El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5) Capítulo 1
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El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5)

El último pacto del Highlander (Los Duques de Escocia 5)

Por Maria Isabel Salsench Olle

© inepub.com

Capítulo 1

Richard Hamilton estaba debajo del carruaje de los músicos cuando su hermana vino a buscarlo para que regresara a la celebración de su boda.

—Antes de que preguntes, no lo he roto yo.

Reconoció las botas de seda marfil al otro lado de la rueda. Cathaline se había detenido a una distancia prudente del barro, acompañada por una doncella que sostenía la cola de su vestido.

—Me tranquilizaría más que salieras de ahí.

—Enseguida. Dile a ese muchacho que vuelva a levantar la palanca.

—Ese muchacho está escuchándote.

—Entonces vamos haciendo progresos.

El carruaje había quedado atascado junto a la entrada de servicio de Blairmuir.

Una piedra se había encajado delante de la rueda, el cochero se había lastimado una muñeca y los hombres que habían acudido a ayudarlo no conseguían ponerse de acuerdo.

Richard había aguantado la discusión hasta que uno propuso esperar al herrero del pueblo.

Para entonces, el caballo ya estaba desenganchado y los músicos empezaban a mirar hacia la casa con inquietud.

Se quitó la chaqueta antes de que alguien encontrara otra razón para no hacer nada.

—Un poco más —pidió ahora—. Así. Sujétalo.

Encajó un calzo bajo el eje y retiró la piedra con la herramienta que le habían prestado. Después salió arrastrándose sobre los codos, se puso de pie y se apartó para que los demás empujaran. La rueda superó el borde de la rodera entre un crujido y varios resoplidos.

Uno de los violinistas le estrechó la mano con tanto entusiasmo que Richard acabó riéndose.

—Ahora tendrán que tocar algo que justifique el esfuerzo.

—Lo que usted pida, milord.

—No le conceda ese privilegio —intervino Cathaline—. La boda sigue siendo mía.

Richard devolvió la herramienta al mozo y preguntó al cochero si necesitaba ayuda para entrar en casa. El hombre aseguró que se encontraba bien, aunque no podía cerrar del todo los dedos.

—Pida que le miren esa muñeca antes de volver a conducir. Yo le explicaré a la señora Grant lo ocurrido.

Cathaline esperó a que terminaran de darle las gracias. Solo entonces bajó la vista hacia su chaleco.

—Podrías haber dejado que se ocuparan otros.

—Eso hice. Durante un cuarto de hora.

Su hermana suspiró, sacó un pañuelo y lo sujetó por la barbilla para limpiarle una mancha junto a la mejilla.

—Quieto.

—Tengo veinte años, Cathaline.

—Y grasa en la cara. Una cosa no impide la otra.

Richard soportó la limpieza, aunque tuvo que inclinarse para que ella alcanzara bien. Aquello pareció distraerla. Desde que había llegado para la boda lo miraba a veces con una atención desconcertada, deteniéndose en sus hombros o en la mandíbula que había perdido la suavidad adolescente.

—¿Vas a decirme otra vez que he crecido?

Cathaline soltó su rostro y señaló la camisa, tirante bajo el chaleco.

—No hace falta. Esa costura ya lo está diciendo por mí.

Richard bajó la vista.

—Me la hicieron hace menos de un año.

—Pues tendrás que encargar otra.

—Empiezo a sospechar que crecer sale bastante caro.

Cathaline sonrió. Había una hebra rubia suelta junto a su oreja y el encaje de una manga se había enganchado en el zafiro de su anillo. Richard lo liberó con cuidado antes de que ella tirara del brazo.

—¿Dónde has dejado a Sinclair?

—Hablando con unos invitados.

—¿Solo? Ahora tendrás que responder por lo que diga.

—Pensaba dejar esa parte del matrimonio para mañana.

Él se rio y recogió la chaqueta del banco, pero no se la puso todavía. Mientras Cathaline guardaba el pañuelo, la miró de una forma que no se permitía a menudo: sin buscar nada de lo que burlarse. Su hermana llevaba toda la mañana sonriendo incluso cuando creía que nadie la observaba.

—¿Estás contenta?

Cathaline levantó los ojos. Miró después hacia las ventanas abiertas de Blairmuir, por donde llegaban conversaciones y el sonido de una copa golpeada con una cucharilla.

—Mucho.

Richard asintió, satisfecho.

Ella le apretó el brazo antes de regresar a casa.

—Lávate las manos. Te esperamos para comer.

La doncella recogió la cola de seda para rodear el carruaje. Cathaline ya estaba junto a la escalera cuando se volvió por última vez.

—Y péinate.

Richard se pasó una mano por el cabello.

—Si pretendías arreglarlo, acabas de empeorar las cosas.

Reconoció la voz antes de girarse.

Elspeth Drummond estaba junto a la entrada de servicio, recibiendo un cepillo de ropa de manos de una criada. Hacía casi dos años que no la veía, y durante un instante Richard se quedó sin el comentario que habría soltado en cualquier otro encuentro.

Llevaba un vestido verde que dejaba al descubierto la curva de sus clavículas.

El cabello oscuro, que recordaba recogido en dos trenzas, estaba sujeto sobre la nuca, aunque varios mechones se habían soltado junto a las sienes.

Tenía las mejillas ligeramente encendidas por el calor y la misma manera de levantar la barbilla que él había encontrado tan irritante durante sus veranos en Glenmuir.

Elspeth también se quedó mirándolo. Su atención descendió hasta los hombros de Richard y volvió a su cara con una demora que él agradeció.

—¿He empeorado tanto? —preguntó.

Ella pareció recordar que tenía un cepillo en la mano.

—Todavía estoy decidiéndolo.

—Avísame cuando termines. Mi hermana me está esperando para comer.

Elspeth se acercó y le tendió el cepillo.

—Empieza por el chaleco.

Los Drummond eran vecinos y viejos amigos de los Sinclair.

Richard había coincidido con ella durante visitas a Glenmuir, celebraciones y comidas interminables en las que ambos habían encontrado más entretenimiento discutiendo entre sí que escuchando a los adultos.

Elspeth conocía varias de sus peores ideas.

En algunas incluso había participado, aunque después solía olvidarse de mencionarlo.

Richard dejó de nuevo la chaqueta en el banco y se lavó las manos en la pila del patio.

—¿Te han enviado a vigilarme?

—Mi tía quería saber por qué faltaban músicos.

—Ya están todos.

—Sí. He visto que necesitaban ayuda.

Richard se volvió hacia ella mientras se secaba.

—¿Has presenciado toda la conversación con Cathaline?

—Desde que te ha recordado que puedes tener veinte años y seguir sucio.

—Me alegra haber proporcionado entretenimiento.

Elspeth sonrió, y él tuvo que recordar qué estaba haciendo. Había una pequeña hendidura junto a su boca que se acentuaba cuando intentaba contener la risa. No entendía cómo podía haber pasado tanto tiempo encontrándola molesta.

Cogió el cepillo y se limpió el chaleco.

—Tu padre me ha dicho que sigues montando la yegua gris.

—Ya no. Ahora monto a su hija.

—¿La pequeña que mordía?

—Solo a ti.

—Eso debería haberse corregido.

—A mí me resultaba bastante útil.

Richard soltó una carcajada. Aquel tono sí lo recordaba. Elspeth parecía complacida de haberlo recuperado, porque dejó de observarlo con tanta cautela y señaló una mancha que él no había visto.

Cuando terminó, apoyó el cepillo en el poyo de la ventana y se puso la chaqueta. Una solapa quedó doblada bajo el cuello.

—Espera.

Elspeth se acercó antes de que él descubriera qué había hecho mal.

Le alisó la tela con ambas manos y Richard permaneció quieto, sorprendido por la facilidad con la que ella había entrado en su espacio.

Desde allí distinguía una horquilla mal sujeta, el dibujo del encaje y una pequeña marca de tinta en un dedo.

Al levantar la vista, Elspeth lo encontró mirándola.

—¿Qué ocurre?

Richard tardó un instante en responder.

—No recordaba que fueras tan amable conmigo.

—No te confundas. He venido a una boda. No quiero pasar la comida viendo esa solapa torcida.

Él sonrió, pero ella no retiró las manos de inmediato. Sus dedos seguían apoyados sobre el pecho de la chaqueta, y cuando Richard bajó los ojos hacia ellos, Elspeth se apartó.

—Ya estás presentable.

—Me alegra que lo hayas decidido antes que mi hermana.

Richard recogió el tartán del banco y se lo colocó sobre el hombro.

Los cuadros azul marino y burdeos conservaron los pliegues cuidadosamente doblados; las líneas ocres recogieron la claridad del patio mientras sujetaba el broche.

Elspeth se puso los guantes, concentrada en unos botones que parecían requerir más atención de la necesaria.

Él le ofreció el brazo.

—Vamos. Tu tía debe de estar a punto de enviar a alguien a buscarnos a los dos.

Elspeth lo aceptó después de una breve vacilación.

Richard notó la presión de sus dedos sobre la manga durante todo el camino de regreso.

Habían dispuesto las mesas junto a las puertas abiertas del jardín.

El viento levantaba alguna esquina de los manteles y movía las ramas de brezo entre las rosas blancas.

Desde allí se veía el verde de los campos, las laderas más oscuras al fondo y el camino que llevaba a la pequeña iglesia donde Cathaline y Ewan se habían casado aquella mañana.

Ewan los recibió al pie de la escalera.

—Tu hermana dice que te has metido debajo de un carruaje.

—Porque me ha encontrado allí. De otro modo habría sido discreto.

Elspeth dejó escapar una risa.

Ewan la saludó y miró después a Richard con suficiente interés para que este lamentara no haber regresado por otra puerta.

—Entonces no te retrasaré. La señora Drummond está preguntando por su sobrina.

Elspeth retiró la mano del brazo de Richard.

—Gracias por acompañarme.

La formalidad le hizo querer responder algo que la obligara a mirarlo otra vez, pero su tía ya se acercaba. Richard se limitó a inclinar la cabeza.

Durante la comida se descubrió buscándola entre los invitados.

Elspeth escuchaba a la mujer sentada a su lado, partía el pan en trozos pequeños y, de vez en cuando, levantaba la vista hacia él.

En la tercera ocasión Richard alzó su copa.

Ella volvió a su plato, aunque no lo bastante deprisa para ocultar la sonrisa.

Aquello lo mantuvo de buen humor incluso cuando su padre le preguntó por la suciedad de sus puños.