El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

—El teniente Weller también parece muy cómodo aquí —comentó ella.

Richard la miró de lado.

—Weller suele encontrarse cómodo donde hay buena comida y alguien dispuesto a escucharlo.

—Ha sido amable con mi tía.

—Puede serlo.

Elspeth se detuvo antes de llegar a la puerta.

—No ha sonado como un elogio demasiado generoso hacia un amigo.

—Lo conozco mejor que usted.

—Eso espero. Yo solo acabo de ser presentada.

Esta vez no imaginó la irritación de Richard. La vio en la forma en que la miró, y una parte de ella disfrutó de haberla provocado. Weller le había dedicado unos minutos de conversación amable; no pensaba permitir que Richard desaprobara también eso.

Él pareció decidir que no merecía la pena responder.

Desde el despacho llegó el ruido de una silla, y Elspeth volvió a sentir el peso de los papeles. Allí estaba el motivo del viaje. Había perdido demasiado tiempo preguntándose qué pensaba Richard de ella cuando, al otro lado de aquella puerta, alguien podía explicarle qué iba a ocurrir con su casa.

—Gracias por indicarme el camino, Richard.

El nombre se le escapó con la facilidad de antes. Se dio cuenta al terminar la frase y esperó la corrección, ya dispuesta a soportarla sin que él viera cuánto la molestaba.

Pero Richard no la corrigió.

—Elspeth —la llamó cuando iba a tocar la puerta.

Ella se giró.

—De nuevo, siento lo de su padre. Lamento no haberla escrito diciéndoselo.

La seriedad de su voz la dejó sin ninguna de las respuestas que había preparado durante el viaje. Se acordó de la silla que él había acercado a su padre en Blairmuir, de cómo había escuchado sus quejas sin impaciencia mientras ella deseaba que se diera prisa para volver a bailar.

Le habría gustado recordar aquella tarde sin que siempre terminara en la misma discusión.

—Gracias —respondió.

Llamó a la puerta antes de que se le notara algo más.

Richard esperó a que Innes abriera. Tenía todavía presente el instante en el que Elspeth había reído por el comentario sobre el capitán Hargreaves.

Durante unos segundos había podido reconocerla sin la cartera, el luto ni la incómoda certeza de que había ido hasta allí porque necesitaba ayuda.

Solo Elspeth, a punto de responderle algo que probablemente lo habría hecho reír también.

Después había mencionado a Weller.

Richard seguía molesto por lo innecesario de su propia respuesta cuando el abogado salió a recibirla.

Su padre se levantó del escritorio y le ofreció una silla.

No miró hacia su hijo ni hizo nada que pudiera recordarles que acababan de hablar de un matrimonio; atendió a Elspeth mientras ella colocaba la cartera sobre la mesa y desataba el nudo.

Richard habría debido marcharse, pero Innes todavía sostenía la puerta y le agradeció con una inclinación que la hubiera acompañado.

—El señor Hamilton ya me ha comunicado su decisión —dijo Elspeth, sacando los papeles—. Necesito que examinemos qué puedo hacer sin ese matrimonio.

—La reclamación comprende la residencia, los principales pastos y las tierras junto al río —respondió Innes, acercándole una hoja—. Eso es lo que debemos proteger.

Elspeth puso su lista de preguntas junto al documento.

—Entonces empecemos por la casa.

La puerta se cerró.

Richard permaneció unos segundos en la galería.

Había esperado una protesta, una nueva discusión o, al menos, algún reproche que le permitiera recordarse por qué habían terminado tan mal en Blairmuir.

No una súplica; nunca había creído que Elspeth fuera a pedírselo de aquella manera.

Pero tampoco había imaginado que pudiera recibir su negativa, darla por concluida y empezar a decidir su futuro sin volver a incluirlo.

Eso era lo que él había querido.

Regresó a la biblioteca y encontró la respuesta a Rose tal como la había dejado.

La invitación seguía pareciéndole agradable.

Podía ir a Londres, cenar con sus amigos y quedarse con una mujer que no necesitaba nada de su apellido.

Nadie se lo impedía, y él no había cambiado de opinión sobre el matrimonio.

Se sentó y releyó lo que había escrito. Solo faltaban unas líneas.

Sin embargo, al tomar la pluma recordó la forma en que Elspeth había sujetado la cartera después de oír su negativa.

Había tenido que darse un momento antes de responderle.

Él lo había visto, aunque entonces le resultara más sencillo atender a la firmeza de aquel «bien» que a lo que le había costado pronunciarlo.

Richard dejó la pluma.

No quería casarse con ella. Tampoco había deseado hacerle daño, por mucho que una parte poco generosa de sí mismo hubiera esperado disfrutar devolviéndole el rechazo.

Había conseguido mantener su decisión, y Elspeth no iba a discutirla.

Ahora estaba al otro lado de la galería, haciendo preguntas a otros hombres, sin esperar nada más de él.

Aquella pequeña victoria tendría que haberle resultado mucho más agradable.

No lo fue.

Porque Richard había contado con que Elspeth Drummond lo necesitara.

No con descubrir que estaba dispuesta a perderlo todo antes que pedírselo dos veces.