Capítulo 5
Elspeth salió del despacho con más preguntas de las que había llevado.
Algunas estaban escritas en una hoja nueva; las otras no sabía todavía cómo formularlas.
Innes había escuchado sus objeciones, comparado los documentos y prometido consultar ciertos antecedentes en Edimburgo.
Necesitaban unos días. Era una respuesta razonable, pero ella llevaba demasiado tiempo organizando su vida alrededor de cosas que necesitaban unos días más.
El duque de Hamilton, un hombre alto y fuerte a pesar de su edad, la acompañó hasta la puerta.
—No tiene que decidir nada esta noche —le dijo—. Puede quedarse en Hamilton Lodge el tiempo que necesite.
Elspeth aferró con más fuerza la cartera. Había preparado argumentos para defender su derecho a rechazar aquel matrimonio, respuestas para cualquier alusión al honor de los Hamilton e incluso una explicación por si el duque consideraba incómoda su presencia después de la negativa de Richard.
No había necesitado ninguno.
El duque de Hamilton, pese a llevar años instalado en Inglaterra y haberse casado con una inglesa, seguía rigiéndose por los mismos códigos de honor que los antiguos lairds escoceses. Elspeth estaba bajo su techo y, mientras permaneciera allí, su protección era responsabilidad suya.
Alexander Hamilton podía haber hecho su vida al sur de la frontera, pero no había una sola generación inglesa en la sangre que llevaba por parte de padre ni de madre.
Había nacido Hamilton, descendía de hombres que habían administrado tierras escocesas mucho antes de que él aprendiera a hacerlo y conservaba esa obstinada idea de que un apellido obligaba tanto como un juramento.
Inglaterra le había dado una esposa, una casa y buena parte de su vida adulta.
Escocia seguía siendo lo que era.
—Agradezco que sigan ocupándose de esto, lord Hamilton.
Alexander miró los papeles que llevaba contra el pecho.
—Mientras quede algo por intentar, lo intentaremos.
Lo dijo sin prometerle una victoria. Quizás por eso Elspeth pudo creerlo.
Cuando volvió a su habitación, dejó la cartera sobre una mesa y se quedó un momento observándola, como si le costara aceptar que podía alejarse de ella hasta la mañana siguiente.
Después levantó la vista.
Hasta entonces apenas había tenido tiempo de mirar de verdad la habitación.
Hamilton Lodge era todavía más imponente desde dentro de lo que había imaginado.
No por una ostentación vulgar, sino por esa clase de riqueza antigua que no necesitaba exhibirse para resultar evidente: techos altos, molduras trabajadas, alfombras gruesas, muebles que parecían haber pertenecido a la casa desde varias generaciones atrás y ventanas tan amplias que dejaban entrar una luz distinta a la de Drummond.
Elspeth había oído hablar de la fortuna de los Hamilton. Había visto a Audrey y a Cathaline llegar a Escocia con vestidos, joyas y baúles que ninguna familia corriente habría podido permitirse, y siempre había sabido que el ducado era poderoso.
Saberlo era una cosa.
Estar allí era otra.
Hamilton Lodge no parecía simplemente una casa grande. Parecía una casa acostumbrada a no tener que preguntarse nunca cuánto costaba mantenerla.
Y, por primera vez, Elspeth comprendió hasta qué punto Richard había crecido dentro de un mundo muy distinto al suyo.
Para la cena, Eliza había hecho preparar el comedor pequeño.
No había invitados a los que entretener ni una velada a la que Elspeth debiera contribuir con algo más que su presencia.
Su tía se había recuperado lo suficiente para interesarse por las cortinas, Hargreaves escuchaba al viejo duque de Hamilton junto a la chimenea y Weller se acercó a recibirlas con la misma facilidad con la que aquella mañana había encontrado algo que decirle en el vestíbulo.
Richard estaba de espaldas, hablando con Keller, el mayordomo. Al verla, interrumpió un momento la conversación e inclinó la cabeza. Elspeth respondió con igual corrección, agradecida de que ninguno tuviera que repetir sus nombres delante de todos.
Durante la sopa habló poco. Le resultaba extraño sentarse a una mesa sin pensar en cuándo tendría que levantarse.
Durante los últimos meses en Drummond había cenado pendiente de los ruidos del piso superior, dejando el plato a medias cuando su padre tosía, llamaba o simplemente llevaba demasiado tiempo en silencio.
Hugh Drummond nunca había sido un hombre fácil de cuidar.
Hasta pocas semanas antes de morir había seguido preguntando por los caballos, corrigiendo cuentas desde la cama y protestando cada vez que Elspeth intentaba convencerlo de que descansara.
Había sido testarudo, orgulloso y demasiado acostumbrado a decidir por ella, pero también el hombre que le había enseñado a montar, que jamás regresaba del pueblo sin traerle alguna tontería que fingía haber comprado por casualidad y que, cuando murió su madre, había hecho lo posible por llenar él solo un vacío que ninguno de los dos supo nombrar.
Elspeth lo había querido con toda la fuerza con que alguna vez había discutido con él.
Y ahora no estaba.
Bajó la mirada hacia el negro riguroso de su vestido. Todavía llevaba luto cerrado; no habían pasado suficientes días para acostumbrarse siquiera a verse vestida de aquel color. A veces observaba las mangas oscuras y durante un segundo olvidaba por qué las llevaba.
En Hamilton Lodge no tenía que escuchar más que las conversaciones. Nadie iba a llamarla desde el piso superior. Nadie necesitaría que abandonara la mesa.
Quizás por eso tardó tanto en conseguir probar la sopa.
Weller estaba a su lado. No le preguntó por las tierras ni por el viaje.
—La señora Drummond me ha dicho que conocen Londres —comentó mientras le ofrecían la bebida—. Espero que no haya decidido juzgar toda Inglaterra por lo que haya visto allí.
—Mi tía conserva un recuerdo excelente de las tiendas. Yo recuerdo haber esperado mucho tiempo dentro de ellas.
—Entonces les faltó alguien que supiera organizar la visita.
—¿Y usted habría conseguido que saliera antes?
Weller pareció meditarlo.
—Probablemente no. Pero habría encontrado una silla para usted.
Elspeth sonrió. El ofrecimiento tenía la modestia suficiente para resultar creíble.
—En ese caso, le habría estado muy agradecida.
—También conozco lugares que no venden sombreros. Londres mejora bastante cuando nadie espera que uno entre en todas las tiendas de una calle.
—Weller tiene una opinión excelente de cualquier ciudad donde una mujer le haya sonreído —intervino Richard desde el otro lado de la mesa.
El teniente volvió hacia él su sonrisa.
—Eso elimina muy pocas ciudades.
Elspeth se rio antes de poder evitarlo. Richard, que había estado hablando con su padre, ya no parecía interesado en terminar aquella conversación.
—Entonces su criterio no es demasiado exigente —le dijo ella a Weller.
—En absoluto. Prefiero encontrar razones para disfrutar de un lugar.
—Y exagerarlas cuando las cuenta —añadió Richard.
—La señorita Drummond todavía no ha protestado.
Elspeth encontró los ojos de Richard por encima de la mesa.
—De momento, la conversación me resulta agradable.
Él sostuvo su mirada unos segundos y después aceptó la fuente que Keller le ofrecía. Elspeth volvió hacia Weller y continuó la conversación sin darle más importancia.
No estaba intentando provocar a Richard ni tenía motivo alguno para hacerlo. Weller resultaba agradable, eso era todo. Después de semanas de duelo, abogados y conversaciones que siempre terminaban en Drummond, agradecía poder hablar unos minutos de algo que no exigiera una decisión.
Si Richard encontraba motivo para molestarse por ello, el problema era exclusivamente suyo.
Hargreaves escuchaba a Margaret Drummond al otro extremo de la mesa.
La tía de Elspeth, viuda desde hacía más de una década, tenía el cabello castaño ya recorrido por abundantes hebras grises y la costumbre de mantener la espalda tan recta como si todavía presidiera su propia mesa.
Su rostro fino podía parecer severo hasta que sonreía, y aquella noche parecía haber decidido que el capitán Hargreaves merecía toda su atención.
La señora Drummond acababa de interesarse por su abuela, y Elspeth temió que aquella conversación terminara con otra lista de posibles esposas. Quizás incluyéndola a ella misma, al ver el fracaso con Richard.
—Le he contestado esta tarde —explicó el capitán—. Iré a verla antes de que termine mi permiso.
—Le hará una gran ilusión —aseguró la tía—. A nuestra edad, esperar visitas ocupa más tiempo del que ustedes creen.
Hargreaves dejó el vaso. La luz de las velas acentuaba la severidad de su mandíbula y el gris de unos ojos que, sin embargo, miraban a la señora Drummond con atención.
—Lo sé. Por eso le he dado una fecha.
—Espero que consiga cumplirla.
—La cumpliré. Lo que todavía no sé es si conseguiré llegar antes de que mi abuela haya organizado una cena con alguna de sus candidatas.
—Quizá alguna le guste.
Hargreaves dobló la servilleta con calma.
—Eso es precisamente lo que parece esperar mi abuela.
La señora Drummond se rio. Hargreaves le acercó la sal que buscaba y volvió a preguntarle algo sobre su hermano, con una delicadeza que permitió a la mujer hablar de él sin que toda la mesa tuviera que guardar silencio.
Elspeth se lo agradeció. Su tía había perdido a un hermano; ella había estado demasiado ocupada siendo la hija del difunto para recordar siempre esa diferencia.
Al otro lado, Richard discutía con su padre sobre un caballo que Alexander estaba considerando comprar.
El duque escuchó su opinión, hizo un par de preguntas y decidió que irían a verlo juntos.
No había en aquel intercambio ni la impaciencia de un padre ante una nueva ocurrencia ni la necesidad de Richard de insistir hasta ser tomado en serio.
Keller le sirvió agua sin preguntarle y, cuando retiraron los platos, puso delante de él una porción de tarta de manzana que habría bastado para alimentar a dos personas.
—Veo que algunas costumbres han sobrevivido al viaje —observó la duquesa de Hamilton, señalando la tarta.