El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 2
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Capítulo 2

Hamilton Lodge, Inglaterra.

A Richard Hamilton le habían atribuido tres hazañas ajenas antes de que lady Rose Morland apareciera en la puerta del salón. Al verla, dejó de tener paciencia para escuchar la cuarta.

—También me han dicho que salvó usted una posición de artillería —insistió el caballero que lo retenía junto a la chimenea.

—No fui yo, señor. Pero agradecería que se lo contara a mi padre antes de marcharse.

El capitán Hargreaves soltó una carcajada.

Su interlocutor, satisfecho de haber encontrado a un héroe modesto además de bien relacionado, siguió hablando de Kandahar mientras Richard observaba a Rose quitarse los guantes.

Ella entregó uno a su doncella y tiró despacio del otro, dedo por dedo.

Cuando levantó los ojos y lo encontró mirándola, sonrió sin sorpresa.

Richard conocía aquella sonrisa. La había visto por última vez en Londres, desde una almohada.

—Discúlpenos —intervino Hargreaves, tocándole el brazo—. La duquesa nos está reclamando.

Consiguieron alejarse antes de que el hombre iniciara otra pregunta.

—Mi madre no nos ha llamado —observó Richard.

—Lady Morland sí. He pensado que merecías cierta ayuda después de lo que hiciste por mí en Kabul.

—¿Estamos comparando que te sacara de debajo de un caballo con librarme de una conversación?

—No he dicho que quedemos en paz.

Richard se rio y aceptó una copa de un lacayo.

Al hacerlo, la manga del uniforme retrocedió lo suficiente para descubrir la cicatriz del dorso de la mano.

Ya podía cerrarla sin dolor, aunque dos dedos se resistían por las mañanas.

Durante meses había temido perder fuerza para sujetar las riendas; ahora la única molestia consistía en la curiosidad de quienes la descubrían.

Aquella noche, hombres que todavía recordaban sus imprudencias de adolescente esperaban su opinión sobre la campaña.

Las madres lo recibían con una cordialidad que incluía presentaciones a sus hijas.

Y las hijas, por fortuna, parecían menos interesadas en sus posibilidades de ascenso que en averiguar cuántos bailes tenía comprometidos.

Eliza había llenado Hamilton Lodge para celebrar su regreso.

Había flores entre los candelabros, músicos en la galería y una cena capaz de alimentar a todos los invitados aunque decidieran quedarse hasta el domingo.

Richard llevaba ocho días disfrutando de aquella abundancia.

Hargreaves y Weller, llegados esa mañana, todavía comían con la aplicación de quienes sospechaban que las fuentes podían desaparecer.

—¿Dónde has dejado a Weller? —preguntó.

El capitán señaló a una dama de vestido malva que escuchaba al teniente junto a las puertas del jardín.

—Dice que es viuda.

—¿Ella lo dice o Weller lo desea?

—No he querido estropearle la noche haciendo averiguaciones.

Sus amigos habían sobrevivido, incluido aquel imbécil que ya parecía dispuesto a buscar nuevos peligros en un salón inglés.

Richard los había visto agotados, enfermos, furiosos por órdenes que ninguno podía cambiar.

Le gustaba encontrarlos allí, preocupados por una mujer o por la próxima copa.

Él mismo había pasado suficientes noches soñando con volver para desperdiciar el regreso fingiendo que no sabía disfrutarlo.

Dejó a Hargreaves cerca de la mesa de bebidas y cruzó el salón.

No llegó hasta Rose.

—Mi tía te ha concedido una libertad extraordinaria —comentó Anthon Seymour, interceptándolo junto a una columna—. Llevas casi una hora sin bailar con ninguna de las jóvenes que te ha presentado.

Richard estrechó la mano de su primo.

—Estoy intentando remediarlo.

—Lady Morland no figura entre las jóvenes a las que me refiero.

—Entonces procura no señalarla cuando mi madre pregunte adónde he ido.

Anthon miró hacia Rose con una diversión que Richard conocía demasiado bien.

Su primo, duque de Devonshire e hijo de una de las hermanas Cavendish, tenía acceso a casi cualquier despacho de Inglaterra y una sorprendente disposición a utilizar aquella influencia para enterarse de asuntos que no le concernían.

La familia lo llamaba «el príncipe», en ocasiones con cariño y en otras con la intención de fastidiarlo. Richard solía preferir la segunda.

—Christine la ha invitado a pasar unos días en Chatsworth House —dijo Anthon—. Podrías haberme avisado de que tenías tanto interés en nuestra huésped.

—¿Qué te ha contado tu esposa?

—Lo suficiente para comprender por qué tardaste tres semanas en salir de Londres.

Richard contempló a su primo durante un instante.

—También tenía asuntos militares que resolver.

—No lo dudo. Aunque me cuesta imaginar qué asuntos te llevaban a casa de los Morland después de medianoche.

—No te esfuerces. Hay detalles que un hombre debe conservar para sí mismo.

Anthon se echó a reír y dejó de bloquearle el paso.

—En ese caso, te agradeceré que recuerdes que en Chatsworth House hay criados que te conocen desde niño. No conseguirás convencerlos de que vas a visitar mi biblioteca a las dos de la madrugada.

Richard le dio una palmada en el brazo.

—Siempre puedes dejarlos descansar temprano.

Se alejó antes de escuchar la respuesta.

Rose había terminado de saludar a los anfitriones, los duques de Hamilton.

Permanecía junto a un ventanal, vestida de azul oscuro, con el abanico cerrado entre las manos.

El escote dejaba visible una franja de piel que Richard recordaba haber besado; aquella certeza hizo que la formalidad de su reverencia le resultara especialmente agradable.

—Lady Morland.

—Teniente. Empezaba a pensar que tendría que invadir un país para conseguir su atención.

—He estado intentando llegar hasta usted desde que entró.

—Lo he visto conversar con tres hombres y aceptar dos copas.

—Necesitaba valor. Está usted demasiado hermosa.

Rose lo observó con una sonrisa lenta.

—Así está mejor.

Richard le ofreció la mano cuando empezó el vals. Ella la aceptó y se dejó conducir hasta el centro del salón, donde él la sujetó por la cintura con una familiaridad que ambos tuvieron que moderar.

Rose llevaba cinco años viuda y era dueña de una fortuna, tres casas y sus propias decisiones.

Antes de convertirse en amantes le había advertido que no deseaba otro marido.

Richard no había intentado convencerla de lo contrario.

Le gustaban su inteligencia, su franqueza y aquella manera de disfrutar de él sin exigirle que fingiera estar enamorado.

—¿Tu primo te ha interrogado? —preguntó ella.

—Sospecho que ya conocía las respuestas.

—Christine es discreta.

—Su marido acaba de darme instrucciones para recorrer Chatsworth House sin escandalizar al servicio.

Rose soltó una risa, acercándose un poco más al girar.

—Entonces has recibido indicaciones útiles.

Richard sintió la presión de sus dedos sobre el hombro. Era fácil bailar con ella. No necesitaba conducir cada movimiento ni preguntarse si la proximidad la incomodaba; Rose sabía lo que hacía y no apartaba los ojos cuando descubría el deseo en los suyos.

—Me marcho a Londres pasado mañana —dijo ella—. Esperaba que encontraras un momento para despedirte.

—¿Cuánto tiempo consideras necesario?

—Esta noche no tengo prisa.

Richard apretó suavemente su cintura antes de hacerla girar. Ella recibió el gesto con una sonrisa que le exigió un esfuerzo de voluntad para no acercarla más.

Cuando terminó la pieza, la acompañó junto a la esposa de su primo y quedó convenido, en pocas palabras y sin testigos atentos, que iría a verla después de la recepción.

Rose se incorporó a la conversación de la duquesa de Devonshire y Richard regresó hacia la chimenea con bastante menos interés por las felicitaciones militares que al principio de la noche.

Su madre lo esperaba.

—Has encontrado por fin a alguien con quien bailar —observó Eliza.

Richard se detuvo ante ella.

—Pareces decepcionada por mi elección.

—Lady Morland es una mujer encantadora.

—Me alegra que estemos de acuerdo.

—La señorita Ashford también lo es.

Él miró a su madre con afecto y cierta resignación. Llevaba un broche que recordaba de toda la vida y el perfume suave que siempre asociaría con aquella casa. Durante su ausencia le habían aparecido algunas canas junto a las sienes; Richard reparaba en ellas más de lo que deseaba reconocer.

—Madre, he vuelto de permiso. No a escoger esposa entre los postres.

—Nadie te ha pedido que escojas esta noche.

—¿Mañana puedo desayunar primero?

Eliza no consiguió reprimir la sonrisa.

—Sigues siendo imposible.

—Procuro que la familia no se lleve demasiadas sorpresas de golpe.

Ella levantó una mano hacia su cara, pero se detuvo antes de tocarlo. Richard conocía el lugar donde se había fijado: la cicatriz le partía una ceja y se prolongaba un poco sobre la sien.

—En tu carta dijiste que era un corte sin importancia.

—Lo era cuando te escribí. Ya me habían cosido.

—Qué tranquilizador.

—Puedo darte una versión peor, pero tendrás que conseguir que Hargreaves deje de exagerarla.

Eliza le tocó la mejilla. Richard permitió la caricia sin buscar otra broma. Había descubierto un mapa de Afganistán entre los libros de su madre, doblado tantas veces que empezaba a romperse por las marcas. No necesitaba preguntarle cuántas tardes había pasado sobre él.

—Estoy bien —dijo, esta vez sin ligereza—. Y me alegra estar en casa.

Ella le sostuvo el rostro un momento antes de apartar la mano.

—Entonces quédate lo suficiente para que pueda acostumbrarme.

—No conseguirás retenerlo con este método —intervino Alexander, acercándose—. Ofrécele mejores caballos.

—O una cena que no requiera presentaciones —añadió Richard, señalando la fiesta.

Su padre le tendió un vaso de whisky.

—Mañana comeremos solos. Tus amigos también están invitados.

—Weller podría traer a una viuda.

—Weller hará lo que yo diga mientras esté bajo mi techo y no me importa que sea teniente.

Richard bebió para disimular la risa. Alexander había pronunciado la frase con absoluta tranquilidad, la misma que utilizaba frente a lairds escoceses o en el parlamento.