Capítulo 3
—No voy a casarme con Elspeth Drummond.
Alexander no retiró la mano del documento.
—Siéntate, Richard.
—Puedo leerlo de pie.
Volvió a inclinarse sobre el escritorio. Había una expresión que no había visto en la primera lectura, unas palabras apretadas entre dos líneas que remitían a otra escritura. Siguió la referencia con el dedo, sin tocar el pergamino.
La cláusula no hablaba simplemente de ayuda. Especificaba una unión matrimonial.
Richard la leyó una segunda vez.
No me casaría contigo aunque fueras el último Hamilton de Escocia.
Recordó la copa entre sus dedos, la risa de aquel invitado y a Elspeth levantando la barbilla delante de su tía. También recordó que, unas horas antes, ella le había arreglado la chaqueta con las manos apoyadas sobre su pecho.
Apartó el pensamiento.
—Aquí falta algo.
Su padre acercó una de las hojas recientes.
—La escritura de las tierras. Esto es una copia del apartado que nos afecta. Innes ha comparado ambas.
Richard la tomó.
—Explícamelo sin hacerme leer tres veces la misma frase.
Alexander señaló el pequeño plano que acompañaba la transcripción.
—La casa, los pastos del norte y las tierras junto al río quedaron reunidos bajo una misma administración mediante aquel acuerdo. El Drummond que lo firmó podía transmitirlos a sus hijos varones. Si su línea quedaba representada únicamente por una heredera, había una condición para conservarlos.
—Casarla con uno de nosotros.
—Con un hijo soltero de quien representase la casa de Brodick. No con cualquier hombre que llevara nuestro apellido.
Richard levantó la vista.
—Qué previsores.
—Querían asegurar una alianza.
—Podrían haber empezado por invitarse a cenar.
Alexander dejó pasar el comentario.
—Si no se cumplía la condición, esas propiedades debían pasar a la otra rama de los Drummond. Su representante ha presentado la reclamación.
Richard examinó el plano. Una línea rodeaba la casa y continuaba hasta el río, dejando fuera un par de campos.
—¿Y esto es lo que le quedaría a Elspeth?
—Sí.
No había ninguna vivienda dibujada en aquella parte.
Richard dejó la hoja sobre la mesa.
—Innes me ha dicho que un préstamo no serviría.
—No le están reclamando una cantidad. Le están disputando el derecho a heredar esas propiedades.
—¿Se puede comprar la renuncia?
—Innes ya lo ha preguntado. El reclamante quiere la finca.
—Entonces habrá que discutir su derecho a llevársela.
—Eso estamos haciendo.
Richard miró otra vez la cláusula matrimonial. Le desagradó la facilidad con que aquellos hombres habían dispuesto de vidas que todavía no existían. Apenas unas líneas, dos sellos y una referencia que ahora obligaba a una mujer a consultar abogados mientras aún llevaba luto por su padre.
—¿El matrimonio impediría que la echaran?
—Cumpliría la condición que preserva sus derechos. Es la protección que consta expresamente en las escrituras.
—Pero no habéis encontrado otra.
—Todavía no.
Richard se apartó del escritorio.
Había vuelto a Inglaterra con intención de descansar, ver a su familia y decidir qué haría durante el resto del permiso.
Ni siquiera había terminado de acostumbrarse a que su madre dejara de buscarle heridas cada vez que entraba en una habitación.
Ahora un documento de 1774 pretendía proporcionarle una esposa.
—Tengo una carrera militar, padre. Debo volver al servicio cuando termine el permiso.
—Lo sé.
—No puedo presentarme en Escocia, casarme y dejar a una mujer allí mientras regreso a mi regimiento.
—Hay hombres que lo hacen.
—Eso no significa que yo quiera hacerlo.
Alexander lo observó unos segundos y después retiró la mano del pergamino.
—No te estoy dando una orden.
Richard soltó despacio el aire.
—Has dicho que nuestra familia dio su palabra.
—Y me corresponde averiguar cómo responder por ella. Pero no voy a obligarte a casarte con ella. No lo he hecho con ninguno de mis hijos, y ahora no lo haré contigo.
La respuesta le quitó parte del enfado. No todo.
—Entonces ya conoces mi decisión.
—Sí.
El silencio que siguió no se parecía a los que recordaba de muchacho. Su padre no estaba esperando a que retrocediera. Había vuelto a mirar el plano, con una arruga profunda entre las cejas.
Aquello resultaba bastante más difícil de soportar que una discusión.
Richard se acercó de nuevo.
—¿Ella ha pedido que me lo propongas?
—Ha autorizado a Innes a consultar nuestros documentos.
—No es lo mismo.
—No he dicho que lo sea.
Richard apoyó las manos en el respaldo de la silla.
—Dejó bastante claro lo que pensaba de casarse conmigo.
Alexander levantó los ojos.
—Ewan me contó lo ocurrido en la boda.
—Supongo que Ewan lo encontró divertido.
—No especialmente. Me dijo que tú tampoco quisiste detenerte cuando debías.
Richard sostuvo su mirada.
—Lo sé. Su tía empezó a hacer insinuaciones y yo las animé, aunque Elspeth me había pedido que no lo hiciera.
—Erais jóvenes.
—Eso explica que nos comportáramos mal. No significa que ahora tengamos que casarnos.
—No estaba sugiriéndolo.
Richard bajó la vista al papel.
No llevaba todos esos años pensando en aquella tarde. Había conocido a otras mujeres, vivido en lugares cuyo nombre Elspeth probablemente jamás había pronunciado y aprendido a preocuparse por cosas mucho más urgentes que una burla durante una boda.
Pero lo recordaba.
Recordaba sobre todo cuánto le había gustado ella antes de haberlo humillado.
—No me niego solo por aquello —añadió—. No quiero una esposa. Tampoco quiero que Elspeth termine casada conmigo porque un abogado no haya encontrado una solución mejor.
Alexander asintió.
—Eso tendrás que decírselo tú si alguna vez te lo pregunta.
—Preferiría que no llegáramos a esa conversación.
Su padre reunió las transcripciones.
—Hablaré con Innes antes de cenar.
Richard lo vio ordenar los papeles y sintió el impulso de preguntar otra vez por las tierras. Se contuvo. Ya había hecho las preguntas que se le habían ocurrido; repetirlas no produciría una respuesta distinta.
—No me malinterpretes, padre. No deseo que se quede sin casa.
Alexander dejó las hojas sobre la mesa.
—Haremos todo lo posible para ayudarla sin que tengas que casarte con ella.
Por alguna razón, aquello le permitió marcharse.
Rose saldría hacia Londres a la mañana siguiente.
Richard llegó a Chatsworth House después de cenar, con el abrigo cerrado y las manos metidas en los bolsillos. Conocía el camino entre las dos casas desde niño. Esa noche agradeció recorrerlo sin compañía.
La doncella que le había abierto la noche anterior lo condujo hasta la salita que Rose utilizaba junto a sus habitaciones. Había un baúl abierto cerca de la puerta y varias cajas esperando sobre una silla.
Rose estaba sentada ante un escritorio, terminando una carta.
—Cierra, por favor. Mi doncella lleva toda la tarde mirándome como si hubiera pretendido llevarme medio Chatsworth House.
Richard obedeció y señaló los baúles.
—¿Tanto has traído?
—Al parecer, una cantidad ofensiva.
Firmó, secó la tinta y dejó la pluma. Solo entonces se giró por completo hacia él.
Richard se inclinó para besarla.
Rose lo recibió con una mano en su nuca y lo retuvo un instante más cuando él empezó a apartarse.
—Así —murmuró—. Habías entrado como si vinieras a una visita de cortesía.
—Intentaba comportarme.
—No te queda bien.
Richard sonrió. Se quitó el abrigo y lo dejó en el respaldo de una silla mientras Rose se acercaba a la pequeña mesa de las bebidas.
—¿Has cenado?
—Con mis padres.
Rose le sirvió una copa y se la tendió.
—Entonces esa expresión no puede deberse al hambre.
Richard aceptó el vaso.
—¿Qué expresión?
—La que llevas desde que has entrado.
Le ofreció una copa. Richard la aceptó y se sentó en el sofá.
Había estado esperando aquel encuentro durante buena parte del día. Le gustaba la intimidad sencilla que habían establecido, la ausencia de preguntas destinadas a obtener una promesa. Rose podía querer que se quedara una noche sin convertirlo en un compromiso para todas las siguientes.
Ella se sentó a su lado.
—¿Ha ocurrido algo?
Richard giró la copa entre las manos.
—Uno de mis antepasados ha decidido organizarme el matrimonio.
Rose lo observó un momento.
—Creía que estaban muertos.
—Ese detalle no parece haberle impedido dejar instrucciones.
Ella soltó una risa.
Richard le explicó lo suficiente: unas tierras escocesas, una reclamación, la antigua cláusula matrimonial. No mencionó las cuentas de los Drummond ni las gestiones de Innes. Aquellos asuntos no eran suyos para contarlos.
Rose lo escuchó sin interrumpir.
—¿Y conoces a la mujer?
—Desde niños.
—Eso podría facilitar las cosas.
—O empeorarlas.
—¿Es hermosa?
Richard bebió antes de contestar.
—Es escocesa.
Rose inclinó ligeramente la cabeza.
—No te he preguntado dónde nació.
Él no consiguió evitar la sonrisa.
—Lo era la última vez que la vi.
—¿Hace mucho?
—Algunos años.
—Entonces no sabes demasiado de ella.
La observación era tan razonable que Richard no encontró nada que objetar.
—Sé que no quería casarse conmigo.
—¿Se lo pediste?
—No —Rose esperó. Richard acabó soltando una risa breve—. Su tía estaba intentando arreglar algo durante una boda. Yo no ayudé a detenerla.
—Empiezo a comprender.
—Dudo que necesites los detalles de como me humilló.
—No. Aunque sospecho que tú los recuerdas todos.
Rose dejó la copa sobre la mesa y recogió del sofá una cinta que había quedado atrapada entre los cojines. La enrolló alrededor de dos dedos mientras Richard contemplaba el fuego.
—¿Qué has respondido? —preguntó.
—Que no.
—Entonces ya lo has decidido.
Richard volvió la cabeza hacia ella.
—¿Así de sencillo?
—Decidirlo, sí. Lo que ocurra con esas tierras parece bastante menos sencillo, pero yo no he leído las escrituras.
No había una insinuación en su voz. Tampoco curiosidad por averiguar si debía sentirse amenazada.
Richard dejó su copa junto a la de ella.
—No pienso casarme.
Rose le rozó la mano.
—Te he oído —Se quedó mirándolo un instante antes de sonreír—. Y ahora me gustaría despedirme del hombre que ha venido a verme, no de su antepasado.
—Mi antepasado no habría recibido una invitación.