Capítulo 3 #3
Audrey se quitó los guantes y los dejó dentro del sombrero. Cathaline entregó su abrigo y se acercó al fuego, con una expresión que indicaba que el trayecto había incluido algún charco especialmente ofensivo hacia su ropa.
—La próxima vez vendremos por el camino largo —dijo.
—Tú querías llegar antes —le recordó Audrey.
—Esperaba que el camino corto tuviera suelo.
Elspeth sonrió por primera vez aquella mañana.
Audrey dejó los papeles sobre la mesa.
—Malcolm ha hablado con tu administrador. El hombre que revisa nuestras cuentas puede venir dos mañanas por semana mientras dure esto, si te parece bien. Solo para ayudar con los pagos y la correspondencia de la finca.
Elspeth miró las hojas.
—No quiero que tengáis que ocuparos también de mis asuntos.
—No hemos comprado otra finca —respondió Audrey—. Te estamos prestando unas horas de ayuda.
La sencillez de la respuesta le impidió seguir rechazándola sin resultar desagradecida.
—Gracias.
Cathaline se sentó y aceptó el té que la tía le ofrecía.
Audrey preguntó por el carpintero y por una familia que había tenido que trasladar las camas lejos de una gotera.
Durante unos minutos hablaron de reparaciones, de provisiones y de la mejor manera de dejar preparados los pagos de la semana siguiente.
Elspeth pudo respirar con algo de tranquilidad. Eran problemas que ambas conocían.
Después su tía mencionó a Richard.
—Estábamos hablando del regreso de vuestro hermano.
Cathaline dejó de remover el té.
—Madre nos ha escrito. Está disfrutando de tenerlo en casa.
—¿Se quedará mucho? —preguntó Elspeth.
La pregunta salió antes de que decidiera si convenía hacerla.
—Eso esperamos —respondió Audrey—. Ha dicho que quiere alargar la estancia.
—Madre está intentando alimentarlo como si tuviera que enviarlo otra vez a la India sin posibilidad de hacer provisiones —añadió Cathaline, haciendo temblar sus bucles rubios mientras reía.
—Siempre ha comido mucho —dijo Elspeth.
Se acordó de él sirviéndose otra porción durante las comidas en Glenmuir, mirando el plato de los demás para calcular si todavía quedaba algo que nadie reclamara.
Cathaline sonrió.
—Entonces eso no habrá cambiado.
—¿No lo has visto aún?
—No. Pero padre pretende traerlo antes del invierno.
Audrey dobló uno de los papeles.
—Lo importante es que está recuperado.
Elspeth volvió los ojos hacia ella.
—¿Recuperado?
Cathaline miró a su hermana antes de responder.
—Lo hirieron en una mano. Y tiene una cicatriz junto a la ceja. Madre dice que está bien.
—No sabía lo de la mano.
—No quiso preocuparnos hasta que pudo escribir que ya la movía.
Elspeth dejó la taza con cuidado.
Lo había imaginado muchas veces con uniforme. Nunca había sabido bien qué hacer con las otras imágenes, las que aparecían al leer noticias de la campaña. Le resultaba más sencillo pensar en Richard discutiendo con un oficial que en Richard tendido en una enfermería.
Cathaline la observó, pero no hizo ningún comentario.
Fue su tía quien se levantó al oír pasos en el vestíbulo. Un criado traía el correo y le entregó dos sobres. La señora Drummond reconoció el sello de uno antes de abrirlo.
—Es de vuestra madre.
Elspeth sintió que la conversación acababa de tomar un rumbo que todos parecían conocer salvo ella.
Su tía leyó primero en silencio. Después acercó la carta.
—Nos invita a Hamilton Lodge.
Elspeth no la cogió.
—¿A las dos?
—Naturalmente.
—¿Para qué?
La señora Drummond arqueó las cejas, pero empezó a leer.
Querida señora Drummond:
Alexander y yo hemos sabido cuánto ha tenido que atender Elspeth durante estos últimos meses. A nuestras condolencias por su pérdida quiero añadir una invitación que espero puedan aceptar ambas.
Nos alegraría recibirlas en Hamilton Lodge durante una temporada.
El señor Innes está examinando aquí las escrituras con mi esposo y considera conveniente que Elspeth pueda consultar los documentos reunidos y responder personalmente a las cuestiones que vayan surgiendo.
Estoy segura de que será menos penoso hablar con él que continuar esperando cada explicación por carta.
También deseo que su sobrina tenga unos días en los que no le corresponda ocuparse de una casa. No habrá reuniones ni compromisos que deban atender. Tendrán tranquilidad, sus propias habitaciones y toda la ayuda que podamos ofrecerles.
Escríbanme cuando sepan qué fecha les conviene. Organizaremos el resto.
Con todo mi afecto,
Eliza Hamilton.
Cathaline miró a Audrey por encima de la taza.
Fue un gesto breve, pero Elspeth lo vio.
Extendió la mano y tomó la carta.
—Richard está allí.
—Sí —respondió Cathaline.
—Entonces no voy.
Su tía dejó el segundo sobre sobre la mesa.
—No estarás pensando en arriesgar la casa por evitar compartir un desayuno con él.
—No voy a perderla por rechazar una invitación. Innes puede escribirme.
—Puede hacerlo —intervino Audrey. La respuesta hizo que Elspeth la mirara. Audrey tenía los guantes sobre el regazo—. Pero llevas varios días preguntando qué han encontrado, qué significa cada cláusula y qué han respondido nuestros abogados. Allí podrías hacer las preguntas tú misma.
—Ya se las he hecho a Innes.
—Y cada nueva respuesta ha traído otra pregunta.
Elspeth bajó los ojos a la letra de la duquesa de Hamilton.
Aquello era cierto. Había leído algunas cartas tantas veces que empezaba a recordar la forma de las palabras antes que su significado. Innes contestaba con cuidado, pero siempre parecía faltar una explicación que tendría que pedir en el siguiente envío.
No obstante, eso no era lo que la había hecho negarse.
—No quiero que Richard piense que me presento en su casa para obligarlo a cumplir el pacto.
Cathaline dejó la taza.
—Mi madre no puede comprometerte a nada con una invitación.
—Pero puede colocarnos en el mismo salón.
—Sí —admitió Cathaline.
Su franqueza hizo que la tía se removiera en la silla.
Audrey intervino antes de que dijera algo. Se apartó un mechón de cabello negro que el viaje había soltado junto a su sien y apoyó los guantes sobre el regazo.
—También puede darte una habitación tranquila y sentarte delante de los hombres que están discutiendo tus derechos. Las dos cosas pueden ser ciertas.
Elspeth la miró con recelo.
Audrey conocía aquella expresión.
Llevaba suficientes años en Glenmuir para reconocer a una mujer de las Highlands cuando decidía que aceptar ayuda era peligrosamente parecido a rendirse.
Había visto a Mairi enferma discutir por una manta, a MacNair rechazar favores que necesitaba y a demasiadas mujeres escocesas cargar solas con un problema únicamente porque nadie había sabido ofrecerles una mano sin hacerlas sentir débiles.
Elspeth pertenecía exactamente a esa clase.
—No tienes que demostrar que puedes hacerlo todo sola —añadió Audrey.
—No estoy intentando demostrar nada.
Audrey alzó ligeramente una ceja.
—Eso también lo dicen mucho por aquí.
Cathaline ocultó una sonrisa detrás de la taza.
Elspeth cruzó los brazos.
—¿Y ahora vas a decirme que Richard es la solución?
—No.
La respuesta de Audrey fue tan inmediata que incluso Cathaline levantó los ojos.
—Richard es mi hermano pequeño y lo quiero muchísimo.
Eso no significa que piense que cualquier mujer deba casarse con él únicamente porque un hombre muerto hace ciento siete años tuvo una idea terrible —Elspeth parpadeó.
Audrey continuó con calma—. Tampoco sé si vosotros dos duraríais una semana sin intentar estrangularos.
—Gracias —murmuró Elspeth.
—No era una crítica. Malcolm y yo empezamos bastante peor.
Cathaline dejó escapar una risa.
—Eso es verdad.
Audrey le lanzó una mirada antes de volver a Elspeth.
—Pero conozco a mi madre. Si te ha escrito personalmente y te ha abierto Hamilton Lodge, no lo ha hecho solo para que los abogados tengan todos los papeles en la misma mesa. Cree que estar allí puede ayudarte.
—Y Richard está allí.
—Sí.
—Convenientemente.
Audrey sonrió.
—Mi madre lleva más de treinta años casada con Alexander Hamilton. Ha criado cinco hijos y ha sobrevivido a todos nosotros. Hace tiempo que dejó de confiar demasiado en las coincidencias.
Cathaline soltó una carcajada.
—Eso sí ha sido una acusación.
—Ha sido una observación, hermana.
Audrey volvió a mirar a Elspeth.
—No sé qué pretende exactamente mi madre.
Y no voy a decirte que Richard y tú formaríais una pareja perfecta porque no tengo ninguna prueba de ello.
Lo último que sé es que os despedisteis enfadados y que mi hermano puede ser extraordinariamente irritante cuando cree que alguien ha herido su orgullo.
—Por fin alguien lo admite.
—Soy su hermana mayor. Lo cargué cuando era un bebé, créeme, sé de lo que hablo.
La boca de Elspeth se movió ligeramente en una sonrisa sincera.
—¿Richard sabe que me está invitando?
—No lo sabemos —respondió Cathaline.
Aquello no la tranquilizó.