El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—Hay una reclamación pendiente. Mientras él vivía no se había intentado ejecutar, pero su muerte ha cambiado la situación. La señorita Drummond podría perder la casa y parte de la finca.

Richard miró hacia el pasillo que conducía al despacho de su padre.

—¿Necesita dinero?

—Necesita que se reconozca su derecho a permanecer allí. Un préstamo no resolvería el problema.

Aquello lo hizo volver a mirar al abogado.

—¿Y ella te ha pedido que vengas?

—Me ha autorizado a consultar unas escrituras con el duque. Hay documentos de ambas familias que deben examinarse juntos.

Richard no recordaba ningún vínculo de ese tipo con los Drummond.

Los conocía como vecinos de los Sinclair, invitados habituales en Glenmuir y anfitriones de veranos durante los cuales él había buscado cualquier excusa para demostrar que podía montar, pescar o pelear mejor que los muchachos escoceses.

Elspeth solía estar presente cuando fracasaba. También había estado allí para ayudarlo a esconder algunas de las pruebas.

Su última conversación había terminado de una manera bastante menos amable.

No me casaría contigo aunque fueras el último Hamilton de Escocia.

La frase regresó con una precisión que le resultó irritante. Hacía años que había dejado atrás el enfado, pero no había olvidado lo mucho que le costó sonreír delante de aquellos invitados. Ni la expresión de Elspeth cuando la obligó a llamarlo señor Hamilton al despedirse.

Ahora tenía a su padre enterrado y a un abogado intentando impedir que perdiera su casa.

—¿Sabe que he vuelto? —preguntó antes de pensarlo.

Innes dudó.

—No hemos hablado de usted.

Anthon lo observó con mayor atención, pero tuvo la prudencia de no hacer ningún comentario.

Richard recogió los guantes.

—Voy a ver a mi padre.

El despacho estaba al final del pasillo. Llegó hasta él todavía con las botas de montar y llamó una vez antes de entrar.

Alexander había retirado las carpetas habituales del centro de la mesa. En su lugar descansaba un documento antiguo, extendido sobre un paño, junto a varias hojas recientes. La cartera que Richard había visto bajar del carruaje permanecía abierta en una silla.

Su padre levantó la vista.

—Keller iba a buscarte.

—He hablado con Innes.

Alexander le indicó que cerrara la puerta. Richard obedeció y se acercó al escritorio. El documento tenía los bordes oscurecidos y unas marcas profundas donde había permanecido doblado. De la parte inferior colgaban dos sellos; reconoció las armas de los Hamilton en uno de ellos.

—¿Esto afecta a las tierras de Elspeth?

Alexander apoyó dos dedos junto al borde del pergamino.

—Tiene algo más de cien años.

Richard volvió a mirarlo.

Hasta entonces solo había visto papel viejo. Ahora reparó en la piel oscurecida por el tiempo, en la tinta desvaída y en los dos sellos de cera que todavía pendían de la parte inferior. Uno pertenecía a los Hamilton. El otro llevaba las armas de los Drummond.

—No es una escritura corriente —continuó Alexander—. Es un pacto entre dos lairds escoceses. De los antiguos.

Richard levantó los ojos hacia él.

—¿Qué significa exactamente «de los antiguos»?

—Que no lo redactaron abogados de Edimburgo sentados alrededor de una mesa. Dieron su palabra delante de sus hombres, hicieron traer un escribano y dejaron constancia de ella después.

Alexander señaló unas líneas más pequeñas cerca del final.

—Según esto, el laird Hamilton y el laird Drummond bebieron del mismo  quaich  cuando llegaron al acuerdo. Después dejaron la copa invertida sobre la mesa. Era la manera de indicar que el trato estaba cerrado y que ninguno volvería a discutir lo prometido.

Richard pasó la vista por la escritura apretada.

—Muy escocés.

—Mucho.

—Beber primero y pensar en las consecuencias cien años después.

La boca de Alexander se movió un poco.

—No te aconsejo que hagas ese comentario, te recuerdo que sigues siendo escocés aunque luches por Inglaterra.

Richard se inclinó sobre el documento.

La fecha aparecía en números antiguos. Ciento y tantos años. Hombres muertos hacía generaciones habían puesto sus sellos allí, convencidos de que sus apellidos durarían lo suficiente para obligar a personas que jamás conocerían.

Y, aparentemente, habían tenido razón.

—¿Qué prometieron?

Alexander no respondió todavía.

Giró lentamente el pergamino hacia él.

—Que si llegaba el día en que una heredera Drummond podía perder esas tierras, un Hamilton tendría que impedirlo.

Richard leyó las primeras líneas.

Luego las siguientes.

Su expresión cambió.

—Padre...

—Sigue leyendo.

Richard llegó a la cláusula final y comprendió por qué habían enviado a buscarlo.

Alzó la vista.

—Esto tiene cien años.

—Ciento siete.

—Los hombres que lo firmaron están muertos.

—Sí.

—Sus hijos también.

—Probablemente.

Richard señaló el pergamino.

—Entonces explícame por qué demonios sigue siendo problema mío.

Alexander apoyó una mano sobre el antiguo sello Hamilton.

—Porque nuestra familia dio su palabra.

Richard sostuvo la mirada de su padre.

—Y porque yo soy el último Hamilton soltero.

—Exactamente.

Richard había vuelto pensando que por fin controlaba su propia vida, pero acababa de descubrir  que una promesa hecha 107 años antes podía decidir con quién debía casarse.