El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Ya habíamos terminado de montar —contestó él, antes de saludar a la tía—. Señora Drummond.

—Richard, cuánto has cambiado. Tu madre nos ha dicho que estás completamente recuperado.

—Lo suficiente para que vuelva a encontrarme ocupaciones.

Su madre sostuvo su mirada.

—Por el momento, solo espero que saludes a nuestras invitadas.

Richard no añadió nada. Podría discutir con ella más tarde, cuando Elspeth no estuviera allí, tan recta y tan atenta a cualquier palabra que pudiera referirse a su llegada. No le daría motivos para pensar que tenía que defender también su presencia en aquella casa.

Presentó a sus amigos.

—El capitán Hargreaves y el teniente Weller. Servimos juntos en la campaña.

Hargreaves hizo una reverencia sobria. Weller se mostró igualmente cortés, aunque Richard vio que volvía a demorarse en Elspeth cuando ella respondió al saludo. Conocía demasiado bien a su amigo para confundir aquella atención con simples buenos modales.

—Espero que el viaje no haya sido demasiado penoso —dijo el teniente.

—Ha sido largo. Le agradeceré que no me pregunte por sus partes interesantes hasta que haya conseguido recordar alguna.

Weller sonrió.

—Entonces esperaré. No me gustaría competir con un tren por su atención.

Elspeth sonrió con dificultad, y Richard reconoció el principio del hoyuelo. Le irritó que hubiera sido Weller quien lo provocara. Más todavía que aquel gesto mínimo consiguiera distraerlo de todo lo demás.

Eliza las invitó a pasar al salón. Cuando un lacayo se ofreció a recoger la cartera, Elspeth la retuvo.

—Esto lo llevaré yo, gracias. ¿Está el señor Innes en la casa?

—Sí, está trabajando con mi marido. Podrás hablar con él esta tarde, después de comer algo y dejar que te preparen la habitación.

—No necesito...

—Yo sí —la interrumpió su tía—. Y agradecería sentarme antes de que empieces a explicar por qué ninguna de las dos está cansada.

Elspeth cedió de inmediato. Richard reparó en aquel cambio: había estado dispuesta a discutir con su madre, pero le bastó mirar a su tía para guardar la protesta.

La siguió hacia el salón y él sostuvo la puerta mientras pasaban.

A pocos centímetros de su mano quedó el borde del tartán; percibió el olor de la lana fría, un resto de jabón y la proximidad de una mujer que había imaginado muchas veces sin admitir que aún recordaba cómo le había alisado la solapa.

Apartó la mano cuando ella terminó de pasar.

En el salón, Weller acercó una silla a la señora Drummond y Hargreaves dejó libre el asiento más próximo al fuego.

Richard no habría podido reprocharles nada.

Sabían mostrarse amables sin convertir cada atención en una exhibición y, al cabo de unos minutos, su madre había conseguido que las recién llegadas aceptaran el té.

Elspeth apoyó la cartera junto a su falda, donde pudiera alcanzarla. Richard vio asomar las esquinas de varios documentos, una cinta gastada, anotaciones que llenaban el margen de una hoja.

Recordó la pequeña mancha de tinta en su dedo durante la boda y se preguntó cuánto tiempo habría pasado últimamente sentada ante un escritorio, intentando encontrar en aquellos papeles algo que la tranquilizara.

—Su madre nos ha contado que han pasado unos días muy agradables aquí —comentó la señora Drummond a los oficiales.

—Extraordinariamente agradables —aseguró Weller—. Richard conserva la costumbre de asegurarse de que nadie a su alrededor se quede sin comer.

—Tú necesitas bastante poca ayuda en ese asunto —replicó él.

Hargreaves aceptó una taza y se acomodó en su asiento.

—En campaña, Richard, comprobaba que los hombres hubieran recibido su ración antes de sentarse.

—Porque después venían a quitarnos la nuestra.

—No todo el mundo se molestaba en comprobarlo.

El capitán no lo dijo como un elogio preparado.

Precisamente por eso Richard sintió la necesidad de cambiar de conversación.

Elspeth había vuelto a mirarlo, y le incomodó no saber qué estaba pensando.

No quería que Hargreaves le ofreciera una versión mejorada de él ni que aquella visita se convirtiera en otra ocasión para hablar de la campaña.

Preguntó a su madre si las habitaciones estaban listas. Eliza comprendió y llamó a la doncella.

Hargreaves se puso de pie mientras la señora Drummond terminaba el té.

—Voy a responder a mi abuela antes de que añada otra candidata —le dijo a Richard—. También contestaré a lady Morland. ¿Incluyo tu aceptación o vas a escribirle tú?

—Le escribiré yo.

Elspeth detuvo la taza antes de dejarla sobre el plato. Richard se dio cuenta porque llevaba demasiado tiempo pendiente de ella. No preguntó quién era lady Morland; recogió la cartera y se levantó para acompañar a su tía.

Él la vio marcharse sin ofrecerle el brazo.

Cuando sus amigos también salieron, Eliza se quedó junto al sofá, recogiendo unas servilletas. Richard esperó a estar seguro de que las recién llegadas no pudieran oírlos.

—Podrías habérmelo dicho.

—No creí que necesitaras dar tu aprobación a una invitación mía.

—No te he pedido que me consultes a quién recibes. Te he dicho que podrías haberme avisado de que venía Elspeth.

Su madre dejó las servilletas sobre la bandeja.

—En eso tienes razón.

Richard había preparado una respuesta para cualquier evasiva, no para aquella admisión. Eliza lo conocía demasiado bien. También sabía que insistir después de haber obtenido la razón solo haría más evidente lo mucho que le había afectado ver a Elspeth.

—Sigo pensando lo mismo que le dije a padre.

—Lo sé. Y ellas tendrán una habitación y nuestra ayuda aunque no cambies de parecer.

No había nada que discutir en eso. Richard tampoco deseaba que Elspeth se sintiera menos acogida porque él no quisiera casarse.

Sin embargo, cuando su madre salió para comprobar si necesitaban algo, permaneció unos segundos en el salón, mirando la silla donde ella había dejado de descansar la cartera.

Había imaginado que decir que no sería suficiente.

Elspeth sintió el cansancio del viaje en cuanto cerraron la puerta de su habitación. Hasta entonces había podido mantenerse erguida, responder a los saludos y fingir que lo único que necesitaba era hablar con Innes. A solas, tardó varios minutos en terminar de quitarse los guantes.

La doncella le había dejado agua caliente y abierto el baúl.

Su tía descansaba en el cuarto contiguo.

Elspeth no tenía que dar ninguna orden, decidir qué podía esperar ni acercarse a una cama para comprobar si su padre estaba despierto.

Aquella ausencia de obligaciones debería haberla aliviado.

En cambio, hizo que se quedara sentada ante el espejo, con las manos sobre el regazo y una tristeza que el viaje había mantenido ocupada.

Luego pensó en Richard.

No había sido la cicatriz lo primero que había visto.

Le molestaba reconocerlo, después de cuánto se había preocupado al saber que estaba herido, pero su mirada había ido antes a los hombros, al cuerpo que llenaba la chaqueta de montar y a aquella forma de acercarse sin apresurarse a decir algo.

A los veinte años, Richard parecía siempre a punto de reír, de discutir o de iniciar alguna imprudencia.

El hombre del vestíbulo había esperado a que lo saludara.

Y ella no había sabido qué hacer con aquel silencio.

Cathaline le había hablado de la herida de su mano y de la cicatriz junto a la ceja.

Nada le había dicho de cómo la miraría, aunque probablemente su hermana tampoco habría podido advertírselo.

Elspeth recordaba unos ojos atentos a cualquier ocasión de provocarla.

Esa mañana había encontrado una cortesía que le cerraba el paso con mucha más eficacia.

No llevaba tartán. Tampoco parecía necesitarlo para que nadie reconociera quién era.

Elspeth alisó el suyo, arrugado junto al broche.

Había sido injusta al cuestionarlo, y ahora esa injusticia le resultaba más incómoda que cuando podía atribuir toda la discusión a la insolencia de Richard.

Él había aprendido a estar seguro de sí mismo lejos de ella.

Otros hombres lo respetaban, su madre lo recibía con un orgullo apenas disimulado y una mujer llamada lady Morland esperaba una carta suya.

Elspeth no sabía quién era aquella dama. Tampoco necesitaba saberlo.

Se levantó antes de seguir pensando en ello.

El vestido estaba limpio; bastaba con lavarse las manos y arreglar las horquillas que el viaje había aflojado.

Innes aguardaba abajo, y ella no había venido hasta Inglaterra para pasar la tarde ante un espejo preguntándose cuánto le desagradaba a Richard su presencia.

Encontró a su tía recostada en una butaca, con los zapatos apartados y una manta sobre las rodillas.

—Voy a preguntar por el señor Innes.

—Procura no resolverlo todo antes de que me despierte —murmuró la mujer, sin abrir del todo los ojos.

Elspeth sonrió y la dejó descansar.

La doncella le había explicado dónde estaba el despacho, pero Hamilton Lodge parecía tener más puertas de las que recordaba.

Al final de la galería, después de pasar junto a dos retratos de antepasados Hamilton, vaciló.

No quería interrumpir a los duques en otra habitación ni regresar a pedir unas indicaciones que había asegurado comprender.

El leve roce de una pluma atrajo su atención hacia una puerta entreabierta.

Richard estaba junto a la ventana, inclinado sobre una carta.

Se había cambiado la chaqueta de montar por una levita oscura y un chaleco gris; tenía una mano apoyada junto al tintero y la otra sobre el papel.

Elspeth habría podido continuar sin que él la viera, pero tardó un instante de más en aquel perfil que aún le costaba asociar al muchacho de Blairmuir.

Resultaba absurdo haber cruzado tantos kilómetros para sentir deseos de retroceder ante un pasillo.

Richard levantó la cabeza.

—¿Se ha perdido, señorita Drummond?

—Busco al señor Innes. Me han dicho que podía bajar.

Él dejó la pluma y se puso de pie.

—Está con mi padre. Es la puerta siguiente.