obligación hasta que Innes reciba las respuestas que espera. Podría descansar.
Elspeth miró hacia las ventanas. Más allá de los cristales solo se distinguía el reflejo del salón.
—Preferiría salir a montar, si fuera posible.
—Desde luego. Daré aviso en las caballerizas.
—No hace falta preparar nada especial. Estoy acostumbrada a montar.
—Eso no lo dudo, querida. Solo quiero que encuentren una montura adecuada.
Richard había oído la conversación, pero no intervino. Elspeth se alegró. No deseaba tener que defender también su derecho a salir de la casa.
A la mañana siguiente, el aire fresco le resultó más reparador que todas las horas que había pasado en la cama.
Había dormido mal, despertándose demasiado pronto en una habitación que aún olía a sábanas desconocidas. Al abrir los ojos, necesitó unos segundos para recordar por qué no estaba en Drummond. Después apareció todo lo demás, y supo que no soportaría esperar el correo sentada ante una mesa.
En las caballerizas le habían recomendado una yegua tranquila.
Elspeth no había llevado la suya desde Escocia y agradeció que nadie convirtiera el préstamo en una nueva atención que debiera rechazar por educación.
Mientras un mozo terminaba de ajustar la silla, ella se quitó un guante para acariciar el cuello del animal.
La yegua volvió la cabeza, buscando en su mano más afecto.
—Tendrás que ganártelo —murmuró Elspeth.
—No va a salir con esa yegua.
La voz grave de Richard alcanzó a Elspeth cuando el mozo terminaba de ajustar la cincha.
Se giró con una mano todavía apoyada sobre el cuello del animal y encontró al hijo del duque cruzando el patio, vestido para montar, con la chaqueta doblada sobre un brazo.
Parecía haber decidido cómo iba a transcurrir la mañana antes de darle los buenos días.
—No recuerdo haberle pedido permiso.
—La yegua cojea. Mire cómo apoya la pata delantera derecha.
Elspeth bajó los ojos. El mozo había hecho avanzar al animal y, esta vez, vio la pequeña vacilación al cargar el peso. Retiró la mano del cuello y se apartó para observar mejor.
—Quite la silla —le pidió al muchacho.
Richard dejó la chaqueta en un banco y se agachó junto a la yegua.
Le recorrió la extremidad con la palma antes de levantar el casco, sin brusquedad, hablándole en voz baja cuando el animal intentó moverse.
Elspeth sostuvo las riendas. Le habría gustado seguir enfadada con él, pero resultaba difícil hacerlo.
—La herradura se ha movido —dijo Richard—. Que la revise el herrador antes de volver a ensillarla.
—Ayer andaba bien, milord.
—Entonces hoy hemos llegado a tiempo de evitarle una mala mañana.
El muchacho recibió la indicación con alivio. Richard bajó la pata con cuidado. Al incorporarse, encontró a Elspeth observándolo.
—No habría montado si la hubiera visto cojear —aclaró ella.
—Lo sé.
La respuesta, sencilla y sin reproche, le quitó parte de lo que iba a decir. Aun así, no estaba dispuesta a dejar pasar el modo en que se había dirigido a ella.
—Desde que ha vuelto, cada vez que habla parece estar dando una orden, señor Hamilton.
Richard se remangó un puño.
—He pasado años rodeado de hombres que esperaban que las diera.
Elspeth asintió despacio. No había pensado en lo difícil que debía de resultar dejar atrás ciertas costumbres cuando todos parecían esperar que el regreso a Inglaterra bastara para devolverlo a su vida anterior.
—Eso explica el tono —admitió—. Aunque tendrá que recordar que yo no pertenezco a su regimiento.
Richard levantó la vista. Sus ojos se quedaron atrapados en ella de una manera que no tuvo nada que ver con la discusión.
—No corro el riesgo de confundirla.
Elspeth sintió el calor antes de comprender del todo la respuesta.
Había elegido un traje de amazona de paño negro, con una chaqueta entallada que se cerraba hasta la base del cuello y una falda larga que recogía sobre un brazo para mantenerla lejos del barro.
No llevaba más adorno que el broche de plata que sujetaba el tartán Drummond sobre su hombro.
El sombrero era igualmente sencillo, sin flores ni plumas; bajo el ala, el cabello oscuro dejaba al descubierto el óvalo de su rostro.
No había pensado en resultar atractiva al vestirse. Ahora, bajo aquella mirada, se volvió demasiado consciente de la cintura ceñida, de la pequeña franja de piel que asomaba entre el guante y la manga, de cómo Richard había dejado de atender al caballo.
—¿Ha terminado de examinarme también a mí? —preguntó.
Él sostuvo sus ojos.
—Estaba intentando decidir si piensa pasar toda la mañana enfadada.
—Dependerá bastante de usted.
Richard sonrió y se acercó a la pila para lavarse las manos.
Elspeth volvió hacia la yegua, fingiendo un interés que el animal ya no necesitaba.
Había sido más fácil discutir con Richard cuando él se apresuraba a contestar.
Ahora podía dejarla esperando una réplica mientras se remangaba la camisa, como si no supiera que aquel gesto atraería su atención hacia la fuerza de sus antebrazos.
O quizás lo sabía perfectamente.
—Puede llevar la alazana —dijo Richard, señalando la cuadra del fondo—. Está acostumbrada a la silla de señora.
—Puedo esperar a que llegue el herrador.
—Puede. Pero quería salir esta mañana.
Elspeth miró hacia la casa. Todavía estaban retirando el desayuno y su tía probablemente volvería a recomendarle que descansara si la veía aparecer tan pronto. No deseaba sentarse otra vez junto a una ventana, con un libro abierto que no conseguiría leer.
—No quiero alterar sus planes.
—No los altera.
Richard había terminado de secarse. Se acercó lo bastante para que Elspeth distinguiera las vetas más claras de sus ojos azul oscuro. Bajo las cejas rubias parecían casi sombríos, pero a plena luz adquirían una profundidad distinta, menos severa de lo que él parecía empeñado en mostrarle.
—Es una montura prestada, Elspeth —añadió—. Podrá devolverla sin deberme nada.
El nombre hizo que lo mirara con mayor atención.
—Ayer prefería las formalidades.
Richard no respondió de inmediato. La toalla quedó inmóvil entre sus manos.
—Ayer estaba enfadado.
—Ya me di cuenta.
—No parece que eso le impidiera utilizar mi nombre cuando quiso.
Elspeth tuvo que contener una sonrisa.
—No soy especialmente obediente.
—Empiezo a recordarlo.
Esta vez fue ella quien apartó primero los ojos.
Aceptó la alazana y dejó que el mozo se ocupara de prepararla.
No había ninguna razón para prolongar la discusión sobre un caballo, menos aun cuando empezaba a sospechar que ambos la estaban utilizando para no reconocer que no deseaban terminar la conversación.
Mientras esperaban, Richard se puso la chaqueta. Elspeth observó cómo acomodaba la tela sobre los hombros y tiraba del puño con la mano sana. La otra conservaba cierta rigidez, aunque él había aprendido a contar con ella sin detenerse a comprobar cada movimiento.
—Puede preguntarlo —dijo Richard.
Ella levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Lo que lleva un rato pensando.
Elspeth habría podido fingir que no lo comprendía. En cambio, volvió los ojos hacia la cicatriz.
—Me preguntaba si le molestaba que todos se fijen en ella.
La expresión de Richard cambió ligeramente.
—Menos que tener que asegurar a cada uno que no es importante.
—Pero lo fue.
—En aquel momento, sí.
Elspeth asintió. No intentó obtener más detalles, y él pareció agradecer que no tuviera preparada otra pregunta.
—No siempre sé qué decirle, señor Hamilton —admitió ella después de unos segundos.
Richard la miró de frente.
—Antes eso no la detenía.
La risa se le escapó sin que pudiera evitarlo.
—Antes estaba convencida de que necesitaba oír mis opiniones.
—Algunas llegaban con bastante insistencia.
—Y usted encontraba siempre algo que responder.
—Todavía lo encuentro.