El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Porque siempre quieres tener razón.

—No recuerdo haberte oído renunciar a ella.

Ewan soltó una risa y la señora Drummond sonrió, complacida.

—Por lo menos no se aburrirían.

Elspeth dirigió una mirada de advertencia a Richard. Él la vio. También vio lo fácil que sería hacerla perder la paciencia, y le pudo la tentación de prolongar una conversación en la que, por primera vez, todos parecían verlos como algo más que dos muchachos peleándose.

—Todavía no he hablado con su padre —dijo él.

—Ni hablarás —replicó ella.

—Qué poca confianza tienes en mis intenciones.

—Conozco tus intenciones. Quieres divertirte.

La respuesta debería haber bastado. Richard estuvo a punto de dejar la copa y cambiar de asunto, pero Ewan intervino con una sonrisa:

—Al menos espera a que termine mi boda antes de organizar la tuya.

—No estoy organizando nada —respondió Richard—. Me están rechazando por adelantado.

La señora Drummond mencionó lo agradable que sería mantener cerca a las dos familias. Elspeth apretó los dedos alrededor del abanico.

—Cuando me case, escogeré a un escocés.

Richard dejó de mover la copa.

—Mi padre estará encantado de aclararte cualquier duda acerca de nuestro apellido.

—Tu padre es escocés.

—¿Y yo qué soy?

Elspeth vaciló. Su tía seguía mirándola con aquella satisfacción que Richard no había querido comprender cuando ella le pidió que no alimentara sus expectativas.

—Tú eres escocés cuando vienes de vacaciones.

Richard notó el calor del whisky en la garganta. Le molestó que lo dijera delante de Ewan y de los dos invitados que se habían acercado a la mesa. Le molestó todavía más recordar que, poco antes, ella había reconocido que el tartán le favorecía.

—Has dedicado bastante tiempo a decidir qué clase de marido sería para no estar considerándome.

Elspeth levantó la barbilla.

—No me casaría contigo aunque fueras el último Hamilton de Escocia.

Uno de los hombres dejó escapar una risa y se interrumpió al advertir que los demás no lo acompañaban. Ewan bajó la copa. La señora Drummond miró a su sobrina con indignación.

Richard mantuvo los ojos en Elspeth y sonrió.

—Qué alivio. Temía que aceptaras antes de que se me ocurriera pedírtelo.

Ewan fue el primero en seguirle el juego.

Su risa permitió que la conversación continuara, y la señora Drummond agitó una mano, asegurando que aquellos dos siempre habían sido iguales.

Alguien propuso brindar otra vez por los novios.

Richard levantó el vaso con los demás, pero el borde le golpeó un diente y lo apartó sin beber.

Elspeth lo había visto.

Aquello le fastidió casi tanto como sus palabras.

No quería casarse con ella. Ni siquiera se le había ocurrido hasta que la tía empezó a hablar. Había querido bailar, hacerla reír y averiguar por qué aquel encuentro le estaba resultando tan distinto a los anteriores.

Ahora tenía que fingir que nada de eso había importado.

Richard sabía provocar una carcajada. Llevaba años haciéndolo en comidas familiares, delante de invitados o cuando necesitaba salir de una situación incómoda.

Lo que todavía no había aprendido era a soportar que lo redujeran, delante de una mujer que empezaba a gustarle, al muchacho al que nadie tomaba en serio.

Y había sido ella quien lo había hecho.

Permaneció allí unos minutos más. Preguntó a uno de los invitados por su caballo y escuchó la respuesta con suficiente interés para que el hombre olvidara el incidente. Cuando Ewan regresó al salón, Richard se excusó para comprobar si el cochero había encontrado a alguien que pudiera ayudarlo.

Prefería una rueda atascada a otra mirada de Elspeth.

Ella lo alcanzó cuando volvía del patio.

—Richard.

Él se detuvo junto a la puerta. Elspeth había recogido su chal, y a través de los cristales se veía el carruaje de los Drummond esperando cerca de la entrada.

—¿Necesitas que avise a tu padre?

—Mi padre ya está con mi tía.

Richard asintió y esperó. Elspeth miró hacia el salón, donde la música empezaba de nuevo, y apretó el borde del chal entre los dedos.

—Te pedí que no la animaras.

—Lo recuerdo.

—Sabías que acabaría tomándoselo en serio.

—Sí. Debí parar.

Ella levantó los ojos con una sorpresa que a Richard le habría divertido unas horas antes.

—Entonces...

—Eso no te daba derecho a hablar de mí de esa manera.

Elspeth cerró la boca. Él vio cómo buscaba una respuesta y sintió el impulso habitual de facilitársela con una broma. Se lo contuvo. Ya había utilizado bastante el humor para que ninguno tuviera que reconocer lo ocurrido.

—Estaba enfadada —dijo ella al fin.

—También lo estoy yo.

La sencillez de la respuesta pareció incomodarla más que una acusación. Elspeth dio un paso hacia él y le tocó la manga.

Richard bajó los ojos a su mano. Recordó aquellos mismos dedos alisándole la solapa, la proximidad de su rostro y la forma en que había tardado en apartarse después del baile. Seguía resultándole demasiado fácil querer que se quedara allí.

—Lo de Escocia... —empezó ella.

Él volvió a mirarla.

—¿También era una broma?

Elspeth retiró la mano despacio.

—No quería que todos creyeran que...

No terminó. La señora Drummond apareció al otro extremo del pasillo y le recordó que su padre estaba esperando. Elspeth respondió sin apartar los ojos de Richard.

Por primera vez desde que se conocían, ninguno encontró una réplica con la que continuar.

Él se hizo a un lado para dejarla pasar.

—Buenas noches, Elspeth.

Ella vaciló antes de contestar.

—Buenas noches, Richard.

—Señor Hamilton —la corrigió él.

—Señor Hamilton —repitió ella, comprendiendo que Richard no le había perdonado sus palabras.

Richard la vio reunirse con su tía. Elspeth volvió la cabeza al llegar a la puerta, pero él ya se había girado hacia el salón.