Capítulo 2 #2
Su padre miró la medalla que llevaba en el pecho y después la mano con que sostenía el vaso.
—Hargreaves me ha hablado de tu ascenso.
—Esperaba que al menos delante de ti se comportara.
—Ha dicho que tus hombres confiaban en ti.
Richard dejó de sonreír. Aquello le importaba más que las hazañas inventadas durante la recepción, y sospechó que su padre lo sabía.
—Procuré darles motivos.
Alexander asintió y le apretó brevemente el brazo.
—Entonces hiciste bien tu trabajo, Richard. Estoy orgulloso de ti, has honrado nuestra familia.
Eliza fingió interesarse por una dama que pasaba cerca, no le gustaba enfatizar las partes buenas de que su hijo fuera militar.
Richard se quedó junto a su padre unos minutos más, escuchando los planes para visitar a Cathaline antes del invierno.
Por primera vez, su padre le preguntó qué fechas le convenían en lugar de comunicarle cuándo viajarían. Lo respetaban.
Mientras hablaban, un caballero se acercó para recordar a Alexander una reunión en Londres.
Anthon se unió a ellos y mencionó dos nombres que hicieron que el visitante bajara la voz.
Richard vio a su padre y a su primo resolver en pocos minutos algo que, por la expresión del hombre, llevaba semanas sin avanzar.
Conocía aquellas casas escocesas donde se habían instalado sus hermanos.
Las quería. Pero allí estaban los retratos de la familia de su madre, las personas que habían acompañado su infancia y los hombres que todavía acudían a Hamilton Lodge antes de llevar un problema a otro lugar.
No tenía que mirar hacia Escocia para encontrar un hogar que le perteneciera y eso ya no era discutible.
Eliza siguió la dirección de sus ojos.
—¿Qué estás pensando?
—Que me gustaría quedarme un poco más de lo previsto.
Su madre le apretó la mano antes de que él pudiera retirar la oferta.
A la tarde siguiente, Richard desmontó delante de una casa próxima a Bakewell y comprobó que llevaba el reloj en el bolsillo.
Los demás efectos del lancero Thomas Bell habían llegado a su familia meses atrás.
El reloj apareció después, entre unas pertenencias enviadas al lugar equivocado.
Richard reconoció la dirección cuando el sargento se disponía a embalarlo y se ofreció a llevarlo: apenas supondría apartarse del camino durante una tarde.
Desde fuera oyó el roce de una silla. La señora Bell abrió con un dedal todavía puesto y se limpió las manos en la falda antes de recibirlo.
—Teniente Hamilton. Su carta llegó el martes.
Lo hizo pasar a una estancia donde la mesa de comer estaba ocupada por prendas a medio coser. Richard dejó el sombrero sobre una silla y esperó a que ella se sentara para sacar el paquete.
La mujer reconoció el reloj antes de retirar por completo el paño.
—Era de su hijo.
Lo sostuvo en la palma y pasó un dedo sobre una abolladura de la tapa.
Richard había pensado qué decir durante el trayecto, pero prefirió darle tiempo.
Desde su silla veía una fotografía sobre la repisa: Bell con el cabello bien peinado, una chaqueta demasiado grande y un niño agarrado a su mano.
Le costó relacionar al muchacho de aquel retrato con el lancero al que había dado órdenes.
—¿Estuvo mucho tiempo a su mando? —preguntó la mujer.
—Parte de la campaña. Era cuidadoso con su equipo y muy bueno con los caballos.
—También era muy terco.
—Sobre todo cuando creía que tenía razón.
La señora Bell sonrió sin levantar los ojos del reloj.
—Entonces casi siempre.
Richard se acomodó en la silla. Le contó que los hombres buscaban a Thomas cuando necesitaban arreglar una costura y que el muchacho había convertido aquella habilidad en una pequeña fuente de ingresos.
—No me diga que les cobraba.
—A Weller le hizo pagar dos veces. La segunda, porque le había exigido que se diera prisa.
Ella soltó una risa que se le quebró al final. Sacó un pañuelo de la manga y lo apretó contra la nariz.
—Le enseñé a coser para que dejara de traerme todo roto. Decía que nunca iba a servirle de nada.
Richard le habló unos minutos más de su hijo. De las cosas que recordaba, sin convertirlo en un hombre perfecto ni atribuirle virtudes que la mujer sabría reconocer como falsas. Cuando ella preguntó si había estado con él al morir, respondió que lo había visitado en la enfermería dos días antes.
—Me pidió que no le retiraran su montura mientras se recuperaba —añadió—. Pensaba volver al servicio.
La señora Bell cerró los ojos un instante. Richard esperó mientras guardaba el pañuelo y se levantaba para servir el té. Aceptó una taza y permaneció hasta que ella dejó de hablar de la enfermedad y empezó a contarle cómo Thomas había intentado ocultar su edad la primera vez que quiso alistarse.
Al despedirse, la mujer volvió a envolver el reloj.
—Se lo enseñaré a su hermana el domingo. Ella creía que no lo recuperaríamos.
—Hay un sargento que merece las gracias. Fue quien insistió en buscarlo.
—Dígale que ha llegado.
Richard prometió hacerlo. La señora Bell le estrechó la mano entre las suyas y lo acompañó hasta la puerta.
—Gracias por haber venido, teniente.
—No tiene que agradecérmelo.
Ella no respondió. Se quedó en el umbral con el reloj envuelto entre las manos, apretándolo contra el delantal.
Richard descendió los dos escalones de piedra y se dirigió hacia el caballo. El mozo de Hamilton Lodge le entregó las riendas, pero él tardó unos segundos en montar.
Volvió la cabeza.
La señora Bell seguía allí.
Ya no lloraba. Ni siquiera parecía a punto de hacerlo. Simplemente sostenía aquel pequeño paquete que había cruzado medio mundo para regresar sin su hijo.
Richard bajó la vista hacia las riendas.
Había conocido a Thomas Bell como lancero. Lo recordaba sucio, protestando por una silla mal ajustada, riéndose con otros hombres o corriendo detrás de un caballo que había decidido no obedecer a nadie. Nunca había pensado demasiado en la casa a la que regresaban sus cartas.
Ahora acababa de verla.
Y, por un instante, pensó en su propia madre.
En todas aquellas cartas que había enviado asegurándole que estaba bien. En las semanas que Eliza debía de haber pasado sin saber si seguía estándolo cuando las recibía. En lo poco que había comprendido entonces lo que significaba esperar noticias de un hijo que estaba al otro lado del mundo.
Richard tragó saliva y se colocó los guantes con más atención de la necesaria.
Él había vuelto.
Bell no.
No había nada especialmente justo en aquello.
Cuando miró otra vez hacia la casa, la señora Bell seguía observándolo.
Richard se quitó el sombrero.
Ella inclinó la cabeza.
Solo entonces entró y cerró la puerta.
Richard montó.
Durante buena parte del camino de regreso a Hamilton Lodge no sintió ninguna necesidad de hablar.
Las ventanas de Hamilton Lodge estaban iluminadas cuando regresó. Había un carruaje de viaje junto a la entrada y uno de los lacayos bajaba de él una cartera de cuero. Richard lo dejó pasar, entregó el sombrero a Keller y empezó a quitarse los guantes.
La voz de Anthon llegó desde la biblioteca.
—¿Mi tío lo sabía?
—Ha recibido la noticia esta mañana. Drummond ha muerto.
Richard levantó la cabeza. Terminó de sacar los dedos del guante y se acercó a la puerta abierta.
—¿De qué Drummond habláis?
Su primo estaba junto a la chimenea con el señor Innes, un abogado de Edimburgo que había visitado a su padre en otras ocasiones. El hombre se puso de pie al reconocerlo.
—Del padre de la señorita Elspeth Drummond, milord. Falleció hace seis días.
Richard entró despacio en la habitación.
Recordaba al señor Drummond sentado cerca de las ventanas de Blairmuir, durante la boda de Cathaline. Le había acercado una silla y había escuchado sus quejas sobre una rodilla. Después estuvo demasiado pendiente de su hija para prestar mucha atención al resto de la conversación.
Elspeth había llevado un vestido verde. Richard todavía recordaba el calor de sus dedos cuando le arregló la solapa y la sorpresa que le produjo descubrir que ya no deseaba discutir con ella, al menos no durante toda la tarde.
—No sabía que estuviera enfermo —dijo.
—Pasó casi todo el verano en cama. Su hija se ocupó de él hasta el final.
Richard dejó los guantes sobre una mesa.
—¿Quién está con ella?
—Su tía. Y algunos vecinos la están ayudando con la finca.
—¿Mis hermanas?
—Entre otros.
Innes recogió una hoja de entre sus papeles. Anthon no había vuelto a beber, y Richard se dio cuenta de que la conversación se había interrumpido de una manera demasiado brusca para tratarse solo de un pésame.
—¿Ha venido por la muerte de Drummond? —preguntó al abogado.
—Por lo que ocurre ahora con sus tierras.
—¿Qué ocurre?