Capítulo 4 #3
Eso resolvía el problema. Elspeth podía darle las gracias, seguir andando y ocuparse de lo que la había llevado allí.
Sin embargo, Richard había salido de detrás de la mesa, y al tenerlo cerca volvió a sentirse como en el vestíbulo: demasiado consciente de cuánto lo estaba mirando y de lo poco que él parecía dispuesto a facilitarle la conversación.
—¿Debo seguir llamándolo señor Hamilton? —preguntó.
—Sí. Por ahora lo prefiero.
El calor le subió al cuello. No había esperado que le ofreciera familiaridades, pero tampoco había imaginado lo mucho que dolería tener que pedir permiso para utilizar un nombre que conocía desde niña.
—Como quiera —respondió, acomodando la cartera contra su cuerpo—. Entonces escúcheme un momento, señor Hamilton. Hay algo que debería haberle dicho hace mucho.
Richard permaneció junto a la puerta. No le cerraba el paso, no parecía impaciente; simplemente esperaba, y aquella atención le dificultó a Elspeth lo que había ensayado durante el viaje.
—Lo que dije en Blairmuir estuvo mal. No tenía derecho a ridiculizarlo delante de los demás.
Él la miró durante un instante que se le hizo largo.
—Han pasado años.
—Lo sé. He tenido tiempo suficiente para escribir una disculpa y no lo hice. Eso tampoco habla especialmente bien de mí.
Richard bajó los ojos hacia la cartera. Fue un movimiento breve, pero Elspeth lo sintió como si hubiera señalado todos los documentos que llevaba dentro.
Había deseado disculparse antes de hablar del pacto, aunque solo fuera para conservar algo de dignidad.
Ahora le pareció que hasta el orden de sus palabras podía interpretarse como una estrategia.
—Esto no tiene que ver con el pacto —añadió—. No espero que cambie ninguna decisión por haberme oído reconocer que fui injusta.
—No he dicho que lo esperara.
—No. Pero no quiero que tenga que preguntárselo.
Desde algún lugar de la casa llegó el sonido de una puerta al cerrarse. Richard no se movió. Elspeth habría agradecido una interrupción y, al mismo tiempo, sabía que aprovecharla sería otra forma de hacer lo que llevaba años haciendo.
—Estaba enfadada porque siguió animando a mi tía después de que le pidiera que no lo hiciera —continuó—. Quería que dejara de tratar nuestro matrimonio como una diversión. Podría habérselo dicho sin atacar nada más.
—Yo debía haberme detenido. Lo sabía incluso aquella tarde.
Elspeth había llegado preparada para defenderse, y aquella admisión le quitó algo de firmeza a la respuesta.
—Entonces también recordará que no fui la única que se comportó mal.
—Lo recuerdo. También recuerdo que pasamos de discutir sobre su tía a decidir si yo era suficientemente escocés.
Eso era lo que había quedado.
No la exageración sobre no casarse con él, ni siquiera la risa de los invitados, sino aquel golpe que ella había dado precisamente porque sabía dónde podía dolerle.
Elspeth bajó la mirada un momento. Nunca se había sentido orgullosa de la frase, pero escuchar a Richard repetir lo que había significado le impidió refugiarse en que ambos eran jóvenes.
—No me correspondía decidirlo —dijo—. Ni entonces ni ahora.
Cuando volvió a mirarlo, él ya no tenía los hombros tan rígidos. No parecía dispuesto a perdonarla, aunque tampoco buscó una nueva acusación.
—He escuchado su disculpa.
Elspeth asintió. Tendría que bastarle. No podía pedirle que olvidara algo solo porque por fin se hubiera decidido a reconocerlo.
—Bien. También conviene que sepa que no he venido a Hamilton Lodge para pedirle que se case conmigo.
—Me tranquiliza saberlo. Yo tampoco he pedido que la traigan para convencerla.
La respuesta le devolvió de golpe parte de la irritación.
—Me han invitado. No me han traído.
—Entonces los dos estamos aquí por voluntad de mi madre, señorita Drummond.
Elspeth apretó los labios. Había una diferencia evidente entre regresar de permiso a la casa de sus padres y alojarse allí porque el futuro de sus tierras se estaba decidiendo en uno de sus despachos.
Richard no era tan necio como para ignorarla.
También era posible que ella hubiera elegido la única frase capaz de molestarlo después de pedirle disculpas.
Seguían teniendo ese talento.
—Su padre le habrá explicado lo que dice el documento —dijo.
—Sí.
Elspeth notó que le faltaba aire para formular una pregunta tan sencilla.
No quería casarse con él. Se lo había repetido a su tía y acababa de decírselo a Richard.
Pero durante el viaje no había conseguido olvidar que el matrimonio era la única solución concreta que los abogados habían puesto sobre la mesa.
—¿Y qué le ha respondido?
Richard no apartó la mirada.
—Que no. No voy a casarme.
Elspeth había imaginado aquellas palabras con muchas entonaciones. Ninguna resultó tan difícil de escuchar como la tranquilidad con que él acababa de pronunciarlas. Era una negativa sin vacilaciones, sin espacio para creer que esperaba una explicación mejor.
Necesitó un momento antes de contestar.
—Bien. Así sabemos dónde estamos.
Richard frunció ligeramente el ceño.
—¿Le parece bien?
—Me parece bien. No voy a reprocharle que no quiera casarse conmigo porque yo tampoco quiero hacerlo con usted.
Por un instante creyó que iba a sonreír. Aquello le molestó casi tanto como la seriedad anterior, porque seguía resultándole demasiado fácil estar pendiente de lo que ocurría en su boca.
—Innes todavía no ha encontrado otra salida —señaló él.
—Por eso quiero hablar con Innes, señor Hamilton. No convencerlo a usted.
Richard miró hacia el despacho de su padre. Elspeth aflojó los dedos alrededor de la cartera antes de que él pudiera ver cuánto los había apretado. No deseaba que confundiera su preocupación con una invitación a compadecerla.
—No tiene que defender su decisión durante el resto de mi estancia —añadió ella—. La he entendido.
—No pretendía hacerla sentir incómoda en esta casa. De hecho, creo que todavía no le he dicho cuanto siento la muerte de su padre.
—No se preocupe. Su madre ha sido muy amable y sé que lo siente, señor Hamilton. Usted había pasado mucho tiempo en mi casa y conocía bien a mi padre, recuerdo que ambos se tenían afecto.
Elspeth tuvo que morderse el labio para no llorar al recordar a su padre.
La cortesía terminó por cansarla. Había pedido disculpas, aceptado una negativa y agradecido, de alguna manera, que le permitieran seguir allí. Lo último que deseaba era marcharse con Richard creyendo que el agradecimiento incluía el derecho a observarla como si pudiera llorar delante de él.
Se dispuso a continuar, pero entonces vio que Richard flexionaba la mano junto al costado. La cicatriz le cruzaba el dorso y se perdía cerca de los nudillos. Dos dedos se cerraron con mayor lentitud que los demás.
Elspeth se detuvo.
—¿Le duele?
Richard siguió su mirada, y durante unos segundos desapareció de su rostro la expresión con la que habían estado discutiendo.
—Algunas mañanas. Después de montar suele mejorar.
—Cathaline dijo que estaba recuperado.
—Cathaline considera recuperado a cualquiera que pueda discutir con ella.
Elspeth casi sonrió.
—Entonces habrá dado por terminada su convalecencia antes que el médico.
—Lo hizo por carta. Fue bastante menos comprensiva cuando le pedí que no se lo contara a nuestra madre.
Ahí estaba Richard. En aquella queja afectuosa, en la resignación de un hermano que sabía de antemano cómo reaccionaría Cathaline.
Elspeth sintió el impulso de preguntarle qué había escrito ella, si seguían discutiendo por los mismos asuntos, si alguna vez había tenido miedo de que la mano no se recuperara.
Preguntas que años atrás habría hecho sin pensar si le correspondía.
Su sonrisa llegó a formarse, y la mirada de Richard bajó hasta el hoyuelo.
Elspeth dejó de sonreír despacio.
Él se apartó para acompañarla hacia el despacho.
Al pasar a su lado percibió el olor limpio de su camisa y volvió a notar cuánto había cambiado su cuerpo.
No necesitaba tocarlo para recordar lo que había sentido durante aquel baile; bastaba la cercanía para que aparecieran imágenes que no le convenían en absoluto mientras intentaba aceptar que ese hombre acababa de rechazarla.
Buscó algo de lo que hablar antes de que él advirtiera su desconcierto.
—Sus amigos parecen apreciar mucho su compañía.
—Nos hemos visto en circunstancias que ahorran bastantes formalidades.
—El capitán Hargreaves parecía hablar muy en serio en el salón.
—A veces lo hace. Resulta especialmente molesto cuando habla de mí.
Elspeth dejó escapar una pequeña risa y Richard se complació por ello, aunque no lo mostró.