Capítulo 1 #4
Cathaline intentaba discutir con Ewan mientras seguía los pasos de la danza. Al verlo, levantó una mano.
—¡Richard! Dile que esto no puede hacerse con una falda.
Él se acercó y examinó el movimiento de ambos.
—Yo no le daría ideas. Es capaz de proponerte un kilt.
Cathaline soltó una carcajada, y Richard se rio con ella. Cuando Ewan la hizo girar de nuevo, tuvo que apartarse para no recibir el golpe de su falda.
Seguía siendo la boda de su hermana. No pensaba entregarle el resto de la tarde a Elspeth Drummond.
Los últimos invitados se marcharon cuando la luz empezaba a desaparecer de los jardines. La familia terminó reunida alrededor de una mesa con botellas abiertas, flores vencidas sobre los jarrones y una cantidad de pastel que su madre se negaba a desperdiciar.
Richard se sirvió una porción él mismo, sin esperar a que el mozo lo hiciera. Su apetito había regresado mientras ayudaba a despedir a los invitados, aunque todavía le irritaba descubrirse mirando hacia la puerta por la que Elspeth se había marchado.
Eliza hablaba de las casas de sus hijos. Audrey en Glenmuir, Douglas en Brodick, Edward en Eilean Ròs y ahora Cathaline en Blairmuir. Parecía satisfecha, pero había cierta melancolía en la forma en que los observaba.
—Por lo menos todavía me queda Richard.
Él dejó el tenedor.
Había imaginado un despacho y una conversación a solas con su padre. También había pensado en decírselo primero a su madre, aunque eso habría sido una forma de pedirle que preparara el terreno por él. Durante meses había encontrado razones para esperar, y ninguna le parecía suficiente ahora.
—En realidad...
Todas las miradas se volvieron hacia él. Su madre frunció ligeramente el ceño.
Richard enderezó la espalda.
—He recibido una comisión. Me han nombrado oficial en el 9.º de Lanceros Reales de la Reina.
Su padre dejó la copa sobre la mesa. Douglas preguntó por el regimiento; Edward recordó que estaba destinado en la India. Su madre quiso saber desde cuándo lo sabía y Richard explicó que llevaba meses preparando su ingreso, que había cumplido los requisitos y que debía incorporarse pronto.
Las preguntas se sucedieron. Respondió sin levantarse y sin intentar aliviar la inquietud de los demás con una ocurrencia.
—Ningún Hamilton necesita marcharse a una guerra para demostrar nada —dijo su padre.
Richard miró a su madre antes de contestar.
—También soy Cavendish.
Su madre permaneció inmóvil. Richard conocía las historias de los Cavendish desde niño: los nombres repetidos en cartas antiguas, los retratos que colgaban en las casas de la familia de su madre, los hombres que habían servido, viajado y muerto lejos de Inglaterra.
Durante años los había escuchado como si pertenecieran a una parte distinta de su vida.
Aquella tarde, por primera vez, no le parecieron tan lejanos.
Las palabras de Elspeth regresaron con una claridad incómoda.
Tú eres escocés cuando vienes de vacaciones.
Había querido discutirle. Decirle que Brodick también era suyo, que llevaba Hamilton por derecho, que nadie podía decidir cuánto de Escocia le pertenecía.
Pero quizás llevaba demasiado tiempo intentando demostrar precisamente eso.
Tal vez había llegado el momento de dejar de esforzarse por ser únicamente el hijo escocés de Alexander Hamilton y recordar que también era hijo de Eliza Cavendish.
Que Inglaterra también formaba parte de él.
Richard miró a su padre.
—Llevo Hamilton por usted, pero la familia de madre también es la mía. Varios hombres de su casa han servido. No soy únicamente una cosa.
No estaba renunciando a Escocia. Ni a su padre ni a las tierras donde había pasado algunos de los días más felices de su infancia. La decisión llevaba meses tomada; nada de lo ocurrido aquella tarde la había creado.
Solo estaba cansado de necesitar que otros reconocieran su derecho a tomarla.
Alexander lo observó durante mucho tiempo antes de decir que continuarían la conversación por la mañana. Richard aceptó. Su madre acercó la mano a la suya sobre el mantel, y él dejó que se la sujetara.
Había pasado años deseando que dejaran de verlo como al pequeño de la familia. Aquella noche, al ver el miedo en el rostro de su madre, comprendió que crecer también significaba darles motivos reales para preocuparse.
Más tarde subió a su habitación y abrió el cajón donde guardaba la notificación. El papel conservaba los pliegues de las veces que lo había leído antes de viajar a Escocia. Repasó las instrucciones y dejó la carta sobre el baúl.
Al quitarse la chaqueta, descubrió que la solapa seguía perfectamente colocada.
La alisó por costumbre y se quedó un momento con la mano apoyada allí. Le molestó recordar el cumplido de Elspeth con la misma claridad que la humillación. Hasta aquella tarde, nunca había deseado que una discusión con ella terminara en otra cosa.
Guardó la chaqueta y cerró el cajón.
Por la mañana tendría que hablar con sus padres, responder a sus hermanos y organizar las despedidas. Elspeth Drummond no sabía que se marchaba.
Por primera vez, dejaría que se lo contara otro.