Capítulo 4
Richard acababa de aflojar la cincha de su caballo cuando el capitán Hargreaves anunció que su abuela había elegido tres posibles esposas.
Hasta ese momento, la mañana había transcurrido de una forma bastante agradable. Habían regresado del paseo con apetito, los caballos estaban atendidos y ninguno tenía obligaciones que no pudiera aplazar hasta después de comer.
Entonces Hargreaves sacó la carta del bolsillo y se quedó contemplándola con una expresión que hizo sonreír a Richard incluso antes de conocer su contenido.
—¿Para ti o para repartir entre nosotros? —preguntó Weller, entregando las riendas al mozo—. Porque en el segundo caso preferiría que me consultara antes de escribir a las interesadas.
—Para mí. Aunque puedo enviarle tu dirección. Le agradará descubrir que todavía quedan hombres dispuestos a escucharla.
Hargreaves pronunció aquello sin apartar los ojos grises del papel. Era el más corpulento de los tres; tenía hombros anchos, cabello oscuro y una mandíbula que el bigote, cuidadosamente recortado, no conseguía suavizar. Su aspecto serio solía engañar a quienes acababan de conocerlo.
Richard, que había pasado suficientes noches escuchándolo opinar sobre sus superiores, sabía que cuanto más tranquilo parecía, más convenía atender a lo que estaba a punto de decir.
Con su abuela ocurría algo distinto. Podía burlarse de sus cartas, pero las conservaba todas y le preocupaba decepcionarla mucho más de lo que admitiría delante de Weller.
El teniente terminó de quitarse los guantes, encantado de que aquella vez el problema no fuera suyo.
El paseo le había desordenado el cabello castaño claro, cuyas ondas nunca permanecían demasiado tiempo donde él las colocaba.
Alto, ágil y de hombros fuertes, Weller tenía unos ojos avellana que rara vez se demoraban en algo que no le interesara y una sonrisa que empezaba en un lado de la boca antes de extenderse al otro.
A Richard le constaba que algunas mujeres encontraban aquella sonrisa irresistible. También sabía cuántas veces la había utilizado su amigo para evitar una explicación.
—No me hace falta ayuda —aseguró Weller, guardándose los guantes—. Mi vida sentimental funciona admirablemente desde que he dejado de permitir que otras personas opinen sobre ella.
—Tu viuda opinó anoche que debías marcharte —observó Richard.
—Y esta mañana ha enviado una nota preguntando cuándo pienso volver. Me parece un acuerdo bastante satisfactorio.
Hargreaves levantó por fin los ojos.
—Por lo menos ya sabemos que es viuda. Durante la recepción no parecías haber considerado necesario comprobarlo.
—Ella tuvo la amabilidad de aclararlo antes de besarme. Tiene una casa propia, sabe lo que desea y no necesita que yo le prometa una boda para disfrutar de mi compañía. No veo dónde está el problema.
Richard se rio y retiró la silla del caballo. La mano herida le falló lo justo para obligarlo a sujetarla de otra manera; aún había mañanas en que aquellos dos dedos parecían necesitar más tiempo que el resto de su cuerpo para despertarse.
Hargreaves lo advirtió, pero continuó hablando mientras él entregaba la silla al mozo. Esa era una de las razones por las que agradecía tener a sus amigos allí. Conocían la herida y también conocían la diferencia entre necesitar ayuda y agradecer que lo dejaran hacer algo solo.
—¿Qué dice tu abuela de las tres candidatas? —preguntó Richard.
—Que una administra su casa con gran sensatez, otra procede de una familia irreprochable y la tercera toca el piano.
—¿Y ninguna te gusta? —Weller se apoyó contra un poste, dispuesto a dedicar al asunto toda la atención que su propia vida sentimental no requería.
—No conozco a dos de ellas. A la tercera la vi hace años, durante una cena en la que apenas me dirigió la palabra.
—Puede que estuviera intimidada —sugirió Richard.
—Puede que yo le resultara insoportable. Mi abuela no ha incluido esa posibilidad en su informe.
El capitán dobló la carta con cuidado. Richard habría apostado a que la respondería antes de terminar el día, probablemente después de dedicar unos minutos a encontrar una negativa que no disgustara demasiado a la anciana.
—Tendrás que conocerlas antes de decidir.
—No quiero escoger esposa como quien compara tres caballos —repuso Hargreaves—. Me gustaría pasar una velada con una mujer y desear besarla antes de que alguien empiece a explicarme lo bien que administraría mis rentas.
—Eso tiene solución —intervino Weller—. Empieza por besarla y deja que tu abuela se ocupe de las rentas.
—Procuraré no repetirle tu consejo.
Richard los dejó discutiendo y se acercó a la pila del patio. El agua fría le alivió las manos y terminó de despejarlo.
Le gustaban aquellas mañanas, el cansancio del paseo, el olor de las caballerizas y la posibilidad de escuchar a sus amigos preocuparse por una viuda o por las intenciones matrimoniales de una abuela. Había deseado regresar a algo así durante tanto tiempo que todavía le costaba darlo por supuesto.
Hargreaves se acercó mientras él se secaba.
—Tú no has dicho si aceptarás la invitación de lady Morland. Nos ha incluido a los tres, pero sospecho que no espera vernos marchar juntos al terminar la cena.
—Rose sabe despedir a sus invitados cuando se cansa de ellos.
—Por lo visto, de nosotros se cansa bastante antes —añadió Weller.
Richard arqueó una ceja.
—Quizás porque vosotros sois invitados a cenar.
Weller sonrió.
—Y tú no.
—Exactamente.
La carcajada del teniente resonó en el patio.
Richard dejó la toalla, sin molestarse en ocultar su propia sonrisa.
Rose le había escrito desde Londres dos días antes.
La carta incluía una fecha, varios nombres conocidos y una posdata que él había leído más de una vez, pero no tenía intención de compartir.
Pensaba responderle aquella tarde. Que Innes continuara examinando escrituras en el despacho de su padre no significaba que Richard hubiera puesto su vida en espera.
Estaba poniéndose la chaqueta cuando apareció el criado.
—Milord, Su Gracia pregunta si puede acercarse a la casa. Han llegado las señoras de Escocia.
—¿Mis hermanas?
—La señora Drummond y la señorita Drummond, milord.
Richard dejó el primer botón sin abrochar. El criado aguardó, inseguro de si debía repetir los nombres, pero él ya los había oído perfectamente.
—Mi madre —comprendió en voz alta.
—¿Qué ocurre con tu madre? —preguntó Hargreaves.
Richard recogió el sombrero.
—Nada que vaya a reconocer delante de nosotros.
Indicó al criado que lo seguiría enseguida y se encaminó a la casa.
Sus amigos fueron con él, intercambiando una mirada que Richard prefirió ignorar.
No sabía cuánto entendían ni tenía intención de explicárselo mientras atravesaban el patio.
Bastante molesto resultaba descubrir que Eliza había organizado aquella visita sin decirle una palabra.
Al llegar a la entrada lateral oyó voces en el vestíbulo.
La duquesa de Hamilton recibía a las recién llegadas junto a la escalera, mientras los criados se ocupaban del equipaje.
La señora Drummond estaba deshaciendo las cintas de su sombrero.
A su lado, con una cartera de cuero entre las manos, se encontraba Elspeth.
Richard se detuvo.
Durante años la había recordado con un vestido verde. El cabello recogido sobre la nuca, las mejillas encendidas por el baile y aquella expresión que cambiaba en cuanto encontraba una razón para discutir con él.
No había pensado en el esfuerzo que le supondría reconocerla bajo el sombrero de luto, envuelta en un negro que volvía más pálida su piel. Llevaba el tartán Drummond prendido sobre el hombro con un broche de plata; los cuadros, de tonos apagados, apenas interrumpían la severidad del vestido.
Había adelgazado. El cuello se le veía más fino y su rostro tenía una delicadeza que lo obligó a mirarla de nuevo, aunque nada en ella invitaba a acercarse.
Richard buscó, casi sin querer, a la muchacha de Blairmuir en aquella mujer que escuchaba a su madre sin soltar la cartera.
La encontró en la barbilla ligeramente alzada, en la forma de mantenerse erguida a pesar del cansancio.
Seguía siendo hermosa. Eso no lo había recordado mal.
—Parece un fantasma de las Highlands —murmuró Hargreaves a su espalda—. Toda de negro, con ese cabello...
—Pues yo la encuentro muy hermosa —lo interrumpió Weller—. Me gustaría descubrir si sonríe. Quizás pueda alegrarle un poco la estancia.
Richard se volvió.
—Acaba de enterrar a su padre. No ha venido para que te entretengas intentando conquistarla.
La sonrisa del capitán desapareció.
—No sabía que fuera tan reciente.
—No pretendía ofenderla —añadió Weller, sin aquella ligereza de un momento antes.
—Entonces procura no hacerlo.
Richard entró en el vestíbulo antes de que la conversación continuara. Le desagradaba haber oído hablar de ella de aquel modo, aunque había participado con bastante entusiasmo en las bromas sobre Rose durante el paseo. No pensaba detenerse a buscar la diferencia.
Elspeth levantó los ojos al oírlo.
Él conocía esa mirada. O había creído conocerla hasta que la vio demorarse en su rostro, bajar hacia sus hombros y regresar a la cicatriz de la ceja.
La cartera crujió un poco entre sus dedos.
Richard no se apresuró a saludarla; durante un instante quiso averiguar qué más encontraría ella distinto, y si le agradaba alguna de aquellas diferencias.
Elspeth se inclinó con corrección.
—Señor Hamilton.
—Señorita Drummond.
Ahí estaba otra vez Blairmuir. La despedida, la disculpa interrumpida y el carruaje que la había alejado de él mientras intentaba convencerse de que no le importaba.
Solo que ahora no se marchaba. Había venido a alojarse bajo el mismo techo, con un problema que incluía su apellido y una boda que ninguno deseaba.
Eliza intervino con la naturalidad de quien acababa de reunir a dos buenos amigos.
—Richard, la señora Drummond y Elspeth pasarán unos días con nosotros. Confío en que no interrumpamos vuestra mañana.