El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Su padre estaba sentado junto a su madre. Los duques de Hamilton parecían satisfechos y cansados, disfrutando de una jornada que había reunido a toda la familia. Richard los observó mientras su madre hacía que le sirvieran a su padre una segunda porción de carne sin preguntarle si la quería.

Llevaba meses imaginando cómo darles la noticia.

Había preparado respuestas durante paseos a caballo y había ensayado explicaciones que, al repetirlas en voz alta, sonaban demasiado parecidas a las de un niño que pedía permiso.

Cuando llegó la notificación, decidió esperar hasta después de la boda.

Cathaline no merecía pasar las semanas anteriores escuchando discusiones por su culpa.

Ahora ya estaba casada.

Richard miró a su hermana, que acababa de apoyar una mano en la manga de Ewan para decirle algo al oído, y decidió concederle unas horas más.

Los músicos empezaron a tocar cuando retiraron las últimas fuentes. Richard dejó la servilleta y fue a buscar a Elspeth antes de que otro invitado tuviera la misma idea.

—¿Me concederás este baile?

Ella miró la mano que él le ofrecía y luego a su tía.

—Depende. ¿Has aprendido a no pisar?

—He tenido varios años para practicar.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Si te piso, podrás quejarte durante el resto de la tarde.

Elspeth pareció considerar la oferta.

—Eso habría hecho de todas formas.

Aceptó su mano, y Richard la condujo al salón sin darle tiempo a añadir otra objeción.

Blairmuir conservaba el frescor de la piedra pese a las ventanas abiertas y a la cantidad de personas reunidas allí. Elspeth colocó una mano sobre su hombro. Richard apoyó la suya en la cintura de ella y advirtió cómo se enderezaba al sentirlo más cerca.

—¿Así está bien? —preguntó.

Elspeth asintió.

Empezaron a moverse entre las otras parejas.

Richard había bailado con ella antes, pero recordaba codos torpes, discusiones sobre los pasos y una ocasión en la que Elspeth se había negado a continuar porque sospechaba que él la pisaba deliberadamente.

Ahora lo seguía con facilidad. Su mano permanecía firme sobre la manga de Richard y, cada vez que giraban, la falda rozaba sus piernas.

—Has cambiado —dijo ella al cabo de una vuelta.

Él bajó los ojos.

—Llevas toda la tarde intentando decírmelo.

—Me refería a que ahora consigues escuchar la música.

Richard sonrió. Elspeth le sostuvo la mirada unos segundos antes de apartarla.

—Tú también has cambiado.

—¿Para bien?

Él se tomó demasiado tiempo en contestar. Había querido bromear, pero desde aquella distancia resultaba difícil encontrar algo que no revelara cuánto le gustaba mirarla.

—Todavía estoy decidiéndolo —respondió al fin.

Elspeth reconoció sus propias palabras y apretó ligeramente los dedos sobre su hombro.

—Siempre has sido insoportable.

—Y, sin embargo, sigues aquí.

—Acaba de empezar la pieza.

Richard se rio y la hizo girar con cuidado para evitar a una pareja que había calculado mal el espacio. Elspeth se acercó un poco más. Él percibió el calor de su cuerpo a través de la tela y perdió por un instante el hilo de lo que iba a decir.

Ella levantó los ojos.

—No me pises ahora.

—Procuro no estropear mis progresos.

Continuaron bailando. Richard recordó entonces un verano en Glenmuir y una cesta de truchas que no le había dado tantos problemas mientras las robaba de la cocina como después, cuando decidió atribuirse la pesca.

—Tu padre todavía cree que aquellas truchas las saqué yo del río.

Elspeth cerró los ojos un instante, resignada.

—Porque no se me ocurrió contradecirte delante de él.

—Fue muy generoso por tu parte.

—Fui yo quien devolvió el cesto a la cocina. Habrías terminado acusándome de complicidad.

—Lo eras.

—Solo después de que hicieras la estupidez.

Richard se rio. Había olvidado aquel detalle. Elspeth lo recordaba todo, incluido el discurso que él había pronunciado para defender sus capacidades después de que alguien lo llamara inglés.

—Estabas decidido a demostrar que podías pescar más que los escoceses —añadió ella.

—Y lo habría conseguido si me hubierais dejado suficiente tiempo.

—Estuviste toda la mañana.

—Un plazo ridículo para dominar un arte.

Elspeth se rio de verdad. El hoyuelo apareció junto a su boca y Richard se quedó mirándolo con tan poca discreción que ella terminó por darse cuenta.

Su risa se apagó despacio, aunque la sonrisa permaneció.

Durante el resto de la pieza hablaron menos. Richard dejó de buscar pretextos para hacerla reaccionar y se concentró en la forma en que seguía sus movimientos. Cuando la música terminó, Elspeth tardó un instante en retirar la mano de su hombro.

Él le ofreció el brazo otra vez.

—¿Necesitas aire?

—Un poco.

Salieron a la galería. La tía de Elspeth conversaba cerca de las puertas del jardín y podía verlos desde allí; aun así, al apartarse del ruido, Richard tuvo la impresión de estar con ella de una manera distinta.

Elspeth abrió el abanico y miró hacia las ventanas.

—Tu hermana Cathaline parece feliz.

—Lo es.

—No esperaba verla quedarse en Escocia.

Richard siguió su mirada. Su hermana estaba junto a Ewan, intentando arreglarle el broche del tartán mientras él decía algo que la hacía fruncir el ceño.

—Tampoco creo que ella lo esperara —respondió—. Pero Sinclair ha resultado bastante insistente.

—Debe de ser difícil convencer a una Hamilton de algo.

—Lo sabes mejor que nadie.

Elspeth volvió los ojos hacia él.

—Nunca he intentado convencerte. He intentado que admitas que te equivocas.

—Entenderás que no haya colaborado.

Ella sonrió, pero después bajó la vista hacia los cuadros de su tartán.

—Esta vez has venido muy escocés.

Richard pasó un dedo por el borde de la lana.

—Es la boda de mi hermana.

—Lo sé. Solo pensaba que te favorece.

La respuesta lo dejó sin la réplica que estaba preparando.

Elspeth pareció arrepentirse de haberlo dicho, porque cerró el abanico y añadió:

—Aunque podrías llevarlo sin sentirte obligado a ganar carreras, pescar truchas imposibles o demostrar que bebes más whisky que los demás.

Richard recuperó la sonrisa.

—Eso ha sido un elogio muy breve.

—No quiero que se te suba a la cabeza.

—Llegas tarde.

Ella se rio, pero Richard continuó mirándola. El cumplido había sido sencillo, casi distraído. Le habría gustado oírlo otra vez sin la lista de todas las tonterías que había hecho cuando era más joven.

—No tienes que demostrar nada cada vez que vienes —dijo Elspeth, más seria.

—No vengo a demostrar cosas. Escocia también es mi casa.

—Pero puedes marcharte cuando te cansas.

Richard se apoyó en el alféizar.

—Tú también puedes viajar.

Elspeth lo miró con una paciencia que lo irritó antes de comprender por qué.

—Mi tía lleva tres semanas decidiendo si puedo pasar unos días en casa de una amiga.

—¿Se lo has pedido?

—Tres veces. Lo que todavía no he conseguido es que me responda a mí en lugar de hablarlo con mi padre —Richard cerró la boca.

Había estado a punto de ofrecerle una solución que ella conocía mejor que él.

Elspeth observó el jardín—. No es lo mismo irse porque una quiere que esperar a que a todos les parezca conveniente.

—No —admitió él—. Supongo que no —La sorpresa de Elspeth fue tan evidente que Richard arqueó una ceja—. No pongas esa cara. También sé reconocer cuando tienes razón.

—Pensaba que era una habilidad que aún estabas desarrollando.

Richard sonrió.

—Tengo otras.

—Eso dices siempre.

—Y siempre vuelves a comprobarlo.

Elspeth lo miró un instante de más.

—Quizás porque todavía no he encontrado ninguna convincente.

—Entonces tendré que esforzarme antes de irme.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿Irte?

Richard se dio cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.

—De Blairmuir —respondió.

Elspeth sostuvo su mirada un segundo más, como si no terminara de creerle.

Entonces la señora Drummond llamó a su sobrina desde el jardín.

Elspeth se apartó del alféizar.

—Si mi tía empieza a hablar de matrimonios, no le sigas la corriente.

Richard alzó una ceja.

—¿Tan peligrosa es?

—Esta mañana casi prometió a una viuda con un hombre casado.

Richard soltó una risa.

—Entonces procuraré mantenerme fuera de su alcance.

Elspeth lo miró de lado.

—Hablo en serio.

—Yo también. No pienso dejar que me case antes de terminar el postre.

Elspeth lo examinó con desconfianza antes de alejarse. Richard la dejó dar varios pasos y después la siguió, todavía pensando en aquel segundo baile.

Las primeras danzas escocesas encontraron el salón lleno y las ventanas abiertas de par en par. Ewan había conseguido que Cathaline aceptara aprender un reel; desde la galería llegaban sus protestas y las risas de quienes intentaban ayudarla.

Richard se detuvo junto a la mesa de bebidas. Había bailado con su hermana, llevado una silla al padre de Elspeth y escuchado durante diez minutos la historia de un caballo que, según su dueño, era más inteligente que varios hombres presentes.

Ewan apareció poco después para servirse whisky.

—Tu hermana dice que la estoy haciendo girar demasiado.

—Lleva toda la vida haciendo girar a los demás. Le vendrá bien.

La señora Drummond, que se había acercado con Elspeth, recibió el comentario con una risa.

—Debe de ser una gran satisfacción para sus padres tener ya a cuatro hijos casados.

Richard aceptó la copa de manos de Ewan.

—Mi madre podrá descansar de las bodas una temporada.

—Todavía le queda el pequeño.

Él bebió antes de responder.

—Empiezo a sospechar que tendré nietos antes de que dejen de llamarme así.

—Para su madre siempre lo será —aseguró la señora Drummond.

—Y para unos cuantos más —añadió Elspeth.

Richard se GIRÓ hacia ella. Tenía las mejillas encendidas por el baile y un mechón oscuro le rozaba el cuello.

—Hace un rato no parecías tan segura.

Elspeth dejó de sonreír.

—No sé de qué hablas.

Ewan miró a uno y a otra con creciente diversión. La señora Drummond interpretó el intercambio exactamente como su sobrina había temido.

—Os conocéis desde hace tanto tiempo... Siempre he pensado que una amistad así facilita mucho las cosas.

—Richard y yo discutimos desde niños, tía.

—Con frecuencia, además —añadió él.