Capítulo 3 #4
Podía imaginarlo levantando la cabeza al verla entrar. La sorpresa primero. Después, el recuerdo de aquella tarde y la certeza de que ella necesitaba algo.
—No puedo marcharme y dejarlo todo.
Audrey señaló los papeles que había llevado.
—Tu administrador seguirá aquí. Podemos ayudarlo con lo que necesite. No vamos a tomar decisiones sin consultarte.
Su tía le tocó la rodilla.
—Llevas meses sin salir más allá del pueblo.
—Padre me necesitaba.
—Sí, querida. Lo sé, pero tu rostro está demasiado pálido. No quiero que enfermes tu también.
Elspeth giró el rostro.
Durante un instante no pudo mirar a ninguna de ellas.
La chimenea crujió y Cathaline se levantó para apartar de la alfombra un pequeño trozo de leña que había caído. Se tomó un tiempo innecesario en dejar las tenazas en su sitio. Cuando volvió a sentarse, Elspeth ya había conseguido respirar sin aquella presión en la garganta.
—Hamilton Lodge es grande —dijo Cathaline—. No tendrás que encontrarte con Richard cada vez que abras una puerta.
—Aún no he aceptado.
Todas guardaron silencio.
Cathaline se recostó un poco en la silla y achinó sus ojos verdes.
—Algo muy escocés de tu parte, querida.
Elspeth miró la carta una vez más.
La duquesa de Hamilton no le pedía que se casara. Innes tampoco había dicho que tuviera que hacerlo para sentarse ante los documentos. Podía ir, escuchar, examinar lo que habían encontrado y exigir que siguieran buscando.
Lo que no podía hacer era quedarse allí únicamente porque tenía miedo de encontrarse con Richard.
La conclusión le resultó tan desagradable que tardó unos segundos en pronunciarla.
—Iré unos días —Su tía cerró los ojos con alivio—. Pero contestaré yo —añadió Elspeth—. Y no quiero que nadie escriba antes para explicar lo que supuestamente estoy dispuesta a aceptar.
—De acuerdo —dijo Audrey, con impoluta cortesía.
Cathaline recogió los guantes.
—Nosotras también intentaremos ir a verlo. Richard ha prometido venir antes del invierno, pero no pienso esperar a que encuentre una fecha que le convenga a todo su regimiento.
—¿También estarán sus amigos?
—Por lo que dice madre, comen allí con bastante regularidad.
Elspeth no supo si agradecer la compañía adicional o lamentarla.
Al menos no podría acusar a Eliza de haber preparado una casa vacía para encerrarla con su hijo.
Aquella tarde, cuando Audrey y Cathaline se marcharon, Elspeth volvió al despacho de su padre.
La luz empezaba a retirarse del suelo. Durante el verano había movido el sillón hacia la ventana para que él pudiera ver el patio, y nadie lo había devuelto a su lugar. En uno de los brazos seguía enganchado un hilo de la manta que utilizaba sobre las rodillas.
Elspeth lo soltó con cuidado.
Después se sentó al escritorio y abrió una carpeta limpia.
Separó las cartas de Innes, la copia de la reclamación y las notas que había ido tomando en los márgenes de otros papeles. En una hoja nueva escribió las preguntas que todavía no tenían respuesta. Dejó espacio debajo de cada una.
Su tía apareció cuando estaba buscando el sello.
—Pediré que preparen el equipaje.
—Solo lo necesario.
La señora Drummond miró el vestido negro.
—Podemos hacer que te arreglen ese puño antes de salir.
Elspeth se llevó una mano a la manga. No sabía que su tía hubiera reparado en ello.
—Gracias.
La mujer se acercó al escritorio, pero esta vez no mencionó el pacto.
—Tu padre estaría contento de que no te quedes aquí esperando.
Elspeth bajó la vista hacia la carta sin empezar.
No sabía lo que su padre habría dicho. Habría querido preguntárselo tantas veces durante aquellos días que seguía sorprendiéndola no poder hacerlo.
—Ojalá me hubiera explicado mejor todo esto.
—Quizás pensó que tendría tiempo.
Su tía le apretó el hombro y salió, dejándola sola.
Elspeth mojó la pluma.
Aceptó la invitación de Eliza con agradecimiento, propuso una fecha y explicó que llevaría la documentación que Innes había pedido. No mencionó a Richard. Volvió a leer la carta para comprobar que tampoco hubiera escrito nada que pudiera interpretarse como la aceptación de un arreglo.
Mientras esperaba a que se secara la tinta, se miró el dedo manchado.
En Blairmuir también había tenido tinta en una mano. Lo recordaba porque había intentado esconderla cuando Richard la observó después de que le arreglara la solapa.
Él se había quedado muy quieto.
Aquella había sido la parte de la tarde que menos había contado a su tía. No la discusión ni la despedida, sino el baile, el cumplido que le había hecho y lo difícil que le resultó retirar las manos de su chaqueta.
Había querido que dejara de bromear sobre casarse con ella delante de los demás.
No había querido que dejara de mirarla.
Elspeth cerró los ojos un instante y después dobló la carta.
No iba a Inglaterra para recuperar un baile. Tampoco para ofrecerse como esposa. Necesitaba estar presente cuando discutieran el futuro de su casa, aunque eso significara enfrentarse también a una conversación que llevaba más de un lustro evitando.
Selló el sobre y lo dejó junto a la carpeta.
Sabía exactamente qué frase recordaría Richard en cuanto la viera.