El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—No. Parece tener una forma muy desagradable de aceptar hospitalidad.

Richard soltó una risa baja y dejó la copa sobre la mesa.

Después la tomó por la cintura.

No hubo vacilación en el gesto. Sus manos encontraron su cuerpo con la seguridad de quien ya conocía aquella curva, la distancia exacta que debía cerrar y el modo en que Rose reaccionaba cuando la atraía hacia él.

Ella apoyó una mano sobre su hombro.

Richard bajó los ojos hacia su boca.

Durante unos segundos no dijo nada.

La conversación, el pacto y los muertos que intentaban organizarle la vida desde un pergamino de hacía más de un siglo dejaron de tener importancia.

Rose llevaba un perfume suave que él reconoció enseguida. También reconoció el brillo de sus ojos cuando comprendió que había conseguido apartar por fin sus pensamientos de Escocia.

—Mucho mejor —murmuró ella.

Richard deslizó una mano por su espalda y la acercó un poco más.

—Todavía no he hecho nada.

—Precisamente.

Él sonrió.

Había aprendido hacía tiempo que no necesitaba precipitarse para dejar claras sus intenciones. Inclinó la cabeza despacio y rozó primero la comisura de sus labios, lo suficiente para provocar que Rose cerrara los dedos sobre la tela de su uniforme.

Entonces la besó.

Esta vez no hubo cortesía.

Rose respondió de inmediato y Richard sintió cómo el cuerpo de ella se acomodaba contra el suyo con la familiaridad de noches anteriores. La mano que tenía en su espalda descendió hasta su cintura mientras la otra se detenía junto a su cuello, bajo los mechones que habían escapado del peinado.

Cuando se separaron, Richard no se alejó.

Mantuvo la frente cerca de la suya y pasó el pulgar lentamente por la línea de su mandíbula.

Rose respiró hondo.

—Empiezo a pensar que tus antepasados pueden esperar hasta mañana.

—Llevo toda la noche pensando exactamente lo mismo.

Ella sonrió y volvió a besarlo antes de que pudiera añadir nada.

Más tarde, después de entregarse al placer, hablaron de Londres, de la cena que ella había prometido ofrecer a unos amigos y de la posibilidad de verse cuando Richard regresara a la ciudad.

No fijaron una fecha que ninguno pudiera garantizar.

Rose le pidió que le escribiera antes de presentarse en su casa y él le aseguró que no tenía intención de competir con una de sus cenas.

Era una relación que ambos habían elegido y podían continuar sin fingir que deseaban otra cosa.

Richard no encontró ningún motivo para renunciar a ella.

Mucho menos por Elspeth Drummond.

Tierras Drummond, Highlands de Escocia. Cuatro días después.

Cuando el reloj dio las once, Elspeth cerró el libro de cuentas y buscó con la vista la bandeja de las medicinas.

Tardó un momento en recordar que ya no estaba.

La había retirado ella misma después del entierro, junto con los vasos pequeños y la cucharilla que su padre detestaba. Aun así, seguía levantándose a las horas de siempre. También había abierto los ojos aquella madrugada convencida de que lo había oído llamarla.

Volvió a sentarse.

Sobre el escritorio había una factura de avena, dos recibos y una carta dirigida al señor Drummond que no había conseguido abrir. Reconocía la letra de un hombre con quien su padre discutía por correspondencia sobre la cría de ganado. Probablemente todavía no sabía que había muerto.

Elspeth apartó la carta para responder más tarde.

El administrador esperaba al otro lado de la mesa.

—El carpintero puede empezar el lunes, señorita. Pero quiere saber si mantenemos el encargo.

Se trataba del tejado de una de las casas próximas al río. Su padre había autorizado la reparación antes de empeorar.

Elspeth consultó la cuenta.

—Que empiece.

—Podemos aplazarla unos días.

—La familia lleva esperando desde agosto. La lluvia no va a aplazarse con nosotros.

El hombre asintió, aunque no recogió el papel inmediatamente.

Ella comprendió lo que estaba pensando.

—Mientras el señor Innes no indique otra cosa, seguiremos atendiendo las reparaciones que ya están aprobadas.

—Muy bien.

Elspeth firmó. La manga negra le rozó los nudillos; la modista había dejado el puño demasiado estrecho, pero no había encontrado un momento para pedir que lo corrigieran.

Cuando el administrador se marchó, su tía entró con una bandeja.

—Te han retirado el desayuno casi intacto.

—He comido.

—He visto el plato.

La señora Drummond, hermana viuda de su padre, dejó una tostada junto al libro de cuentas y acercó la taza a su mano. No le pidió que descansara. Había dejado de hacerlo dos días antes, después de encontrarla dormida en una silla con una carta del abogado abierta sobre el regazo.

Elspeth bebió un sorbo.

Su tía recogió el sobre dirigido a su padre.

—Puedo contestar esta.

—Dile que agradecemos sus cartas. A padre le gustaba recibirlas.

—Se pasaba la mitad del tiempo protestando por ellas.

—Por eso le gustaban.

La señora Drummond sonrió un poco. Guardó el sobre en el bolsillo de su falda y se sentó.

Durante unos momentos, ninguna habló.

Desde la ventana se veía a un hombre cruzando el patio con un saco al hombro.

Un perro lo siguió hasta la cocina y regresó solo, ofendido por alguna negativa.

La casa seguía necesitando leña, comida y tejados que no dejaran pasar el agua, aunque faltara la persona que siempre había preguntado por aquellas cosas durante el desayuno.

—¿Ha llegado algo de Innes? —preguntó su tía.

Elspeth señaló la última carta.

—Ha podido examinar el documento de los Hamilton.

—¿Y Richard?

—No es una carta de Richard.

—Sabes lo que te estoy preguntando.

Elspeth dejó la taza.

—No hay ninguna respuesta acerca del matrimonio.

Su tía alisó un pliegue de la falda.

—Si no hubieras sido tan impertinente con aquel muchacho, ahora podrías escribirle sin tantas dificultades.

Elspeth había sabido que terminarían llegando allí. Desde que Innes explicó la cláusula, su tía parecía contener el reproche cada vez con menos éxito.

—Richard también fue impertinente.

—Richard estaba bromeando.

—Le pedí que no te animara y siguió haciéndolo.

—Y tú le dijiste delante de todos que jamás te casarías con él.

Elspeth volvió la vista hacia la ventana.

No necesitaba que le recordaran las palabras. Había pensado en ellas al enterarse de que se marchaba, durante las primeras noticias de la campaña militar y después, cuando Cathaline mencionó que la familia llevaba semanas esperando una carta.

En ninguna de aquellas ocasiones había encontrado una razón suficiente para escribirle. O, al menos, una que no la obligara a empezar por lo que había hecho mal.

—No estuvo bien —admitió—. Pero no podemos convertir aquella tarde en la causa de todo esto.

Su tía bajó los ojos.

—No he dicho que lo sea.

—Lo has dado a entender.

La señora Drummond tomó la cucharilla que había quedado sobre la bandeja y la colocó junto al plato.

—Digo que ahora necesitas su ayuda. Y habría sido más sencillo conservar su amistad.

Elspeth se quedó quieta.

La palabra  amistad  le resultó peor que  matrimonio . Habían discutido durante años con la confianza de quienes siempre encontrarían otra ocasión para seguir haciéndolo. Hasta aquella despedida.

Señor Hamilton.

Lo había dicho sin levantar la voz. Ella recordaba haberse sentido ridícula, con la mano todavía cerca de su manga y una disculpa que no había sabido terminar.

—Ni siquiera sabemos si está disponible —dijo.

Su tía levantó la cabeza.

—No está casado.

—Podría estar comprometido.

La señora Drummond la miró con una atención que Elspeth lamentó haber provocado.

—Su hermana mayor, Audrey, me dijo que no.

—Entonces supongo que habéis hablado bastante de él.

—Es razonable, dadas las circunstancias.

Elspeth tomó la tostada. Estaba fría.

Su tía la observó dar un bocado antes de continuar.

—Ha pasado unas semanas en Londres. Imagino que no le habrán faltado ocasiones. Es el último hijo del Duque de Hamilton y lo han ascendido a teniente, debes comprender que debe estar bastante solicitado por el colectivo femenino.

Elspeth masticó despacio.

Había una diferencia desagradable entre saber que Richard tendría una vida lejos de Escocia y escuchar a su tía referirse a las mujeres que podían formar parte de ella. No tenía derecho a interesarse. Tampoco conseguía evitarlo.

—No voy a pedirle que se case conmigo —resolvió ella.

—Entonces tendrás que escuchar lo que proponga Innes.

—Eso llevo haciendo desde que vino.

Su tía extendió la mano sobre el escritorio y le tocó los dedos.

—Sé que no está siendo fácil, querida.

Elspeth bajó la vista hacia aquella mano. Le habría resultado más fácil continuar la discusión si su tía no pareciera también tan cansada.

Audrey y Cathaline Sinclair llegaron poco después del mediodía.

Los Sinclair habían sido buenos amigos de los Drummond desde mucho antes de que ninguna Hamilton pusiera un pie en Glenmuir.

Habían compartido inviernos difíciles, celebraciones, disputas entre vecinos y suficientes comidas familiares como para que las puertas de ambas casas rara vez necesitaran una invitación formal.

Con los años, aquella cercanía había terminado incluyendo también a las esposas Hamilton.

Audrey y Cathaline se habían criado en Inglaterra, entre salones, temporadas londinenses y una educación que poco tenía que ver con la dureza de las Highlands.

Sin embargo, al verlas descender del carruaje con barro en las botas, papeles bajo el brazo y la determinación de mujeres acostumbradas a ocuparse de tierras, criados y problemas ajenos, Elspeth pensó que Escocia había terminado apropiándose de ellas con bastante eficacia.

Ya no parecían damas inglesas casadas con hombres de las Highlands.

Parecían auténticas señoras escocesas, mujeres capaces de gobernar una casa y unas tierras con la misma autoridad que cualquier laird.

Elspeth las recibió en el pequeño salón, donde su tía había conseguido que encendieran un fuego más generoso.

—MacNair ha hecho mandar comida —explicó Audrey, entregando la cesta a la criada—. No sabía para cuántas personas y ha preferido equivocarse.

—Hay comida en esta casa.

—Lo sé. Ahora hay más.