30 La máscara #2
Y Silas supo, mirándolo, que la de Cobb iba a ser la ruina más honda de cuantas se repartirían aquella noche, más honda que la de Vane, que solo perdía poder. Vane había querido una finca y había usado a Dios de excusa; su castigo sería terrenal y merecido. Cobb había querido a Dios de verdad, y había amado a aquella niña de verdad, y había hecho el mal más grande de su vida precisamente por las dos cosas que tenía de buenas: la fe y el cariño. No había manera de consolar a un hombre así. No se le podía decir que lo habían engañado, porque él ya lo sabía, y saberlo era justamente la herida. Había entregado su rebaño y su alma a la mano que menos lo merecía, con el corazón limpio, y iba a tener que vivir con eso el resto de sus días.
* * *
A partir de ahí, todo lo que había sostenido los juicios empezó a caerse a la vez, y Temperance lo vio caer con una frialdad que no era gozo.
Porque si Mercy Danvers era la que había estado detrás de todo —y ya nadie en aquel prado lo dudaba—, entonces las aflicciones eran mentira; y si las aflicciones eran mentira, la prueba con la que habían colgado a Remember, y a Silence, y a todas las demás, no valía nada, no había valido nunca nada, era humo con forma de justicia. Se lo vio entender a la gente en tiempo real, de pie en la nieve, con el horror creciente de quien echa la cuenta de lo que ha hecho: cada uno de aquellos hombres y mujeres había cantado salmos mientras se colgaba a vecinas inocentes por la palabra de una niña que ahora se revelaba monstruosa. La vergüenza que iba a caer sobre Salem por aquello no cabía en una noche, ni en un año. Temperance lo supo mirándolos: no habría bastante arrepentimiento en el mundo para lo que aquella aldea acababa de descubrir de sí misma.
Y con todo —pensó Temperance, con la lucidez fría que le quedaba— esa vergüenza era lo único bueno que podía salir de allí. No devolvería a Remember, ni a Silence, ni a ninguna de las mujeres que dormían ahora en paz al otro lado del frío. Pero un pueblo que aprende a avergonzarse de lo que ha hecho es un pueblo que, quizá, la próxima vez que una voz asustada señale a una vecina por tener tierra o saber o soledad, se lo piense dos veces antes de ir a por la soga. La cosa del bosque se había alimentado de los inocentes que nadie lloraba; la máquina de los hombres, de la certeza de estar haciendo lo correcto. A las dos las había parado aquella noche lo mismo: que se les acabara la comida. Y la comida de la máquina era la fe ciega, y la fe ciega, al fin, se había roto.
Y con la prueba se cayó la autoridad. Temperance vio a Vane —el mismo Vane que había empujado cada paso de aquello, que codiciaba su finca, que había traído a la milicia— de pronto pequeño y sin suelo, mirando a un lado y a otro en busca de los rostros que la víspera lo secundaban y encontrándolos vueltos hacia dentro, hacia su propia culpa, sin ganas ya de seguir a nadie. Su poder se había apoyado en el pánico, y el pánico se había apagado con el frío. Y a Cobb, cuya autoridad venía de Dios y de su certeza, con las dos cosas hechas añicos a sus pies. Los hombres que habían movido los juicios se quedaron, en el espacio de unos minutos, sin la única cosa que los sostenía: la creencia de un pueblo que ya no creía.
No hacía falta ser magistrado para saber cómo acababa aquello, aunque Silas, que lo era, se lo confirmó después con las palabras justas: que lo que había pasado en aquel umbral era lo mismo que se estaba decidiendo, más despacio y sobre papel, en Boston. Que la capital ya había empezado a dudar de la prueba espectral, a mandar que las causas de brujería no se sostuvieran sobre visiones y ataques, a preparar la clemencia. Lo que en la ciudad era una reforma escrita por hombres prudentes que se lavaban las manos, en Salem lo había escrito de golpe una niña desenmascarada en la nieve. El resultado era el mismo. Los juicios estaban muertos. No los mataba el arrepentimiento de nadie, los mataba quedarse sin la mentira que los alimentaba, igual que a la cosa del bosque la había terminado quedarse sin hambre.
Y en medio de todo aquello, del pueblo que despertaba y de la autoridad que se derrumbaba y de la vergüenza que empezaba, estaba Mercy.
Temperance la miró por última vez, y lo que vio no fue un demonio, y esa fue la parte más difícil de sostener. Era una niña. Una niña de trece años, pequeña y pálida, de pie sola junto a una horca vacía, con la cofia torcida y las manos quietas, mirando el mundo que se le había desmoronado con una cara en la que Temperance buscó, y no encontró, ninguna de las cosas que se esperan de una niña a la que se le acaba todo: ni llanto, ni miedo, ni súplica, ni siquiera rabia. Solo aquella quietud vacía, aquella atención lisa y sin fondo que Temperance le había visto en la cárcel y en el umbral, mirándolo todo desde detrás de unos ojos en los que no había nadie con quien hablar. No se defendía. No huía. No pedía. Se estaba, sin más, mientras el pueblo que la había adorado se apartaba de ella despacio, dejando un círculo de nieve vacía a su alrededor, como se aparta la gente de algo que no entiende y que le da un miedo nuevo y frío.
Y Temperance, que acababa de cruzar al otro lado a darle misericordia a una cosa antigua, descubrió que a aquella niña no tenía ninguna que darle, y que la falta no la avergonzaba. Porque la cosa del bosque había sido una herida: algo a lo que nunca le habían dado nada bueno, y que se había vuelto hambre por pura carencia, y que solo necesitaba que alguien la mirara para poder descansar. Mercy no era una herida. Temperance la había mirado a los ojos y no había encontrado dentro ni carencia, ni dolor, ni una historia que doliera, nada que la piedad pudiera tocar; solo una voluntad lisa que había elegido, con todas las cartas en la mano, hacer lo que hizo. No había ahí a quién perdonar, porque no había ahí a quién alcanzar. A la cosa se la había podido terminar con compasión. A la niña la esperaba otra cosa, más pequeña y más humana y a su manera más terrible: quedarse en el mundo, sin poder, sin escudo, sin el amor de nadie, siendo una niña común a la que ya nadie podría volver a mirar sin recordar lo que había debajo. La consecuencia. No la piedad; la consecuencia.
No supo qué sería de ella, y no quiso quedarse a averiguarlo. Un pueblo que acababa de descubrir que había colgado a inocentes no iba a ser tierno con la criatura que lo había engañado, y Temperance no se hacía ilusiones sobre la clase de justicia, o de venganza, que esperaba a una niña señalada por brujería de verdad en un sitio como aquel. Pero eso ya no dependía de ella, ni debía depender. Le bastaba con saber que el poder de Mercy se había ido con el hambre que se lo prestaba, que nunca más podría ordeñar a la cosa del bosque porque la cosa del bosque descansaba, y que la criatura que había querido heredar un dios de hielo se había quedado, al final, siendo solo una niña: que era exactamente lo que había despreciado ser.
Temperance apartó los ojos de ella y no volvió a mirarla. Ya no era asunto suyo. Lo suyo, el hambre vieja y su herida de cien años, lo había resuelto al otro lado del frío. Lo de Mercy Danvers era ahora de los hombres, y de Dios, y del pueblo que tendría que aprender a vivir sabiendo lo que había llevado en brazos.
Buscó la mano de Silas, que seguía en la suya, fría también ahora, cambiada también. Estaban vivos los dos. Estaban en pie. Y aunque Temperance sabía, por el punto de escarcha que llevaba prendido bajo las costillas, que ninguno de los dos había vuelto igual de donde habían ido, y que aquella noche les iba a cobrar todavía un precio que aún no habían terminado de contar, por lo pronto había una sola cosa cierta y buena a la que agarrarse en medio de aquel prado de vergüenza y de deshielo: que habían vuelto, y que habían vuelto juntos.
Amanecía sobre Salem la mañana de la Candelaria. La fiesta de la luz que regresa. Por primera vez en mucho, no hacía frío.